Ya nadie en clase se acordaba de que alguna vez tuve el pelo corto y castaño, ni de que no soy un londinense de paso en Lanzarote, ni de que me levanto todos los días solo, a las 6:23 am, para ir a trabajar...
lunes, 14 de marzo de 2011
HoLiDaYs EnD
Ya nadie en clase se acordaba de que alguna vez tuve el pelo corto y castaño, ni de que no soy un londinense de paso en Lanzarote, ni de que me levanto todos los días solo, a las 6:23 am, para ir a trabajar...
miércoles, 19 de enero de 2011
sArDiNaS JaReAdAs 1
Los amantes de los gatos son en cambio seres introspectivos, generalmente tímidos, o simplemente con una vocación irrenunciable por la soledad. Necesitan del afecto de los otros, pero en dosis controladas, para evitar el colapso por saturación (y babas). Son más rebuscados, o más complicados, tal y como decimos los hombres que son las mujeres.
sábado, 20 de febrero de 2010
SaN VaLeNtiN
Nunca llegué a hablarte de las tortugas ni de mis colecciones ni de Carolina. Antes de que lo abras me gustaría contártelo. Cada una de mis colecciones tiene una razón de ser, aunque desde fuera puedan parecer ridículas. A Carolina nunca le gustó una de ellas: mi colección de latas de sardinas. La había comenzado durante un viaje a Portugal que hicimos juntos. Íbamos de camping y nos alimentábamos de latas y de pan, o de bocadillos que nos hacíamos con lo que había en las latas. Era el final del verano. Y al abandonar Coimbra tuve la amarga certeza de que no volvería nunca a Portugal con Carolina. Entonces decidí no abrir nuestra última lata de sardinas, volver a España con ella en la mochila.
Meses más tarde tuve que explicarle a Carolina que había empezado a coleccionar latas de sardinas. Ya te las enseñaré: cilíndricas, ovaladas, rectangulares, las tengo de todas las formas y colores. En España apenas fabrican latas de sardinas historiadas ni hay tradición de adornarlas con motivos marineros ni de ninguna otra clase, como hacen en Portugal, en China o en Marruecos. Por eso le terminé explicando a Carolina que mis latas de sardinas eran meros souvenirs de aquellos países a los que había viajado: una especie de compendio de mi pasión aventurera.
Fue entonces que trajo a casa Carolina aquellas dos tortugas, en otro catorce de febrero: “Tengo una sorpresa este año: abre el paquete”. Eran dos tortugas de agua, pequeñas y torpes. Carolina había comprado también una isla de plástico con una palmera y un segmento de mar artificial en el que las tortugas podrían retozar y jugar a sentirse libres. Carolina me recordó mi personalidad meticulosa y detallista y me aseguró que yo sería feliz cuidando de las tortugas.
Debía darles de comer tres veces al día y cambiarles el agua cada dos. Comían vorazmente pequeñas gambitas deshidratadas que cagaban casi al instante: nunca vi digestiones tan breves. En cuanto yo me daba la vuelta el exiguo paraíso artificial en que nadaban las tortugas se llenaba de excrementos y Carolina me decía: “¿Pero no les has cambiado el agua?”.
Mi colección de latas de sardinas aumentaba a medida que crecían las tortugas. Yo le decía a Carolina: “¿Has visto ésta que me han traído de Chile? ¡Ojalá pudiéramos ir!”. Y ella replicaba: “No entiendo cómo no les has puesto nombre todavía”. Y yo: “¿Nombre a las latas?”. Y ella: “¡A las tortugas, animal!”.
Pero es que apenas podía diferenciar cuál era cuál. ¿De qué servía bautizarlas? Regordetas, viscosas, insaciables las dos, me era imposible distinguir una de otra. Mientras más comían, más engordaban y cagaban, lo que me había obligado a trasladarlas a una pecera de treinta litros de océano. Ahora cambiarles el agua no era tan sencillo. Había que cogerlas con la mano y trasladarlas temporalmente a la bañera: a veces me mordían, pues confundían mis dedos con palitos de cangrejo o trozos de beicon. Luego había que vaciar la pecera mediante baldes y un tubo de plástico por el que yo absorbía y apartaba mi boca antes de que me llegara el torrente de agua pútrida y caca de tortuga. Finalmente con un estropajo y detergente limpiaba las paredes enmohecidas de la pecera y volvía a llenarla con otros treinta litros de agua pura. Carolina me daba un casto beso en los labios al final de toda esta operación.
Pero yo seguía entusiasmado con mi colección de latas de sardinas y ella no me lo perdonó: Perú, Brasil, Suecia, Nigeria, Turquía, Filipinas… Así que un día al regresar de un fin de semana en casa de mis padres me encontré con que Carolina había regalado todas mis latas de sardinas a las monjas descalzas del convento de las Catalinas. En una nota me había dejado escrito: “No puedes irte y desentenderte de las tortugas, ya hablaremos”. Pero no hablamos. Yo tenía guardada aparte mi primera lata de sardinas, la de Coimbra. Las dos tortugas seguían vivas pero tenían hambre, mucha hambre. Decidí abrir la lata y darles una sardina. Llevaban dos días sin probar bocado. Dos sardinas. Daba gusto verlas engullirlo todo sin masticar. Tres sardinas. Mis tortugas eran insaciables. Cuatro, cinco, seis sardinas. Les di toda la lata y se lo comieron todo sin rechistar. Cuando volvió a casa Carolina no hablamos. Y las dos tortugas flotaban inertes hasta reventar en el agua podrida de escabeche y de deposiciones.
Carolina me dejó y yo no volví a tener tortugas pero sí una nueva colección de latas de sardinas, que tarde o temprano me gustaría enseñarte. Pero ahora que ya te lo he contado todo y que sabes de mis colecciones y de mis tortugas y de Carolina, me gustaría que lo abrieras por fin. Abre el paquete sin miedo, que no muerde; o quizás sí: tiene forma de tortuga ¿no? o acaso, también, de lata de sardinas.
martes, 19 de enero de 2010
AmOrEs iMpOsiBLeS 3
Esta mañana al levantarme descorrí el foscurí de la ventana y el paisaje al completo estaba exaltado y eufórico, como en estado de gracia: los edificios, las antenas, las calles aún mojadas, los cúmulos del cielo. Decidí que era un buen día para estrenar mis nuevos zapatos de charol. Por el pasillo estuve a punto de chocar con un tipo gris y solemne:
-¿Adonde vas?
-¡Me voy a la calle a disfrutar del día!
-Pero si hace un tiempo de perros. Abrígate y no cojas frío.
(Qué fastidio)
-Y ya que sales, anda ten, que así haces algo útil.
El papelito sólo tenía palabras aburridas: pan, aceite, leche, servilletas, peras, bicarbonato... Salí de casa contrariado pero mientras bajaba a la calle con el carrito de la compra al hombro, mis pies, acaso envalentonados por el charol y el cuero liso y brillante de mis nuevos botines, hicieron una graciosa circunvolución –casi un retruécano- y de repente me vi bajando de tres en tres los escalones.
En vez de dirigirme al mercado enfilé la calle del Limón en dirección contraria y sólo me detuve hasta llegar al parque del Templo de Debod, para ver atardecer. Faltaban todavía ocho o diez horas, así que hice tiempo escuchando a un saxofonista, luego a un acordeón y cuando éstos se fueron me entretuve dando vueltas al parque y rondando a algunas parejas de enamorados, de las que iba coleccionando fragmentos de una conversación de amor que iba yo hilando y recomponiendo en mi imaginación.
Eran de pronto ya las seis y media, casi sin darme cuenta. Llegó ese instante en que el astro rey representaba su gran número, tiñendo todo el horizonte de naranjas, ocres, magentas, bermellones. La barandilla del extremo oeste del parque estaba atestada de turistas con bufandas y de fotógrafos que, asomados a esa platea, se hacían un hueco como buenamente podían, a fuerza de codazos, para contemplar e inmortalizar en sus retinas u objetivos el tan manido espectáculo.
Entonces me di la vuelta y vi a una muchacha solitaria recostada en un banco, con un librito de versos entre las manos. Me fijé en el modo en que abría y cerraba sus cálidos labios al recitar para sí misma los poemas. Éstos se plegaban como un acordeón y acto seguido volvían a desplegarse como la cola de un gran pavo real. “Labios acompasados –pensé- que recorren certeramente la geografía de esos versos”. La muchacha no dejó de leer ni siquiera cuando la estirada sombra de mi silueta se le fue aproximando lenta pero inexorablemente. Animado por el infatigable taconeo de mis botines de charol me senté junto a ella sin saber qué decirle y cuando sus labios húmedos se detuvieron oí salir estas palabras de los míos:
-Tú eres mi amor, pero todavía no lo sabes, pues no ha ocurrido aún. Fuiste a un futuro en el que yo estaba solo y triste porque nunca te conocí y me dijiste que estarías esperándome en el pasado, sentada en un banco del Templo de Debod, leyendo versos. Con esa visita que hiciste al futuro me ayudaste a cambiarlo, me diste una pista. Y ahora me toca a mí cumplir con mi parte.
Y entonces me acerqué a la muchacha con los ojos ciegos pero calculando desde la tiniebla encendida de mis párpados cerrados el punto exacto de aterrizaje de ese primer beso de amor. Pero -¡clash!- recibí a cambio una sonora bofetada en la mejilla izquierda.
Quise explicarle mis razones, hacerme inteligible para ella.
Quise entender su bofetón.
Le expliqué, entonces, que su tortazo -más que un obstáculo- era un buen comienzo, un buen presagio: toda gran historia de amor termina tarde o temprano en decepción y está trufada de momentos de tristeza, llanto y odio. En nuestro idilio habíamos empezado por el final. Ahora por delante sólo nos quedaban los placeres y los goces, las mieles del amor.
Así que me levanté y me puse enfrente suyo, haciéndole sombra, en eclipse con el sol, que le había estado iluminando con destellos de anhelo la mirada:
-No te preocupes, amor –le dije- es mucho mejor así. Ya nos hemos quitado de encima el purgatorio.
Ella debió de dejar de reprimirse entonces. Pues me propinó -¡clash!- otro guantazo más, certero y doloroso. Con odio rencoroso en la mirada me soltó:
-¡Estoy harta de ti! ¡Llevo ya trece años esperándote aquí! ¡Ya no te quiero más!
El sol ya se había puesto y yo me quedé todavía un rato más allí de pie, viendo cómo me abandonaba la solitaria muchacha de anhelante mirada, con su breve poemario entre las manos.
Y con cierta renuencia y pesadumbre, después de una jornada agotadora de giros de tacón y graciosos puntapiés, mis gastados zapatones de charol emprendieron el regreso, cuesta arriba, por la escarpada calle del Limón, mientras leía con tristeza: pan, aceite, leche, servilletas, peras, bicarbonato...
lunes, 28 de diciembre de 2009
PeSaDa MaLeTa

Allí encontré de todo: libros subrayados, dibujos de casas (una vez quise ser arquitecto), discos de vinilo, poemas escritos a amores platónicos, amuletos varios, mil fotografías, un pelo de gato y otro de mujer (largo, negro y de ella), diarios febriles, orlas y diplomas, saberes inútiles que aprendí a olvidar, postales de viajes, velas treinta y dos, dudas, decisiones, arrepentimientos, millones de abrazos, amigos del alma, destinos ajenos de vidas truncadas, la sombra del miedo, una caja llena con mis sentimientos (en la que se mezclan, confunden y enturbian), un compartimiento repleto de olores que aún me disparan mi corazón loco, lápices que nunca conseguí afilar y latas de sardinas de todas las formas, colores, tamaños y pesos.
Allí estabas tú, como siempre hermosa. Y te contemplé largamente por última vez. Un blanco vestido te cubría a medias, se agitaba grácil y alegre, cual brisa de mar.
Me asomé a tu equipaje: tan sólo llevabas un liviano bolso, ancho y espacioso, con un hueco enorme y luminoso en el que pensabas embarcar todas tus ilusiones y proyectos.
Yo agarré mi maleta por el asa y con ambas manos la volví a levantar unos centímetros del suelo. Te miré deslizarte por la larga pasarela que te llevó al barco.
lunes, 26 de octubre de 2009
FoTo ReLaTaDa 4
Tejen y retejen y contratejen incesantemente:
Tic, tic, tic, tic...
Tejen sin cesar con sus uñas como agujas:
Tac, tac, tac, tac...
¿Puedes oirlas?
Las telarañas que tejen embaucan, atrapan: son trampas.
Y tú y yo -¿no te has dado cuenta?- también tejemos nuestra telaraña.
Escúchala:
Tic, tac, tic, tac...
Suena igual que un reloj.
Y es que el amor es también un poco trampa:
-¿No te has dado cuenta?
martes, 13 de octubre de 2009
FoTo ReLaTaDa 3
Fue en el jardín botánico del Puerto de la Cruz y yo tendría 3, 4, 5 años quizás.
Creo que te lo conté una vez.
Me acercqué al estanque, metí los dedos por entre los colmillos de la reja metálica y el pato se abalanzó sobre mí, como una cobra, para morderme con su pico duro y frío.
Lloré desconsoladamente y puede que haya algo de falso en la historia porque recuerdo que el pato comenzó a gritarme que no volviera a acercarme al estanque, en un idioma que sonaba como cua, cua, cua...
También recuerdo con nitidez cuando empecé a hablar:
-¡Ha hablado! ¡Ha dicho "mamá"! -exclamaron mis padres.
Recuerdo la casa y el cuarto y hasta la posición de la cuna.
Pero en esa casa vivíamos cuando yo tenía ya 6 años y el que nació entonces y habló por primera vez fue mi hermano, supongo.
Recuerdos falsos, yo que siempre presumí de tener buena memoria.
Algunas noches cierro los ojos y nos vuelvo a ver juntos, besándonos.
Fue hace tan poco tiempo que estoy por pensar que es un recuerdo falso también.
domingo, 11 de octubre de 2009
FoTo ReLaTaDa 2
No dejó de salirme aquella noche, y todas las siguientes.
Gané mucho dinero y no perdí ni una pelea.
Mi bolsa aumentaba día a día mientras mi cama se llenaba de besos, noche a noche.
Pero la suerte es caprichosa y hasta unos dados trucados fallan a veces y rehuyen el seis.
O quizás no, quizás es que todo está medido y previsto de antemano:
-Rachas de seis, rachas de uno -así es la vida, te oí decir un día- todo se acaba equilibrando.
Así que soy consciente de que en cualquier momento puede mi suerte y mi mundo escorarse hacia el uno.
Pero no lo pienso, no demasiado.
Mientras tanto sigo tirando y jugando y besando y saboreando esta existencia en doble seis.
jueves, 8 de octubre de 2009
FoTo ReLaTaDa 1

Cuando menos te lo esperas, florece.
Hacen falta varios años, lustros a veces, para que de la espina brote el pétalo y de la púa la belleza.
Porque es efímera, la belleza: y por eso me obnubila.
De esas flores que tardan años o lustros en aparecer, algunas apenas duran un día o dos, acaso sólo una tarde.
Tú también eres un poco flor:
"Flor de cactus" -empezaré a llamarte.
Y yo a tu lado me siento a veces un poco espina.



























