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sábado, 26 de junio de 2010

sábado, 12 de junio de 2010

ByE KaFkAs


Voy a echar de menos esta sala: Joaquín, Iris, Héctor, Marta, José Ángel, Elena, Tomás, Luis Miguel, Samuel.

Animales de costumbre, desde el primer día cada uno eligió un sitio alrededor de la mesa y tácitamente lo hizo suyo.

El  jueves terminó el máster.
El curso que viene serán otros quienes ocupen nuestros sitios.



En esta sala he disfrutado leyendo y compartiendo con el resto de alumnos impresiones acerca de nuestras lecturas.

En cierto modo, puedo decir que en las clases de Lectura he aprendido a leer.

A leer de otro modo.

Voy a echar de menos a aquellos profes que nos han hecho ver en ciertos libros muchas más cosas de las que había sospechado.

(Descubrir por Rafael Reig que Un día volveré es una novela que habla de la Trasición es el mejor ejemplo que se me ocurre para ilustrar lo que digo)



También voy a echar de menos las clases de Escritura.

La expresión y la comunicación sos dos momentos, supongo, dos polos de la escritura. 

El primero requiere el trabajo en soledad; el segundo exige un lector: el público o, en nuestro caso, el grupo.

En las clases de Escritura es necesario que el grupo aprenda a encontrar el lugar idóneo desde el que ejercer la crítica de los textos ajenos, combinando sinceridad y respeto.

Supongo que no es fácil que un grupo de personas que no se conocen de nada, de edades, profesiones y formas de ser muy diferentes, como es el caso en nuestro grupo, se pongan de acuerdo para encontrar ese lugar idóneo.

Y sin embargo creo que en líneas generales lo hemos conseguido.




La mayor parte de "los Kafkas" del grupo A tienen obligaciones aparte de las del máster.

Ellos me envidian con cariño por mi situación actual.

Yo los admiro, tanto cuando entregan los deberes como cuando terminamos la noche a las tantas y al dia siguiente les toca madrugar.



Porque en las clases sólo da tiempo para hablar de la mitad de lo que queremos y cada martes y jueves nos vemos obligados a trasladar la clase a algún bar.




Aún así, no todas nuestras charlas son literarias o metaliterarias.

Tenemos otros intereses comunes.




El jueves se cerró un ciclo.

El Hotel Kafka cerró el curso escolar con una fiesta de despedida.



 Fue un momento para la foto de familia.



Para la exaltación de la amistad.

(Mahou, Jameson, Negrita)



Para un pequeño concierto que dieron los alumnos de Armonía.



Y para firmar con dedicatorias y cariñosas palabras, si no libros, sí al menos el reverso de nuestros recién obtenidos diplomas.


Venessa sentenció en el mío: "Querido Andrés: No todo puede ser fácil".



Era la síntesis de nuestra última clase, en la que habíamos estado corrigiendo mi proyecto final.

Vanessa es implacable.

Y sin embargo, también voy a echar de menos sus clases y sus correcciones.

Ahora toca digerirlas, rumiarlas, meditarlas y, si realmente me apetece regresar al texto, comenzar de nuevo. 




La noche terminó con lluvia, kebabs y payasadas.



El máster, con un diploma.

Y con la conciencia de haber aprendido muchas cosas y de que quedan pendientes muchas otras por aprender.

Al final Vanessa lleva razón: "No es tan fácil".

Y aunque no son las palabras más adecuadas para el happy end de un curso, sí me parecen las más acertadas para llevarse a casa y continuar andando solo a partir de ahora.

Así que como todo en esta vida: 

Este final, supongo, es sólo un comienzo.

lunes, 10 de mayo de 2010

MiEnTrAs DuRa


"¿Y ahora hasta cuándo?", le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura".

(Gabriel García Márquez: "Sólo vine a hablar por teléfono")

sábado, 2 de enero de 2010

martes, 29 de diciembre de 2009

aMiGo iNviSibLe 3


El año pasado abrieron los regalos y yo hablé con ellos esa noche por teléfono desde una calle nevada y fría de Nueva York.

Fueron pasándose uno a uno el teléfono: voces eufóricas, en las que se adivinaba sin embargo cierta tristeza encubierta tras tantos meses sin vernos ni hablarnos.

Hubimos de esperar a marzo en México para vernos.

Este año en cambio nos hemos reunido en casa de Isi sin ningún contratiempo para celebrar la 8ª Edición del Amigo Invisible.



No pensaba escribir nada.

Tan sólo colgar las fotos: hablan por sí mismas, creo.

Pero hace dos convocatorias escribí un post sobre el Amigo Invisible y no me parece correcto dejar pasar la oportunidad de prolongar esta serie de posts que se han ido convirtiendo ya casi en una sección del blog.



-¿Notaste algo diferente este año?

Sí.

No.

No sé...

-¿No notaste que las palabras son ya cada vez menos necesarias?

Sin duda.

Llega un momento en que todo parece estar ya dicho...

O quizás es esto otro: que las palabras dicen más de lo que dicen.

No sé...

-¿A que sabías lo que estaba pensando Quin y Sergio e incluso Isidro mientras Yai les echaba la bronca a los otros?

Sí, eso creo: me fijé en sus caras mientras mamá pato nos cantaba las cuarenta y ellos escuchaban con una sonrisa en la boca y dándole la razón para sus adentros.

-También miraste a Santi y a Alberto... vaya tres.

Supongo que sí.



Algo de eso ocurrió, creo: no hacía falta gastar mucha saliva para entendernos.

No hizo falta decirnos lo que ya sabíamos.


sábado, 31 de octubre de 2009

GoZoSa ObLiGaCiÓn


El objetivo es hacerse experto en golosinas, dulces y chuches.

Hay que probarlo todo: chocolates, caramelos, tartas, trufas, helados.

Hay que aprender a distinguirlas y a clasificarlas.

Hay que comer muchas: practicar.

Cada martes y cada jueves de 19:30 a 22:30 nos reunimos, debatimos y sacamos conclusiones en torno a la caja de bombones que hemos tenido que zamparnos durante la última semana.

Allí nos juntamos sibaritas, golosos y diabéticos de primer orden:

Enamorados de lo dulce.

Paseo por las calles de Madrid con el ánimo azucaradamente feliz.

Y cada noche antes de dormirme me atiborro a nectar de ambrosía.

Y esto, en suma, es más o menos lo que puedo contar acerca del máster de escritura que he comenzado.


jueves, 1 de octubre de 2009

sábado, 13 de junio de 2009

úLTiMaS SeMaNaS


Al final, incluso a los objetos se les coge cariño.



Tuvimos que venderlo todo.

Los apartamentos en Estados Unidos, por lo general, se alquilan completamente vacíos, sin amueblar. Por eso son tan comunes los garage sale, en los que uno vende de todo a precio de ganga.

La gente se muda y necesita venderlo todo, dejar el apartamento vacío. Al mismo tiempo, quien acaba de llegar necesita hacer el camino inverso: amueblar su nueva casa.

Fue divertido:

Raquel tenía una Biblia en venta: una edición de cuero muy cara y con estuche incluido.

Tyler no dejó de mostrar su esencia hasta el final: no importaba quien se acercara a nuestro puesto, lo primero que miraban y manoseaban era la Biblia de Raquel.

También fue lo primero que se vendió: la compró un chico de unos treinta años que se fue leyéndola, ensimismado.



Luego hicimos otro garage sale en la escuela, con los restos.

Había que deshacerse de todo así que esta vez dejamos que el comprador pusiese el precio.

El resto lo regalamos.



Las últimas semanas fueron muy intensas.

También en lo emocional.

Disfruté de mis últimos días con los gansitos.



Sólo después del último día con ellos, cuando tuve que desmantelar el aula para dejársela preparada a la siguiente maestra, me invadió una tristeza infinita.



Tuve que tirarlo todo a la basura.



Y todos los objetos que iba tirando llevaban incorporada una historia, un recuerdo, una anécdota, un momento que con el tiempo se hizo feliz.



Algunos no quisieron llevarse a casa su foto colgada del poster de los cumpleaños: prefirieron dejársela al maestro para que no los olvidase nunca.

Aunque una cosa es verdad:

¿Sabrán mis gansitos lo que significa nunca?



Otros me dejaron sus monitos, con los que contábamos cada mañana cuántos alumnos habían venido a clase ese día.

Nunca supe porqué los llamaron desde un principio monitos.

Tampoco recuerdo cuándo, cómo ni por qué empecé a llamarlos yo también así: monitos.



A los objetos se les coge cariño.

Con las personas es diferente:

A ellas se les quiere.


jueves, 11 de junio de 2009

domingo, 10 de mayo de 2009

SiMpLe LiFe


Primero subo las fotos: es un proceso lento, casi siempre, que me desespera. A veces hay errores y salen del revés. No consigo voltearlas y he llegado hasta a sacar de nuevo la foto en cuestión para volverla a cargar en el ordenador. Otras veces, la conexión es demasiado lenta y las ganas de ponerme a escribir cuanto antes me superan.

Hoy he ido al Caffe Tazza sólo para descargar las fotos, pues tienen una conexión wifi que va a toda pastilla.

Después escribo.

El proceso es curioso: elijo el orden de las fotos con apenas un borrador en mente, un bosquejo del guión de lo que habré luego de contar. Este orden condiciona ya en parte la historia, pues intento que lo que cuento se compenetre con el soporte visual de las fotos. No obstante, el reino de la escritura es el de la libertad absoluta y una vez que comienzo a darle a las teclas todo puede ocurrir.

Eso es lo más que me gusta de esta aventura de escribir: me pongo a ello sin saber bien donde recalaré ni qué imprevisibles meandros habré de recorrer.

Y del mismo modo que en una novela resulta crucial su apertura, su primera frase, la sonoridad de la primera sílaba impresa, así también considero determinante la primera foto con la que se abre un post:

Simple Life



Llevaba un tiempo postergando esta historia, el relato de este fin de semana con Gaby en el pueblito de Jefferson.

Había sacado fotos curiosas y alguna que otra anécdota podría resultar divertida al narrarla retrospectivamente.

No quería que me ocurriera como con otros posts que, por falta de tiempo u ocasión, se habían quedado sin escribir.

Así que -como dije- me fui a un café en el que poder subir velozmente las fotos y me vine a casa, a escribir la historia.



Cuando uno escribe, creo, importa mucho más el tono con el que se dicen las cosas que lo que realmente se cuenta.

Es obvio: lo mismo ocurre en el lenguaje oral y con las relaciones sociales.

Primero subo las fotos, después escribo, pero antes, en medio de estos dos momentos, trato de buscar el tono.

Es como afinar el espíritu.

Es conectar con uno mismo, indagar más allá del pobre lenguaje y escrutar -asomarse a- ese fondo inefable de sentimientos, presagios y criaturas mentales que todos llevamos dentro.



La historia era bastante sencilla: un bed & breakfast, un pueblecito pintoresco de East Texas, una segunda visita a Caddo Lake, algunos fantasmas, Gaby y yo.



Las fotos que había subido en el Caffe Tazza hacía apenas unos minutos contaban ya, prácticamente, la historia por sí mismas.

Sólo faltaba sentarse y añadir desenfadadamente alguna breve aclaración a pie de foto.



Incluso casi podría decir que el tono del post estaba ya decidido de antemano.

No sólo porque esa era la idea previa que irreflexivamente me había forjado, sino debido a la naturaleza de las fotos: cielos azules y límpidos, casas solariegas de estilo colonial, rostros sonrientes, naturaleza cálida y exuberante, fantasmas de mentirijilla.

Casi estaba impelido a escribir desde un tono jovial y desenfadado: desde la superficie.

Hasta que esa foto del emblema del gallo, dando la bienvenida a los clientes del bed & breakfast donde nos quedamos, con su lema, lo cambió todo:

Welcome to the simple life

¿Por qué?

¿Por qué cambió todo la primera foto?

No sabría explicármelo aún, a esta altura del meandro...



En primer lugar, porque estaba Gaby, supongo.

Entre gansaditas y mexicanadas me las había arreglado para dejar en la recámara de NaDa PeRmAnEcE a esta mexicana con la que comparto casi todos mis fines de semana, entre otras cosas.

No escribir sobre ella, no atreverme a indagar en serio allá dentro a través de la escritura era en parte una forma de respetar su intimidad y no arrastrarla y exponerla al exhibicionismo sentimental de este blog.

Pero también era, en lo que a mí respecta, una forma de dejarme llevar por la inercia irreflexiva de los días y de comulgar con los preceptos de la simple life.



Luego estaba esa sensación de que no sólo esa estancia en el acogedor y recoleto bed & breakfast significaba el ingreso en la simple life, sino que todo el modo de vida americano era, en esencia, simple.

Uno sube las fotos, piensa en lo que quiere contar, pero luego encuentra un tono que le lleva a hacer un uso muy diferente al que había pensado de las fotos que ha subido.

Los texanos beben Dr Pepper con orgullo. Pese a ser todavía Coca Cola el refresco más vendido, Dr Pepper (que ocupa el séptimo lugar en ventas) es el más antiguo de todos: lo creó un farmacéutico de Waco en 1885.

La foto del enorme cartelón de Dr Pepper en Jefferson era meramente una estampa típicamente texana, con su apuesta por lo local e idiosincrático, con su toque retro en el diseño, con los leños apilados recordándonos el carácter eminentemente rural de este Estado y de este país.

Pero ahora -por culpa del gallo- se me antoja una caricatura de la vida simple americana, entregada de lleno con pueril pasión al consumo, ciega ante los cantos de sirena de la publicidad, imbuida en un universo falaz y simplificado en el que todos los valores y facetas de la vida se explican, resuelven o traducen en un nuevo objeto de consumo, en nueva mercancía.



El gallo era probablemente, quién sabe, una invitación a salir y escapar de este círculo vicioso del consumismo.

Una invitación al reposo del ocio, a la tranquilidad de la lectura, a la cercanía con uno mismo y con el resto de humanos que nos rodean, a la contemplación de la belleza de la naturaleza, del mundo y de la vida.

¡Pero esto es precisamente lo que carece de toda simplicidad!

El gallo, la foto del gallo, la publicación de la foto del gallo, me ha hecho pensar en que lo verdaderamente simple es el modo de vida americano: atrapados por el trabajo, embaucados por el señuelo de los objetos sublimados del consumo, apenas tienen tiempo u oportunidades de trascender y complicarse -es decir, enriquecerse- la vida con libros, personas y momentos para intentar comprender mejor un poco más el mundo.

Quizás soy injusto con ellos, como cada vez que uno opina, pero a veces tengo la sensación de que sus sentimientos -de amor, de miedo, de dicha- son importados y prefabricados, como las risas enlatadas de las teleseries. Esa sentimentalidad exacerbada se me antoja a menudo una reproducción mimética y en serie de los ejemplos de la industria audiovisual, que nos hace a todos semejantes y a ninguno único y genuino.

Y como contrapunto al amor a los objetos la simple life sólo nos ofrece como única opción de trascendencia una religiosidad extrema, sensiblera y pueril que lo inunda todo: particularmente, esa actividad tan típicamente humana que se desarrolla en el neocortex y que los filósofos y otros expertos llaman pensamiento racional.



Claro que una cosa y la otra, religión y consumo, casi siempre van de la mano, en esta versión americana de la simple life.



Mientras tanto, mi vida en Estados Unidos ha seguido ese mismo patrón de la simple life.

Y en lo que a mi relación con Gaby se refiere ese viaje a Jefferson -los dos lo sabemos- marcó un antes y un después.



Miro las fotos, leo lo escrito y me sorprendo de cuánta distancia puede abrir entre ambos el tono con el que uno va afinando el relato.



Aquí debería estar contando cómo le sugerí pasar el día en Caddo Lake, que ella no conocía y que se hallaba a pocas millas de Jefferson.

Cómo remamos durante 40 minutos desde el embarcadero hasta un recodo en el que dejamos la canoa y desde el que empezamos a caminar.



Aquí debería estar nombrando la ruta a pie hasta ese enclave del bosque...



...en el que hicimos este almuerzo campestre con quiche Lorraine y sin mantel a cuadros.



Pero ahora que el kikirikí de la simple life lo inunda todo por dentro, me resulta difícil -tedioso- detenerme en esta secuencia inicialmente prevista de la narración.



Me resulta ahora secundaria la anécdota de la canoa, que en un primer momento -ya desde antes de llegar al Caffe Tazza esta mañana- imaginé como el momento dramático -y cómico- por excelencia del post.

Ya ha perdido la frescura y la importancia para mí relatar el modo en el que posamos frente a la canoa como auténticos navegantes profesionales.



El modo en que nos creímos señores de las aguas dulces y pantanosas, expertos del remo.



Y el modo en el que la canoa volcó imprevisiblemente con los dos dentro, mojándome yo por completo y dislocándome -una vez más- el hombro izquierdo.



Quiero terminar ya, volver otra vez al meollo de la simple life, en donde presiento se han quedado por decir algunas cosas.

Quiero que termine ya esta secuencia de fotos que subí con un estado anímico un poco más trivial.



Fotos que hablan por sí solas y que no me necesitan para nada.



Rema, Andriu, salte ya de ahí, de esa excursión divertidísima y accidentada a Caddo Lake.

Rema hacia esa misma noche en Jefferson, hacia esos acontecimientos que de verdad importan y quieres contar.

Rema y salte y escapa de la simple life.



Porque fue aquí, en este bed & breakfast, cuya puerta de entrada escolta un gallo sabihondo, donde presiento ocurrieron cosas -entre Gaby y yo- que me importan más que todas las anécdotas y destinos turísticos de la simple life.



Pues mi vida, como dije, en este país, ha sido casi tan simple como la de los americanos:

Me he comprado un jeep enorme que me encanta, con el que voy a todos sitios, sin reparar mentalmente ni un segundo en eso de la capa de ozono; esa quimera.

No reciclo nada.

No leo prensa, ni americana ni española: hace tiempo que no me siento tan ignorante acerca de lo que ocurre en el mundo.

Los libros que me he leído este curso los puedo contar con los dedos de una mano.

Trabajo muchas horas al días y mi grado de autorrealización no es muy alto.

Vivo dentro de la burbuja americana.

Y por último: hasta aquella noche en Jefferson mi relación con Gaby fue ante todo simple.



Antes de que estallara todo (antes de hablar) hicimos el tour guiado por el fantasmagórico Jefferson.



El pueblo es famoso por sus bed & breakfast, por sus edificios históricos (aunque más historia tiene la casa de mis padres en La Laguna) y por la insólita concentración de fantasmas que alberga.



Recorrimos el pueblecito a oscuras y con un grupo de americanos simples que habían venido desde distintas partes del Estado buscando experiencias paranormales.

Todos sacábamos fotos, con la esperanza de pillar in fraganti a alguno de los históricos fantasmas cuyas vidas una guía con falsa fachada de escéptica nos iba narrando amenamente.

La creencia en fantasmas se asemeja mucho a la creencia en dioses: no me extrañaría nada que USA fuera uno de los países con más fantasmas en el mundo.



Pero lo que de verdad importa -¿verdad?- fue darnos cuenta de cómo habíamos pasado Gaby y yo los últimos meses.

Lo de los fantasmas tenía su interés: fue una ocasión más para practicar inglés, para conocer algo acerca del pasado de este pueblucho de East Texas y para bromear con Gaby asegurándole que quién le acababa de pellizcar el culo había sido un espíritu travieso.

Mas lo importante fue darme cuenta de que habíamos pasado algunos meses sin haberme complicado ni siquiera un segundo mi vida simple parándome a pensar en lo que sentíamos el uno por el otro.



Esa noche lo hablamos.



El pueblo seguía estando lleno de espíritus y fantasmas del pasado.

Pero allí sólo estábamos vivos ella y yo.



Aquella noche en Jefferson, rodeados de algunas de las casas encantadas más aterradoras del Estado, Gaby y yo rompimos la inercia de las relaciones fáciles y simples, atreviéndonos a ponerle nombre a los sentimientos, con mejor o peor fortuna; enfrentando, no ya fantasmas de sábana y bola ni licántropos sino ese miedo a ser sinceros y transparentes con las personas queridas.



Desde entonces, pese a que el final se avecina y no estará exento de drama, nuestra relación es menos simple; más sutil, cercana y auténtica.

Más compleja, también, supongo.

Eso quizás es lo que no nos perdona el fantasma de Jefferson.

Ese fantasma simple y rencoroso que por no haberle hecho caso se desplazó a Caddo Lake y nos tiró de la canoa.