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lunes, 14 de marzo de 2011

HoLiDaYs EnD


La semana pasada me fui a Londres con Olivia de vacaciones.



De las grandes ciudades me gusta el anonimato y la libertad con la que uno puede salir a la calle de cualquier manera. A este individuo (Joe) lo habíamos visto el primer día en Picadilly Circus, ataviado con ropa veraniega (pese al frío) y extravagantemente colorida.



Ello me llevó a querer emularlo, así que me pertreché de una peluca rubio platino y lo perseguí hasta darle alcance.



Joe y yo hicimos buenas migas. Él era consciente de lo estrafalario de su atuendo, así como de las miradas jocosas de los transeuntes con los que nos cruzábamos. Pero lo importante para Joe era sentirse bien consigo mismo y hacerse fuerte en su idiosincracia, en su forma de ser y de pensar. 

Joe se despidió de mí con las siguientes palabras: "Be yourself, my friend"


A la mañana siguiente decidí ir al supermercado con la peluca puesta.



Deseaba sentirme durante esos cinco días como un verdadero londinense. Y esa cabellera blonda me hacía más fácil vivir en la ilusión de que no estaba en Londres de paso, sino que había dejado atrás mi vida de profesor en Lanzarote y que mi sueño de poder vivir en esta ciudad grandiosa volvía a hacerse realidad.


Así que al salir del supermercado decidí pasar todo el día con la peluca puesta y hacer así vida de londinense.




Al principio la gente se me quedaba mirando, extrañada.


A principio la gente me rehuía, temerosa.


Pero pronto llegó un momento en que fui capaz de pasear por entre las calles más concurridas de la ciudad sin apenas llamar la atención. 

Joe me había dicho: "Todo está en tu interior. Sé natural. Sé tú mismo. Los humanos huelen el sentido del ridículo como los perros el miedo. No te dejes amedrentar. No hay nada de lo que avergonzarse. El rubio te sienta genial".


Así que llegó un momento en el que me olvidé de que llevaba una peluca puesta y empecé a fantasear con quitármela frente a un espejo y no reconocerme a mí mismo.


Olivia no conocía Londres así que visitamos los enclaves turísticos de rigor, a condición de que me permitiera hacerlo con mi peluca rubia.


Y sacarme con ella las tradicionales fotografías.




La guardia montada ni se inmutó, permaneciendo impávida ante mi ondulada cabellera oxigenada.


Y así pude disfrutar de la vida de Londres como un verdadero londinense: museos, fish & cheaps, parques enormes, tiendas espectaculares, arquitectura victoriana, gentes de todas las razas, colores y pelucas.


Poco a poco fui entablando relaciones con los nativos, y comprobando que Joe tenía razón: "Si tú estás a gusto, ellos están a gusto".


Fui muy feliz durante cinco días en Londres, aunque cada mañana la cama amaneciera revuelta de largos pelos amarillos. Pero todo lo bueno termina. Mi viaje. Mis vacaciones. Amanecer con Olivia sin horarios  cada mañana.

Hoy volví a despertarme a las 6:23 am para ir a trabajar. Hoy me tocaba quitarme la peluca rubia.



Pero no pude. 

Fui incapaz de hacerlo.

Tuve que presentarme delante de mi alumnos con la peluca rubia puesta.



Seguramente pensarían al principio que estaba loco. Yo trataba de explicar el idealismo trascendental de Kant con la mayor claridad expositiva posible, pero me desconcentraba percibir en la mirada de mis alumnos cierta ironía o guasa contenida.

 

Pero me acordé de Joe y pensé que no había nada de incompatible o incongruente entre mi atuendo y la actividad rutinaria a la que mis alumnos y yo estamos acostumbrados.



Traté de ser yo mismo, y de explicar a Kant lo mejor que sabía, olvidándome de todo lo demás.



Cuando pregunté a mis alumnos acerca de lo que había estado explicándoles me respondieron correctamente.

Ya nadie en clase se acordaba de que alguna vez tuve el pelo corto y castaño, ni de que no soy un londinense de paso en Lanzarote, ni de que me levanto todos los días solo, a las 6:23 am, para ir a trabajar...

miércoles, 19 de enero de 2011

sArDiNaS JaReAdAs 1

 

 Éste es Lídel, el perrito al que le gustan las salchichas.

Siempre he pensado que la Humanidad se divide en dos clases de personas:

a) los amantes de los perros.

b) los amantes de los gatos.

Los primeros son extrovertidos y sociables; personas alegres a las que les gusta la compañía y las manifestaciones públicas de afecto. Son directos en el trato con la gente, no se guardan casi nada en la recámara. Son confiados y a veces tienen tan poco malicia, o pueden llegar a ser tan simples como dicen las mujeres que somos los hombres.

Los amantes de los gatos son en cambio seres introspectivos, generalmente tímidos, o simplemente con una vocación irrenunciable por la soledad. Necesitan del afecto de los otros, pero en dosis controladas, para evitar el colapso por saturación (y babas). Son más rebuscados, o más complicados, tal y como decimos los hombres que son las mujeres.

Los lectores habituales de este blog saben de sobra por cuál de estos dos mamíferos siento una mayor devoción; y por tanto dentro de qué tipo humano me veo a mí mismo.



Lídel apareció en mi vida (o en mi casa) hace tan sólo una semana. 

Siempre pensé que era el perrito del vecino, un tipo alto y tieso como un mástil, viejo y huraño. Casi siempre que lo veía andaban juntos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte Lídel anda siempre solo, recorriendo las calles de arena de La Caleta.

La semana pasada le hice unas carantoñas y se tomó la confianza de subir tras de mí las escaleras de mi casa y colarse en la cocina. Era la hora de la cena, así que abrí la nevera y le fui dando, cachito a cachito, una salchicha alema del supermercado Lidl. El perrito devoraba la salchicha con desesperación de náufrago.

Al día siguiente, a la misma hora, yo llegaba exhausto del instituto (los martes y los jueves doy clase en el nocturno) y a la puerta de mi casa estaba haciendo guardia el perrito del vecino. Pensé en las salchichas alemanas del Lidl, y allí mismo lo bauticé:

-¡Vamos, Lídel, sube, que es la hora de la cena! -le azucé.

Lídel salió escopetado escaleras arriba, en dirección a la nevera: esa noche cayó otra salchicha alemana.

De este modo, noche a noche, se fue construyendo entre Lídel y yo una placentera rutina, como la que van forjando los amantes a lo largo del tiempo.



Pero llegó el día fatídico.

Llegó nuestra primera crisis.

Y es que una de esas noches, en la que llegaba a casa tarde y sin fuerzas para juguetear con Lídel, al abrir la nevera descubrí que el bote de salchichas estaba vacío.

(Sí, lo reconozco: soy de esas personas que terminan un bote o un paquete de algo y lo dejan nuevamente en la nevera, a la espera de que alguien con más iniciativa y resolución acabe por tirarlo a la basura)

Mientras yo miraba con cara de imbécil el bote lleno de ese líquido en el que nadan (cuando quedan) las salchichas, Lídel movía la cola frenéticamente, salivando y extasiado, ajeno a la tragedia que se estaba mascando.

-Ya va, Lídel, ya va -decía, tranquilizador, mientras en mi interior mi cabeza trataba de sacudirse el abotorgamiento y el cansancio para buscar una solución.

Llené un tazón con el líquido amniótico de las salchichas, cuyo olor me pareció tan penetrante, tan asalchichado, que por un momento pensé que a Lídel no le importaría cenar caldo de salchicha, para variar.

Pero Lídel husmeó aquel mejunje y lo rechazó con displicencia.

Registré mi nevera y mi despensa: pasta, papas, frutos secos, yogures, bases de pizza, fruta, queso blanco, pepinillos, dátiles, cereales, leche, berberechos... 

Allí no había nada apropiado para Lídel.



Y entonces vi las sardinas jareadas.

-Si fueras un gato- le dije.

Lídel me miraba expectante, como queriendo comprenderme.

-Si fueras un gato todo sería más fácil.

Lídel agachó las orejas. Una especie de gemido se escapó de su interior.

-¿Y por qué no? -le dije-. ¿Por qué no ibas a ser tú capaz de comer sardinas?

Y así, con suma precaución, le partí una porción de sardina jareada. Lídel la olisqueó y se abalanzó sobre ella, casi con mayor entusiasmo que hacia las salchichas a las que lo tenía habituado.



No he vuelto a hacer una compra en Lidl. Así que, hasta la fecha, el perrito Lídel sigue cenando cada noche sardinas jareadas.

Entre los dos se ha restaurado la vieja rutina y el pescado salado ha hecho posible esta dulce reconciliación.



 Hay personas extrovertidas, y de una jovialidad sencilla: son los amantes de los perros.

Hay otras personas que se sienten más cómodas en el ensimismamiento de sus soledades: son los que aman a los gatos.

Pero Lídel es un perro al que le gustan las sardinas jareadas.

Así que es muy probable que las cosas no resulten ser tan simples como parecen.

Y que cada persona sea un misterio, una incógnita, un enigma.

sábado, 20 de febrero de 2010

SaN VaLeNtiN


Nunca llegué a hablarte de las tortugas ni de mis colecciones ni de Carolina. Antes de que lo abras me gustaría contártelo. Cada una de mis colecciones tiene una razón de ser, aunque desde fuera puedan parecer ridículas. A Carolina nunca le gustó una de ellas: mi colección de latas de sardinas. La había comenzado durante un viaje a Portugal que hicimos juntos. Íbamos de camping y nos alimentábamos de latas y de pan, o de bocadillos que nos hacíamos con lo que había en las latas. Era el final del verano. Y al abandonar Coimbra tuve la amarga certeza de que no volvería nunca a Portugal con Carolina. Entonces decidí no abrir nuestra última lata de sardinas, volver a España con ella en la mochila.


Meses más tarde tuve que explicarle a Carolina que había empezado a coleccionar latas de sardinas. Ya te las enseñaré: cilíndricas, ovaladas, rectangulares, las tengo de todas las formas y colores. En España apenas fabrican latas de sardinas historiadas ni hay tradición de adornarlas con motivos marineros ni de ninguna otra clase, como hacen en Portugal, en China o en Marruecos. Por eso le terminé explicando a Carolina que mis latas de sardinas eran meros souvenirs de aquellos países a los que había viajado: una especie de compendio de mi pasión aventurera.


Fue entonces que trajo a casa Carolina aquellas dos tortugas, en otro catorce de febrero: “Tengo una sorpresa este año: abre el paquete”. Eran dos tortugas de agua, pequeñas y torpes. Carolina había comprado también una isla de plástico con una palmera y un segmento de mar artificial en el que las tortugas podrían retozar y jugar a sentirse libres. Carolina me recordó mi personalidad meticulosa y detallista y me aseguró que yo sería feliz cuidando de las tortugas.


Debía darles de comer tres veces al día y cambiarles el agua cada dos. Comían vorazmente pequeñas gambitas deshidratadas que cagaban casi al instante: nunca vi digestiones tan breves. En cuanto yo me daba la vuelta el exiguo paraíso artificial en que nadaban las tortugas se llenaba de excrementos y Carolina me decía: “¿Pero no les has cambiado el agua?”.


Mi colección de latas de sardinas aumentaba a medida que crecían las tortugas. Yo le decía a Carolina: “¿Has visto ésta que me han traído de Chile? ¡Ojalá pudiéramos ir!”. Y ella replicaba: “No entiendo cómo no les has puesto nombre todavía”. Y yo: “¿Nombre a las latas?”. Y ella: “¡A las tortugas, animal!”.


Pero es que apenas podía diferenciar cuál era cuál. ¿De qué servía bautizarlas? Regordetas, viscosas, insaciables las dos, me era imposible distinguir una de otra. Mientras más comían, más engordaban y cagaban, lo que me había obligado a trasladarlas a una pecera de treinta litros de océano. Ahora cambiarles el agua no era tan sencillo. Había que cogerlas con la mano y trasladarlas temporalmente a la bañera: a veces me mordían, pues confundían mis dedos con palitos de cangrejo o trozos de beicon. Luego había que vaciar la pecera mediante baldes y un tubo de plástico por el que yo absorbía y apartaba mi boca antes de que me llegara el torrente de agua pútrida y caca de tortuga. Finalmente con un estropajo y detergente limpiaba las paredes enmohecidas de la pecera y volvía a llenarla con otros treinta litros de agua pura. Carolina me daba un casto beso en los labios al final de toda esta operación.


Pero yo seguía entusiasmado con mi colección de latas de sardinas y ella no me lo perdonó: Perú, Brasil, Suecia, Nigeria, Turquía, Filipinas… Así que un día al regresar de un fin de semana en casa de mis padres me encontré con que Carolina había regalado todas mis latas de sardinas a las monjas descalzas del convento de las Catalinas. En una nota me había dejado escrito: “No puedes irte y desentenderte de las tortugas, ya hablaremos”. Pero no hablamos. Yo tenía guardada aparte mi primera lata de sardinas, la de Coimbra. Las dos tortugas seguían vivas pero tenían hambre, mucha hambre. Decidí abrir la lata y darles una sardina. Llevaban dos días sin probar bocado. Dos sardinas. Daba gusto verlas engullirlo todo sin masticar. Tres sardinas. Mis tortugas eran insaciables. Cuatro, cinco, seis sardinas. Les di toda la lata y se lo comieron todo sin rechistar. Cuando volvió a casa Carolina no hablamos. Y las dos tortugas flotaban inertes hasta reventar en el agua podrida de escabeche y de deposiciones.


Carolina me dejó y yo no volví a tener tortugas pero sí una nueva colección de latas de sardinas, que tarde o temprano me gustaría enseñarte. Pero ahora que ya te lo he contado todo y que sabes de mis colecciones y de mis tortugas y de Carolina, me gustaría que lo abrieras por fin. Abre el paquete sin miedo, que no muerde; o quizás sí: tiene forma de tortuga ¿no? o acaso, también, de lata de sardinas.




martes, 19 de enero de 2010

AmOrEs iMpOsiBLeS 3


Esta mañana al levantarme descorrí el foscurí de la ventana y el paisaje al completo estaba exaltado y eufórico, como en estado de gracia: los edificios, las antenas, las calles aún mojadas, los cúmulos del cielo. Decidí que era un buen día para estrenar mis nuevos zapatos de charol. Por el pasillo estuve a punto de chocar con un tipo gris y solemne:


-¿Adonde vas?


-¡Me voy a la calle a disfrutar del día!


-Pero si hace un tiempo de perros. Abrígate y no cojas frío.


(Qué fastidio)


-Y ya que sales, anda ten, que así haces algo útil.


El papelito sólo tenía palabras aburridas: pan, aceite, leche, servilletas, peras, bicarbonato... Salí de casa contrariado pero mientras bajaba a la calle con el carrito de la compra al hombro, mis pies, acaso envalentonados por el charol y el cuero liso y brillante de mis nuevos botines, hicieron una graciosa circunvolución –casi un retruécano- y de repente me vi bajando de tres en tres los escalones.


En vez de dirigirme al mercado enfilé la calle del Limón en dirección contraria y sólo me detuve hasta llegar al parque del Templo de Debod, para ver atardecer. Faltaban todavía ocho o diez horas, así que hice tiempo escuchando a un saxofonista, luego a un acordeón y cuando éstos se fueron me entretuve dando vueltas al parque y rondando a algunas parejas de enamorados, de las que iba coleccionando fragmentos de una conversación de amor que iba yo hilando y recomponiendo en mi imaginación.


Eran de pronto ya las seis y media, casi sin darme cuenta. Llegó ese instante en que el astro rey representaba su gran número, tiñendo todo el horizonte de naranjas, ocres, magentas, bermellones. La barandilla del extremo oeste del parque estaba atestada de turistas con bufandas y de fotógrafos que, asomados a esa platea, se hacían un hueco como buenamente podían, a fuerza de codazos, para contemplar e inmortalizar en sus retinas u objetivos el tan manido espectáculo.


Entonces me di la vuelta y vi a una muchacha solitaria recostada en un banco, con un librito de versos entre las manos. Me fijé en el modo en que abría y cerraba sus cálidos labios al recitar para sí misma los poemas. Éstos se plegaban como un acordeón y acto seguido volvían a desplegarse como la cola de un gran pavo real. “Labios acompasados –pensé- que recorren certeramente la geografía de esos versos”. La muchacha no dejó de leer ni siquiera cuando la estirada sombra de mi silueta se le fue aproximando lenta pero inexorablemente. Animado por el infatigable taconeo de mis botines de charol me senté junto a ella sin saber qué decirle y cuando sus labios húmedos se detuvieron oí salir estas palabras de los míos:


-Tú eres mi amor, pero todavía no lo sabes, pues no ha ocurrido aún. Fuiste a un futuro en el que yo estaba solo y triste porque nunca te conocí y me dijiste que estarías esperándome en el pasado, sentada en un banco del Templo de Debod, leyendo versos. Con esa visita que hiciste al futuro me ayudaste a cambiarlo, me diste una pista. Y ahora me toca a mí cumplir con mi parte.


Y entonces me acerqué a la muchacha con los ojos ciegos pero calculando desde la tiniebla encendida de mis párpados cerrados el punto exacto de aterrizaje de ese primer beso de amor. Pero -¡clash!- recibí a cambio una sonora bofetada en la mejilla izquierda.


Quise explicarle mis razones, hacerme inteligible para ella.


Quise entender su bofetón.


Le expliqué, entonces, que su tortazo -más que un obstáculo- era un buen comienzo, un buen presagio: toda gran historia de amor termina tarde o temprano en decepción y está trufada de momentos de tristeza, llanto y odio. En nuestro idilio habíamos empezado por el final. Ahora por delante sólo nos quedaban los placeres y los goces, las mieles del amor.


Así que me levanté y me puse enfrente suyo, haciéndole sombra, en eclipse con el sol, que le había estado iluminando con destellos de anhelo la mirada:


-No te preocupes, amor –le dije- es mucho mejor así. Ya nos hemos quitado de encima el purgatorio.


Ella debió de dejar de reprimirse entonces. Pues me propinó -¡clash!- otro guantazo más, certero y doloroso. Con odio rencoroso en la mirada me soltó:


-¡Estoy harta de ti! ¡Llevo ya trece años esperándote aquí! ¡Ya no te quiero más!


El sol ya se había puesto y yo me quedé todavía un rato más allí de pie, viendo cómo me abandonaba la solitaria muchacha de anhelante mirada, con su breve poemario entre las manos.


Y con cierta renuencia y pesadumbre, después de una jornada agotadora de giros de tacón y graciosos puntapiés, mis gastados zapatones de charol emprendieron el regreso, cuesta arriba, por la escarpada calle del Limón, mientras leía con tristeza: pan, aceite, leche, servilletas, peras, bicarbonato...



lunes, 28 de diciembre de 2009

PeSaDa MaLeTa


Anoche me asomé al interior de mi vieja maleta de viaje.

Allí encontré de todo: libros subrayados, dibujos de casas (una vez quise ser arquitecto), discos de vinilo, poemas escritos a amores platónicos, amuletos varios, mil fotografías, un pelo de gato y otro de mujer (largo, negro y de ella), diarios febriles, orlas y diplomas, saberes inútiles que aprendí a olvidar, postales de viajes, velas treinta y dos, dudas, decisiones, arrepentimientos, millones de abrazos, amigos del alma, destinos ajenos de vidas truncadas, la sombra del miedo, una caja llena con mis sentimientos (en la que se mezclan, confunden y enturbian), un compartimiento repleto de olores que aún me disparan mi corazón loco, lápices que nunca conseguí afilar y latas de sardinas de todas las formas, colores, tamaños y pesos.

Cerré la maleta y la arrastré hasta el muelle.

Allí estabas tú, como siempre hermosa. Y te contemplé largamente por última vez. Un blanco vestido te cubría a medias, se agitaba grácil y alegre, cual brisa de mar.

Me asomé a tu equipaje: tan sólo llevabas un liviano bolso, ancho y espacioso, con un hueco enorme y luminoso en el que pensabas embarcar todas tus ilusiones y proyectos.

Yo agarré mi maleta por el asa y con ambas manos la volví a levantar unos centímetros del suelo. Te miré deslizarte por la larga pasarela que te llevó al barco.

No pude seguirte con mi vieja y pesada maleta.

Te dejé partir.



Foto: Chema Madoz

lunes, 26 de octubre de 2009

FoTo ReLaTaDa 4


De pequeño me daban miedo las arañas y aún hoy me producen cierta aversión las telas que tejen por doquier.

Tejen y retejen y contratejen incesantemente:

Tic, tic, tic, tic...

Tejen sin cesar con sus uñas como agujas:

Tac, tac, tac, tac...

¿Puedes oirlas?

Las telarañas que tejen embaucan, atrapan: son trampas.

Y tú y yo -¿no te has dado cuenta?- también tejemos nuestra telaraña.

Escúchala:

Tic, tac, tic, tac...

Suena igual que un reloj.

Y es que el amor es también un poco trampa:

-¿No te has dado cuenta?

martes, 13 de octubre de 2009

FoTo ReLaTaDa 3


Me mordió hace tanto tiempo aquel pato que estoy por pensar que es un recuerdo falso también.

Fue en el jardín botánico del Puerto de la Cruz y yo tendría 3, 4, 5 años quizás.

Creo que te lo conté una vez.

Me acercqué al estanque, metí los dedos por entre los colmillos de la reja metálica y el pato se abalanzó sobre mí, como una cobra, para morderme con su pico duro y frío.

Lloré desconsoladamente y puede que haya algo de falso en la historia porque recuerdo que el pato comenzó a gritarme que no volviera a acercarme al estanque, en un idioma que sonaba como cua, cua, cua...

También recuerdo con nitidez cuando empecé a hablar:

-¡Ha hablado! ¡Ha dicho "mamá"! -exclamaron mis padres.

Recuerdo la casa y el cuarto y hasta la posición de la cuna.

Pero en esa casa vivíamos cuando yo tenía ya 6 años y el que nació entonces y habló por primera vez fue mi hermano, supongo.

Recuerdos falsos, yo que siempre presumí de tener buena memoria.

Algunas noches cierro los ojos y nos vuelvo a ver juntos, besándonos.

Fue hace tan poco tiempo que estoy por pensar que es un recuerdo falso también.


domingo, 11 de octubre de 2009

FoTo ReLaTaDa 2


Un día mi suerte se decantó hacía el doble seis.

No dejó de salirme aquella noche, y todas las siguientes.

Gané mucho dinero y no perdí ni una pelea.

Mi bolsa aumentaba día a día mientras mi cama se llenaba de besos, noche a noche.

Pero la suerte es caprichosa y hasta unos dados trucados fallan a veces y rehuyen el seis.

O quizás no, quizás es que todo está medido y previsto de antemano:

-Rachas de seis, rachas de uno -así es la vida, te oí decir un día- todo se acaba equilibrando.

Así que soy consciente de que en cualquier momento puede mi suerte y mi mundo escorarse hacia el uno.

Pero no lo pienso, no demasiado.

Mientras tanto sigo tirando y jugando y besando y saboreando esta existencia en doble seis.


jueves, 8 de octubre de 2009

FoTo ReLaTaDa 1


La vida es como la flor del cactus.

Cuando menos te lo esperas, florece.

Hacen falta varios años, lustros a veces, para que de la espina brote el pétalo y de la púa la belleza.

Porque es efímera, la belleza: y por eso me obnubila.

De esas flores que tardan años o lustros en aparecer, algunas apenas duran un día o dos, acaso sólo una tarde.

Tú también eres un poco flor:

"Flor de cactus" -empezaré a llamarte.

Y yo a tu lado me siento a veces un poco espina.