Mostrando entradas con la etiqueta Tempus fugit. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tempus fugit. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de febrero de 2011

AqUeL VeRaNo



Este es el parque Lezama. Aquí se conocieron ("en un banco, cerca de la estatua de Ceres") Alejandra y Martín. Aquí tiene lugar el comienzo de la novela de Ernesto Sábato Sóbre héroes y tumbas, que tanto me sobrecogió allá por mis 19 años, cuando la leí por primera vez.

La empecé en el primer InterRail que hice con mis amigos. Llevábamos poco peso en las mochilas: saco de dormir, tres mudas, linterna, camping-gas y poco más. Para leer: algo ligerito, en el sentido literal del término. Yo me decanté por dos o tres libritos de una colección de bolsillo que había sacado Alianza Editorial. Costaban 100 pesetas y a mi casa llegaban con una periodicidad creo que semanal. Probablemente vendrían con EL PAÍS. Uno de esos libritos se llamaba "El Dragón y la Princesa" y su autor se llamaba Ernesto Sábato, un argentino que no me sonaba de nada.

Por esa época yo había ya conocido el amor y el desamor. Da igual que se llamara Patri y no Alejandra. Lo cierto es que la lectura de esas tormentosas relaciones entre aquellos dos adolescentes (adjetivo apropiado para Martín pero a todas luces inexacto a la hora de definir a Alejandra, pues aunque sólo le sacaba un par de años a Martín -como Patri me los sacaba a mí- su edad mental, o mejor dicho, espiritual, era insondable e incalculable), aquellas disquisiciones metafísicas de Bruno (el narrador), aquella atmósfera romántica y trágica, lánguida y decadente, desesperadamente anhelante de absoluto... me subyugaron desde el principio.

Leía con lentitud y avaricia cada página, cada párrafo, cada frase y cada adjetivo, como un gourmet. Leía con la anticipación del desconsuelo que habría de inundarme cuando alcanzara la última página de aquella historia de amor imposible. Las horas en tren eran largas y había que dosificar la poca literatura con la que habíamos aprovisionado nuestras mochilas, en cuyo interior viajaba el codiciado librito entre latas de atún, calcetines y una barra de fuet.

Pero llegó el día y el momento fatídico en que arribé a la última página de aquel librito: "El dragón y la princesa". Con desconsuelo infinito paladeé las últimas oraciones... Y entonces una leyenda, en letra pequeña, hizo nacer el sol nuevamente. La leyenda rezaba: "El dragón y la princesa es la primera parte de la obra de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas". Mi corazón dio un vuelco. El tren seguía recorriendo Europa. Mis manos temblaban de emoción contenida. Amanecía.

Al terminar el InterRail, de vuelta a Tenerife, no hizo falta asaltar ninguna librería. Allí estaba, en la estantería de mi casa, aquel libro de tapa dura y marrón con letras doradas. Allí estaba aquel comienzo en el parque Lezama: el adolescente y solitario Martín, la enigmática y turbia Alejandra... y todo lo demás. Había tenido que llegar muy lejos para encontrarme con "Sobre héroes y tumbas". Había tenido que atravesar Francia, Bélgica, Alemania, Austria y Suiza en tren para poder descubrirlo entre tantos otros libros que poblaban aquella estantería de casa de mis padres.

Aquel verano leí por primera vez Sobre héroes y tumbas, y durante muchos años fue mi libro favorito, si es que esas cosas existen.


Dice Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas que "siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". Algo similar canta Sabina en Peces de ciudad: "En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".

Hace unos meses me propuse volver al parque Lezama, a aquellas páginas donde fui feliz. No suelo releer libros a no ser que me hayan gustado muchísimo y haya pasado bastante tiempo entre una y otra lectura. En este caso, habían pasado 14 años: tiempo suficiente. Quería releer Sobre héroes y tumbas y descubrir si pasaba la prueba del tiempo. Yo ya no soy quien fui, supongo. Ha llovido muchísimo desde entonces. He viajado, he estudiado Filosofía y me he convertido en profesor: ¡en profesor! Ya no me dicen por la calle "Oye, chico". Ahora, en cambio, me tratan de usted...

Así que hace unos meses quise revisitar a Ernesto Sábato para comprobar si su literatura me había subyugado por el simple hecho de encontrarme yo entonces en las postrimerías de la adolescencia. Regresé a Sobre héroes y tumbas con un espíritu casi científico y con el propósito de responder a esta pregunta: "¿Es Sobre héroes y tumbas una novela de y para adolescentes?".

Si nada extraño ocurre, terminaré de releer la novela este fin de semana, pues apenas me quedan treinta páginas. Pero ya antes de concluir esta empresa sospecho que habré de lamentar haber vuelto a remover las páginas del pasado: "No debieras tratar de volver" -advierte Sabina. "Siempre es levemente siniesto -añade Sábato- volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección".

Aquel verano en que descubrí Sobre héroes y tumbas fue uno de esos lugares. Aquel verano y aquel viaje en tren, ligero de equipaje, con poquísimo peso en la mochila: sin tantos viajes a cuestas, sin una carrera de Filosofía a mis espaldas, sin más profesión que la de recorrer Europa con mis amigos ni más posesión  que un camping-gas, una linterna, una barra de fuet y un librito titulado "El dragón y la princesa", de un  argentino llamado Sábato.

El pasado es el lugar al que uno no debiera tratar de volver.

Obcecarse en ello es levemente siniestro, como la música de Mike Olfield.


martes, 4 de enero de 2011

IsLaS LeJaNaS


Los días se suceden, infatigablemente, con su espantosa previsibilidad. Los anuncia el almanaque en la pared, el calendario de bolsillo, la agenda en el móvil. Y todos ellos van llegando, uno a uno, incansablemente y en orden, sin salirse nunca de sus goznes, como los caballitos de un tiovivo eterno que nunca cesa.

Me asomo entonces, a veces, al mundo. Me quedo mirando al mar, al horizonte, al Risco, a las islas de enfrente (tan lejanas que da la impresión de que con tan sólo estirar el brazo se puede alcanzarlas). Me asomo al misterio del mundo, que intento aprehender.

Transcurren los días y son tierra baldía; un pasatiempo. Los cuento, los pienso; o los olvido e ignoro. Pero siempre están ahí, cancerberos del tiempo, cerrándonos el paso, vigilando el acceso al misterio del mundo, al absoluto, a un no sé qué que presiento e intuyo muy de tarde en tarde: oculto, misterioso y lejano (como las islas de enfrente).

Y pasan los días, oculto el enigma.

lunes, 6 de diciembre de 2010

EsPeJoS cAmBiAnTeS



"Cumplí 52 años un poco antes de que me tomaran esta fotografía. Hasta hace poco no había pensado mucho en la edad. En la de verdad, la mía, no en el paso sereno y literario del tiempo sino en su vértigo de fugacidad: los diez o doce últimos años se han ido como en un instante; en un plazo igual, si vivo, tendré sesenta y tantos. Seré lo que era un viejo en la época de la juventud de mis padres. Pero esa claridad no me provoca nostalgia. No quiero volver a los 20, a los 30, a los 40 años. Me gusta más la vida que tengo ahora. Lo que he aprendido, lo que tal vez es visible en la foto, es que en la vida hay ocasiones y motivos para la tristeza, pero también para la felicidad, y que entre la meditación ensimismada y la observación atenta de las cosas y de las personas puede haber un saludable equilibrio, igual que entre la soledad y la compañía, entre el dulce hábito de la vida en común y el fervor de la pasión. He aprendido también que toda sensación de permanencia y quietud es un espejismo, un simulacro que necesita nuestro cerebro para dar un orden inteligible al mundo. El fluir permanente y la inestabilidad están igual en las intuiciones de los presocráticos que en las leyes de la Física cuántica. Mi cara de ahora mismo ya no es la de esta foto. La estoy viendo alejarse en el pasado como un paisaje en el espejo retrovisor. Porque es un arte cuya materia es el instante que sucede ahora mismo la fotografía trata sobre todo del paso del tiempo. Por eso me hechiza y por eso me da un poco de miedo."

(Antonio Muñoz Molina) 

viernes, 17 de septiembre de 2010

aNiMaL EtErNo


Me pregunto si Tales de Mileto se quedaba mirando al mar cada mañana, como yo.

A Tales se le tiene como al primer filósofo occidental: el padre de la filosofía.

Por tanto, parece incuestionable que efectivamente pasó muchas horas de su vida mirando al mar que se extendía desde las costas de Mileto hasta el horizonte inexpugnable.

Es imposible contemplar el mar y no filosofar.

Cada mañana me levanto y abro la ventana de mi cuarto.

Como una anticipación de la filosofía de Heráclito, según la cual nada permanece ni se repite, siendo imposible zambullirnos dos veces en el mismo río, del mismo modo, cada mañana la ventana abierta de par en par me ofrece siempre un paisaje y un mar diferentes.

El otro día la abrí y el océano se escapaba, como por un sumidero, entre los brazos del dique y del muelle de la Caleta de Famara.
Eran las mareas del Pino.

Entonces se me ocurrió pensar que Tales de Mileto tuvo la genuina ocurrencia de que todo era agua y de que el agua era el principio y origen de todo lo existente, precisamente, mirando el mar, contemplando el desconcertante espectáculo de una de aquellas bajamares.

Y es que el mar (pensé yo que pensó Tales) es un animal, que sube y baja: un ser vivo y animado.

Las mareas son el símbolo o la metáfora de la vida, con sus ciclos y regularidades.

Todo el que tenga una experiencia más o menos cercana con el mar sabrá que las olas vienen por rachas regulares y predecibles.

Una ola es un día de la vida de un jilguero.

Una racha de olas es una estación, una etapa crucial en la existencia del jilguero.

Cuando sube la marea y alcanza su punto álgido, el jilguero muere.

Pero el mar reanuda entonces, impasible, su ciclo eterno.

¿Dónde sino en el mar pudo haberse Tales asomado a la eternidad?

Cuando miro al mar por las mañanas no pienso en la luna ni en las mareas.

Pienso en ese animal eterno, del que venimos.

El mar que nos escolta y espera, pacientemente...


miércoles, 16 de junio de 2010

DiAriO iMpReSeNtAbLe


Hoy quise visitar a Southmac pero su blog ha muerto.

Llevaba aproximadamente un año sin leer su prosa de animal salvaje y herido. En algún momento me sentí desbordado por su "Diario de un impresentable". Sus textos eran demasiado buenos, como si un demonio se los hubiera dictado al oído o en sueños y, en estado de trance, los hubiera trasladado (arrojado, escupido, vomitado) a su impresentable bitácora. Cada dos o tres días publicaba Southmac un post luciferino y -acuciado por quién sabe qué menesteres domésticos- el caso es que mis visitas se hicieron cada vez menos frecuentes.

Hoy al tocar a su puerta, Blogger me contestó con un desconcertante:

No se encuentra el blog que busca

Pude leer su último post en el blog de La Máquina.

Pude leer que:

El Impresentable que se despedía de su público en 2010 tenía ya muy poco que ver con aquel alegre tarado de 2004. Impresentable había madurado, o sea que había visto cerrarse puertas, desaparecer seres queridos, romperse las más intensas relaciones. Impresentable había comido mierda en cantidades industriales, luego vomitada en forma de literatura y música. Era inevitable el cambio. Era irreversible el fin.

Tras más de 800.000 visitas, más de 600 suscriptores y más de 300 seguidores, Impresentable tenía claro que nada de lo que pasó habría sido posible sin toda esa gente, la buena y la mala. El 50% de la creación dependía de sus habitantes, de las mentes independientes que leyeron, interpretaron y a veces se limpiaron el culo con las creaciones que en el Diario fueron apareciendo semana tras semana.

¿Dónde está hoy el Impresentable?

¿Se ha casado por la Iglesia?

¿Ha encontrado un trabajo "serio"?

¿Qué giro ha podido dar su vida para decidir cerrar el blog después de seis años?

¿Se ha aburrido, simplemente?

¿Qué cosas han de pasarle a uno para decidir cerrar un blog?

¿Era inevitable el cambio porque Impresentable había madurado, como dice?

En fin, dondequiera que estés, Southmac:

Te deseo lo mejor y te agadezco estos seis años de posts demenciales, lúcidos, valientes, pornográficos, sanguinolentos, sinceros, humanos... y también sobrehumanos. No fui un lector muy fiel (llegué tarde a tu blog y me fui prematuramente) pero todo lo que leí cuando te visité me deslumbró y me sacudió por dentro.

Cuando alguien se muere, el mundo se llena de objetos (gafas, calzoncillos, un DNI, una pulsera, una receta médica) sin función alguna; meros callejones sin salida.

Cuando un blog se cierra, la red se llena de links que llevan a ninguna parte.


martes, 8 de junio de 2010

RaYaDa FiLoSóFiCa


Nada permanece.

Bueno, creo que esto ya lo he dicho alguna que otra vez...

Sin embargo:

a) Si nada permanece, tampoco el enunciado "nada permanece" permanece; con lo cual algo permanece. Es decir, si nada permanece entonces algo permanece.

O:

b) Si nada permanece, todo cambia; con lo cual también cambiará la propia afirmación de que "nada permanece" y ya no será verdad que nada permanece. Es decir, si es verdad que nada permanece entonces no es verdad que nada permanece.

Esto es lo que se llama una paradoja.

Hace unos días José Ramón me hacía el siguiente comentario:

c) Permanece el cambio. Es consustancial con tu idea de que nada permanece, pero a la vez la contradice... ¿o no?

Bajo las tres formulaciones "a", "b" y "c" nos damos cuenta de que existe el peligro de caer en una contradicción o en una paradoja con enunciados como el de NaDa PeRmAnEcE. Hace ya bastante tiempo algún lector del blog hizo un comentario similar. Por entonces yo estaba bastante liado con no recuerdo qué y eludí la labor de profundizar en esta cuestión.

¿¿Pero a qué se dedica la gente cuando se pide un año de excedencia o de licencia por estudios??

¡Efectivamente!

Se dedica a escribir posts como éste
...

Cuando hacía la carrera recuerdo en clase de Lógica una anécdota que me impactó. En 1902 el joven Bertrand Russell le escribió una carta al famoso lógico y matemático Gottlob Frege en la que le formulaba una paradoja que echaba por tierra toda la fundamentación de la lógica matemática que el maestro alemán había elaborado.

Cuando escuché la anécdota no pude evitar compadecer al viejo Frege.

Y al mismo tiempo pensé en la carta de Russell y me dije:

¿Quién es este pavo?

Por esa misma época me regalaron la autobiografía en tres tomos de Bertrand Russell (que no terminé) y pude saber algo más acerca de quién era "este pavo".

Como todos los grandes genios, Russell había sido muy precoz. Desde muy pequeño era capaz de leer a los clásicos griegos y latinos en su lengua original, y su diario íntimo lo escribía con caracteres griegos a fin de evitar que los adultos pudieran leerlo.

Fue un niño solitario y taciturno, y el descubrimiento de las matemáticas fue para él una tabla de salvación. Recordando el momento en que su hermano Frank le enseñó los Elementos de Euclides, el filósofo inglés escribió: "Este fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida, tan deslumbrantes como el primer amor. No podía imaginar que hubiera algo tan delicioso en el mundo". También añade en su autobiografía que fue tan infeliz en la escuela preparatoria que si no llegó a suidarse fue porque deseaba saber más matemáticas.

Yo soy un chico de letras y las matemáticas nunca se me dieron bien. Así que mientras más leía a Russell, más me decía:

¿Quién demonios es este pavo?

Afortunadamente, el genial Bertrand Russell también tenía su lado humano. En la contraportada de los tres tomos de su autobiografía estaba impresa esta hermosa cita, con la que él resume su existencia:

Tres pasiones simples pero abrumadoramente fuertes, han gobernado mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento, y la insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas pasiones, como grandes vientos, me han llevado caprichosamente de acá para allá, sobre un océano de angustia, llegando al límite mismo de la desesperación.

¿Hace falta decir que a este pavo le dieron el Nobel de Literatura en 1950?

Y hablando de pavos, a mis alumnos de 1º de bachillerato les suelo explicar en qué consiste el razonamiento inductivo (y qué problemas tiene) mediante la anécdota del pavo inductivista de Russell.

Pero volvamos al "NaDa PeRmAnEce".

Tengo la impresión de que las paradojas a que da lugar el título de este blog tienen que ver con la famosa paradoja de Russell. En la wiki viene explicada bastante bien. Pero después de un año enseñando a leer y a escribir a mis pavit... quiero decir, a mis gansitos, estoy convencido de que estas cosas se entienden mucho mejor con dibujitos:



Bertrand Russell habla de los Conjuntos Normales y los define como aquellos conjuntos que no son miembros de sí mismos.

Por ejemplo el conjunto "c.1" (el conjunto de todas las mariposas) no es miembro de sí mismo, pues el propio conjunto no es una mariposa (sino un conjunto).

Por lo tanto, "c.1" es un conjunto normal (no es miembro de sí mismo).




A los conjuntos que a su vez son miembros de sí mismos Bertrand Russell los denomina Conjuntos Singulares.

Por ejemplo, el conjunto "c.2" (el conjunto de todas las cosas que NO son mariposas) sí es miembro de sí mismo, pues el propio conjunto NO es una mariposa.

Por lo tanto, "c.2" es un conjunto singular (si es miembro de sí mismo)




Pongamos otro ejemplo de conjunto singular, al que llamaremos nuevamente "c.2".

El conjunto "c.2" (el conjunto de todas las ideas abstractas) sí es miembro de sí mismo, pues el propio conjunto es una idea abstracta.

Por lo tanto, "c.2" es un conjunto singular (es miembro de sí mismo).




El problema o la paradoja de Russell viene ahora:

Imaginemos un conjunto "c.3" constituido por todos los conjuntos que no son miembros de sí mismos, es decir, por todos los conjuntos normales.

Bertrand Russell se pregunta: ¿Es "c.3" un conjunto normal o un conjunto singular?

Y la respuesta conduce a una paradoja:





Si "c.3" es un conjunto singular entonces forma parte de sí mismo. Pero si forma parte de sí mismo pertenece al tipo de conjuntos normales (c.1).

Por lo tanto, si es un conjunto singular entonces es un conjunto normal.

O dicho de otra forma, si es miembro de sí mismo entonces no puede ser miembro de sí mismo.




Pongamos que "c.3" es un conjunto normal, es decir, que no forma parte de sí mismo (Lo he puesto en amarillo, fuera del círculo rojo). Sin embargo, si es un conjunto normal, debería estar incluido dentro del conjunto de los conjuntos normales, es decir, debería ser un miembro de sí mismo (El "c.3" en amarillo debería estar dentro del círculo rojo, junto al resto de conjuntos normales). Pero si es miembro de sí mismo, entonces es un conjunto singular.

Por lo tanto, si es un conjunto normal entonces es un conjunto singular.

O dicho de otra forma, si no es miembro de sí mismo entonces debería ser miembro de sí mismo.





Creo que con el enunciado "NaDa PeRmAnEcE" sucede lo mismo.

Si lo traducimos al lenguaje de los conjuntos, el conjunto "c.4" es el conjunto de todas las cosas y además todas ellas son cosas que cambian (o no permanecen): el tiempo atmosférico cambia, una cara feliz se entristece, el amor se marchita o florece, la mariposa ha dejado de ser gusano, etc...

Si tratamos a "c.4" como un conjunto normal no ocurre nada contradictorio y podemos sortear la paradoja.

Es decir, siendo "c.4" el enunciado "nada permanece" y representando el conjunto de las cosas que cambian, si pensamos que c.4 no es miembro de sí mismo, entonces no tenemos por qué incluirla dentro de las cosas que no permanecen (o cambian).




Sin embargo, si pensamos que el enunciado "nada permanece" puede referirse también a sí mismo (y no sólo al clima, a una sonrisa, al amor, a las mariposas, etc.), es decir, si lo tomamos como un miembro de sí mismo, entendiendo que "c.4" es un conjunto singular, entonces surge la paradoja que comentaba al principio del post.

Pues entonces el propio enunciado "nada permanece" (o el conjunto de las cosas que no permanecen) deben también no permanecer, cambiar. Lo que nos lleva a una negación del propio enunciado.

¿Se entiende?

A mí de tanto pensar me ha entrado hambre.

Creo que voy a fabricarme un sandwich... de pavo.


miércoles, 2 de junio de 2010

miércoles, 19 de mayo de 2010

MáS aLLá



El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.


(Jorge Luis Borges: "Las Cosas")


viernes, 14 de mayo de 2010

aLgO PeRMaNeCe


El 12 de febrero de 2007 escribí el segundo post de NaDa PeRmAnEcE, que titulé "BaRCo HuNdidO".

(El lector avispado y sagaz podrá darse cuenta de que el sistema de reglas maniáticamente establecido por Andriu para la elaboración de los títulos no estaba completamente afinado)

El 11 de febrero, un día antes, había estrenado el blog con el único post sin foto, titulado "Todo fluye..."

(El paréntesis anterior es aún más pertinente aquí)

El primer post del blog era una especie de declaración de intenciones. Apelando a Heráclito, a Proust y a Saramago trataba de descubrir por adelantado el sentido de mi blog:

Un blog: literatura efímera, volátil, perecedera. Un soporte inmaterial, virtual, casi etéreo: digital. Y pese a todo, un intento más de retener y dilatar y enriquecer y ennoblecer y engrosar y almacenar el tiempo, la savia de las horas, los entresijos de los días y las noches, los renglones que silenciosamente escribimos al vivir.

El 26 de septiembre de 2009 Carse escribió un comentario al post BaRCo HuNdidO en el que me adjuntaba un link con la foto del barco antes del hundimiento.

El 28 de abril de 2010 alguien anónimo dejaba otro comentario preguntando por el nombre del barco.

El 30 de abril de 2010 alguien con el nickname de ainara contestaba que el nombre era el "Telamón".

Picado por la curiosidad decidí buscar en google información acerca del barco y decubrí dos cosas:

1) Que el Telamón era otro barco diferente, encallado frente al puerto de los Mármoles (Arrecife de Lanzarote) pocas semanas antes del misterioso barco hundido frente a las costas de Famara.

2) Que el 10 de noviembre del 2007 el diario digital "Crónicas de Lanzarote" había publicado un reportaje sobre ambos hundimientos y que el final del reportaje se cerraba con un párrafo extraído del blog "Nada permanece" de un tal Andriu, en el que recordaba el año del hundimiento. En dicho reportaje se citaba además a un tal Tomás Fajardo.

Más intrigado aún que al principio decidí escribir a mi padre, para hacerle dos preguntas:

1) ¿Cuál era el nombre del barco hundido en Famara?

2) ¿Era familia nuestra ese Tomás Fajardo?

Me sorprendió que mi padre no tuviera respuestas para tales preguntas, pues en casa siempre lo consideramos (pese a sus protestas) una especie de oráculo, que todo lo sabe. Nuestro primer apellido es Fajardo; su segundo nombre es Tomás. Pero obviamente el reportaje debía de referirse a otro Tomás Fajardo.

A estas alturas de la historia yo ya me había percatado de una cosa, a saber:

Que me había equivocado al calificar lo escrito en los blog de "literatura efímera".

El 12 de mayo de 2010 se convirtió en certeza esta impresión. Y es que otra persona anónima volvió a dejar un comentario en aquella segunda entrada sobre el barco de Famara, con toda la información que nos faltaba, que aquí reproduzco:

"El barco mercante que encalló en Famara se llamaba el ROLLA-1 de bandera libanesa la mayoría de sus 23 tripulantes eran de nacionalidad coreana e iba cargado con cuatro mil toneladas de cemento, había salido del puerto de Aguilas (Murcia) y se dirigía a Nigeria, vía Las Palmas. Encalló el martes 19 de enero de 1982, debido a que sufrió una vía de agua en la sala de máquinas. Esto es lo que recogen los periódicos de este año".

Lo que se escribe en los blogs no es para siempre: nada lo es.

(Salvo el amor, mientras dura)

Sin embargo, gracias a Carse, a Anónimo 1, a Ainara, a Arturo Escarda (autor del reportaje) y a Anónimo 2... tengo la impresión de que aquel post tan lejano y antiguo todavía sigue vivo.

Da gusto comprobar que, de vez en cuando, algo permanece.


lunes, 1 de marzo de 2010

SoNeTo CLXIX



Sirvan tus nuevas lentes de contacto,

vidrio que cambia años por dioptrías,

o el peeling o el botox o las cirugías

para sellar luciferino el pacto.


Sirva el aloe o la flor de cacto

a erradicar del glúteo las estrías

y a que aunque marchita lucir deberías

lozana y joven parezcas de facto.


Nereida de gym, nínfula operada,

que con liftings alargas tu artificial

primavera, falaz edad dorada:


¿Cómo podrás afrontar que tu rosal

acabe siendo polvo, sombra, nada,

cuando, sin flores, sea ése tu final?



Foto: Magnolia



martes, 23 de febrero de 2010

CiTaS CrUzAdAs



"Escuché a Borges decir que recordaba que una tarde su padre le había dicho algo muy triste sobre la memoria: "Pensé que podría recordar mi niñez cuando por primera vez llegué a buenos Aires, pero ahora sé que no puedo, porque creo que si recuerdo algo, por ejemplo, si hoy recuerdo algo de esta mañana, obtengo una imagen de lo que vi esta mañana. Pero si esta noche recuerdo algo de esta mañana, lo que entonces recuerdo no es la primera imagen, sino la primera imagen de la memoria. Así que cada vez que recuerdo algo, no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando mi último recuerdo. Así que en realidad no tengo recuerdos ni imágenes sobre mi niñez, sobre mi juventud"

(Enrique Vila-Matas: París no se acaba nunca)



"Pues la memoria, en vez de un ejemplar duplicado, siempre presente ante nuestros ojos, de los diversos hechos de nuestra vida, es más bien un vacío del que de cuando en cuando una similitud actual nos permite sacar, resucitados, recuerdos muertos"

(Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. La prisionera)


lunes, 22 de febrero de 2010

SuBe BaJa


Subimos


Y subimos


Y nos ves escalar


A ritmos discordantes:


El viejo lentamente y vencido,


Aferrado con fuerza a la baranda y con miedo


De caerse. La juventud malgastando de tres en tres tus peldaños,


Los días que le sobran, los amores, las ilusiones locas del futuro en el ático.


Peldaño


A peldaño


Cada día nos ves


Exhalar fatigados,


Remontar con esfuerzo tu recta


Anatomía de esquinas y de ángulos muertos.


Testigo muda, te burlas de nosotros pues aunque hagamos el amor


En el zaguán (y también pis), no se arruga tu piel como la nuestra ni triste sientes frío.


Tú permaneces siempre inmóvil, escalera, mientras nosotros subimos.


Tú eres esfinge y calendario cruel, mientras subimos.


Y asistes impasible a este espectáculo


Irónico mientras nosotros


Bajamos y


Bajamos.




sábado, 16 de enero de 2010

ArQuiTeCtURa DoMéSTiCa


Da vértigo asomarse.


Da vértigo sentarse aquí en Madrid, en esta habitación desangelada, sin alma y sin pasado, volver la mirada hacia uno mismo, dejar hablar a la existencia densa, y asomarse.


Del edificio Tama (¿seguirá en pie?), los cuentos de mis padres cada noche, al borde de la cama: el gato con botas, Ruidoquerito, el enano Pimentón, y sobre todo esas historias –otra más, otra más- que ellos mismos inventaban y prolongaban hasta que se iba la luz y yo me llevaba todo esos mundos luminosos a la penumbra del sueño.


De la casa de Guajara (calle Ucanca, ay, 69) la tarta y mi llantina. Antes de soplar las velas, el brazo de Guillermo el zascandil aterrizó en medio de la tarta y se apoderó de aquel rectángulo de chocolate que decía “Felicidades Andrés”. Yo me bajé de la silla y entre el tumulto de niños me abrí paso y lo perseguí corriendo por los pasillos de la casa. Al alcanzarlo, sólo estaba él, lleno de migas y ahíto: ni rastro de lo otro. Hoy es mi amigo, un hombre manso y cuerdo. Pero al asomarme a la casa de Guajara, antes de todo el universo de bicis y gatos y árboles frutales y juguetes y tardes de gamberradas en la calle y falso miedo al carbón el seis de enero, antes de todo eso, está aquella persecución a vida o muerte, en pos de aquel manjar minimalista, que no probé: “Felicidades Andrés”.


Da vértigo asomarse a todo ello.


Y de la casa azul (que fue blanca, amarilla, salmón), la casa de mis padres, la que a pesar de estar ahí es con mucho, de entre todas, la que más duele (pues es parte de mí y yo soy parte de ella): ¿qué decir? ¿cómo guardar el equilibrio cuando hay mil añicos de mí mismo en cada cuarto, en cada cama, en cada esquina? Elijo un mueble: el sofá a rayas del cuarto de estudios. En él leí acerca de Swann y sus amores, en él dormí la siesta acompañado de un gato (Mayco, Roldán, Tigre, Sabrina) y me reconcilié con una antigua novia, en un fin de semana interminable en que todos se habían ido de viaje y la casa olía a sexo. En el sofá de rayas me agarró una tarde por el cuello un arrebato como éste de nostalgia y lloré y reí simultáneamente ante mis padres atónitos, sin saber por qué, ni yo ni ellos.


Da vértigo asomarse a todas estas casas de uno mismo, desde esta habitación, algo desangelada, un poco triste.



miércoles, 4 de noviembre de 2009

SiN DiOs 1


¿Qué habrá sido de mi pulsera verde?

Se me rompió mientras hablaba: hizo de repente ploff.

La guardé en un bolsillo con cremallera, acelerado el pulso, y seguí hablando como si nada.

Pensé: foto en el blog de la pulsera y más "nada permanece" en vena.

Pero hoy me asomé al bolsillo con cremallera y la pulsera no está.

Se la compré a una argentina en un bar de Las Palmas, hace siete años, cuando daba yo clases allí.

(Vistas soberbias del padre Teide desde Las Canteras beach)

Me la puso y pensé: aquí te quedas hasta que tú lo quieras, amarrada a mi muñeca, no te pienso soltar.

Durante estos siete años varias personas se han interesado por la pulserita verde de hilo y cuentas azuladas de plástico:

-¿Qué significa?

-¿Quién te la regaló?

-Cuéntame su historia.

Pero la historia de mi pulsera es una no-historia. No me la regaló ninguna novia, ningún amor. No me la cedió solemnemente mi abuela como reliquia familiar: es una pulsera hippie. No simboliza nada. No significa nada. Es solamente una pulsera; eso es lo que fue.

Y sin embargo está la promesa.

Me prometí a mí mismo no quitármela nunca, que se desprendiera sola, por desgaste del tiempo, por hastío hacia mi piel omnipresente.

¡Cuántas experiencias juntos, compartidas, entre mi pulsera y yo, caben en estos últimos siete años!

Fuimos juntos a China, a Tyler y nos bañamos juntos mil veces en el mar indómito de Famara.

Durmimos en lechos ajenos y evitamos dormir en tantos otros.

Me viste emocionarme, aburrirme quizás, llorar acaso, emborracharme sin lugar a dudas, masturbarme soy humano, asistir dichosa al alumbramiento feliz de una idea tecleada en el portátil, acariciar a gatos, secarme el sudor de la frente, colocarte del derecho: siempre te dabas la vuelta, preguntarte quién eres tú, compañera.

¿Te cansaste, pues, de todo eso?


lunes, 12 de octubre de 2009

NuEvA eTaPa


Llegué al fin al madrileño pisito de la calle Limón.



Justo al enfilar la calle, a escasos metros de la casa, se rompió el asa de la maleta.

Lo interpreté como un signo favorable, como la señal de que el viaje no era de ida y vuelta ni efímero ni transitorio.

Después de un largo verano en diferentes casas (Dallas, Mexico, Lanzarote, Tenerife) parecía que podría hacer finalmente ciertas concesiones al sedentarismo.



Deshice la maleta: había ropa y libros, básicamente; no un muerto, como había pensado durante todo el camino.



Al día siguiente me fui al Ikea de Alcorcón, casi idéntico al de Dallas.

Y me saqué una foto al acordarme de aquella foto dedicada (a Yaiza).

Y del comentario de Chelucana:

"NaDa PeRmAnEcE

Excepto GlobalIKEA

que NaDa CaMbIa

La misma IKEALanzarote que IKEAlcorcón que IKEADallas que..."

Y al revisitar la foto de di cuenta de que -como quiso Heráclito- nunca compramos ni siquiera en el mismo IKEA.

En efecto: ¡cuántas cosas habían sucedido desde entonces!

Sentí vértigo de pensarlo.

Miré la foto: esos vaqueros y esa camisa me la había puesto este mismo sábado, antes de ayer, pero los zapatos los había tirado en un contenedor de los apartamentos de Gaby en Dallas. También las gafas habían sucumbido al desgaste del tiempo.

Y nuevos objetos, relaciones y personas habían aparecido en mi vida desde entonces.

Sin ir más lejos, Chelucana misma, a la que pude conocer más allá de lo virtual finalmente.

Pero dejémonos de filosofía barata:

¡Seamos prácticos!



¡Montemos la cama recién adquirida, para empezar!



Tras organizar mi cuarto Santi y yo comenzamos a meterle mano al resto.

Santi y yo: dos nenes, dos buenos amigos, metidos ahora a compañeros de piso en el mítico territorio de Limón.



Mientras Geno pasaba el puente fuera de Madrid los dos hombres de la casa nos encargamos de ponerla a punto:

-¡Pa que luego digan que hay machismo, oiga usté!



Limón 19 se fue transformando poco a poco, entre barrido y fregado, hasta que quedó casi todo listo.

Afuera esperaba Madrid:



Con sus gentes: su apasionante multitud de hormiguero.



Con sus calles enormes: salpicadas de imprevistas imágenes y espectáculos minúsculos.



Con su cielo: amplio, nítido y exultante.



Me senté ayer a contemplarlo, desde la terraza de Limón.

Me quedé a ver morir el día y a ver cómo se juntaban y confundían uno y otro: el comienzo del año, de esta nueva etapa, con el final de esta tarde cálida de otoño.

Me produjo cierta desazón melancólica la perspectiva de cambiar los 300 segundos de las amanecidas caleteras por las rojezas crepusculares de los atardeceres madrileños.

Como si esta misma etapa en la que entraba yo a partir de ahora tuviese, también, un algo de crepuscular.

Es de nuevo, supongo, Schopenhauer:

"No es pequeña la contribución que aporta al tormento de nuestra existencia la presión permanente ejercida en nosotros por el tiempo, que no nos deja el más leve respiro y, blandiendo el látigo, acecha como un domador a nuestras espaldas".

Pero todo ocaso es asimismo el anuncio de un nuevo amanecer:

Supongo.




sábado, 19 de septiembre de 2009

InTeRmiNaBLe MaCaRRóN


"Tiraba de la aguja. El reloj hacía su tictac. El instante moviente que, según Sir Isaac Newton, separa el pasado infinito del futuro infinito, avanzaba inexorablemente a través de la dimensión del tiempo. O bien, si Aristóteles dijo verdad, un poco más de lo posible se hacía real a cada instante; el presente estaba quieto y atraía el futuro, como un hombre que sorbiera sin cesar un macarrón interminable"


(Contrapunto, Aldous Huxley)

Foto: Martin Andreasen

lunes, 14 de septiembre de 2009

ReAcCiÓn eMoCiOnAL


A medida que crecemos y que envejecemos cambia nuestra dieta y también lo que bebemos.

Pero no en Tyler, cuyo condado sigue siendo seco.

Allí no todas las opciones en cuanto a bebida se refiere son legales.

Hace casi un año escribí una entrada acerca del consumo de alcohol en Tyler y sobre lo frikies que pueden llegar a ser en este punto los americanos.

Ahora bien, justo antes de irme, más o menos en mayo, se votó en referendum si el condado de Smith, al que pertenece la ciudad de Tyler, seguía en el régimen vigente de semi prohibicionismo respecto al alcohol. La votación -recuerdo- se celebró un sábado y el resultado me interesaba bastante.

Sin embargo, tuve la impresión de que la noticia del referendum mismo apenas tuvo repercusión mediática, como si interesara ocultar su celebración y también su resultado. Recuerdo que esa noche fuimos ¡por primera vez! al Outlaw, un local en las afueras de Tyler que los veteranos nos habían descrito como Sodoma y Gomorra. En la entrada había una cola larguísima y cuando por fin llegamos a la puerta de acceso le pregunté a la chica que cobraba las entradas si sabía algo acerca del resultado del referendum.

La chica estaba llena de piercings y de tatuajes y me miró como si yo procediera de otra galaxia, circunstancia que no debió extrañarme al fin y al cabo: todo el mundo sabe que las Islas Canarias y el condado de Smith pertenecen a galaxias diferentes. Con cara de malas pulgas me contestó:

-¿De qué fucking referendum estás hablando?

Creo que traté de explicárselo mientras ella me miraba con indiferencia indisimulada. Qué ingenuidad la mía: ¡pensar que a alguien que trabaja en uno de los pocos establecimientos en los que se puede despachar alcohol de la ciudad de Tyler le pueda interesar el resultado de una votación acerca de la liberalización de su venta!

Esos días estaba muy liado, con la venta de todo un año de vida en Texas y con el final del curso escolar. Así que no pude investigar mucho acerca del resultado de la votación. Raquel sí que lo había intentado, haciendo barridas en internet y fijándose en los periódicos de los días sucesivos y en la televisión local. Pero no halló nada.

Me fui de Tyler sin saber si el pueblo, después de mi paso por él, se había entregado o no a la bebida.

Pero desde hace unas semanas ha surgido un misterioso lector o lectora de este blog que firma con una "X" y que escribe desde allá y cuenta anécdotas de aquella otra galaxia y me trae, al mismo tiempo, recuerdos de aquellos días.

A veces sueño que soy yo mismo el que escribe esos comentarios, que soy yo quien ha inventado ese perfil de usuario, para seguir contando cosas sobre Tyler, mas esta vez de incógnito, para revisitar aquel curso escolar que, pese a ser el último, se me antoja a veces tan sepultado como una capa antigua de estrato sedimentario.

El caso es que hace cosa de una semana le pedí a "X" en un comentario a un post un favor: que averiguara el resultado de aquel referendum.

Hace un rato he leído su respuesta:

El Smith county, y con él la ciudad de Tyler, sigue siendo un territorio donde impera la ley seca.

Más que el resultado del referendum, lo que me sorprendió fue mi reacción emocional.

En efecto, la respuesta de "X" me produjo cierto alivio, cierto extraño confort.

¿Por qué?

¿Por qué diantres me iba a alegrar -o a tranquilizar- la vigencia de una ley a todas luces absurda y ridícula?

Llevo un rato haciéndome esa pregunta...

La respuesta no me queda clara pero sospecho que puede tener relación con el perfume melancólico que desprende el título de este blog.

Me tranquiliza saber, supongo, que todo sigue igual allá lejos, en el far west.

Me inquietaría descubrir que un mundo se desmorona tan rápidamente, aunque sólo sea el mundo espiritual del baptismo abstemio.

El presente es cambio incesante, todo lo que nos rodea.

El pasado es en cambio -creemos- inamovible, permanente.

Por eso nos produce tanto desasosiego que lo que constituye nuestro pasado pueda seguir cambiando y mutando a nuestras espaldas, pues constituye el presente de otras gentes.

Cuando uno se exilia y vuelve a su tierra le sorprende que el río de la vida haya seguido fluyendo, casi a traición, mientras uno se encontraba ausente.

Me apenaría que parte de la esencia de la cultura texana -contradictoria, tan llena de claroscuros- se hubiera perdido tan pronto.

Me asusta pensar que ya nada es como antes y que yo pertenecí y fui testigo de ese tiempo en que las cosas no eran como ahora son.

Pero vivir es perder ese miedo y acostumbrase al cambio, supongo.



Foto: un amigo mexicano me la envió por mail.

miércoles, 15 de abril de 2009

PuLsO TeMbLoRoSo


Me quedo.



En serio:

Me quedo.



Ahora sí que es en serio:

¡¡¡No tengo ni puñetera idea!!!



Siento que ando -y pienso- perdido, como a oscuras.

Creo que nunca me ha costado tanto tomar una decisión.

Desde hace un par de meses se había afianzado en mí la idea de irme, de no repetir otro año aquí en Tyler. Era una especie de corazonada, de sentimiento vago pero con cierta firmeza y cierta promesa de -con el tiempo- terminar consolidándose y cuajar.

Las razones: las excesivas horas de trabajo y puede que también una neumonía que me ensombreció un tanto el humor durante un tiempo (o para ser más precisos: que me dejó asomarme -hipocondríacamente- a esa nada que a todos nos está destinada tarde o temprano; mas quizás temprano, razón por la cual no me pareció razonable pasar otro año tantas horas encerrado en un aula de una Elementary School).

Junto a esa inclinación creciente a irme había en mí un sentimiento contradictorio: no quería irme todavía, ni que pasaran volando estos meses en los que el año crece: despierta, florece y finalmente, con los calores del verano, madura.

No, al contrario: quería que el tiempo transcurriera lentamenmte ahora que -casi- sabía que me iría y que dejaría atrás, quizás definitivamente atrás, todo este mundo de Tyler y alrededores.

Quería verlo ralentizarse y dilatarse; que en su repentino ensanchamiento -como de cadera gringa- cupieran partidos de tenis, paseos por los bosques ya cálidos y en flor, más viajes todavía, cine en inglés, amigos americanos, una compenetración mayor con los españoles.

Ahí estaba yo, casi yéndome ya, mas sintiendo que quedaba todavía algo de jugo que exprimirle a Tyler o, por extensión, a la aventura americana.

Aún así, la cosa estaba más o menos clara.

Hasta me atreví a medirla:

Había un 90% de probabilidades de irme y un 10% de quedarme.

Qué ingenuo fui al tratar de mezclar las matemáticas con las decisiones que uno toma acerca de su propia vida:

Las primeras se fundan en la certeza y la verdad, sus teoremas son demostrables y en su lenguaje cabe hablar de soluciones, resultados, pruebas.

Cuando una vida se bifurca, en cambio, no cabe demostración alguna de que se optó por lo mejor y enfilamos tal o cual camino completamente a ciegas, ignorantes de lo que el futuro nos deparará más allá de dicha encrucijada.

Por cada puerta que abrimos se cierran miles.

O como dice un personaje de una estupenda novela que estoy leyendo:

"Las alternativas son excluyentes y por cada tiene que haber un no"



La semana pasada, creo, aquel equilibrio 90/10 se hizo trizas.

Por una parte, rechazaron mi solicitud para hacer un lectorado en Francia, por haber mandado parte del papeleo fuera de plazo y no del todo en forma.

No tengo intenciones de volver a mi plaza el curso que viene; creo que eso, a estas alturas, sí lo tengo claro.

Lo del lectorado suponía una fuente de ingresos parca pero era compatible con mi idea de regalarme un año para , después de varios de no parar.

Ahora el futuro volvía a ser un lienzo en blanco.

Un lienzo en el que, por lo tanto, todo tenía aún cabida, sí, pero también al mismo tiempo un lienzo en el que nada estaba ahora siquiera bosquejado.

Las dudas anteriores se acrecentaron y la atracción magnética de Tyler comenzó a hacer mella en mi inicial resolución:

-Al fin y al cabo -me decía- quizás estoy siendo injusto con ella.

Tyler era como esa esposa fiel a la que se desdeña por la novedad y el exotismo de las amantes potenciales. Llevaba ya mucho tiempo poniéndole cada fin de semana los cuernos con Dallas, Austin, New Orleans y más recientemente Jefferson y Houston.

¿Acaso le estaba dejado la posibilidad de enamorarme y quererla?

El roce hace el cariño pero cada fin de semana salía escopetado de aquí.

Por otra parte, todos esos destinos -y tantos otros que quedaban aún vírgenes en el mapa de Texas y "alrededores"- también formaban parte de la aventura americana.

¿Había llegado ya la hora de renunciar a todos ellos?

Comencé a dudar como nunca lo he hecho.

Comencé a hacerme estas preguntas y a responder casi a un tiempo con un y un no.

Para cada pro había un contra y para cada argumento un contrargumento.

Supongo que también para cada anhelo y sentimiento había una amalgama de afectos de signo contrario.

Para cada corazonada encontré, también, una contracorazonada.



Ayer lunes llamé por teléfono a mis padres para hablarles y pensar en voz alta.

Terminé la conversación con la sensación de haber ganado algo de perspectiva, que es lo que se gana desde la distancia, a salvo de esos detalles que a veces enturbian y monopolizan el todo.

Terminé la conversación diciéndome:

Me quedo

Y con cierto sosiego, cierta tranquilidad, cierta paz de espíritu, por fin recobrada.

Hablando pude ordenar mis ideas.

Les dije algo así como:

-Tengo estos motivos para quedarme: a) no he aprendido inglés lo suficiente, o no al menos para haber estado un año en USA viviendo y trabajando (en gran medida debido a factores objetivos -el tipo de vida aquí- pero también en parte por no habérmelo propuesto como un objetivo serio desde el principio); b) Tyler es una plataforma idonéa para hacer viajes que desde España salen un riñón y medio (Estados Unidos y toda Latinoamérica); c) siento que no he terminado de integrarme y de conocer desde dentro la sociedad americana (aunque soy consciente de que otro año tampoco me asegura el conseguirlo). Estos tres motivos se resumen en la idea de que no he terminado de culminar la experiencia y que de irme ésta se quedará inconclusa, a medias, lo cual es posible que me produzca en el futuro cierto arrepentimento por una marcha prematura. Aparte, hay otros dos motivos de carácter diferente, que tienen que ver con la comodidad: d) si me marcho debo empezar ya a desmontar el chiringuito que tanto me ha costado montar: vender el coche, los muebles, darme de baja del banco, aseguradora y mil gestiones burocráticas que me horrorizan; e) el curso que viene todo será más sencillo y tendré que currar menos horas, pues el primer año se invierte mucho tiempo y esfuerzo en cursos, gestiones iniciales y preparación de materiales que para el segundo año ya están elaborados. Puedo, pues, montármelo de otro modo, y sacar más tiempo libre para hacer más y quejarme menos.

Tras haber desglosado los motivos para quedarme, y tras haberlos repetido para no olvidarlos, pasé la palabra a mi otro "yo"; pues si por algo se han caracterizado estas dos semanas ha sido por eso, por el incesante pugilato interior entre dos Andrius irreconciliables y alternantes:

-Tengo estos motivos para irme: quiero leer, quiero escribir, quiero vivir; y por lo tanto no quiero pasarme 9 horas al día en un aula, ni siquiera con gansitos. Quiero llevar a la práctica lo que desde hace años me apetece hacer. La enseñanza -sea en el nivel que sea- es una profesión muy absorbente (o quizás cualquier profesión lo es, je je) y quiero probar por un año a hacer otra cosa. No sé si este es un sólo motivo o muchos entrelazados. Pero en todo caso se trata de un motivo de mayor peso que los anteriores. Por eso me cuesta tanto decidirme, supongo.

Mis padres nunca han querido imponer su criterio. Siempre le han tenido un pánico atroz a decidir por nosotros, por mi hermano y por mí. Si ya cuesta elegir por uno mismo, menuda responsabilidad es ésa de elegir por otros. Así que se limitaron a asentir y a hacer algunas observaciones no del todo tendenciosas.

Sin embargo, algunas de estas observaciones me hicieron ganar -como ya dije- cierta perspectiva.

Mi padre me parafraseó de un modo singular:

-Así que en definitiva, el dilema se traduce en elegir entre: a) Año "sabático" ya, el curso que viene; o b) Año "sabático" dentro de dos años, tras haber culminado tu aventura americana en Tyler y tras haber perfilado y concretado un poco más qué vas a hacer en ese año "sabático".

Es decir, la segunda opción no significaba cerrar ninguna puerta, no implicaba un "no" ni una renuncia, sino tan sólo un aplazamiento, una demora, una prórroga.

Esta nueva perspectiva (al fin y al cabo las mismas piezas del puzzle, las mismas manchas de color, los mismos motivos, pero en otra disposición) me inclinaron por primera vez hacia esta nueva idea con la que comencé a escribir el post:

Me quedo.



Hoy ha vuelto todo a nublarse o a cegarme con nuevos estímulos: un madrugón doloroso, unas páginas sobre el pensamiento de Schopenhauer, un mail chantajista de Santi, un mirar continuo a las horas del reloj dentro de clase, una visión desencantada de Tyler.



Hoy otro futuro válido se me antojó y comenzó a perfilarse.

Quizás lo más prudente, lo más razonable, sea lo que acordé conmigo mismo ayer lunes:

Quedarme otro año en Tyler para no irme con esa espinita de insatisfacción, sino habiendo redondeado la experiencia y -si es preciso- odiando esta ciudad y sus habitantes, pero llevándome por lo menos esta certeza... Quedarme en Tyler y desde aquí perfilar mejor el plan para el año siguiente: adónde ir, qué hacer, qué estudiar, en qué trabajar. Para muchas de estas cosas hay plazos y hace falta cierta previsión para conseguirlo.

Quizás sea lo más prudente, sí.

O quizás no.



Quizás ya tienes 32 años, casi.

Quizás no estás como para seguir postergando planes.

Quizás el futuro a dos años vista es demasiado futuro.

Quizás lo razonable de tan cicatero se vuelve irrazonable en algún punto.

Schopenhauer escribió:

"Podemos comparar la vida con una tela bordada cuyo lado derecho vemos durante la primera mitad de la existencia, y el revés, en la segunda. El revés no es tan hermoso, pero sí mucho más instructivo porque nos permite advertir cómo se entrelazan los hilos en la trama"

Quizás ya estoy de pleno en esa segunda mitad de la existencia.

O quizás no, quizás me encuentro en ese punto crucial y decisivo en el que los hilos de la trama se disponen a formar uno u otro paisaje o escenario.

Quizás es ahora, y no dentro de un año, cuando los nudos de la trama han de amarrarse para conformar ese cariz determinado que uno quiere que tenga esa tela bordada que es la vida de uno.



Así que sigo igual, en tierra de nadie, sin tener ni puñetera idea de qué hacer, alternando la cara y la cruz, el haz y el envés de esta difícil decisión.

En navidades escribí un relato autobiográfico sobre mi experiencia en Tyler: al protagonista la directora de su escuela lo encerraba en un cuartucho y le daba 30 minutos para firmar o no la renovación por un curso escolar más. El relato es un agobiante monólogo interior de un sólo párrafo en el que el protagonista baraja pros y contras sin poder decantarse por una u otra opción. Al final firma, sin saber muy bien qué firma, atosigado por tantas dudas e incertidumbre, incapaz de hacerlo -por agotamiento- de un modo cabal y racional, pues para cada razón encuentra una contrarazón... y el tiempo apremia.

El viernes 24 de abril tengo que firmar ese papel y no pensé en su momento que aquel relato tendría un carácter profético.

Queda una semana y creo que no firmaré nada hasta el final, hasta el último día.

No lo echaré a cara o cruz.

Tendré algo pensado.

Me arriesgaré y me atreveré a ser yo quien elija, no la gravedad.

Pero firme lo que firme, de algo estoy seguro:

Lo haré con pulso tembloroso.