viernes, 25 de febrero de 2011

AqUeL VeRaNo



Este es el parque Lezama. Aquí se conocieron ("en un banco, cerca de la estatua de Ceres") Alejandra y Martín. Aquí tiene lugar el comienzo de la novela de Ernesto Sábato Sóbre héroes y tumbas, que tanto me sobrecogió allá por mis 19 años, cuando la leí por primera vez.

La empecé en el primer InterRail que hice con mis amigos. Llevábamos poco peso en las mochilas: saco de dormir, tres mudas, linterna, camping-gas y poco más. Para leer: algo ligerito, en el sentido literal del término. Yo me decanté por dos o tres libritos de una colección de bolsillo que había sacado Alianza Editorial. Costaban 100 pesetas y a mi casa llegaban con una periodicidad creo que semanal. Probablemente vendrían con EL PAÍS. Uno de esos libritos se llamaba "El Dragón y la Princesa" y su autor se llamaba Ernesto Sábato, un argentino que no me sonaba de nada.

Por esa época yo había ya conocido el amor y el desamor. Da igual que se llamara Patri y no Alejandra. Lo cierto es que la lectura de esas tormentosas relaciones entre aquellos dos adolescentes (adjetivo apropiado para Martín pero a todas luces inexacto a la hora de definir a Alejandra, pues aunque sólo le sacaba un par de años a Martín -como Patri me los sacaba a mí- su edad mental, o mejor dicho, espiritual, era insondable e incalculable), aquellas disquisiciones metafísicas de Bruno (el narrador), aquella atmósfera romántica y trágica, lánguida y decadente, desesperadamente anhelante de absoluto... me subyugaron desde el principio.

Leía con lentitud y avaricia cada página, cada párrafo, cada frase y cada adjetivo, como un gourmet. Leía con la anticipación del desconsuelo que habría de inundarme cuando alcanzara la última página de aquella historia de amor imposible. Las horas en tren eran largas y había que dosificar la poca literatura con la que habíamos aprovisionado nuestras mochilas, en cuyo interior viajaba el codiciado librito entre latas de atún, calcetines y una barra de fuet.

Pero llegó el día y el momento fatídico en que arribé a la última página de aquel librito: "El dragón y la princesa". Con desconsuelo infinito paladeé las últimas oraciones... Y entonces una leyenda, en letra pequeña, hizo nacer el sol nuevamente. La leyenda rezaba: "El dragón y la princesa es la primera parte de la obra de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas". Mi corazón dio un vuelco. El tren seguía recorriendo Europa. Mis manos temblaban de emoción contenida. Amanecía.

Al terminar el InterRail, de vuelta a Tenerife, no hizo falta asaltar ninguna librería. Allí estaba, en la estantería de mi casa, aquel libro de tapa dura y marrón con letras doradas. Allí estaba aquel comienzo en el parque Lezama: el adolescente y solitario Martín, la enigmática y turbia Alejandra... y todo lo demás. Había tenido que llegar muy lejos para encontrarme con "Sobre héroes y tumbas". Había tenido que atravesar Francia, Bélgica, Alemania, Austria y Suiza en tren para poder descubrirlo entre tantos otros libros que poblaban aquella estantería de casa de mis padres.

Aquel verano leí por primera vez Sobre héroes y tumbas, y durante muchos años fue mi libro favorito, si es que esas cosas existen.


Dice Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas que "siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". Algo similar canta Sabina en Peces de ciudad: "En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".

Hace unos meses me propuse volver al parque Lezama, a aquellas páginas donde fui feliz. No suelo releer libros a no ser que me hayan gustado muchísimo y haya pasado bastante tiempo entre una y otra lectura. En este caso, habían pasado 14 años: tiempo suficiente. Quería releer Sobre héroes y tumbas y descubrir si pasaba la prueba del tiempo. Yo ya no soy quien fui, supongo. Ha llovido muchísimo desde entonces. He viajado, he estudiado Filosofía y me he convertido en profesor: ¡en profesor! Ya no me dicen por la calle "Oye, chico". Ahora, en cambio, me tratan de usted...

Así que hace unos meses quise revisitar a Ernesto Sábato para comprobar si su literatura me había subyugado por el simple hecho de encontrarme yo entonces en las postrimerías de la adolescencia. Regresé a Sobre héroes y tumbas con un espíritu casi científico y con el propósito de responder a esta pregunta: "¿Es Sobre héroes y tumbas una novela de y para adolescentes?".

Si nada extraño ocurre, terminaré de releer la novela este fin de semana, pues apenas me quedan treinta páginas. Pero ya antes de concluir esta empresa sospecho que habré de lamentar haber vuelto a remover las páginas del pasado: "No debieras tratar de volver" -advierte Sabina. "Siempre es levemente siniesto -añade Sábato- volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección".

Aquel verano en que descubrí Sobre héroes y tumbas fue uno de esos lugares. Aquel verano y aquel viaje en tren, ligero de equipaje, con poquísimo peso en la mochila: sin tantos viajes a cuestas, sin una carrera de Filosofía a mis espaldas, sin más profesión que la de recorrer Europa con mis amigos ni más posesión  que un camping-gas, una linterna, una barra de fuet y un librito titulado "El dragón y la princesa", de un  argentino llamado Sábato.

El pasado es el lugar al que uno no debiera tratar de volver.

Obcecarse en ello es levemente siniestro, como la música de Mike Olfield.


domingo, 13 de febrero de 2011

uNivErSoS íNtiMoS

video

Si yo tuviera un hijo, llegada su adolescencia, deslizaría sigilosamente un ejemplar de "Sobre héroes y tumbas" en algún lugar al que él pudiera acceder por su propio pie. De esta manera podría establecer con el libro una relación más íntima. Un adolescente nunca aceptaría ingresar en el universo atormentado y desesperadamente trágico de Sábato de la mano de su padre.

viernes, 11 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

SeR HuMaNo


En los 40 principales repiten una y otra vez las mismas canciones. La teoría o la lógica dicen que son cuarenta, pero no creo que pasen de quince o veinte. Ésta del grupo "Pignoise" (que significa literalmente "ruido de cerdo") la escuché hace un par de semanas, en la carretera, mientras conducía, que es cuando escucho los 40 principales, o Europa FM, o Cadena 100, es decir, las emisoras de música pop comercial que retransmiten música enlatada sin mayores pretensiones.

Escucho esta música mientras conduzco porque es pegadiza y ligera (como la del hilo músical de los dentistas o la de los vuelos de Binter), aunque también porque -lo admito- en materia musical soy bastante analfabeto y es difícil que salga de mi sota, caballo y rey. 

Decir que la escucho es decir demasiado; más correcto sería precisar que la oígo. Sin embargo el otro día me dio por escuchar esta canción de "Pignoise", es decir: me fijé en su letra. Y he de decir que no tiene desperdicio:

"Nunca he sido un lobo feroz
Yo siempre fuí ese patito feo
Que se escondía bajo un caparazón
Guardaba su corazón y que creia en los cuentos
Y ahora que ya me he hecho mayor
No soy un cisne, soy aun mas feo
Ya no me queda nada de corazón
Ahora soy depredador de cada presa que veo

Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.
Me da igual
Me da igual...



No soñaba con ser un Dios,

Solo ser uno mas en este juego
No quedan fichas, ni tampoco ilusíon
Solo tengo una misión, la de salvar mi pellejo


Nunca he sido un lobo feroz

Yo siempre fuí ese patito feo
Que se escondía bajo un caparazón
Guardaba su corazón y que creia en los cuentos

Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.

Porque me lavo las manos, yo me desentiendo

Solo barro mi parcela, me da igual lo vuestro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.


Y cada uno por su lado (siempre igual)
En vez de tendernos la mano
Si podemos nos la pisamos (que mas da)
Y para que nos abrazamos??
Si sabemos que todo es falso


Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual".




Los subrayados no estaban en la web de la que he copiado la letra sino que los ha hecho el profe de Ética que hay en mí. Mi amiga Montse suele trabajar en sus clases con canciones, algunas de las cuales comparte con nosotros en su blog. Son por lo general canciones que nos hacen pensar, que nos estimulan, que nos ilusionan y que nos hacen ser mejores personas. O intentarlo. La de "Pignoise" es en este sentido una "anticanción", de la que se puede también sacar provecho en las clases, pues de los errores se aprende...

Y es que ¿Cómo definir este gruñido, este ruido de cerdo que nos traen estos chicos de flequillo largo, gafas de pasta y aspecto estudiadamente desaliñado? Yo lo definiría como el colmo del cinismo.

El Wordreference define así la voz "cinismo":
  1. m. Desvergüenza o descaro en el mentir o en la defensa y práctica de actitudes reprochables.
He de decir que la defensa del cinismo en arte (y supongo que también en la vida) siempre me ha resultado bastante cargante. Los escritores malditos, los inmoralistas avant la letre, los descreídos sabihondos, los individualistas empedernidos... todos ellos me resultan algo cansinos. Y cuando el pataleo que montan es excesivo me resultan incluso (aunque pueda sonar paradójico) algo infatiloides: están empeñados en que las cosas no pueden salir bien, en que todo es una mierda, y parecen no poder descansar hasta convencernos a todos de que no hay esperanza.

Vale, vale, lo admito: ¿no estoy pecando de ingenuo? Puede ser. Sin embargo, con los años me he ido convenciendo de lo siguiente: que prefiero pecar de ingenuo que de cínico

Las novelas o las películas que me emocionan son aquellas en las que, sin dejar de mostrar la maldad que anida en el fondo de todos nosotros (el egoismo, la traición, la cobardía, la ignorancia), y lo complejo que resulta que todo termine bien con ingredientes tan inicuos, al final tiene sentido la esperanza, el optimismo, la lucha y el tesón, pues también en nosotros es posible el sacrificio, la generosidad, la justicia, el amor.

La lectura de novelas que propugnan un ideario cínico contrario a éste me ha resultado casi siempre insufrible. Algunas de ellas son supuestamente obras maestras de la literatura occidental, como "Viaje al fin de la noche" de Ferdinand Céline, a quien odié con toda mi alma durante el mes que me enzarcé en sus páginas; o la célebre "Trópico de Capricornio" del malditísimo Henry Miller, que me costó sudor y lágrimas terminar, y algún cabreo.

Ya sé que a la época de las revoluciones se le pasó el arroz. Ya sé que la crisis nos tiene a todos de capa caída. Ya sé que a los chicos de "Pignoise" todo les da igual. Y que a nuestros alumnos todo se las suda. Sé  que el idealismo está pasado de moda. Que todo se compra y que todo se vende. Que el hombre es un lobo para el hombre. Que somos muchos y cobardes. Y que la ley del mercado es la ley del mercado. Ya sé que tras las elecciones habrá más de lo mismo. Y que los políticos son unos corruptos.

Todo esto lo sé. Pero es una cantinela que no me motiva, y un lodazal en el que no encuentro sentido  regodearse. Es a los cerdos a los que les gusta este ruido: revolcarse en la mierda. No a los seres humanos. 

Y aunque pueda resultar cursi o anticuado diré que lo que cantan los seres humanos no es lo de "Pignoise", sino esto:

No soy un lobo ni un patito feo,
No soy un cisne pero tampoco un perro
Que ladra, que muerde, vacío por dentro.

No soy depredador de cada presa que veo,
Ni un delincuente con los sentimientos.
Pues no todo me da igual.
Me da igual...
No todo me da igual.

Porque sí tengo ilusión,
Pues no es sólo mi misión
La de salvar mi pellejo.

Pues no me lavo las manos ni me desentiendo
No barro sólo mi parcela ni me da igual lo vuestro
No estoy vacío por dentro
Pues no soy un cerdo.

Y es que yo no soy perfecto
no soy un cisne bello.
No soy un dios, no soy un héroe
Pero tampoco un cerdo.

Sólo soy un ser humano
Y por eso no ladro
Sólo soy un ser humano
Y por eso no muerdo

Porque soy un ser humano
No todo me da igual,
Me da igual...

No todo me da igual...