domingo, 13 de febrero de 2011
uNivErSoS íNtiMoS
sábado, 12 de junio de 2010
ByE KaFkAs
El primero requiere el trabajo en soledad; el segundo exige un lector: el público o, en nuestro caso, el grupo.
jueves, 15 de abril de 2010
PaTriAs LiTeRaRiAs

Me resulta muy sugestiva esa idea de una "patria desconocida" desde la que extrae el artista su inspiración. Y creo que si hay un escritor cuya patria nos resulta a todos única e inconfundible, ése es Borges.
Patria de laberintos, de bibliotecas, de eternidades, de reflejos infinitos, de libros mágicos, de arcanos y esoterismos, de guerreros frente a eruditos, de falsas fuentes, de paradojas, de dioses, de mitologías, teologías y hombres inmortales, de aguerridos gauchos y reyertas...
Si hubiera que elegir, por cierto, su homólogo en las artes gráficas, ése sería Escher.
miércoles, 7 de abril de 2010
SiN GaBaRdiNa

Nadine no se había quitado jamás la gabardina. El día en que Caroline fue contratada y comenzó a trabajar para la firma Hey&Key recibió la suya. Entonces Nadine se le acercó por detrás y le susurró al oído: “Recuerda que no debes quitártela bajo ningún pretexto”.
Caroline demostró desde las primeras semanas una gran competencia en la sección de albaranes a la que había sido asignada. El Jefe de sección era incapaz de disimular su malestar pero el Gerente de contratación no dejaba de redactar elogiosos informes sobre la nueva auxiliar del departamento de Albaranes y Facturas, informes que el Director General leía con fruición desde su despacho, rigurosamente enfundado en su gabardina.
El segmento de ocio de la sección en la que trabajaba Caroline empezaba a las 10:12 y concluía a las 10:27, solapándose durante cinco minutos con el segmento de ocio de la sección de Devoluciones, en la que trabajaba Nadine. El edificio de Hey&Key lindaba con los jardines de Kew Garden por lo que era habitual ver a los trabajadores de la empresa exprimir sus quince minutos de ocio sobre el perfilado césped, o a la sombra de una acacia o paseando junto a las hileras de verónicas y de rododendros.
Caroline y Nadine fraguaron una amistad llevadera al amparo del Kew Garden y de esos cinco minutos en los que sus respectivos segmentos de ocio se solapaban. La gabardina de Caroline parecía hecha a medida y al observarla podían adivinarse el motín de su frontis y sus caderas en curva. Nadine sin embargo carecía de cuerpo para llenar la suya y al verla pasear junto a su amiga la una parecía el simulacro fallido de la otra, una imitación frustrada, un remedo, un mendigo, un náufrago o una sombra. Pese a estas diferencias las dos muchachas no desaprovechaban estos cinco minutos juntas para conversar de los temas más dispares:
-¿Ni siquiera al llegar a casa? –preguntaba Caroline.
-Ni siquiera ¿qué necesidad? –respondía Nadine-. Además, su tela impermeable te protege no sólo de la lluvia sino también de las corrientes de aire. En los días de calor nadie te impide remangártela o incluso bajarte las solapas.
Cuando llegaba la canícula de agosto se formaba entre la gabardina y la piel una delgada película de sudor, muy refrescante.
Un día el Jefe de sección la abordó por detrás de su escritorio. Fumaba cigarrillos de menta para ocultar una halitosis con la que llenaba el aire de una peste a verdura ácida y a podredumbre:
-Señorita Caroline, el Gerente de Contratación está muy satisfecho con usted y el Director General me ha encargado que la felicite. ¿Hay algo que pueda hacer la compañía para que se sienta más a gusto entre nosotros?
Aquella misma mañana la tormenta y la lluvia habían sorprendido a Caroline sin paraguas. Su gabardina seguía empapada y al sentarse había encharcado todo su asiento y parte del escritorio. A la mayor parte de los albaranes que había comprobado se les había desdibujado la tinta con el agua y de la recia tela de la gabardina todavía seguían cayendo gotas de lluvia que hacían aún más ostentoso el charco que bajo sus pies se había formado en la moqueta.
-Pues no sé –dijo ella- me pregunto si sería posible…
Caroline se había quedado mirando al perchero vacío que permanecía, como olvidado, en una esquina. La mirada del Jefe de sección se iluminó con un brillo melifluo.
-Prosiga, se lo ruego. Puede pedir lo que usted quiera.
Caroline se atrevió a formular su demanda:
-Me pregunto si podría quitarme la gabardina aunque sólo sea para intentar secar todo esto. Será sólo un momento.
El Jefe de sección no frunció el ceño ni vociferó ni se tiró de las hebillas de su gabardina como muestra de enojo, sino muy al contrario, adoptó un tono de complicidad y de dulzura:
-Usted sabrá, señorita Caroline. Confiamos en usted y es por ello que le damos autonomía para que decida lo que es mejor en cada momento.
El Jefe de sección exhaló el humo del cigarrillo y tras un guiño y una mirada traviesa al perchero se dio la vuelta y se marchó. Caroline consultó el reloj y al ver que casi eran las 10:12 decidió esperar a hablar con Nadine:
-¡Estás loca! ¡Eso es lo último que debes hacer!
-Pero si me dio carta blanca.
-Ese tipejo quiere tu perdición, créeme.
Las dos compañeras se quedaron en silencio. Podía oírse el incesante zumbido de las abejas libando de flor en flor. El sol había interrumpido la mañana de lluvias.
-Nadine, quiero contarte algo.
-Qué.
-Un sueño. Fue hace un par de días. Soñé que estaba en la empresa. Todos estaban trabajando. Todos llevaban puesta su gabardina. Y de repente, sentí el impulso de quitármela. Y lo hice. Me quité la gabardina, Nadine: ¿y a qué no sabes lo que ocurrió entonces?
-Dímelo tú.
-Nada.
-¿Cómo nada?
-Como lo oyes, Nadine, no ocurrió absolutamente nada.
-Qué sueño más estúpido.
Los meses se fueron sucediendo siempre iguales y únicamente en los paseos por Kew Garden podía percibirse el cambio de las estaciones y el paso del tiempo. Hasta que un día, por culpa de un descuido y de un cigarrillo, ocurrió aquel trágico accidente en las oficinas de Hey&Key, precisamente en el departamento de Albaranes y Facturas.
Antes de que nadie pudiera darse cuenta de cómo había sucedido, el hombre ya estaba en llamas, revolcándose por el suelo y gritando: “¡Me quemo! ¡Auxilio!”. Todos los trabajadores de la sección se quedaron estupefactos, sin saber qué hacer para evitar la muerte del Jefe de sección. Caroline en cambio se llevó instintivamente las manos a la gabardina. Si se la quitaba y la arrojaba sobre su cuerpo quizás habría alguna posibilidad de salvarle la vida. Pero fue sólo un segundo y en seguida se avergonzó de esta idea. Afortunadamente tampoco ella se quitó en esta ocasión la gabardina.
lunes, 29 de marzo de 2010
PeQuEñA AiShA

-Lo llamo así porque es muy viejo para ella.
-No vuelvas nunca a hacerlo, mujer. Es un honor para nuestra familia. Y ya está decidido.
Abu Bakr le había pedido la mano de Aisha y él había zanjado rápidamente sus diferencias con su esposa. Hubiera querido esperar algunos años. Pero Abu Bakr no tenía ninguna intención de esperar algunos años y además era el comerciante más próspero y más respetable de la provincia de Qasim. De modo que el padre sólo tardó un día en consentir la boda de Aisha. Todos los gastos corrieron a cargo del comerciante Abu Bakr, quien se encargó de traer a la aldea a un magistrado de confianza. La única condición del juez fue la de no consumar el matrimonio hasta que la niña hubiese alcanzado la pubertad.
Aisha abandonó la aldea e ingresó en el palacio de Abu Bakr con el asombro y el miedo dibujados en sus grandes ojos negros. Iba vestida de novia y al mirarse en los espejos se preguntaba si era normal que las princesas fueran tan maquilladas. Todo era absolutamente nuevo para ella: el brillo de los azulejos, las albercas somnolientas, la docilidad de los sirvientes, el artesonado de los techos, la melancolía de los patios, el aliento enardecido y sofocante de Abu Bakr.
Él le había permitido llevarse al palacio sus juguetes y sus muñecas, aunque no le había comprado ninguna otra; pero sí sortijas y trajes de gala, piedras de ámbar o amatista, juegos de cama, camisitas finas y lencería en seda, transparencias, encajes y satén. De todas formas ella no necesitaba a ninguna otra muñeca que no fuera la pequeña Srini, a la que arrullaba y le decía al oído: “No tengas miedo. Un día volveremos a jugar con Alí, con tu papá”.
Pero en la aldea también los niños crecían desorbitadamente, a golpe de Corán.
-¿Por qué no puede Alí venir a verme? –le preguntaba ella a sus padres cada vez que éstos eran invitados a palacio.
-Alí se está haciendo un soldado. Olvídate de él –le decían.
Aisha les contó a sus padres un buen día cómo era su nueva vida en palacio y ellos discutieron. Pero el padre volvió a zanjar sus diferencias con su madre:
-Es su marido. Mahoma dijo que un esposo tiene derecho a disfrutarlas desde la cima de sus cabezas hasta la planta de sus pies.
-Pero…
-Y ya te dije hace tiempo que no volvieras a llamarlo nunca así. Su nombre es Abu Bakr.
Aisha le canturreaba a la pequeña Srini: “Se está haciendo un soldado y un hombre de fe. Ya verás que un buen día volveremos a estar juntos los tres”. Sólo hacía falta que Abu Bakr envejeciera un poco más. Es lo que le había dicho su madre: “Sólo así podrás volver a tener pretendientes otra vez”. Sólo así. Alí podría esperar. Ella no quería ser repudiada. También podría esperar y esperar.
Pero pasaron cinco, seis, siete, diez años, y él todavía estaba allí. Con su aliento sofocante y sus obsequios todavía. Hasta que un día aciago acudió su madre para darle la noticia:
-Alí se inmoló, hija mía. Ahora es un héroe para todos.
Aisha se cansó de esperar. Él todavía estaba allí y sin embargo era ya demasiado tarde. Pasó los días contemplando los azulejos de luto y sin brillo. Pasó las noches despierta recorriendo los patios de palacio o acostada junto a él con la mirada perdida en las geometrías funestas que el artesonado dibujaba en los techos de su alcoba. Pensó como en un sueño: en quedarse dormida y en despertarse de repente y en verse junto a Alí. Las praderas serían allí verdes y esponjosas. De los ríos podrían beber leche de burra y miel. Al despertarse, pensó, se encontraría junto a Alí.
A la mañana siguiente los sirvientes la encontraron arrojada a la alberca junto a su muñeca Srini. Respiraba todavía aunque estaba sumergida en un profundo sueño del que parecía imposible rescatarla. El dueño del palacio ordenó traer a los mejores médicos de la ciudad. La joven había estado al borde de la muerte, pero estaba a salvo. Continuó no obstante abandonada a su pertinaz letargo cinco, seis, siete, diez semanas.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
viernes, 26 de febrero de 2010
SeRáS Yo
Todo empezó cuando los dos hombres dejaron de hablar y se quedaron mirándonos fijamente. El que teníamos delante lucía una melena rizada y unas gafas redondas desde las que nos escrutaba atentamente, a unos y a otros. Al segundo hombre lo sentíamos en la retaguardia: su respiración flemática, el aroma dulzón a tabaco de pipa y una voz grave y cavernosa que había cesado casi al mismo tiempo que la del primer hombre. Al encontrarse detrás de nosotros, ignorábamos su aspecto. Sin embargo yo me imaginaba que era el dueño de la casa y que era un hombre audaz y corpulento, aunque de corazón noble.
A ambos lados podía sentir la presencia inmóvil de mis siete hermanos y un poco más atrás la de los demás: tíos, primos mayores, obispos y, por supuesto, mi madre y, junto a ella, mi padre, el rey. Yo estaba justo delante suyo y por un momento imaginé que era él quién me empujaba desde atrás y me obligaba a dar dos pasos al frente, sin ni siquiera poder ofrecer algo de resistencia. Pero aquella calidez gordezuela no podía proceder del tacto gélido y mayestático de mi padre, sino a todas luces de las yemas de los dedos del hombre que fumaba en pipa.
Al descubrirme de repente tan solo y sin escolta comprendí que había llegado por fin la Gran Ocasión. El obispo de mi madre era un ser singular, supersticioso: sólo pisaba suelo negro y se movía en largas y veloces diagonales para evitar contacto alguno con la otra mitad del pavimento. Él había hablado por primera vez, como un profeta, de este momento. Me había anunciado: “Ya sabrás qué hacer cuando llegue la Gran Ocasión. Tendrás solamente que dejarte llevar”.
Dejarme llevar… El hombre de la pipa me había empujado por detrás y allí estaba yo, completamente aislado en medio de la nada, blanco sobre blanco.
Y de repente se precipitó hacia mí: casi me atropella, de no haberse detenido a tiempo, negro sobre negro. Era como yo, pequeño y calvo, suave, redondeado… pero del color del azabache. Recordé las palabras de mi madre: “Los sabrás reconocer cuando los veas. No los confundas, hijo mío. Ellos son nuestro negativo”. Y mi tío Roque: “Aprende a odiarlos. Ataca siempre y déjate llevar. Tus primeros pasos habrán de ser dos. Odia y ataca”. Y ahora estaba allí uno de ellos, idéntico a mí, frente contra frente, negro contra blanco.
Quise abalanzarme contra él, tirarlo al suelo, demostrar que había aprendido a odiarlos. Pero desde atrás sentí que alguien saltaba y se colocaba casi a mi altura. Sentí los cascos de su montura, era mi primo: “Lo tengo a tiro. Tú no puedes hacer nada. Atacas oblicuamente. Sólo déjate llevar”. Si me fijaba en la mirada del hombre de las gafas podía ubicar con precisión la posición de mi primo. Pero en seguida éste empezó a saltar de un lado a otro, matando y esquivando al mismo tiempo.
Yo seguía inmóvil y absurdo, incapaz de odiar y mucho menos de matar, mientras a mi alrededor tenía lugar el juego de muertes y venganzas. Pero volví a sentir de nuevo aquellos dedos que me alzaron en volandas y que me hicieron avanzar un paso más y después otro. Delante de mí se abría un pasillo y entonces recordé aquella canción de cuna de mi madre: “Serás yo, pequeño, un día serás yo”. Era un pasillo hacia aquel lugar del que me había hablado ella tantas veces: “Me darás vida nuevamente. Será el lugar del sacrificio. Tu padre, el rey, nos necesita”.
Porque en efecto estábamos solos. Habían caído los obispos, uno por uno, mi tío Roque y su gemelo, mis siete hermanos, mis primos a caballo y hasta la dama: ella, mi madre. Así que enfrenté el odio en la mirada del hombre de las gafas y recorrí solo aquel pasillo hasta el final.
Fue entonces que sentí aquella caricia de sus dedos sobre mi cuarzo y un beso húmedo y aromático en mi fría testa. Volví a oír su ronca voz como de gruta:
-Pido dama.
Y mi madre, muerta y blanca, regresó radiante y viva, como yo mismo, transfigurado en ella, al auxilio del rey, mientras en mi cabeza, o en la suya, resonaba aún aquella alegre cantinela, aquella nana: “Serás yo, pequeño, un día serás yo”.
Foto: Flevia
miércoles, 24 de febrero de 2010
FoRmAciÓn cOnTiNuA
Considero que en la vida no se pueden decidir las cosas a tontas y a locas. Aquí donde me ve, tan arreglado y tan sin tacha, le confesaré un defecto: no aguanto a la gente que no es coherente y que hace las cosas sin pensar en las consecuencias, en el futuro vaya. Sí, lo reconozco: con esa gente soy inflexible. Espere, espere, no me malinterprete. Con esto sólo quiero decir que, por ejemplo, en el día de mañana, a mis hijos pienso educarlos en base a estos principios. Rectitud. Responsabilidad. Ya me entiende. No, no, es una manera de hablar: no tengo hijos. Pero fíjese, a esto mismo me refería antes cuando le decía que había que pensar en el futuro. Hay quien se cree que comprar un hijo, quiero decir, tener un hijo (o una hija, vaya), es como comprarse una tortuga o un canario. Déjeme que le cite una frase de Michael Levine, sí, sí, da igual que no lo conozca, verá como le gusta. Dice así: Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista. Pero en fin, a lo que íbamos, me estaba preguntando usted por ese puesto de auxiliar administrativo. ¿En dónde es? ¿En un banco? ¿En un despacho? No es que me muera de ganas por conocer todos los detalles. Pero es que ya me imagino a mis padres al volver a casa, pidiéndome un resumen exhaustivo de todo. Cada día a la hora del almuerzo me toca dar parte de las novedades, aunque haya pasado toda la mañana en mi habitación, estudiando. Porque no se crea que me dedico a perder el tiempo, no. Recuerde lo que le dije hace un momento: responsabilidad y rectitud ante todo. Es verdad que siempre hay tiempo para la literatura fantástica, los puzzles y el ajedrez online, mi verdadera pasión. Sí, ahí está, en efecto. Lo he puesto al final del currículo, en la última página, pero en realidad nada me impediría dedicarme a ello profesionalmente. Pero volvemos al principio: a tontas y a locas no se pueden hacer las cosas. Y a mis futuros hijos quiero darles todas las oportunidades. Así que lo primero es lo primero y ya puede usted leer y comprobar que no he perdido el tiempo en todos estos años de formación. ¿Que el apartado de experiencia laboral está en blanco? Mírelo por el lado bueno: cuando me consigan ustedes un trabajo acorde con mis capacidades e intereses lo asumiré libre de vicios y de malas costumbres. Tabula rasa, no sé si me entiende. Fíjese en cambio en el otro apartado: el de estudios y formación académica. Ya ve, ya ve que cursos no me faltan. Con 39 años no soy ningún yogurín pero mire, déjeme que le enseñe mi tarjeta. ¿A que suena bien? Nicanor Contreras, JASP. Me la mandó a hacer un antiguo compañero de Facultad. Lo de JASP viene de “Joven Aunque Sobradamente Preparado”. No sé donde está la gracia del asunto, la verdad. Me lo encontré hace unos años y el pobre estaba más que avejentado. Me preguntó que en qué curraba y yo le dije que en nada. Le hablé de mis nuevos estudios y proyectos de futuro. De lo importante que resultaba la preparación. De lo competitivo que se había vuelto el mercado. Al final nos intercambiamos los teléfonos y unos días más tarde me llamó y cuando quedamos me hizo entrega de un tarjetero que él mismo había encargado para mí con mil ejemplares como ésta. Nicanor Contreras, JASP. Suena realmente bien. Y sin embargo él se estuvo riendo toda la tarde… ¿Cómo dice? Sí, claro que veo que hay más gente esperando. Descuide, que me hago cargo. Pero ya sabe lo que se suele decir: las prisas son malas consejeras. Eso es lo que le respondo a mi madre siempre que (como cada mañana) me pregunta: ¿Ya fuiste hoy a la oficina de empleo? A veces pienso que viven un poco obsesionados, siempre dándole vueltas a lo mismo. ¿Y tus nietos, madre? –le argumento yo, desde mi cama- ¿no te sabe mal que tus futuros nietos carezcan de un padre con formación? Un hijo analfabeto ¿es eso lo que quieres? Entonces apago el portátil y me pongo a estudiar algo. Y ya ve, por mi currículo debo de ser algo así como el sueño y el anhelo de cualquier suegra. Y de cualquier empresario o jefecillo. Que tal y como están las cosas lo que falta en cualquier negocio es eso: cerebros, ideas, pensamiento. Hoy en día en la empresa privada hay un déficit de inteligencia y a los filósofos se los rifan. Así que, mire usted, no se lo tome a mal pero me da la impresión de que esa vacante de auxiliar administrativo de la que me habla me va un poco estrecha. Además, necesito mi tiempo para pensármelo. Ya le dije que en la vida no se pueden decidir las cosas a tontas y a locas.
martes, 23 de febrero de 2010
CiTaS CrUzAdAs


lunes, 22 de febrero de 2010
SuBe BaJa
Subimos
Y subimos
Y nos ves escalar
A ritmos discordantes:
El viejo lentamente y vencido,
Aferrado con fuerza a la baranda y con miedo
De caerse. La juventud malgastando de tres en tres tus peldaños,
Los días que le sobran, los amores, las ilusiones locas del futuro en el ático.
Peldaño
A peldaño
Cada día nos ves
Exhalar fatigados,
Remontar con esfuerzo tu recta
Anatomía de esquinas y de ángulos muertos.
Testigo muda, te burlas de nosotros pues aunque hagamos el amor
En el zaguán (y también pis), no se arruga tu piel como la nuestra ni triste sientes frío.
Tú permaneces siempre inmóvil, escalera, mientras nosotros subimos.
Tú eres esfinge y calendario cruel, mientras subimos.
Y asistes impasible a este espectáculo
Irónico mientras nosotros
Bajamos y
Bajamos.
miércoles, 17 de febrero de 2010
DoS bEsTiAs

(El Cizaña)
"La oruga es una antorcha incinerando manecillas"
(Rbc)
"La oruga es un final y un principio"
(Gaby)
"La oruga es la mariposa acomplejada"
(Andriu)
"Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para el resto se llama mariposa"
(from Wali)

(Rbc)
"El equinopez es el colmo del caballito de mar"
(Andriu)
eJeRciCiO iNtErAcTiVo

El blog es una bestia más ¿lo sabían?
A veces coge impulso y avanza veloz como un guepardo.
Y otras veces se arrastra lento y lacónico como una oruga, o se detiene.
Y les toca a ustedes:
El ejercicio interactivo que les propongo es el de inventar una frase al estilo de las grueguerías de Ramón Gómez de la Serna para cualquiera de las dos fotos de este post (o para ambas).
A la primera bestia pueden llamarla "oruga" o lo que ustedes gusten (a un pañuelo lo llamé yo "handkerchief-lado")

Insisto: pueden optar por una, por otra, o por ambas.
En el próximo post publicaré las fotos con las greguerías que ustedes inventen y que vayan mandándome en los comentarios a dicho post.
A ser posible, las grueguerías deben ser enunciados breves, concisos.
¡Buena suerte!
























