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sábado, 31 de mayo de 2008

cArTa aL FuTuRo 10


"Antes mi íntimo amigo era Quin, pero ahora es Isidro, después Alberto, Quin o Santiago que ahora suele estar mucho con nosotros".

Me asombra y llena de orgullo comprobar hasta qué tiempos remotos se remonta la amistad que tengo con algunos de mis mejores amigos.

En realidad, me asombra y llena de orgullo poder decir que tengo mejores amigos, una expresión un tanto pueril y dogmática, pero que me reconforta.

Han llegado -luego- nuevos amigos y amigas.

Pero aquellos, mis mejores amigos, ahí están, aquí, refutando este blog en su título.

Estuve buscando sin éxito alguna foto del curso 89/90, en que escribí esta carta. Sólo encontré ésta del curso 86/87. Efectivamente, ahí estoy yo, sentado junto a mi íntimo amigo Quin, antes de que le restara algunas décimas a nuestra amistad y le sobrepasara en el ranking Isidro, con quien había pasado un verano de perrerías en un campamento de inglés en Agaete, muy cerca de donde el próximo 4 de octubre se casará, mientras yo estaré muy muy lejos, al otro lado del Atlántico, perdido en tierras tejanas.

Cuando uno crece se pregunta asombrado cómo se podían clasificar a los amigos en un orden variable de preferencias, como si de singles de los 40 principales se tratara. Era, supongo, la época en la que nos hacíamos preguntas como:

"¿Tú a quién quieres más: a tu padre o a tu madre?"

"¿Quién es más fuerte: tu padre o el mío?"

La época en que casi todos los padres o eran karatekas o tenían en casa una ametralladora. La época del "rebota, rebota y en tu cara explota" o del "cruz y raya para toda la batalla"...

Bueno, ya saben a qué me refiero.

Intentaré recordar los nombres de mis compañeros de clase en la época en la que tenía 9 años:

En la fila de arriba, de pie, de izquierda a derecha:

Eduardo, Lalo (Ladislao), José Esteban, Esteban, Gustavo, Ana Dácil, la seño, Victoria, Concheta, Ana, XXX, Judith, Carmen Pilar y Mª José.

En la fila de abajo, sentados en el banco:

Dani, Rafa, yo, Quin, YYY, Alberto, Pachi, Carlos, Alberto Manuel, Tahiche, Gregorio y ZZZ.

¡Vaya! No consigo acordarme de los nombres de ZZZ y de YYY.

Respecto a XXX podría ser Inés pero no consigo ampliar la foto y no distingo bien su cara.

Excepto a Vicky, Concheta, Ana, Tahiche y, por supuesto, Alberto y Quin, a los demás les he perdido completamente la pista.

¡Cómo me gustaría volver a saber de ellos!

Hace ya un tiempo, durante la carrera, me propuse volver a reunir a los compañeros de clase de 8º de EGB de la Aneja. Me puse manos a la obra, con la ayuda de Alberto. Visitamos casas de familiares, preguntamos teléfonos, hicimos correr la voz. Al final conseguimos reunir a un grupito de veinte y fuimos a cenar a un restaurante chino.

Recuerdo que propuse pasarle el testigo de la organización a alguien para repetirlo en años sucesivos, pero la gente estaba demasiado eufórica con las cervezas y el licor de hierbas como para tomárselo en serio. Alguien dijo que no hacía falta organización, que ya nos iríamos encontrando y corriendo la voz para repetirlo el año siguiente...

Ignoraban lo que nos costó reunir aquella noche a gente tan diversa y que había tomado caminos tan diferentes.

No hemos vuelto a hacerlo.

"Ya sólo queda un curso y un día (mañana que es cuando acaban las clases) para despedirse de los amigos queridos del colegio con los que alegres y tristes ratos pasé y que seguramente no los veré ya nunca más a muchos de ellos, por eso voy a poner los nombres de los chicos de la clase para acordarme de ellos, aunque no sean ellos los únicos con que me lleve. Alberto, Isidro, Quin, Patricia, Lorena, Xerach, Silvia, Rebeca, Mónica, Esteban, Victor, José Esteban, Alberto M., Ginés, Ana, Yaiza Perez, Concheta, Inés, Carmen, Eva, Yaiza Peraza y yo".

A muchos de ellos no los veo desde aquella noche de reencuentros en el chino.




miércoles, 14 de mayo de 2008

cArTa aL FuTuRo 9


"Aprovecho este momento para contar cosas malas que mis padres no saben y por supuesto dentro del plazo que he fijado al principio de la carta no creo que mi madre / padre me riña por lo que hice hace 12 años. Bueno, en el colegio hacemos (yo y mis amigos) cantidad de gamberradas, mejor dicho hacíamos, porque los dos últimos trimestres nos hemos portado bien. Pero en el primer trimestre si que eramos el terror de séptimo aunque a veces nos echaban culpas de cosas que no habiamos hecho puesto que teniamos la fama. Todo esto me refiero a Isidro, Alberto, Quin y yo, que son con los que mejor me llevo y con los que siempre estoy".

¡Quién iba a decirme a mí, al gamberro de 12 años de 7º A, que acabaría yo de profesor!

¡Quién iba a decirme que acabaría de jefe de estudios!

Ahora parte de mi labor consiste en lidiar con gamberrillos como el que yo fui, con aquellos considerados por profes y alumnos como "el terror de 1º"... ó 2º, ó 3º de ESO.

Y ello me hace reflexionar...

Siempre fui un alumno estudioso, aplicado, de buenas notas. Dicho con el lenguaje pomposo de las abuelas y de algunos profesores: un alumno brillante.

Siempre lo diré: tuve y he tenido la suerte, la ventaja, el privilegio de ser hijo de profesores.

Hoy todavía sigue siendo cierto que los alumnos con padre o madre dedicados a la enseñanza lo tienen más fácil en la escuela.

Sin embargo, también fui un alumno hablador, juguetón, que me lo pasaba pipa en clase, y del que los tutores apostillaban siempre: "Se despista con sus compañeros".

Y a mis 12 años fui, en efecto, muy gamberro.

La pregunta es:

¿Tan gamberro como los más gamberros de ahora? ¿menos gamberro? ¿más? ¿Quizás ni más ni menos sino gamberro en un sentido diferente?

Recuerdo un año en el que teníamos las tutorías los viernes e invariablemente ese día la tutora nos llamaba a capítulo. Seguramente fue durante ese 7º de EGB al que me refiero en la carta. Cada viernes la tutora nos transmitía las quejas que recibía de nosotros por parte tanto de otros alumnos como del resto de profesores.

Recuerdo cómo nos pasábamos con algunos profesores, como con Mari Carmen, la de matemáticas. Durante ese año teníamos una especie de competición para ver a quién echaba más veces del aula. Aquella competición la gané yo y acaso debido a todas esas clases que perdí, muerto de risa en el pasillo con algún que otro expulsado, las matemáticas ha sido siempre para mí una asignatura árida que con frecuencia se me ha resistido.

En una ocasión nos pusimos de acuerdo para que cuando yo volviera del baño y tocara la puerta, todos los alumnos se levantaran corriendo de su sitio para abrir la puerta al mismo tiempo. Ese día vimos a Mari Carmen enfadada como nunca.

En Educación Física teníamos prohibido correr como bólidos hacia la pila de colchonetas para tirarnos en plancha sobre ellas gozosamente; y precisamente por eso, y por lo blanditas que eran, aprovechábamos cualquier despiste del profesor para lanzarnos en tropel, uno encima de otro.

Hasta que un día la caída en plancha fue algo más aparatosa y multitudinaria de lo habitual y uno de nosotros, Alberto, rompió el cristal de la ventana y se quedó con el pie enganchado a la misma...

Aún me da risa y pena recordar la cara de susto de Alberto cuando entró el profesor al gimnasio y lo vio tumbado en la colchoneta con el pie en alto, cual conejo atrapado en su cepo.

Muchos años más tarde ese mismo gimnasio (que llamábamos el prefabricado) volvió a darle mala suerte a mi amigo Alberto; y volví a reirme de nuevo y a sentir lástima por él. Fue en Carnavales, en una mañana de domingo electoral, previa al sábado de piñata. A Alberto le había tocado ser suplente del vocal de la mesa electoral y tras un largo y arduo proceso de persuasión conseguí convencerlo de que saliera de marcha esa noche y de que siendo el suplente era muy improbable que le tocara quedarse.

Por la mañana, a eso de las 8, entramos al prefabricado, muertos de risa, borrachos, disfrazados él de enfermera y yo de arlequin, o viceversa, exitados por volver después de tantos años a nuestro querido colegio Aneja. En la mesa todo el mundo estaba muy serio, muy aseado y circunspecto. Pese a todo, nosotros entramos allí llenos de júbilo y de buen humor:

-¡Buenos días! Soy el suplente del vocal -dijo la enfermera.
-Y yo el suplente de la consonante -añadí entre risas.

Allí nadie se rió. Al contrario, el presidente le cortó tajante:

-Pues vete a casa a cambiarte porque el vocal no ha venido y debes quedarte tú. Tienes media hora.

A Alberto se le cayó el mundo encima y a ambos se nos convirtió de súbito la borrachera en una resaca en vida y en un sueño y cansancio infinitos. Mientras él se duchaba y cambiaba en casa yo le compré algo de desayuno. Una vez dentro, en la mesa, luchando contra el sueño, recibía periódicas visitas mías cada hora u hora y media. Le había prometido la noche anterior que si el vocal no acudía yo me quedaría con él hasta el final, haciendo guardia, sufriendo la misma penitencia.

¡Qué largas se me hicieron aquellas horas de sol abrasador, disfrazado de arlequín o de enfermera y dando vueltas sin sentido por el patio de mi antiguo colegio, cual presidiario sin rumbo posible!

A eso de las 14 la mirada de mi amigo dejó de destilar tanto odio y me dijo:

-Ya te puedes ir cacho cabrón.

Yo aguanté todavía media hora más, pero me di cuenta de que aquello era absurdo. Vencido por el sueño y la fatiga me fui a casa, soñando con mi cama, con el permiso de mi amigo debajo del brazo...

También respecto a otros compañeros fuimos un poco malos.

Teníamos nombretes para todos: Víctor era el vampiro (por lo mal que tenía la dentadura); Alberto Manuel era Pumuki (por lo enano e infantil que era); José Esteban era el empollón por antonomasia pero todos lo llamábamos el leche por el color de su piel.

Monica-ca, Dani caballo, Carlos higo pico, Lalo-Lalona, Patri la gorda...

A veces me pregunto si a lo que hacíamos hoy se le llamaría acoso.

Éramos malos, aunque no malísimos.

De eso me doy cuenta al recordar cómo nunca sentí ni mostré agresividad alguna hacia mis profesores y, sobre todo, cuán insólita e inconcebible me resultó verla en ciertos alumnos, muy pocos y raros, a los que todos temíamos.

Por ejemplo, nunca podré olvidar el enfrentamiento entre El Rata, el matón indiscutible que repetía o tripitía octavo cuando nosotros estábamos en quinto o sexto (y que actualmente está en silla de ruedas por un accidente de tráfico) y La Mala, la cuidadora del comedor con más mala leche que haya tenido el colegio.

No recuerdo el origen del rifi-rafe, sólo el final, el desenlace:

Tras una bronca de La Mala hacia los alumnos de la mesa en que comían El Rata y los suyos, éste se dio la vuelta y le espetó:

-Eres una coneja.

La Mala
se acercó de nuevo a la mesa, cargada como estaba con dos jarras llenas de agua, y sin pronunciar ni una sola palabra, sin que se le tensara el más mínimo músculo de la cara, vació el contenido helado de una de las jarras sobre la cabeza díscola de El Rata.

Todo el comedor estalló en una risa colectiva y en una competición de aplausos y silbidos. Aquello sirvió de catarsis colectiva y de resarcimiento para todos aquellos que en una u otra ocasión habíamos sido víctimas de los abusos e intimidaciones de El Rata y de su inseparable secuaz El Frankestein.

Aquel día fueron muchos los que odiamos un poquito menos a La Mala.

Aquellos fueron sin duda unos años maravillosos, trufados de anécdotas inolvidables.

Hoy me cuesta trabajo entender la aversión que tantos alumnos sienten hacia el colegio.

Y cuando como jefe de estudios me sorprendo a mí mismo indignado y cabreado por alguna perrería cometida en el Blas, traigo de nuevo a la memoria mis gamberradas de pubertad, e intento así ser más comprensivo, más indulgente o condescendiente.




miércoles, 7 de mayo de 2008

cArTa aL FuTuRo 8


Diversos menesteres me han mantenido un tanto apartado del blog últimamente y hasta esta CaRta aL FuTuRo, que ahora reanudo, se ha visto interrumpida:

"Este verano Quin me ha invitado a (Calzada de Calatrava) en Ciudad Real. Mido 1,47 m. y peso 54 kg. Aunque la gente diga que no yo creo que estoy un poco gordo. Aunque... ¿Quién sabe? Alomejor dentro de unos años está de moda estar rellenito"

Recuerdo nítidamente aquel verano en Calzada de hace casi 20 años.

Recuerdo el calor abrasador, que obligaba a todos a practicar al mediodía una siesta por decreto y a cerrar a cal y canto puertas y ventanas hasta bien entrada la tarde. Yo no conseguía dormirme, daba vueltas sin cesar en mi cama, ansioso porque pasaran los minutos y las horas veloces para poder salir a la calle y asistir a aquella vespertina resurrección colectiva.

Recuerdo las granizadas de limón y las berenjenas en vinagre como los protagonistas culinarios de aquel verano. Hay comidas que uno prueba en algún momento de su vida y que se le quedan grabadas a fuego en la memoria del paladar; platos que uno sabe que jamás volverá a saborear del mismo modo, pues son deudoras de un contexto y de un momento; manjares irreales y fabulosos que nuestra imaginación y nuestro recuerdo han idealizado hasta el extremo de volverlos irrepetibles.

Así, las albóndigas que un día probé en la casa de mi amigo Isidro, allá por mis 12 años (de nuevo), cuya receta pidió mi madre a la de Isidro, pero que no pudo emular.

O las napolitanas de chocolate de la panadería de Caleta de Sebo, en La Graciosa. Qué decepción cuando me enteré de que eran congeladas: bollería industrial congelada de la que tanto abunda en las islas.

O el cochinillo de "Casa Cándido" en Segovia, pura mantequilla, aquel invierno en que mi tío Nando nos llevó a mi prima María, a mi hermano y a mí de excursión desde el Madrid en el que estrenábamos vida fuera del calor del hogar.

Las granizadas de limón, sorbidas con pajita a todas horas, pertenecen, junto a las berenjenas en vinagre que vendían en la calle y que comíamos enzartadas en un palito, a esa colección de joyas alimenticias que -como la magdalena de Proust- despiertan en mí toda una serie de evocaciones y remembranzas colindantes.

Recuerdo las excursiones en bici, en esas bicicletas antiguas, grandes y rápidas. Recuerdo recorrer el pueblo a toda velocidad. O salir de él y embarcarnos en esas carreteras eternas, solitarias, monótonas y abrasadoras.

Íbamos a Almagro, o a algún castillo abandonado por los alrededores.

Aprendí allí a amar ese paisaje llano, seco y sin fin.

Un paisaje que aparecería más tarde en parte de la poesía que estudiaríamos en 2º de BUP.

Un preludio, en cierto modo, de mis años en Lanzarote, con sus pueblos aislados entre sí, con sus áridas llanuras y sus noches negras y estrelladas.

Como era el pueblo de Almodóvar, en el cine de verano que había detrás de la casa las pelis del cineasta manchego las pasaban gratis o a un precio simbólico. Creo que sólo fuimos a ver una e ignoro si era o no de Almodóvar. Detrás nuestro se nos sentó un grupito de chicos que se dedicaron a incordiarnos durante toda la película. No recuerdo qué nos decían, ni si nos insultaron. Puede que a mí me susurraran:

¡Gordito!

Recuerdo lo mal que me sentí esa noche al volver a casa: humillado y cobarde por no haberme dado la vuelta y haberles dado un par de puñetazos a cada uno de ellos.

Guardo en mi memoria alguna escena parecida a esta, en la que opté por escabullirme con el rabo entre las piernas. La humillación y el desprecio por mí mismo que pude sentir en tales ocasiones me hace comprender a mis alumnos, cuando responden con golpes a los golpes o insultos, para dejar indemne su amor propio.

Aunque también recuerdo haberme visto implicado en peleas y agresiones, algo que retrospectivamente me sorprende, de tan pacífico que soy.

Recuerdo un día en el que me peleé con un caletero en la orilla de la playa y, luego, apenas unas horas más tarde, lo hice con mi amigo Santi. Recuerdo que mi padre me echó una gran bronca y hasta creo que me dio una bofetada. Me preguntó muy enfadado y retóricamente que si me creía un "gallito de pelea".

Otra vez -en el colegio- me acerqué corriendo a mi amigo Quin y le di un puñetazo en la cara. Creo recordar que el motivo fue tan sólo que me había quitado la mochila de clase y la había tirado por los aires...

Recuerdo que me sentí tan despreciable como cuando me quedé sin responder a los provocativos manchegos de Calzada de Calatrava. Aún a día de hoy me causa sonrojo recordarlo y saber que en su momento fui capaz de cosas como éstas, de las que tanto me arrepiento.

Nunca podré compartir esa idea tan extendida de negarse a sentir arrepentimiento por lo que en algún momento de nuestras vidas pensamos o hicimos.

Al amigo que me llevó a ver murciélagos en castillos en ruinas.

Al amigo con el que compartí en casa de Adela Castillo el colchón más blando de La Mancha.

Al amigo con el que nadé en Las Lagunas de Ruidera.

A ése, pues al de hoy que vive en Barcelona no hace falta.

A ése, al de la gorra fucsia calada hacia atrás y el rostro acalorado.

Al Quin de mis 12 años le pido perdón, después de tantos años, por aquel puñetazo miserable.


domingo, 2 de marzo de 2008

cArTa aL FuTuRo 6



"Respecto al Mundo en general o a la sociedad hay muchísimas cosas de que hablar. Ahora mismo se está realizando el Mundial de Fútbol "Italia 90" y aunque a mi lo que me gusta es el baloncesto me estoy aficionando un poco al Fútbol. Papá cree que va a ganar Alemania"

Me pregunto de dónde procede mi absoluto desinterés por el fútbol.

Me ha sorprendido enormemente este fragmento de la carta al futuro, en el que a la hora de abordar las cuestiones del mundo o la sociedad en general haya comenzado -y casi terminado- con el fútbol, al que nunca le he prestado la menor atención.

Mis amigos lo saben y de vez en cuando me hacen alguna pregunta de actualidad futbolística (el último fichaje o el último derby) para reírse un rato a mi costa: saben que me quedé en Santillana, Quini, Sanchís, Butragueño, Michel... y poco más. Probablemente los jugadores de ese mundial de "Italia 90" que, por cierto, no tengo ni idea quién pudo ganar.

Por eso (para reírme a costa de ellos o junto a ellos) algunas veces antes de quedar llamo a mi hermano, autoridad en la materia, y le pido que me suelte algunos comentarios de friki sobre alguna primicia. Me los aprendo de memoria, los asimilo, y cuando estoy con mis amigos y alguno saca el tema en cuestión, dejo caer la perla prestada como quien no quiere la cosa. Ellos se quedan estupefactos durante un segundo... y en seguida estalla una carcajada colectiva, en la que me incluyo.

Sí, el fútbol no es lo mío: ni en la teoría ni en la práctica.

¡Cuán metirosa puede ser una imagen!


domingo, 24 de febrero de 2008

CaRtA aL FuTuRo 5


"Hace poco más de un mes mis padres pasaron su dormitorio, que antes estaba al lado del cuarto de la tele a la buhardilla del piso de arriba que estaba vacía y yo que antes dormía con Pablo me he mudado al cuarto que mis padres han desalojado. Mis padres abandonaron el cuarto por los ruidos de la calle y especialmente del ambulatorio que está justo enfrente. Otro cambio importante que ya dentro de poco vamos a realizar es la restauración de la fachada que va a consistir en pintar la pared de la fachada y también abrir puertas en el lugar donde están las ventanas para así alquilar locales. Hay otros arreglos pero que ya sería de segundo grado de importancia como por ejemplo hacer un pequeño baño en el patio y otra mucho más antigua como la realización de la bodega".

Recuerdo los diez primeros años de vida en nuestra nueva casona lagunera como un continuo trajinar de obras y reformas.

He de admitir que el recuerdo, sin llegar a ser traumático, no es grato. Aunque fueran mis padres los más que trabajaban, los más implicados, a los niños también nos tocó arrimar el hombro. Y ello fundamentalmente en plenas vacaciones.

Aunque posiblemente mi memoria magnifique la cuestión, lo cierto es que recuerdo como algo habitual el postergar o cancelar cualquier plan con mis amigos por culpa de las obligaciones para con la reforma de turno: barnizar el balcón, vaciar de escombros el jardín, darle otra mano de pintura a los locales...

En mi ropero siempre hubo varias mudas de eso que llamábamos "ropa de faena".

A veces se me ocurría pensar que mis padres se inventaban nuevas obras en la casa sólo para tenernos ocupados con alguna tarea, con el cumplimiento de algún deber.

A mi padre lo bautizamos mi hermano y yo con un apodo que aún le sigue caracterizando: "El bricópata".

Ahora que reflexiono sobre ello, me doy cuenta de cuán buenos padres fueron en este punto. Desde mucho antes de los años de bricolaje infantil nunca faltó en mi dieta veraniega un Cuadernillo Rubio o un libro de Santillana. Recuerdo mi rebedía al respecto durante un verano en la Caleta, en esta misma casa desde la que ahora mismo escribo (¡qué vueltas que da la vida para llegar al mismo sitio!): "¿Por qué tengo que hacer deberes durante el verano si he aprobado todo?". El argumento no era malo y recuerdo que conseguí con él una victoria a medias: hacer sólo la mitad de lo pactado, cumplir sólo media condena.

Imagino ahora el dilema de mis padres ante mi pataleta y pienso que acertaron, pese a todo, con la solución negociada que adoptaron.

Ahora que reflexiono sobre ello, me doy cuenta de que todas aquellas tareas y trabajos en la casa tenían más que nada una función educativa. Ello, y otras tantas cosas que probablemente no alcanzo a discernir. Mi hermano y yo tenemos, creo, bastante fuerza de voluntad, gran capacidad de trabajo y un sentido de la responsabilidad y del deber más que aceptable.

Posiblemente en aquellos trabajos en casa está en parte el germen de todo ello.

En otro orden de cosas: ¡Cuántas cosas que ya no son ni están hay en estas fotos y en este párrafo!

Mis cálculos al escribir la carta-al-futuro fueron optimistas, pues el "ya dentro de poco" en el que situaba la reforma de la fachada llegó dos años más tarde, en 1991, según reza -con letra de mi padre- la nota aclaratoria del álbum de fotos.

¡Qué tiempos aquellos en que aún dormía con mi hermano, en nuestro cuarto!

El cuarto para mí solo, conquista de mi adolescencia, había sido en un primer momento el dormitorio de mis padres. Se convirtió luego en mi cuarto, en el que devoré tantas lecturas nocturnas, mientras adivinaba por el cristal casi opaco el flexo del cuarto de Pablo apagarse, en el que me quedé toda una noche en blanco con mi amiga Yaiza haciendo láminas de dibujo técnico, en el que aprendí a masturbarme regular y religiosamente, esto es: cada noche.

¿Cómo perdió ese cuarto, luego, al mudarme al entresuelo, toda su identidad? ¿Cómo se convirtió en lo que ahora es: "el cuarto de las dos camas" o "el cuarto de invitados"? ¿Fue algo súbito o en virtud de un proceso gradual e imperceptible?

¡Cuánta arqueología personal me espera en ese cuarto!

Tampoco el exterior al cuarto es el mismo. Para empezar, hace ya tiempo que el Ambulatorio que nombro en la carta ha dejado de estar ahí. Hace ya tiempo que la fachada de casa luce un color diferente, ese azul inconfundible al que nos hemos todos acostumbrado como si siempre hubiera sido igual. Hace ya tiempo que el coche familiar no es ese Peugeot 205 blanco que aparece en la foto. Hace ya tiempo que se acabó de hacer la bodega y el baño del patio que anuncio en la carta como un proyecto inminente.

Mi padre, por otra parte, se adivina en la foto más joven, más lozano, pese a que su resistencia a los estragos del paso del tiempo le haya valido siempre entre sus amigos el cariñoso y elogioso sobrenombre de Dorian Gray.

Qué regalo envenenado le escribí a mi yo futuro con tan solo 12 años...



miércoles, 20 de febrero de 2008

CaRtA aL FuTuRo 4


"En las casas antiguas se van haciendo renovaciones, arreglos y obras continuamente puesto que la casa es muy grande y poco a poco se van teniendo nuevas ideas respecto a ésta. Dentro de 12 años aproximadamente la casa tendrá muchísimos cambios más, por tanto voy a nombrar más o menos como está la casa. El granero, lugar donde ahora estoy, ya restaurado hace tiempo, ha quedado muy bien respecto a la obra".


Hay que ver cómo se van poblando poco a poco las casas con muebles, libros, cuadros e innumerables cachivaches que atesoramos sin darnos cuenta, plagando todo el espacio de objetos cargados de afectos y recuerdos.

Me encantó sacar esta instantánea con la que poder gráficamente comparar el antes y el después del granero. Me pregunto si fui yo quien sacó aquella foto hace más de 18 años, con mis padres al fondo. En cualquier caso, disfruté colocándome, tratando de encontrar el punto exacto desde el cual sacó la foto aquel fotógrafo anónimo.

domingo, 10 de febrero de 2008

CaRtA aL FuTuRo 3



"Ahoramismo mi hermano Pablo está en casa de un amigo; Jorge, casi siempre está en casa de éste. Últimamente esta obsesionado con el dinero porque quiere comprarse un coche teledirigido y yo y él hacemos trabajos para que mama ypapa nos den donero. Uno de esos trabajos puede ser arreglar la huerta puesto que esta fatal, llena de amorseco, escombros, sisternas viejas que mi padre guarda con afán, trozos de tea etc..."

Anoche nos fuimos a la cama con el susto en el cuerpo. Habíamos ido todos a cenar carne a la piedra, en uno de esos sitios de Madrid que nunca defraudan. Luego mis padres se fueron a acostar, pues había que madrugar mucho para coger el vuelo hoy tempranito (todavía me dura el jet-lag, mezclado con resaca y falta de sueño). Pablo, Estefanía y yo nos fuimos a un bar cubano de Plaza de España a tomarnos "la arrancadilla".


Cuando venía de la barra y acababa de sentarme en la mesita que habíamos ocupado con la tercera ronda de rones y mojito, ocurrió. Apareció mi hermano, que había ido al baño, con un chorro de sangre que le manaba desde la coronilla y le lamía todo un costado del rostro, hasta quedarse coagulada en los intersticios de la incipiente barba.


Estaba serio, súbitamente preocupado, pero sereno:


-Vámonos -dijo- me he dado un golpe y no paro de sangrar.


Bajamos las escaleras del garito, abriéndonos paso entre la gente, lo cual fue fácil, pues todos se apartaban ante la visión de la cara ensangrentada de mi hermano. Afortunadamente, al salir a la calle, un taxi en la puerta del bar aguardaba de modo providencial.


-Al hospital, a urgencias, por favor, se ha dado en la cabeza y no para de sangrar.


Un cliente se bajó del taxi: ignoro si había terminado su carrera o si cívicamente nos cedió su turno. Fue todo muy rápido, muy confuso y la embriaguez para colmo lo ralentizaba y difuminaba aún más.


El taxista era el típico taxista de Madrid: nos pidió que no le mancháramos de sangre la tapicería y se indignó porque nos faltaron unos céntimos al dejarnos en el hospital. Yo saqué a Pablo del taxi y lo acompañé adentro, mientras Estefanía discutía con aquel profesional del volante.


Atendieron enseguida a Pablo. Le curó la herida una enfermera. Mientras esperábamos al cirujano en la salita, junto a otra pobre gente que llevaba allí una eternidad (a juzgar por la intensidad de sus suspiros) me sentí bien. Estaba allí, junto a mi hermano, semi-ebrios ambos, algo trastornados por lo ocurrido, pero contentos de que no hubiera sido nada grave; apenas eso: en susto en el cuerpo.






La verdad es que mi hermano no ha dejado de darse golpes y sufrir pequeños accidentes o roturas de huesos durante toda su vida. Es un poco gato y su cuerpo es de un plástico dócil pero resistente. Se ha caído desde lo alto de unas escaleras, se ha roto una clavícula cogiendo olas, se ha abierto la cabeza pisando un rastrillo. Lo de anoche fue sólo un episodio más.

Nos llevamos seis años y creo que siempre fue precoz en todo, o al menos más precoz que yo. Pese a la diferencia de edad, hemos jugado mucho juntos de pequeños. Yo hacía el papel de hermano mayor; y el me seguía, por lo general, encandilado.

Nos disfrazábamos y nos sacábamos fotos. Hacíamos dieta y deporte juntos (retrospectivamente intuyo que tuve un brote de vigorexia adolescente). Inventábamos juegos y expresiones, un lenguaje propio.

Durante una época fui su héroe y su modelo, como suele serlo todo hermano mayor.

Tengo recuerdos de cómo poco a poco dejaba de serlo y buscaba y encontraba nuevos estímulos sugestivos que no fueran su hermano mayor. Muchas veces me metía con él o le exigía lo que no podía pedírsele a un niño de su edad. Por otra parte, crecía y su mundo se iba haciendo mayor. Era inevitable que tarde o temprano encontrase sus propias vocaciones y afinidades, ajenas a mí.

Aunque a veces lo había sentido como un fardo, que se empeñaba en seguirme en mis juegos, en venir con mis amigos o primos de mi edad, cuando fue él quien tomó la iniciativa de crecer por su cuenta, me sentí celoso, posesivo, egoístamente traicionado.

En esa alusión a Jorge puede que hubiera ya cierto recelo y envidia: "casi siempre está en casa de éste". En la misma carpeta azul en la que se encontraba esta carta al futuro había un poema de la misma fecha dirigido a mi hermano, en el que le recriminaba todo el tiempo e interés que le dedicaba a la televisón. Jorge, la tele, el fútbol: esos nuevos mundos que iba descubriendo Pablo le convertían cada vez menos en el hermano pequeño.

Probablemente me comporté a veces como el perro del hortelano.

No sé, creo que nunca lo hemos hablado detenidamente. Éstas son, por otra parte, sólo las sombras de una amistad entre hermanos en la que no encuentro más que luces.



Ahora esos seis años de diferencia se han borrado.

Hace seis años compartimos piso en Madrid, antes de empezar yo a trabajar.

Fue uno de los años más felices de mi vida.

Para ilustrar este párrafo de la carta al futuro, dedicado a mi hermano, he estado revisitando viejos álbumes de fotos.

Me he reído mucho y también me he emocionado.

Soy joven aún pero me he sentido anciano ojeando esas fotos.

Por la tarde hemos ido a visitar a una anciana de 86 años a su casa -mi abuela- y le he llevado de regalo un pequeño álbum con las fotos del cuarto cumpleaños de Pablo. Aparece ella algo más joven, radiante de felicidad, dando palmas jubilosa mientras mi hermano sopla las velas.

Le ha encantado el regalo y la he notado alegre y triste al mismo tiempo mientras pasaba las páginas del álbum.

He pensado que igual me he sentido yo esta mañana ante la avalancha de recuerdos que esas fotos me han traído: alegre y triste.

Me ha asustado comprobar todo lo que cuentan esas fotos a quienes allí estuvieron y han sido testigos y protagonistas de lo que ha venido luego.

Cada una de esas fotos son, también, vistas retrospectivamente, otras cartas al futuro.


viernes, 8 de febrero de 2008

CaRtA aL FuTuRo 2


"Vivo en la calle S. Agustin nº 73 (la laguna) en una casa antigua, típica de mi localidad. La casa es grandísima, esto es un dato bastante vulgar, puesto que hay un 90% de posibilidades de que dentro de que dentro de 12 años siga viviendo aquí. El balcón de mi casa es el segundo balcón más viejo de La Laguna. El primero es el de la casa Osuna que esta al lado de la Catedral y enfrente del videoclub García. Mi padre es un entendido en casas viejas, al igual quemi tío Luis que está restaurando una cas a antigua que compró y que seguramente este verano ya se instalará allí con mi tá Blanca y mis primos Nico, Blanqui, Isa, Luis"

Para un niño, nada más natural que comenzar por la casa, por el hogar. Es probablemente el dibujo más repetido entre quienes por primera vez cogen unos "creyones", unas ceras o un juego de témperas para retratar la realidad circundante: una casa, con sus ventanas y sus puertas, con su chimenea humeante, con su sol en lo alto y su árbol frutal.

Hace poco leí una novelita espléndida en la que, pese a estar narrada en tercera persona, todo lo que se nos cuenta procede del punto de vista del protagonista, Bruno, un niño de nueve años. Su familia se traslada desde Berlín hasta un lugar insólito, desconocido y sórdido. Y para expresar el desasosiego y extrañeza del cambio Bruno empieza, también, por la casa; describiendo y recordando la vieja casona familiar de Berlín y comparándola con este nuevo y enigmático lugar en el que ingresa.

Para el niño de 12 años que era yo al escribir esta "carta al futuro" aún más natural era comenzar por la casa. Hacía sólo dos años que nos habíamos mudado y posiblemente aún no había terminado de acostumbrarme a las nuevas dimensiones de todo.

Un poco después, entrado ya en la pubertad, o un poco antes, llegaría a avergonzarme de ella. Le diría a mis padres que yo lo que quería era vivir en un piso, como todos mis amigos: en un piso con ascensor. Y es que hay una época en la que nos avergonzamos de todo: de la casa pequeña, por ser tan pequeña, y de la grande, por ser tan grande; de la piel morena, por ser tan morena, y de la piel clara, por ser tan clara; del apellido raro, por ser así de raro, y del apellido común, por ser tan común; de ser tan bajitos y de ser tan altos; de ser tan flacuchos y de ser tan gordos... Es esa época en la que más que nunca nos aterra el ser o creernos diferentes.

La casa de mis padres, mi casa, ha ido ganando con los años valor económico y sentimental. La compraron por 17 millones de pesetas. Vendiendo la casa de Guajara por 16, sólo tuvieron que pedir un millón al banco. Quien la ha visto y escucha la anécdota no termina de creérsela. Yo lo sigo contando, para que sepan que pese a lo que pudiera desprenderse de la visita a este pequeño palacete, somos gente normal.



Al principio la casa me asustaba: fría, oscura, fantasmal, llena de crujidos nocturnos de la madera que hacían pensar en espíritus celosos de los nuevos y jóvenes inquilinos. También la consideraba una impostora: la culpable de haber vendido la casa de Guajara, que identifico con mi infancia de carreras de bicis, de cumpleaños dichosos, de cuarto de juegos, de C.P.I. (Club d Policía Infantil), de gamberradas sin fin.

Pero un día que mis padres coquetearon con el amago de fantasía hipotética de venderla, me di cuenta: ¡¡¡No!!!.

La idea me pareció inconcebible. Tras más de diez años de reformas, de evolución del mercado inmobiliario y de revalorización colectiva de las casas viejas del casco antiguo de La Laguna, el precio de una posible venta se había multiplicado por mucho.

Pero esa casa se había convertido para todos, y quizás fundamentalmente para los niños, en la casa. Ahora que dos tercios de mi vida (veinte años) se han desarrollado allí, el valor sentimental de esa casa cuyo balcón es el segundo más viejo de La Laguna (dato que me dicta mi yo de 12 años, pero que no he podido confirmar aún) tiende cada vez más al infinito. Ahora que cada rincón de la casa guarda un recuerdo, ahora que me he hecho amigo de esos espíritus celosos, ahora que me conoce la casa tanto como yo a ella, pues me ha visto jugar y estudiar y reir y llorar y leer y escribir y cagar y follar y soñar y crecer, ahora, qué va, ¡¡¡no!!!, la idea resulta realmente inconcebible.

Ya no existe el videoclub García. Ni tampoco vivo en San Agustín 73. En torno a los 24 años (pese al 90% que calculó mi yo de 12 años) dejé de vivir en Tenerife, con mis padres.

Pero si tuviera que reescribir ahora otra carta al futuro, no podría dejar de hablar de esa casa grandísima, antigua y típica de mi localidad.


martes, 5 de febrero de 2008

CaRtA aL FuTuRo 1


"Estoy ahora mismo sentado aquí, en mi casa, escribiendo a maquina. Estaba aburrido y no sabía que hacer, y he decidido que podría escribir a maquina, puesto que me gusta. He decidido que podría escribir cosas que ahora mismo me pasan o pensamientos mios, o cosas tan simples como en que colegio estoy, donde vivo, con que amigos me llevo mejor etc..."

Hace unos días mi padre encontró, en el interior de un viejo aparador, por azar, una carpeta azul con escritos y papeles míos, de épocas casi prehistóricas. Me conmovió especialmente esta "carta al futuro", escrita con tan sólo 12 años y con el firme propósito de no ser leída hasta 12 años después, cuando me hubiera convertido ya en un carroza de 24. Ese futuro tan lejano para mí llegó casi sin darme cuenta: cumplí los 30 y la carta quedó olvidada en el viejo aparador, sin que nadie la leyera, tal y como me propuse aquel 18 de junio de 1990.


"Las cosas que voy a escribir no son cosas priva das ni íntimas, son cosas vulgares que puede ver "todo el mundo". Voy a intentar que nadie lea esta carta hasta dentro de 12 años, como mínimo exceptuandome a mí, fecha en la cual yo tendré 24 puesto que ahora tengo 12, ahunque dentro de muy poco tiempo cumpliré los 13, exactamente el 9 de julio"


Empecé este blog hace ya casi un año, movido por un impulso similar al que me llevó a escribir a máquina aquella carta, guiado por idénticas razones: "puesto que me gusta". Se trataba básicamente de saciar una necesidad que siempre ha colmado la escritura: reflexión y comunicación. Pero me asombra descubrir cómo el eje temático que marca el "NaDa PeRmAnEcE" del título, elegido aparentemente de modo casi fortuito y sin demasiada deliberación, estaba ya presente de alguna manera en ese niño de 12 años que escribió aquella carta al futuro, movido por la perplejidad, el vértigo y la fascinación que le producía imaginarse lo diferente que sería el mundo en el que habría de vivir 12 años más tarde.

"En esta carta mencionaré cosas tan importantes como donde vivo o tan simples como cuantos gatos tengo. Esto ha sido más omenos como una pequeña introducción, pero ahora ya empiezo con lo importante. Todavía no le he cogido el truquillo del todo a la máquina de escribir puesto que cometo fallos; dos acentos en una misma palabra, dos palabras juntas etc... Me estoy enrrollando como una persiana, pero una carta dirigida al "futuro" es algo importante"


En esa carta está, en parte, la semilla de este blog.