"A los tres días me encontraba navegando en un viejo velero rumbo a América. Íbamos sesenta hombres y una mujer. La mujer era la esposa de uno al que no se le ocurrió nada mejor que llevarla con él".
"No quiero contarte las cosas que sucedieron durante los cuarenta días de navegación a causa de la mujer. Casi matan al marido y casi la matan a ella... Todos querían "abusarla". Y gracias que el marido, como buen isleño bastante desconfiado, tuvo la precaución de llevar un revólver. Viejo y antiguo era el revólver, todo destartalado que yo no sé si acaso funcionaba, pero gracias a él pudo el fulano mantener a raya a aquellos más exaltados que a toda costa querían trompicarla... a la mujer. Pero bueno, este es otro asunto".
"Como te decía, habíamos salido de una playa de Las Palmas sin pasaporte ni documentación alguna, clandestinamente. Otros ya lo habían hecho en pesqueros más viejo y más pequeños y todos habían llegado a Venezuela. Lo que pasamos en la travesía no es para narrarlo. Se nos acabaron los víveres y gracias a un barco japonés que nos tropezó en ruta y nos dio algo. Después tuvimos que racionar el agua. Más tarde se nos rompió el palo del velamen, que al fin pudimos arreglar; y por último, cuando el barco empezó a hacer agua por un costado y no descansábamos achicando, tuvimos la suerte de avisar tierra. Eran las costas venezolanas. Estábamos salvados".
"Al acercarnos a la Guaira nos salió al encuentro una falúa con policías. Casi de remolque entramos en el puerto. Allí nos rebuscaron, nos controlaron, nos inscribieron seguramente en la lista de extranjeros refugiados y, sin más requisitos, nos dejaron ir a cada uno donde quisiéramos. Al patrón y al negociante de la expedición (nos cobraron por cabeza tres mil pesetas) creo que los detuvieron, y el barco quedó fondeado en la bahía para que allí se pudriera, como había sucedido con otros llegados anteriormente. Yo, con dos más, uno de La Gomera y otro de Lanzarote, me puse enseguida camino de Caracas. Extendida bajo un sol caliginoso se respiraba en la ciudad el ímpetu de un pueblo joven, laborioso, lleno de energías y lleno de afán de lucha por el medro personal y... la expansión económica de la nación entera. Este afán y esta lucha la manifestaban, más que los nativos, los miles de emigrantes que de Europa llegaban a la República en busca del vellocino de oro, sobre todo portugueses, italianos y españoles".
(Leandro Perdomo: Nosotros, los emigrantes)
