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miércoles, 10 de noviembre de 2010

LaiCiSmO AgReSiVo


 España es un país en el que las religiones, y en particular la católica, sufren el ataque vil y mezquino del... laicismo agresivo.

España es un país con 7.000 colegios privados o concertados. Casi 2.500.000 alumnos estudian en centros concertados de ideario religioso, que el Estado financia con fondos públicos, pero cuya gestión deja en manos de instituciones religiosas. 

En los centros públicos, la religión es una asignatura de oferta obligatoria. Y su presencia en el curriculum va desde 1º de Primaria hasta 1º de Bachillerato. Es decir, está implantada en 3 etapas (Primaria, ESO y Bachillerato) y en 11 cursos.

Pero España es un país de laicismo agresivo. Prueba de ello es la asignatura "Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos", presente sólo en 2 cursos y con una carga lectiva ínfima... pero peligrosísima.

España es laicista y agresiva. Y a los profesores de religión los eligen los obispos pero les paga el Estado (es decir: tú y yo).

En España la Iglesia Católica oficia funerales de Estado.

Y casa al heredero de la Corona. 

Y bautiza a sus hijos.

Aunque en las celebraciones puramente religiosas, como las procesiones de Semana Santa (con las que se interrumpe la circulación y el normal funcionamiento de las principales calles del país), las autoridades civiles acompañan a los representantes católicos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado escoltan iconos religiosos... lo cierto es que España es un nido de laicistas.

Sólo cuatro de las doce fiestas anuales del calendario no tienen un carácter u origen religioso: el día de la Constitución, el 1º de mayo, el día de la Fiesta Nacional, y la de cada Comunidad Autónoma.

Hay capillas y capellanes en universidades, hospitales, centros penitenciarios, cuarteles y otras instituciones ajenas a la Iglesia.

El patrimonio artístico y arquitectónico de la Iglesia (catedrales, retablos, joyas) se conserva y cuida con fondos públicos (o sea: tuyos, míos) pero es de titularidad privada: pertenecen a la Iglesia.

En esta España laicista en la que vivimos la Iglesia Católica está exenta de pagar el IVA y se sirve de la declaración pública del IRPF (o sea: ésa que tú y yo hacemos todos los años) para percibir un porcentaje importante de su presupuesto. 

Aunque laica, y aunque agresiva, la televisión pública española (RTVE: esa que pagamos... bueno, creo que eso ya lo hemos dicho) ofrece espacios públicos, gratuitos y semanales para la Iglesia Católica.

En la España del laicismo agresivo se recibe y costea la visita al país del máximo representante de la Iglesia en el mundo; y éste públicamente critica esas leyes que indirectamente (tú y yo) hemos votado. 

En la España del laicismo agresivo siguen vigentes los Concordatos de 1979 entre la Iglesia Católica y el Estado español (por los cuales se regulan las relaciones de cooperación y ayuda en materia educativa, cultural, económica, militar y jurídica). Aunque hay un punto del Concordato que sigue aún sin cumplirse: el compromiso de la Iglesia Católica de autofinanciarse a sí misma.





Estos señores que sonríen y se dan la mano representan, respectivamente, al Estado y a la Iglesia.

El laicismo es el modelo de organización de la sociedad que promulga la separación Iglesia-Estado.

Este apretón de manos es engañoso..

Podría llevarnos a pensar que en España no hay una verdadera separación Iglesia-Estado.

¡Craso error!

En España hay mucho más que eso:

En España hay un laicismo agresivo.

Al señor de la izquierda (¡¿de la izquierda?!) esta frase puede parecerle exagerada.

Pero el señor de la izquierda (con perdón) es "un mandado", y se puede equivocar.

El señor de la derecha, en cambio, es infalible.

Y si él ha dicho lo que ha dicho: será por algo.


Fuente: Me he inspirado para este post en el reportaje del periódico Público "Los 10 mandamientos del laicismo" 

.

sábado, 3 de abril de 2010

viernes, 4 de diciembre de 2009

LoNeLy pLaNeT


Vi muchas cruces en USA.



Cruces en Dallas.



Y en San Antonio de Texas.



Vi cruces (¿?) en Oaxaca, México.



Vi cruces en la Villa de Teguise, Lanzarote.



Cruces en el camino de San Diego, La Laguna, Tenerife.



Vi cruces en Oropesa.



Y en Toledo.



Y a veces jugué a imaginar la síntesis de tanto dolor desperdigado.


miércoles, 11 de noviembre de 2009

SiN DiOs 3


Si me levanto y en el baño hay dibujado un arco iris en el lienzo de azulejos de la pared no pienso en dios, pero sí veo una señal, un misterio, un enigma en ese haz de luz de colores: algo que se me escapa.

Se me atoja entonces que a la explicación de Newton también se le escapa un misterio, un enigma, una señal.

Descubro en mí ante ciertas situaciones y espectáculos del mundo una suerte de religión personal.

Me hice la promesa a mí mismo, delante de la pulsera, como quien jura fidelidad en el altar, en la salud y en la enfermedad:

-No te la quites nunca, deja que se caiga sola.

Intuyo que en el fondo había una fascinación morbosa por el desgaste inexorable del tiempo, una especie de reto o apuesta contra Cronos.

Pero también una petición indeterminada y ambigua, difusa como el deseo de quien sopla las velas de su propio cumpleaños o quien engulle las 12 uvas de un tirón.

A veces lanzo plegarias al viento, a un dios que no existe, sin destinatario claro y sin preocuparme demasiado por concretar el contenido de la súplica:

-Que me vaya todo bien.

Para especificar y entrar en detalles ya están las Cartas a los Reyes Magos.

(o las listas de boda)

Pero otras veces mis solicitudes son concretas y detalladas como un contrato legal:

Hace un mes en Barcelona, arropado por dos testigos, con el pie dolorido y lleno de ira ciega contra el absurdo del mundo y contra la dermatología, hice un pacto con lo divino, con el haz de luz, con mi dios de cabecera:

-Si en Navidades ya no tengo el (puto) papiloma prometo que de aquí a dos años me hago el camino de Santiago.

La religión, como la magia, no es más que un mercadeo -una transacción comercial- con lo divino.

Así que me sorprendo a veces a mí mismo creeyendo a pies juntillas en un universo mágico, encantado y con sentido.

Así por ejemplo cuando pienso en mi propia felicidad.

Si me hundo en la miseria nunca me cuesta demasiado volver a salir a flote, renacer.

-¿Qué tonterías estás diciendo? ¿qué miseria? Mira a tu alrededor...

Nada como un par de razonamientos optimistas sacados de aquí o de allá como para salir a flote:

-Ya llegarán tiempos mejores, ya se te compensará, esto no puede durar mucho más.

Pero también a la inversa:

Cuando la vida me sonríe y mi corazón reboza dicha y sólo me sale un doble seis a los dados...

(Uff)

...entonces un presagio funesto recorre mi espinazo como un relámpago:

-Ya pagarás por esto, ya llegará tu expiación.

Y es que las penas y las alegrías se compensan y equilibran en esta religión en la que a la postre se imparte justicia:

-¿Les suena?

Y sin embargo no estoy bautizado, ni voy a la iglesia ni sé persignarme ni nada de nada.

Ni creo.

Pero descubro en mí mismo un lado irracional, supersticioso, encantado.

Mis tics y mis manías de la infancia y de la adolescencia se han transformado. Ya no las exhibe obscenamente mi cuerpo, sino que han pasado a ser tics mentales: religión.

¿Qué son las religiones sino grandes tics mentales sistematizados e institucionalizados?

Este mundo sin dios me maravilla y me asusta al mismo tiempo.

Yo también -como Silvio- tengo miedo y me alimento de fantasmas.

Yo también percibo signos, señales y enigmas casi cada mañana.


martes, 25 de agosto de 2009

pLaNeTa aMeRiCaNo 2


"No hay nación en todo el mundo con mayor porcentaje de práctica religiosa, ni país con más parroquias por habitante. Si existe un pueblo en el que la vida pública se encuentra empapada de regiosidad, ese pueblo es Estados Unidos. Un 60% de la población asiste a los oficios semanalmente, y nueve de cada 10 americanos ignoran la especulación de que "Dios ha muerto". El 75% reza una o más veces al día. El 28% una hora o más. En cada momento arrecian las soflamas religiosas en la radio o en la televisión".

El segundo capítulo del libro de Vicente Verdú, del que he extraído este fragmento, lleva por título: "El amor a Dios".



A lo largo de este capítulo el autor aborda diferentes aspectos de la religiosidad del pueblo americano. Explica cómo desde sus orígenes el país se fundó sobre las bases de unas creencias religiosas muy sólidas y vinculadas a su proyecto de colonización de un nuevo mundo. Los protestantes europeos que llegaron a lo largo del siglo XVII a este vasto continente lo hicieron bajo la creencia de los antiguos israelitas de la tierra prometida. Debido a la diversidad de credos religiosos, no se institucionalizó ninguna confesión religiosa oficial o hegemónica, pero sí el carácter religioso del Estado: "la religión no era un asunto privado sino público; la fe y el Estado constituían un solo e inseparable hormigón". Como ocurrió en Europa por esas mismas fechas, la tolerancia como concepto moral y político nació en primera instancia como tolerancia religiosa, esto es: como el deber de respetar otros credos religiosos diferentes al propio y favorecerlos a todos por igual. Sin embargo, ello no implicaba todavía una tolerancia hacia los no creyentes, agnósticos o ateos:

"Así, la primera Toleration Act de 1649, que fomentaba la convivencia de todos los credos y sancionaba a quien usara un lenguaje políticamente incorrecto (llamar a alguien "puritano", "herético" o "cismático"), castigaba a la vez con dureza a quien negara a Dios o se atreviera a blasfemar".



Verdú también explora la diferencia específica de la religiosidad norteamericana, que recuerda a las tesis del famoso ensayo de Weber titulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En efecto, la religión en Estados Unidos, en contra de lo que ha ocurrido en Europa y fundamentalmente en los países de mayoría católica, aparece vinvulada a la idea de progreso económico, de triunfo material y éxito financiero a través del trabajo y a una simbología mucho más liuminosa y optimista que la concepción oscurantista y trágica más propia del catolicismo:

"En Norteamérica no existió el espíritu que Europa heredó del Medievo. La idea de un Dios perfecto ante el cual el creyente se dispone a orar arrobado por la perfección divina fue reemplazada por la concepción de un Dios capataz que, en la edificación de su reino, necesitaba de súbditos como eficientes albañiles, proveedores, ingenieros o empresarios. Honrar a Dios significa trabajar a su servicio mejorando los frutos de esta tierra, generando riqueza, vendiendo, haciéndose millonario. Los grandes magnates se han librado en Estados Unidos de la insidia que en España o en Italia rodea a los acaudalados (...) Los triunfadores son hijos favoritos de Dios: nada parecido a las angosturas católicas que esperan a los ricos en el ojo de la aguja o al lema de que los últimos serán los primeros. La existencia se despliega como un azulado horizonte a conquistar y nadie otea y menos rastrea un sentido trágico en la vida (...) Dios exige actividad. La Nación lo reclama, el individuo a través del self-improvement puede y debe alcanzar las metas que se proponga. Gran parte de la energía optimista americana y la autoconfianza en su sistema está impregnada de esta aura que sobrevuela desde la vida laboral a las maniobras castrenses".



En el resto del capítulo Vicente Verdú hace un recorrido histórico en el que toma el pulso a la religiosidad norteamericana hasta nuestros días. Señala etapas o acontecimientos a modo de mojones en el camino, como el fortalecimiento del sentimiento religioso -del que carecía el bloqe comunista- durante la guerra fría; o el brote de anticlericalismo durante la época hippie, ligado al descubrimiento por parte de la juventud a nivel mundial del hedonismo, el individualismo y el consumismo; o el modo en que cualquier movimiento social, iniciativa o empresa llevada a cabo por los norteamericanos parece en último término estar emparentada con un sustrato religioso del que parece imposible sustraerse:

"Los mismos hippies, como bien se recuerda, eran una iglesia con sus salmos, sus inciensos, sus hábitos sus ritos. No sólo los hippies. Con extraordinaria facilidad cualquier movimiento adquiere en Norteamérica un tono religioso. Una nueva confesión empezó con la admonición ecologista que Rachel Carson emprendía en The Silent Spring (1963), donde la defensa de los bosques, los ríos, los coyotes o las ballenas constituyó materia sagrada. La batalla contra los fumadores, contra el aborto, la defensa de los derechos de los minusválidos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, el feminismo o el caritarismo segregan flujos religiosos".

En este tipo de análisis, desde una perspectiva global y multidisciplinar, reconocemos el genuino talento de Vicente Verdú para relacionar fenómenos sociales en apariencia aislados y autosuficientes.



Releer este libro está resultando una experiencia interesante y un ejercicio práctico de comprobación a través del recuerdo de cada uno de los enunciados e ideas en él formulados. Este año en Tyler, ciudad situada en el Bible Belt, en plena hebilla del cinturón bíblico, me ha dotado de una serie de experiencias y vivencias que confirman tod esto que apenas intuía y que Verdú relata magistralmente.

Hablaré, únicamente, de Green Acres.



Esto no es un cybercafé, ni un centro de convenciones, ni una sala de conferencias, ni...

Es el hall de la macro iglesia de Green Acres, la sexta iglesia baptista más gande del mundo, sita en el corazón de la espiritual ciudad de Tyler.



Asistir a un oficio religioso en Green Acres es una experiencia única, por muy descreído que uno sea.

Es tan grande y tanto el aforo que la inaguración del curso escolar hubo de celebrarse allí, pues no había en toda Tyler otro local que albergase a todos los miembros del distrito escolar: profesores, administradores, chóferes, personal de mantenimiento, de limpieza, de cocina, etc... Sólo en estra super iglesia baptista cabíamos todos y allí se celebró, con mucha pompa, solemnidad, artificio y sentimentalismo el comienzo del curso escolar 2008-2009.

Luego volví dos veces más: un día de misa cualquiera y para el concierto de Navidad.



La iglesia tiene capacidad para 3.000 personas y al ser tan grande hay dos pantallas enormes en las que uno ve de cerca los gestos del pastor o predicador, del cantante de turno, o de quien quiera que se encuentre en el -cómo llamarlo-: ¿escenario?



El coro canta y en la pantalla uno puede leer y cantar como si de un karaoke se tratara.

En esta foto una de las mujeres que canta era compañera en mi escuela y cada viernes antes de comenzar las clases, a las 7:45, organizaba rezos, o misas, o algo parecido en su aula. Cada semana nos enviaba un mail a los profesores invitándonos a tan sugerente actividad. Un día me paró por un pasillo y me soltó:

-"Mr. Fajardo, mañana vamos a rezar por los alumnos de 1º, ¿tiene algún rezo en particular que hacer al respecto?"

No recuerdo lo que contesté, pero aquello me dio mucho miedo.



Sin embargo, en la escuela pública norteamericana no existe la asignatura de religión.

No les hace falta: este pasillo con murales infantiles en las paredes pertenece a Green Acres, que alberga en su interior una escuela dominical, en la que los papás y mamás dejan a su prole mientras ellos van a misa, o de compras.



Recorrí aquellas aulas impecables y bien dotadas y conté más de veinte.



Aquello era a nivel de infraestructura una escuela en toda regla, y no meramente un anexo del templo en donde impartir la catequesis.



Más allá de los amables murales infantiles, más allá de la luminosidad y amplitud del edificio, más allá de la amabilidad y pulcritud de los presentes, más allá del optimismo dominical que lo impregnaba todo, creí percibir algo siniestro.

Fui con Raquel y antes de salir de casa por la mañana, vestido de domingo, vestido de iglesia, le dije: "Sólo espero que no nos vea nadie del colegio". No sólo se trataba de que era mi primera vez, una suerte de desvirgamiento religioso, sino que temía ocurriera lo que efectivamente terminó ocurriendo.

Nada más llegar nos tropezamos con tres o cuatro profesores de la escuela y con uno de Ciencias, muy entusiasta y simpático, que al vernos nos dio abrazos, nos regaló sonrisas y comentarios amables, nos presentó a varios amigos y nos agradeció que hubiéramos venido a Green Acres.

Salimos de allí conmovidos por la magnitud del espectáculo, del rito multitudinario y exageradamente emotivo, de la pasión que parecían ponerle los asistentes a todo aquello. En suma: asombrados por haber entrado al cogollo, al corazón, al núcleo del alma de la sociedad de Tyler, que hasta la fecha se nos había resistido.

Las dos semanas siguientes el profesor de Ciencias no paró de darnos abrazos por los pasillos de la escuela y de dedicarnos sonrisas y comentarios cariñosos. Nos creía convertidos.

Pero le fallamos.

Tan pronto se percató de que no pensábamos dar continuidad a nuestras visitas dominicales a Green Acres su relación con nosotros cambió brúscamente y dejó de hablarnos y casi de saludarnos.

Volvimos a sentirnos out, excluídos, fuera de esa comunidad de la que -por unos minutos, con la brevedad de un abrazo- creímos formar parte.

A dios gracias.




domingo, 22 de marzo de 2009

PeCaMiNoSa OrLeAnS 4


Los iluminados del Señor recorrían la calle Bourbon día y noche, ataviados con esas sudaderas que aseguraban:

"God hates Mardi Gras"




Predicaban pacíficamente el mensaje de amor de Jesús.



Pero la Bourbon, ya se sabe, está llena de apóstatas, de herejes, de blasfemos...

Contonean sus pecaminosos cuerpos en mueca grotesca, de desprecio y burla.

Ovejas descarriadas.



O bien contraatacan directamente, micrófono en mano, contrapredicando blasfemias.

Nuevos iconoclastas, modernos heréticos.



¡Ardua y espinosa es la labor de quien regala en Mardi Gras la palabra de Dios!



La tensión en algún momento se hizo casi insoportable.

Aquel duelo dialéctico se me antojó casi tan dramático como un sermón apocalíptico en Speakers´ Corner.

Uno defendiendo la materia y el otro el espíritu.

Uno abogando por este mundo y su contrincante apelando al más allá.

Uno llamándolo vicio y el otro virtud.



Desde las alturas la gente se rebelaba contra aquel sermón vociferado a golpe de escupitajo.

Les abucheaban, les insultaban, les hacían cortes de manga.



A este tipo se le acabaron los argumentos ateos y decidió, directamente, desabrocharse la bragueta y exhibir su trozo de materia, con el que hacer frente a tanta exuberancia espiritual.



Bourbon Street, calle de contrastes.

O no:

A fin de cuentas, de una y otra parte, el mismo histrionismo, el mismo cachondeo, idéntico sentido del espectáculo.

Si yo fuera creyente y llegara a recalar por accidente en la calle Bourbon, probablemente me avergonzaría más de los defensores que de los detractores de Dios.