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jueves, 27 de enero de 2011

SeR pRoFeSoR



Ayer tuvimos Consejo Escolar, así que volví a salir de noche del instituto.

Seguía lloviendo.

Me metí en el coche y puse uno de esos álbumes antiguos de Sabina que aunque envejecen nunca caducan. El limpiaparabrisas marcaba la cadencia de la música, de la lluvia, de mi cansancio y de mi estado de ánimo.

De camino a casa son 22 kilómetros y me gusta aprovechar ese tiempo para escuchar las noticias. Pero ayer era uno de esos días en los que uno no está para escuchar las noticias (los políticos, las pensiones, los mercados, ya saben) sino para ordenar las ideas que se acumulan en la cabeza con mayor rapidez de lo que hace falta para procesarlas o digerirlas.

Dar clase en un instituto (ser profesor) significa que al final del día las ideas se te acumulan en la cabeza con mayor rapidez de lo que hace falta para procesarlas o digerirlas.

Los posts surgen de un estado de ánimo.

Surgen de la lluvia golpeando la luna de un coche.

De la música del parabrisas o de la cadencia que marca una guitarra y las reminiscencias de un estribillo.

Eso es lo que quería hacer: llegar a casa y vomitar este post.

Pensé entonces en los comentarios a los que no había tenido tiempo de responder. Pensé en los enlaces que no había podido aún visitar. Me miré la mano izquierda. Con bolígrafo verde decía en el dorso de la mano: "Policía: botellón" y "Examen Jhony". Pensé entonces en que tenía que dejar preparados para hoy diversos exámenes (del trimestre, de recuperación, de alumnos enfermos) y calculé asimismo cuánto tiempo me iba a llevar preparar las clases de hoy.

Ser profesor significa que al final del día uno siempre tiene que calcular cuánto tiempo le va a llevar preparar las clases del día siguiente.

Al final del día siempre me pregunto: ¿cuánto tiempo hoy para ver algo en la tele? ¿cuánto tiempo para leer? ¿cuánto tiempo para hablar por teléfono?

En definitiva: seguía lloviendo y yo llegué a la conclusión de que no tendría tiempo de escribir ningún post.

 Así que el post que estoy ahora mismo escribiendo es el mismo que tenía ganas de escribir ayer.

Y eso nunca es bueno... pues ahora tengo la extraña sensación de estar haciendo los deberes.

Ayer se me ocurrió pensar que puesto que la mayor parte de las horas del día (de mi vida) transcurren en el instituto o las ocupo en una actividad relacionada con él, lo más normal sería dedicar alguna entrada a mis alumnos, a mis clases, a la asignatura que imparto, al instituto.

No es así.

(Casi ninguno de mis posts tratan de todo eso)

Muy al contrario: entro en el blog como quien entra en la ducha, como quien se va de viaje, como quien se sepulta en la cama bajo edredones, como quien se traviste, como quien se hace el loco, como quien sufre un episodio de amnesia, como quien se emborracha, como quien pone los cuernos, como quien se echa a dormir... como quien pega un frenazo, detiene su coche en medio de la ruta y sale a coger aire y a empaparse con la lluvia, que cae torrencial y oxigenada desde el cielo.

O algo así.

Ayer se me ocurrió la idea de narrar en un post toda mi jornada escolar, desde las 8 de la mañana con 2º A de bachillerato, comentando a Aristóteles, hasta las 19:30 en el Consejo Escolar, hablando de los alumnos que en el recreo se esconden del profesor de guardia, en un rincón del patio, para fumar.

Ayer era ése el post que quería escribir: un post interminable, como el Ulises de Joyce, sobre lo que ocurre en mi instituto en un solo día.  

Hoy me he puesto a escribir, finalmente, no ese post sobre el instituto, pero sí algo parecido.

Hoy me he puesto a escribir también desde el instituto.

(los martes y los jueves tengo clases de mañana y de tarde, así que almediodía no vuelvo a casa)

Hoy he colgado un video con imágenes de mi instituto.

Hoy he escrito un post de profesor...

Y sin embargo, palpo esta silla en la que estoy sentado ahora mismo, frente al ordenador de la Sala de Profesores; palpo la tela recia y está húmeda.

Hoy vuelvo a ser profesor aquí en el blog, de nuevo, o todavía.

Y sin embargo mis vaqueros están mojados, mis zapatos encharcados y mi chaqueta chorrea agua por las costuras.

Todo mi cuerpo huele a lluvia.


 

lunes, 8 de septiembre de 2008

MiS GaNSiToS


Mañana les pediré a mis gansitos que se acuerden de Mónica y que le hagamos entre todos un regalo.

Cada uno podría hacer un dibujo dedicado.

También podríamos hacer una pancarta de bienvenida y colgarla en el aula para cuando vuelva.

No sé, se aceptan sugerencias.

Se ha roto algún huesito de la pierna y todavía le queda una semana y media en casa.

Es lo menos que puede hacer una manada de gansos por una gansita herida.



A Yessenia seguro que le entusiasma la idea si consigo darle, sin que se note mucho, algún puesto de especial responsabilidad, alguna tarea exclusiva para ella.

-Mr. Fajardo, yo puedo ser su ayudante siempre -me dijo el otro día.

Yo le dejo afilar los crayones, o recogerlos, o repartirlos, o limpiar los papeles, o ordenar los libros.

A mis gansitos les encanta ayudar y hacer este tipo de cosas y eso a mí me asombra.

-Mr. Fajardo, yo en casa ayudo mucho a mi mamá -añadió.

Me pregunto con qué tipo de tareas. Una profesora española me contaba el otro día que tenía alumnas de kinder que planchaban la ropa en casa.

Me pregunto si también los niños, los gansitos, ayudarán de esa forma a sus mamás. Y es que me temo que sus papás no lo hacen. Un profesor español, Pepe, me contaba el otro día una anécdota. Se había quemado con aceite en la cocina, al prepararse la cena. Al día siguiente dos alumnas suyas se fijaron en la quemadura y le preguntaron:

-Mr. Fernández, ¿qué le ha pasado en la mano?

-Me he quemado cocinando.

Ellas se han quedado atónitas, con los ojos como platos, y han protestado:

-¡Pero usted cocina! ¿Por qué no está casado, Mr. Fernández?

Sus alumnos sólo están en 2º grado, no tienen más de 8 años.

Texas es machista, Tyler lo es especialmente y también la cultura mexicana, me temo.

Por si acaso, a veces concedo el privilegio de ayudar al maestro a algún chico. Es increíble ver cómo voluntarios no faltan.



Jorge es el alumno ejemplar en cuanto a comportamiento se refiere.

¡Qué fácil sería todo si fueran todos como él!

Con él sólo hace falta decir las cosas una vez, no quince.

Cuando hay que hacer la fila, allí va raudo y en silencio a colocarse en su sitio.

Cuando les digo que se vayan sentando en la alfombra en silencio, llega el primero, se sienta con las piernas cruzadas y espera muy calladito a que yo llegue.

No se le ocurre tirarse en plancha abrazado a algún compañero, ni levantarse corriendo y excitado, ni acercarse a la zona de los manipulativos a trastear, ni andar haciendo bulla, ni ir a beber agua sin permiso...

Da gusto tener a alumnos así.

Seguramente me dirán que son los otros los que dan vidilla a la clase, los que hacen de la experiencia docente un reto y una aventura, los que a la larga son susceptibles de dar mayores y profundas satisfacciones.

Estoy de acuerdo.

Pero a veces uno está cansado, la jornada es larga, las horas de sueño son pocas y mucho el papeleo.

En esas circunstancias, desearíamos que todos fueran como Jorge y preferiríamos dejar el idealismo y el heroismo profesional de lado.



Pero es difícil hacerlo, pues la mayoría de mis gansitos son como Aaliyah y uno siente que no puede fallarles.

En realidad, el problema o el reto no es a nivel de comportamiento, sino de hábitos y sobre todo de nivel y de capacidad.

Aaliyah es una de las alumnas más flojitas, con más problemas de comprensión y de base. Escribe su nombre y nada más pues no sabe leer. Después de practicar y practicar, con juegos y con estrategias distintas, todavía no ha conseguido aprenderse los días de la semana.

Cuando estamos haciendo actividades en gran grupo y éstas tienen cierta complejidad ella desconecta, bate sus alitas, cambia el rumbo y deja de seguirnos.

Cuesta trabajo reengancharla, traerla de regreso.

Así ocurre con otros tantos, no sólo con Aaliyah.

No es culpa suya, no hay nada que reprocharles.

A diferencia de lo que pasa en Secundaria, aquí cuando algo falla a quien hay que mirar es al maestro y a la familia.

A las 3:00 acompaño a mis alumnos afuera. Dejo en la guagua o bus o (como dicen ellos) "camión" a los que no vienen a buscar. Luego me voy a la entrada del cole con los otros, con los que se van en "carro". Allí me espero un rato, hasta las 3:15 más o menos, mientras van viniendo papás y mamás a llevarse a sus retoños llenos de alborozo.

Los de Aaliyah siempre vienen los últimos. Muchos días me voy adentro y la dejo allí con las asistentes, personas contratadas para hacer ese tipo de tarea y similares. Si me paso por allí veinte minutos después o más, allí está Aaliyah, callada y resignada, sola como un polluelo abandonado.

A veces sabemos muchas cosas de las familias de nuestros alumnos precisamente por lo poco que sabemos de ellas.

Ya prácticamente todos mis gansitos me han traído el sobre lleno de papeles firmados por sus padres que estoy obligado a recoger y entregar a la oficina (término que incluye secretaría, dirección y jefatura de estudios).

Aaliyah no.

El otro día volví a darle el sobre, un sobre nuevo con todos los impresos en blanco, pues no me supo aclarar si lo había perdido ella, sus padres o ambos. Le dije que era importante que lo trajera todo firmado al día siguiente, pero fue en vano porque regresó al cole sin el sobre. Cuando pedí un listado con los teléfonos de mis alumnos, el de Aaliyah es uno de los que no está en los ficheros de la escuela.

Así que no es culpa suya nada de lo que a veces nos desespera a los maestros.

Ni es tan urgente, tan importante, tan grave que todavía no sepa decir los días de la semana.

Si miro sus grandes, expresivos e infantiles ojos negros me doy cuenta de que hay muchas otras cosas por aprender y que lo demás ya irá llegando a su debido tiempo.



Timoteo también es muy flojito.

Está repitiendo curso.

Por eso se sabe de memoria algunos de los libros que leemos en grupo.

Mientras los más avanzados leen con gozo y orgullo, aunque a trompicones, con tropiezos e inseguridad, él lee sin mirar las letras, recitando el texto que recuerda acompañaba a esos dibujos. Por eso acierta en el contenido pero yerra en la exactitud de la expresión, sustrayendo, inventando o modificando palabras a su antojo.

Él también se dibujó a sí mismo y a su familia el primer día de clase, en estos folios verdes con los que empapelamos las ventanas.

Mis gansitos suelen tener familias enormes, con muchos hermanitos y hermanitas.

Sus papás y mamás se pasan todo el día laborando.

Algunos no hacen la tarea porque en sus casas no hay un lápiz con que hacerla.

Otra profe española me contaba hoy mismo otra de esas tantas anécdotas que compartimos a diario, asombrados y, como en ésta, conmovidos.

La profesora les estaba leyendo el cuento de Rizitos de oro.

Allí se hablaba de las tres camas: la cama dura, la cama blanda, la cama...

De pronto la interrumpió un alumno:

-Maestra, yo no tengo cama. Yo duermo en una alfombra con mis hermanitos.

Es eso.

Uno siente que no puede fallarles.



Pero luego está Christopher.

Dice su madre que es autista e hiperactivo.

No lee nada.

No sabe escribir ni su nombre.

Apenas se le entiende cuando habla.

Su cuerpo no para.

Es incapaz de estar sentado en su sitio más de cinco minutos.

Es absolutamente dependiente.

Obedece cuando se le dicen las cosas pero hay que decírselas mil y una vez.

No sé por donde empezar con él.

Es una de esas personas singulares.

El otro día vino una terapeuta que lo va a sacar del aula 20 minutos los lunes tres veces al mes para trabajar con él la psicomotricidad.

Sí, lo he dicho bien: una hora al mes en total.

Me dio una especie de cronómetro y una especie de serpiente de peluche.

La especie de cronómetro es para colocarlo en un lugar visible para él y para intentar que permanezca sentado al menos diez minutos.

La especie de serpiente tiene dentro unas bolitas que la hacen relativamente pesada y sirve para que Christopher se la ponga sobre las piernas y eso le ayude a no querer levantarse.

Se la he dado y la ha rechazado a los cinco minutos, esto es, justo en el momento en que ha querido levantarse.

Mañana es lunes y le diré a la terapeuta que lo de la serpiente no ha funcionado y que en la teoría las cosas parecen siempre más sencillas.

No recuerdo su nombre.

En cualquier caso, he decidido llamarla Mrs. 20Minutos.

El caso de Christopher es diferente al de Aaliyah. Sus papás están implicadísimos. Todos los días la madre me manda notas y recados con las tareas y avances que hace con su hijo en casa. Lleva tres años solicitando un colegio o unas clases de educación especial para su hijo, pero sin éxito.

No conozco todavía bien cómo funciona esto por aquí, pero estoy informándome.

Creo que nos merecemos más que 20 minutos.

Christopher, sus papás, mis alumnos y yo.

No sé si es justo o no decirlo, pero a menudo me pregunto si Christopher pertenece o no a este grupo de gansos.

Se hace muy difícil volar con él y sí, puede ser injusto o duro pero es así: está ejerciendo de lastre.

El primer día de clase les conté a mis alumnos algunas cosas que escuché en un training o cursillo acerca de los gansos y que me gustaron.

Ya ven cómo la cosa iba de aves ese día.

Les pregunté que por qué los gansos volaban formando una especie de "V".

Les dije que era para ayudarse y hacer más fácil el vuelo: cada ganso tenía delante suyo otro ganso que le protegía de parte del aire y así no se frenaba tanto y podía volar más rápido.

Les pregunté que si sabían que qué era ese ruido que hacían los gansos al volar en "V".

Les dije que eran los gansos diciéndole al ganso de delante: ¡Venga, ánimo, ánimo, que tú puedes!

Les pregunté que si sabían que qué ocurría cuando un ganso estaba cansado o herido y se caía al suelo.

Les dije que entonces siempre había dos gansos que se separaban del grupo y bajaban a ayudar al ganso herido o cansado y que sólo retomaban el vuelo cuando éste se hubiera restablecido.

Les pregunté, por último, que si sabían por qué les contaba todo esto acerca de los gansos.

Y les dije, finalmente, que es así precisamente como debíamos trabajar todos en clase, como los gansos.

A mis alumnos les pareció bien eso de imitar a los gansos.

Hicimos ese pacto y por eso desde entonces son mis gansitos.

Christopher no vuela.

Me pregunto si habrá forma de bajar a tierra y ayudarle.


viernes, 5 de septiembre de 2008

PaTiTo FeO


El primer día de clase les leí "El patito feo".

Es una historia hermosa, con cierta complejidad psicológica apta -creo- para 1º.

El fondo del cuento coincide con esa idea tan americana de la autosuperación y la transformación.

O quizás el metarrelato implícito es más amplio todavía, no exclusivo de la cultura yanqui.

Sin ir más lejos, Betty la fea es la versión contemporánea de "El patito feo".

Al no conocer aún la edad mental de mis alumnos, abrí el cuento con cierta indecisión, temeroso de que encontraran aquella fábula excesivamente infantil.

Quizás aquella historia con animales parlantes les iba a sonar como para bebés de prekinder.

Por eso cuando dos de ellos me dijeron que ya conocían el cuento del patito feo hice un amago de rectificar:

-Bueno, entonces si ya lo conocen mejor leemos otro.

-¡No, no, no!
-gritaron todos, incluidos los dos que habían acrecentado mis dudas- ¡Queremos el del patito feo! ¡el patito feo!

Lo reconozco; esto es algo nuevo para mí.

En bachillerato mis alumnos nunca se han sumado con tanto entusiasmo y brío al grito unánime de:

-¡No, no, no! ¡Queremos el Discurso del Método! ¡el Discurso del Método!

Pero eso ya es otra historia...

Al terminar de leerles el cuento, les pedí que hicieran un dibujo sobre algún momento de la historia que les hubiera llamado la atención.

A mis alumnos les encanta escuchar historias o cuentos, pero más aún les encanta dibujar.

Al rato, me di cuenta de que varios alumnos no habían podido empezar el dibujo:

-Es que no sabemos cómo se dibuja un pato, Mr. Fajardo.

Claro, no había caído en eso...

¿No estarán acaso -pensé- todavía en alguna de esas etapas del desarrollo infantil que describe Piaget en la que sólo se dibujan casas con chimenea y tejado a dos aguas, árboles, nubes, soles y lo que parece ser una familia?

Y lo que es más importante:

¿Sé yo cómo se dibuja un pato?

Un profesor de filosofía puede permitirse el lujo de no saber dibujar pero no ocurre lo mismo con un maestro de primaria.

Así que me acerqué a la pizarra e hice lo que pude...

-¡Pero maestro -protestaron todos- eso no es un pato, sino una gallina!

-Es verdad -tuve que admitir- me he olvidado de dibujarle las patitas de pato.



Así que tracé dos líneas con las que dar consistencia a los raquíticos tridentes que había dibujado por patas y en la imaginación de todos la improvisada gallina se coinvirtió en pato.

Eso sí... en patito feo.

viernes, 22 de agosto de 2008

MiStEr FaJaRdO


Hoy han venido las primeras mamás mexicanas con sus retoños al aula, para conocer a Mr. Fajardo.

¡Son pequeñísimos!

¡Enanos!

¡Liliputienses!

El lunes 25 es el primer día de clase.

Llevo varios días estresado, explorando, ordenando, limpiando y decorando el aula.

Topándome con artefactos y juguetes de lo más variopintos con los que dar mis clases.

Por otra parte, no dejan de llegarme al aula cajas y cajas de libros y material escolar, para los que no encuentro espacio alguno. En cuanto libero algún cajón o estante me llega más material.

Mientras tanto, nos tupen a cursos en los que se nos explica por encima toda la burocracia, todo el papeleo, todo el trabajo que se nos viene encima.

En algunos momentos me lamento y pienso:

"Buff, dónde me he metido"

Pero casi siempre termino repitiéndome lo mismo:

"Ánimo, Mister Fajardo, a por ellos, que tú puedes"

miércoles, 14 de mayo de 2008

cArTa aL FuTuRo 9


"Aprovecho este momento para contar cosas malas que mis padres no saben y por supuesto dentro del plazo que he fijado al principio de la carta no creo que mi madre / padre me riña por lo que hice hace 12 años. Bueno, en el colegio hacemos (yo y mis amigos) cantidad de gamberradas, mejor dicho hacíamos, porque los dos últimos trimestres nos hemos portado bien. Pero en el primer trimestre si que eramos el terror de séptimo aunque a veces nos echaban culpas de cosas que no habiamos hecho puesto que teniamos la fama. Todo esto me refiero a Isidro, Alberto, Quin y yo, que son con los que mejor me llevo y con los que siempre estoy".

¡Quién iba a decirme a mí, al gamberro de 12 años de 7º A, que acabaría yo de profesor!

¡Quién iba a decirme que acabaría de jefe de estudios!

Ahora parte de mi labor consiste en lidiar con gamberrillos como el que yo fui, con aquellos considerados por profes y alumnos como "el terror de 1º"... ó 2º, ó 3º de ESO.

Y ello me hace reflexionar...

Siempre fui un alumno estudioso, aplicado, de buenas notas. Dicho con el lenguaje pomposo de las abuelas y de algunos profesores: un alumno brillante.

Siempre lo diré: tuve y he tenido la suerte, la ventaja, el privilegio de ser hijo de profesores.

Hoy todavía sigue siendo cierto que los alumnos con padre o madre dedicados a la enseñanza lo tienen más fácil en la escuela.

Sin embargo, también fui un alumno hablador, juguetón, que me lo pasaba pipa en clase, y del que los tutores apostillaban siempre: "Se despista con sus compañeros".

Y a mis 12 años fui, en efecto, muy gamberro.

La pregunta es:

¿Tan gamberro como los más gamberros de ahora? ¿menos gamberro? ¿más? ¿Quizás ni más ni menos sino gamberro en un sentido diferente?

Recuerdo un año en el que teníamos las tutorías los viernes e invariablemente ese día la tutora nos llamaba a capítulo. Seguramente fue durante ese 7º de EGB al que me refiero en la carta. Cada viernes la tutora nos transmitía las quejas que recibía de nosotros por parte tanto de otros alumnos como del resto de profesores.

Recuerdo cómo nos pasábamos con algunos profesores, como con Mari Carmen, la de matemáticas. Durante ese año teníamos una especie de competición para ver a quién echaba más veces del aula. Aquella competición la gané yo y acaso debido a todas esas clases que perdí, muerto de risa en el pasillo con algún que otro expulsado, las matemáticas ha sido siempre para mí una asignatura árida que con frecuencia se me ha resistido.

En una ocasión nos pusimos de acuerdo para que cuando yo volviera del baño y tocara la puerta, todos los alumnos se levantaran corriendo de su sitio para abrir la puerta al mismo tiempo. Ese día vimos a Mari Carmen enfadada como nunca.

En Educación Física teníamos prohibido correr como bólidos hacia la pila de colchonetas para tirarnos en plancha sobre ellas gozosamente; y precisamente por eso, y por lo blanditas que eran, aprovechábamos cualquier despiste del profesor para lanzarnos en tropel, uno encima de otro.

Hasta que un día la caída en plancha fue algo más aparatosa y multitudinaria de lo habitual y uno de nosotros, Alberto, rompió el cristal de la ventana y se quedó con el pie enganchado a la misma...

Aún me da risa y pena recordar la cara de susto de Alberto cuando entró el profesor al gimnasio y lo vio tumbado en la colchoneta con el pie en alto, cual conejo atrapado en su cepo.

Muchos años más tarde ese mismo gimnasio (que llamábamos el prefabricado) volvió a darle mala suerte a mi amigo Alberto; y volví a reirme de nuevo y a sentir lástima por él. Fue en Carnavales, en una mañana de domingo electoral, previa al sábado de piñata. A Alberto le había tocado ser suplente del vocal de la mesa electoral y tras un largo y arduo proceso de persuasión conseguí convencerlo de que saliera de marcha esa noche y de que siendo el suplente era muy improbable que le tocara quedarse.

Por la mañana, a eso de las 8, entramos al prefabricado, muertos de risa, borrachos, disfrazados él de enfermera y yo de arlequin, o viceversa, exitados por volver después de tantos años a nuestro querido colegio Aneja. En la mesa todo el mundo estaba muy serio, muy aseado y circunspecto. Pese a todo, nosotros entramos allí llenos de júbilo y de buen humor:

-¡Buenos días! Soy el suplente del vocal -dijo la enfermera.
-Y yo el suplente de la consonante -añadí entre risas.

Allí nadie se rió. Al contrario, el presidente le cortó tajante:

-Pues vete a casa a cambiarte porque el vocal no ha venido y debes quedarte tú. Tienes media hora.

A Alberto se le cayó el mundo encima y a ambos se nos convirtió de súbito la borrachera en una resaca en vida y en un sueño y cansancio infinitos. Mientras él se duchaba y cambiaba en casa yo le compré algo de desayuno. Una vez dentro, en la mesa, luchando contra el sueño, recibía periódicas visitas mías cada hora u hora y media. Le había prometido la noche anterior que si el vocal no acudía yo me quedaría con él hasta el final, haciendo guardia, sufriendo la misma penitencia.

¡Qué largas se me hicieron aquellas horas de sol abrasador, disfrazado de arlequín o de enfermera y dando vueltas sin sentido por el patio de mi antiguo colegio, cual presidiario sin rumbo posible!

A eso de las 14 la mirada de mi amigo dejó de destilar tanto odio y me dijo:

-Ya te puedes ir cacho cabrón.

Yo aguanté todavía media hora más, pero me di cuenta de que aquello era absurdo. Vencido por el sueño y la fatiga me fui a casa, soñando con mi cama, con el permiso de mi amigo debajo del brazo...

También respecto a otros compañeros fuimos un poco malos.

Teníamos nombretes para todos: Víctor era el vampiro (por lo mal que tenía la dentadura); Alberto Manuel era Pumuki (por lo enano e infantil que era); José Esteban era el empollón por antonomasia pero todos lo llamábamos el leche por el color de su piel.

Monica-ca, Dani caballo, Carlos higo pico, Lalo-Lalona, Patri la gorda...

A veces me pregunto si a lo que hacíamos hoy se le llamaría acoso.

Éramos malos, aunque no malísimos.

De eso me doy cuenta al recordar cómo nunca sentí ni mostré agresividad alguna hacia mis profesores y, sobre todo, cuán insólita e inconcebible me resultó verla en ciertos alumnos, muy pocos y raros, a los que todos temíamos.

Por ejemplo, nunca podré olvidar el enfrentamiento entre El Rata, el matón indiscutible que repetía o tripitía octavo cuando nosotros estábamos en quinto o sexto (y que actualmente está en silla de ruedas por un accidente de tráfico) y La Mala, la cuidadora del comedor con más mala leche que haya tenido el colegio.

No recuerdo el origen del rifi-rafe, sólo el final, el desenlace:

Tras una bronca de La Mala hacia los alumnos de la mesa en que comían El Rata y los suyos, éste se dio la vuelta y le espetó:

-Eres una coneja.

La Mala
se acercó de nuevo a la mesa, cargada como estaba con dos jarras llenas de agua, y sin pronunciar ni una sola palabra, sin que se le tensara el más mínimo músculo de la cara, vació el contenido helado de una de las jarras sobre la cabeza díscola de El Rata.

Todo el comedor estalló en una risa colectiva y en una competición de aplausos y silbidos. Aquello sirvió de catarsis colectiva y de resarcimiento para todos aquellos que en una u otra ocasión habíamos sido víctimas de los abusos e intimidaciones de El Rata y de su inseparable secuaz El Frankestein.

Aquel día fueron muchos los que odiamos un poquito menos a La Mala.

Aquellos fueron sin duda unos años maravillosos, trufados de anécdotas inolvidables.

Hoy me cuesta trabajo entender la aversión que tantos alumnos sienten hacia el colegio.

Y cuando como jefe de estudios me sorprendo a mí mismo indignado y cabreado por alguna perrería cometida en el Blas, traigo de nuevo a la memoria mis gamberradas de pubertad, e intento así ser más comprensivo, más indulgente o condescendiente.




sábado, 10 de mayo de 2008

PeRSoNaS SiNgULaReS 1


José Luis tiene dentro de sí un universo raro e insólito.

Hace cosa de un año para mí no era sino un alumno más.

Un alumno, eso sí, con el que había que contar de un modo especial a la hora de formar los grupos, siguiendo las recomendaciones de Mª Eugenia y teniendo en cuenta que, por causa de su discapacidad derivada de déficit psíquico, era, junto a los sordos, el tipo de alumno que reduce en 5 la ratio de alumnos establecida para la ESO, que es 30.

Ahí quedaba todo.

Mª Eugenia, la profesora de P.T. (pedagogía terapéutica) se encargaba de casi todo lo demás: supervisaba las adaptaciones curriculares, se ponía en contacto con la madre y le ofrecía a José Luis clases de apoyo y mucha comprensión y cariño.

Mª Eugenia habla siempre muy bajito, es delgada, camina como de puntillas, como si no le importase poder ser invisible. Tantos años tratando con niños y niñas especiales le ha modificado, creo, la mirada. Sus grandes ojos claros parece que escuchan. Cuando uno termina una frase, siempre pasan algunos segundos antes de que ella vuelva a hablar, como si con su silencio y con su mirada estuviese animando a su interlocutor a decir algo más, a encontrar algo más en su interior. Así es como, creo, habla y escucha a sus alumnos. Tiene muy pocos, en comparación con cualquier otro profesor, pero su labor es ingente.

Supongo que sí, que también ella es una persona singular; pero volvamos a José Luis, que es de quién trata este post.

Durante este curso José Luis ha dado un cambio; supongo que a peor.

Ha empezado a tirar tizas y bolas de papel en clase, o a insultar y molestar a sus compañeros. Se ha vuelto un tanto rebelde e indomeñable respecto a sus profesores. Y consciente o no de ello, su idiosincracia psíquica le sirve de pretexto o de salvoconducto.

Su mayor fuente de problemas ha sido su obsesión con las madres ajenas. Prácticamente desde el comienzo del curso, empezaron a llegar las primeras quejas de alumnos: "Profe, ese niño me llama hijo de puta cada vez que me ve" o "Profe, José Luis me está llamando puta".

Aunque los alumnos son conscientes, por lo general, de que su discapacidad le exime en parte de culpa, no siempre es así. No sólo se trata de que a esas edades cualquier insulto está permitido excepto el dirigido a lo más sagrado: la madre. También está ese sentimiento intuitivo de equidad que con frecuencia manifiestan los alumnos: "Profe, no es justo que a José Luis se le deje hacer esto y lo otro y no pasa nada y en cambio a mí me pongan un parte".

Muchos alumnos no lo conocen de nada y a punto han estado de partirle la cara cuando al cruzarse con él les ha llamado sin más hijo de puta. Sólo una risita loca que acompaña al insulto les ha hecho contenerse y percatarse de que algo anormal estaba pasando: un equívoco, un malentendido, un sueño. Luego alguien se ha apresurado a advertirle: "Tranquilo, relájate, no le hagas nada, déjalo". Y luego, en voz baja, o no: "¿No ves que es tonto?". O algo parecido.

Cuando yo tenía esa edad éramos igual de crueles e insensibles. En nuestra escuela, el colegio Aneja, había un grupo de alumnos de educación especial. Arturo, el jorobado, el bola-del-mundo... Todos nos referíamos a ellos como los subnormales.

En una ocasión los insultos de José Luis provocaron que otros dos alumnos, también de P.T., se enzarzaran con él, pegándole.

Mª Eugenia ha hecho todo lo posible para corregir esta peligrosa manía de José Luis. Hasta la fecha, parece que ha conseguido algo: sustituir el "hijo de puta" por un inofensivo "déjame en paz".

¿Qué está pasando dentro de la mente de José Luis?

Hace unos meses su tutor me comentó que José Luis estaba saliendo el último del aula al tocar el timbre para ir al recreo y que, en ocasiones, intentaba o conseguía quedarse arriba -en el aula o en los pasillos- durante el mismo. Yo le comenté que sería conveniente estar pendiente de ello y que había que tener cuidado con que nadie se quedara arriba durante el recreo (es una de las normas del Centro) porque se estaban produciendo muchos robos en mochilas de alumnos últimamente.

José Luis no sólo se quedaba arriba todo el tiempo que podía, eludiendo la vigilancia del profesor de guardia, sino que nunca se quita la mochila, pese a disponer como el resto de alumnos de una taquilla en donde guardarla.

Una semana después de esta conversación el tutor entró a Jefatura, muy alterado, seguido de José Luis y su mochila. El tutor consiguió contagiarme su enfado y alarma:

"He encontrado a este alumno metido en el baño de profesores a pesar de que sabe que no puede andar por los pasillos de arriba durante el recreo. Creo que tiene algo en la mochila y no me lo quiere enseñar".

Últimamente alguien había robado teléfonos móviles, dinero, estuches...

Estaba claro que José Luis tenía todas las papeletas de llevar algo que no era suyo en su mochila, pues se negaba a abrirla. Intentamos persuadirlo por las buenas, por las malas y por las regulares. Él se negaba a defenderse, a razonar. Simplemente su lenguaje no era nuestro lenguaje. Pensamos en llamar a la madre para que viniera y abriera la mochila delante de José Luis. Pero no había tiempo de hacer las cosas como deben hacerse las cosas: otras urgencias, otras demandas, otros problemas se agolpaban a la vera de la puerta del despacho.

Creo que acabamos abriendo la cremallera de la mochila por la fuerza, o algo parecido.

Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir lo que llevaba allí escondido José Luis:

¡cinco rollos de papel higiénico!

El tutor le echó un sermón a su alumno mientras yo me mordía la lengua para no reirme.

Devolvimos los rollos de papel higiénico al baño de profesores y la cosa se quedó en eso. Pero desde ese día intenté interesarme un poco más por José Luis y por su singular cabecita.

Cuando me lo cruzo por los pasillos lo miro, lo saludo, lo miro.

Él responde muy vagamente a mi saludo, pero me sigue mirando de modo intermitente, au después de habernos alejado.

Mª Eugenia me lo ha explicado hace poco. Me ha dicho que cuando toca el timbre que marca el final de su clase José Luis recoge sus cosas y se ajusta esa su segunda piel con asas y cremallera... Pero no se va, o no del todo. Mientras Mª Eugenia lo siga mirando no termina de irse, sino que sale del aula y vuelve a entrar, y se queda mirándola desde el dintel de la puerta. Así podía pasarse horas Mª Eugenia, diciéndole a su alumno "Pero vete ya", como a un perro al que se quiere pero al que no podemos llevarnos de viaje. Hasta que a base de ensayo y error ha terminado Mª Eugenia descifrando el insólito código. Tan sólo tiene que decir "Adiós José Luis" y mirar para otra parte, fingir quedarse ensimismada con otros asuntos o tareas que ya no competen a José Luis. Entonces él se va... y ya no vuelve, hasta la siguiente clase.

Esta semana Mª Eugenia vino a hablar conmigo en relación a José Luis. Me contó que cuando toca el timbre de las 14:00 horas no sale con el resto del alumnado -cual estampida de búfalos enloquecidos- sino que se queda rezagado y espera a que ya no quede nadie en el Centro. Al principio, su cabecita asomaba por detrás de alguna esquina a partir de las 14:15 o 14:20. Su madre, mientras tanto, lo espera pacientemente, absolutamente sola ya, frente a la verja de la entrada, el tiempo que haga falta.

Sin embargo -me cuenta Mª Eugenia preocupada- la cosa cada vez está yendo a peor: José Luis se esconde y se adentra e los jardines del instituto, se sienta en algún rincón apartado, junto al invernadero, y allí se queda, cada día un poco más tarde.

Mª Eugenia me ha pedido que hable con su madre, reacia desde siempre a aceptar la singularidad de su hijo, para que ésta vea que no es ella la única persona que piensa que José Luis no es alumno como cualquier otro y que necesita, por tanto, una atención especializada y la supervisión de un experto en salud mental.

El viernes eran ya las 14:30 y en la verja de entrada estaba aún, sola, la madre de José Luis. Me acerqué a ella y le pregunté -como si no estuviera al corriente del asunto- que si quería entrar o si estaba esperando a alguien. Me dijo que esperaba a José Luis. Yo fingí cierta sorpresa y preocupación porque aún no hubiera salido: el instituto ese día a esa hora parecía haber estado desde hacía siglos deshabitado. Le invité a recorrer el instituto juntos y buscarlo. Ofreció cierta resistencia: "Y si sale y no me ve aquí...". Decidió quedarse cerca d la entrada mientras yo lo buscaba.

A pesar de que registré todos los rincones posibles del patio y jardines, no había ni rastro de José Luis y su mochila.

Finalmente, a las 14:45, apareció -como de la nada, como salido de una trampilla secreta en el suelo- tranquilo y tímido al verme por allí, junto a su madre.

-¡Vamos, José Luis! ¿Dónde estabas metido? -preguntó la madre, como si aquello no fuera algo que de un tiempo a esta parte sucediera un día sí y otro también.

José Luis tiene dentro de sí un universo raro e insólito.

Me pregunto qué palanca hay que pulsar, qué mirada de más o de menos nos falta o nos sobra, qué signo revelador nos está pasando desapercibido a la hora de entender este breve capítulo de tan vasto universo.

sábado, 27 de octubre de 2007

cRóNiCa EsCoLaR 4

El día siguiente al robo del bolso era crucial. Por una parte, había que ser contundente y duro con los alumnos: dejarles claro que se había cometido una falta -un delito- gravísimo y que moveríamos cielo y tierra para descubrir al culpable y castigarlo con la pena capital, que en un instituto de enseñanza secundaria se resume en la temible expresión "expulsión definitiva".

Pero por otra parte, era preciso no precipitarse y jugar bien las cartas: dejar que el ladrón se confiase, bajase la guardia, cometiera un error. Por eso, no hicimos ni dijimos nada durante las cinco primeras horas de la jornada, como si nada hubiera pasado el día anterior, como si robar bolsos a profesores en el Blas Cabrera saliera gratis. Nuestro intención: que el ladrón se fuese de la lengua, que se pavoneara delante de algún compañero en el recreo, que dejara un reguero de culpabilidad a su paso en forma de potenciales delatores.

Porque en mi breve aunque intensa experiencia interrogando a alumnos he aprendido que éstos siempre mienten cuando se trata de confesar los propios pecados, pero que en el arte de la delación no se andan con chiquitas, especialmente cuando se trata de salvar el propio pellejo. La estrategia de acusar al cómplice, al que sabe, de todo el fregado, para que acabe confesando de modo pormenorizado los delitos y pecados del cabecilla, del líder o del mero lenguatrapo, me había dado siempre excelentes resultados. Así que todo era una cuestión de darles tiempo.

Pero no demasiado. El contraataque no podía demorarse eternamente. Antes de la sexta hora el adjunto de jefatura llamó a tres alumnos del curso, repetidores, escogidos certeramente por su historial del curso pasado. No sabían nada -me dijo.

(Al lector habituado a las sagas de un Poirot, de un Holmes, de un padre Brown, de un Flanagan, le extrañará que no haya estado yo en este primer interrogatorio quizás decisivo; el lector habituado o conocedor de los reclamos variados e ininterrumpidos a los que está expuesto un jefe de estudios en una mañana de trabajo cualquiera, sabrá comprender esta ausencia insólita).

Así que a última hora fuimos la directora y yo al aula de 1ºESO E, en la que la tutora y víctima del robo estaba -según lo acordado- aguardándonos. Eso era atacar con la artillería pesada: jefe de estudios y directora. Rara vez ocurría tal cosa. Si fuera jugador de RISK posiblemente hallara una metáfora idónea para este tipo de situación; no sé, atacar con tres dados, defenderse con uno o algo semejante: en una acampada a la Graciosa intentaron explicármelo unos profesionales de la materia pero la belleza del paisaje me obnubiló y sólo asimilé algunos conceptos.

Silencio sepulcral en el aula.

Discursito mío con muy muy mala leche, casi toda fingida. Los alumnos del Blas ignoran que soy una persona tímida, pacífica, relajada y hasta con sentimientos. Me ven como una especie de Musolini escolar y mi despacho como la antesala del paredón. A veces lo noto, cuando algunos alumnos se quitan rápidamente la gorra al verme al final del pasillo, cual conductores afanándose en abrocharse el cinturón de seguiridad al avistar una pareja de guardias civiles en una glorieta. Y el otro día un amigo que trabaja en un centro de menores me lo confirmó, al contarme el retrato que hacía de mí una de las internas que estudia en el Blas: "Buff, tiene una mala leche, y pega unos gritos, cuando aparece en los pasillos todos nos apartamos". Mi amigo decía "sí" como los locos, pero en el fondo estaba descojonado y no podía creer que era de mí de quien hablaba la alumna. Él, que conoce mi dulce pachorra; él, que sabe cuánto cuido la voz y cuán insólito es verme alterarado y mucho menos gritando; él, que sabe cuán patético, risible y susceptible de perderme el respeto y de no tomarme en serio puedo llegar a ser. Él estaba perplejo al contrastar la persona y el personaje, el amigo y el jefe de estudios, el Doctor Fajardo y su horrible metamorfosis en horario escolar.

La directora me secundó, enfatizando ella la gravedad del asunto y yo la dimensión punitiva del mismo, salpicadas con argumentos y comentarios de carácter algo más pedagógico y menos policial, que apelaban no tanto al miedo y a la exaltación de los bajos instintos que éste desata cuanto a consideraciones morales más encomiables: el profesor de ética que hay en mí secuestra y amordaza a menudo al jefe de estudios cabrón.

Pero tras los discursos había que actuar, que pasar a la acción y comenzar a aplicar un plan de choque. Primera medida: todos castigados sin recreo por un tiempo indefindo. Justos pagan por pecadores. Pese a lo dicho, esta medida no puede aplicarse indefinidamente. En primer lugar, porque hace falta alguien que se quede con los alumnos durante tantos recreos; y ello no es fácil. En segundo lugar, porque los padres pueden -con razón- protestar. Y en tercer lugar -por utilizar argumentos de mayor calidad moral- porque que los justos paguen por los pecadores es, sencilla y llanamente, injusto.

Injusto -protestaba en mi fuero interno el profesor de ética- pero efectivo -respondía el maquiavélico jefe de estudios. En efecto, nadie es chivato vocacional. Al contrario: uno de los peores estigmas o sambenitos que te pueden colgar siendo alumno hoy y siempre es -junto al de pelota- el de chivato de mierda. No obstante, cuando las cosas se ponen feas, cuando es el bocadillo y el aire puro y libre de la media hora en el patio del recreo lo que está en juego, la cosa cambia, las lealtades se desarman, los principios se relativizan... Sí, es triste este trabajo y te mancha las manos: hay que forzar a los amigos y compañeros de clase a delatarse unos a otros mediante chantajes y deshonestos ardides, sólo porque la causa lo merece.

Pero cuesta al principio. Todos callan. Hay que facilitar el proceso. Hay que propiciar la delación silenciosa y cobarde, siempre más fácil. Para ello repartimos un folio en blanco a cada uno, para que escribieran en él absolutamente todo lo que supieran acerca del robo: lo que habían visto, lo que habían oído, lo que sabían, lo que sospechaban. Si eran sinceros y decían toda la verdad, no tendrían nada que temer. Si por contra se les congía en falta mintiendo, el veredicto era claro: expulsión definitiva.

-Profe, y si yo no sé nada ¿qué pongo?
-Profe, yo no ví nada ¿qué escribo?
-Ustedes pongan todo lo que saben. Y si no vieron ni oyeron nada, lo escriben: "Yo no vi nada, ni he oído nada n sospecho de nadie".
-Profe, pero es que yo no sé nada.

Quien haya impartido clase a criaturas de 1º ESO sabe de lo que hablo.

De modo paralelo a la recogida de información a través de las declaraciones escritas de los alumnos, procedí a un interrogatorio oral. A veces, el contexto del aula, con todos los alumnos presentes, confunde y oscurece el caso; otras veces, ocurre al contrario: salen a la luz las contradicciones y las mentiras.

Primera pregunta: ¿estaban todos los alumnos del grupo en clase ayer? ¿falta hoy alguien?

-Sí estaban todos. Y hoy falta Orlando -responde la tutora y algún alumno.

Orlando es un niño de P.T. (pedagogía terapéutica), es decir, con N.E.E. (necesidades educativas especiales): esta profesión está llena de siglas y tecnicismos de esta guisa. No es repetidor, así que no lo conozco. He mirado las fichas del grupo antes de subir al aula y en la foto tiene el aspecto inocente y vulnerable que suelen tener los alumnos de P.T. No parece verosímil que sea capaz de robarle un bolso a una profesora en su primera semana de clase en un centro de secundaria. Aunque todo es posible.

Segunda pregunta: ¿estaban todos ayer sentados en el mismo sitio que hoy?

La respuesta es afirmativa, salvo algunas variaciones menores.

Muy rápidamente, empiezo a preguntarles uno por uno a los alumnos si vieron el bolso durante la hora de matemáticas o no. No les doy tiempo a pensar el por qué de la pregunta y me apresuro en llegar a Aridane, un alumno nuevo que por su aspecto y por su reacción tiene todas las papeletas: un zangalote mayor que el resto de alumnos, con gorra y algún piercing, que nada más haber comenzado la directora y yo a hacer acusaciones a distracción se ha sentido aludido (acaso por una mirada) y ha dicho: "A mí no me miren, que yo no he sido".

Su amigo Brandon se sienta detrás suyo. Ambos parecen, junto a Maicol, los nuevos líderes, en competencia con los más duros y gallos de los repetidores: Diego y Steven.

Las tres chicas que se sientan delante del pupitre en el que la profesora dejó el bolso dicen que lo vieron allí durante toda la hora, así que tuvo que llevárselo alguno de los alumnos al final de la clase, tras tocar el timbre y salir todos en tropel.

En mi vertiginosa encuesta , como era de esperar, los alumnos situados cerca de la esquina derecha y delantera del aula, en la que se hallaba el bolso, repararon en él. El resto no se fijó. Sin embargo, Aridane y Brandon están entre los alumnos que no lo vieron. Interesante resultado. ¿Acaso es creíble que un alumno como Aridane (ya había tenido algún encontronazo con él en los pasillos por estar gritando y alborotando) no se fijase en el bolso, no lo viera, pese a estar sentado en el medio del aula en la segunda fila? Lo mismo cabe decir de Brandon.


No obstante, otros alumnos con "mejor pinta" que estaban sentados también relativamente cerca del bolso, tampoco lo vieron. No obstante, la pinta de los alumnos -como la de los profesores, o los jefes de estudio- no siempre se corresponde con cómo son realmente.

Steven dice algo interesante: que vio al salir de clase cómo Orlando subió las escaleras hacia la tercera planta. Fue allí donde la señora de la limpieza encontró el bolso. Eso abre dos posibilidades, dos hipótesis alternativas:

a) Steven dice la verdad y por lo tanto su testimonio es clave como testigo para acusar a Orlando del robo.

b) Steven miente y se inventa algo que no vio para echarle la culpa a alguien que no puede defenderse porque no ha asistido a clase.

Entonces Aridane salta y dice que eso no es verdad, que Orlando se fue con él, que los dos bajaron las escaleras juntos porque el padre los viene a recoger siempre a los dos. La inesperada filiación de ambos hace del hasta el momento inocente y cándido alumno de P.T. un posible sospechoso. Solo no, pero con la ayuda e instigación del espabilado Aridane resulta creíble la historia. Parece natural que este último trate de defenderlo públicamente. Primero, porque son amigos. Segundo, porque si cae Orlando, es muy posible que también caiga él.

Toca el timbre, sin que Aridane y Steven hayan salvado sus diferencias: uno de los dos miente.

Abandono el aula con la certeza subjetiva pero indemostrable de que es Aridane el artífice del robo. Orlando puede o no estar involucrado. En cualquier caso es su amigo. Y su coartada para afirmar que no subió las escaleras de la tercera planta, en donde se encontró el bolso, sino que las bajó con su amigo Orlando, rumbo a casa. La directora sale con la misma impresión.

No obstante, trato de poner un poco de orden en todo lo que han dicho y omitido los alumnos... Steven insistió en el dato de que vio a Orlando subir las escaleras, no como un dato anecdótico sino inculpatorio y decisivo: es decir, sabía que el bolso había aparecido en la tercera planta. De otro modo, su observación habría sido absolutamente irrelevante. Pero he aquí algo crucial: ¿cuándo, en qué momento les dijo la directora dónde se había encontrado el bolso? ¿no fue acaso después de la intervención de Steven? Francamente, no lo recuerdo, aunque se trata de algo fundamental. Si la directora no había dicho nada aún, la intención incriminatoria de su intervención sólo podía tener una explicación: que Steven sabía algo que sólo el ladrón podía saber.

Al día siguiente les pregunto a la directora y a la tutora, por separado, que si recuerdan en qué momento reveló la primera el lugar del hallazgo. Ambas coinciden en que creen que fue después de que Steven hablara. Este "creen", este "puede", este margen de incertidumbre, es suficiente para dejar en suspenso, en punto muerto, cualquier acusación individualizada.

Ambos, Aridane y Steven, encajan como sospechosos, junto al todavía ausente Orlando.

La madre de este último se presenta en el centro, justificando la falta de su hijo por enfermedad y diciendo que qué es eso de que están acusando a su hijo de haber robado un móvil. Aridane les ha informado de todo. La directora tranquiliza a la madre y le dice que nadie ha acusado de nada a su hijo.

Eso sí, que nos gustaría hacerle algunas preguntas el día en el que se incorpore.

lunes, 15 de octubre de 2007

cRóNiCa EsCoLaR 3

El primer robo, acaecido en el tercer trimestre del curso pasado, se había saldado con cinco expedientes disciplinarios, dos por la vía ordinaria y tres de forma conciliada. A los dos primeros se les había expulsado definitivamente del centro. A un tercero se le había invitado a abandonarnos, siendo ya mayor de 16 años. Los otros dos alumnos habían cumplido una sanción menor. Las culpas ante cualquier delito o falta colectiva no siempre comportan la misma gravedad y vienen siempre acompañados de agravantes o atenuantes que los matizan.

Al alumno mayor de 16 años al que se le había confiado el bolso para entregarlo en jefatura de estudios tras habérselo olvidado la profesora de sociales en la 217 lo invitamos a irse del centro voluntariamente. Su falta era grave: en lugar de dirigirse directamente a mi despacho había pasado por el baño de alumnos y allí se había juntado con cuatro alumnos más, cómplices del robo. El alumno de 4º de la ESO al que expulsamos había sido el que, entre la confusión de manos y cabezas agazapadas en torno al bolso, había sustraído el móvil, le había quitado la tarjeta y se lo había agenciado. El otro alumno expulsado era de 2º de la ESO. Aunque ya el año pasado había tenido un comportamiento disruptivo, con faltas de respeto al profesorado o faltas graves como la de vaciar un extintor y echarle la culpa a otros compañeros, su participación en el robo se había limitado a hurtar un par de euros. No obstante, fue el que más descaradamente mintió durante aquellos tres días en los que desfilaron uno a uno por jefatura de estudios con el objeto de interrogarlos y aclarar lo ocurrido. También fue el que hizo aquella pintada en la puerta de mi despacho: "Cuidate maricón".

A los otros dos alumnos se les valoró el no instalarse tanto tiempo en la mentira y el terminar describiendo lo ocurrido sin demasiadas tergiversaciones, aparte de su historial, algo más pulcro que el de resto de compañeros. Se les dio por tanto la oportunidad de acogerse a un expediente disciplinario por la vía conciliada, cuya sanción máxima es siempre menor a una expulsión definitiva.

Cuando se descubre la verdad acerca de los múltiples incidentes que desembocan en mi despacho, oscurecidos por la mentira de los alumnos (fruto del miedo, la edad y el instinto de supervivencia), siento un alivio y una gran satisfacción, casi platónicas. No se trata, creo, de un instinto sádico que me hace disfrutar aplicando normativas y castigos, sino de un repudio visceral por el engaño y por la incertidumbre.

Por ello suelo ser bastante magnánimo con los alumnos que confiesan su falta y se sinceran relativamente pronto. Y al revés: un poco implacable con los que se atrincheran en la mentira.

Los alumnos cuando son enviados a jefatura de estudios siempre mienten. Es algo natural. De hecho, la ley les ampara: nadie está obligado a declarar en su contra. He visto simulacros verdaderamente desalentadores, auténticos campeones del cinismo. Recuerdo a un alumno que llevaba un tiempo robando móviles y MP3. Cuando al final lo pillamos con un MP4 que decía ser suyo y lo careamos con el verdadero propietario del artilugio, un alumno de 2º de bachillerato que hacía meses que había denunciado la desaparición del mismo, siguió pese a lo ridículo de la situación defendiendo su inocencia, insistiendo en que el MP4 era suyo, pese a tener grabados los videos y canciones del alumno de 2º de bachillerato. Al pedirle explicaciones por toda una serie de contradicciones y evidencias en su contra, se negaba a capitular y se refugiaba en "Yo no sé nada de eso. Sólo sé que no he hecho nada".

La jefatura es un observatorio ideal para el comportamiento moral de los alumnos, no menos que del de los profesores: un laboratorio en el que hay que vérselas cada día con uno o más dilemas morales.

Por ejemplo el siguiente: ¿qué hacer cuando las pesquisas para el esclarecimiento del robo del bolso de una profesora de matemáticas desembocan en un sospechoso en cuya mirada ambigua centellea no obstante el recuerdo de un principio moral y legal insoslayable: la presunción de inocencia?


miércoles, 10 de octubre de 2007

cRóNiCa EsCoLaR 2


Era la segunda vez que ocurría: el segundo bolso robado a una profesora.

Recordé de golpe y en silencio todo aquello. Preferí no comentarle nada a ella. Ante todo debía tranquilizarla, evitar que pensara que los robos a profesores por parte de los alumnos constituían una rutina más de la profesión.

Pude callármelo incluso cuando subimos los dos a la segunda planta y entramos al aula 217. Era increíble pero cierto: ¡los dos robos habían ocurrido en la misma aula!

Sin lugar a dudas, no había explicación racional alguna para ello. Se trataba obviamente de un caso de embrujo manifiesto, o cuanto menos de mera casualidad. En efecto, el primer robo había sido perpetrado por alumnos de 3º y 2º de ESO, en el último trimestre del curso pasado. Éste, en cambio, era obra de alguno de los jóvenes infantes de 1º ESO E, de inocentes criaturas recién llegadas a un macrocentro de Secundaria. Esta vez se trataba, pues, de tiernos y rubicundos delincuentes de doce años.

La profesora me explicó cómo había sucedido todo. El bolso había estado durante toda la hora en un pupitre vacío junto a la pizarra y la puerta de entrada. Al sonar el timbre, la profesora había abierto la puerta e incautamente se había dirigido hacia su mesa para recoger sus cosas: carpetas, libros, fichas de alumnos, documentos burocráticos que aún no habría tenido tiempo de descifrar. Su atolondrada imprudencia consintió en darle la espalda al bolso unos segundos. En ese breve lapso de tiempo, el bolso se esfumó, desapareció, se borró del mapa.

Llevaba en él su telefóno móvil, sus documentos, las llaves del coche y la cándida confianza de una tutora en sus alumnos. Nada de ello había sobrevivido a la atronadora sirena de las 14:00 horas. El instituto se había quedado prácticamente vacío, súbitamente, como si de un simulacro de incendios se tratara. El hambre puede a veces más que el fuego.

Y allí estaba ella, recién llegada a la profesión y sometida ya a un hurto por parte de un mocoso de 1º de ESO, mirándome con ojos suplicantes, como si estuviera en mi mano hacer algo: sacarme el bolso de la chistera y decirle "Es broma, se trata de una simple novatada" o "Muy bien, has superado la primera prueba: muy pronto estarás lista para la profesión".

Pese a lo que llegan a pensar muchos profesores, el jefe de estudios puede hacer casi siempre tan poco o tanto como ellos. Y sin embargo, recurren a mí, como si con el cargo repartieran una varita capaz de resolver con solvencia todos los marrones que surgen a diario en un Centro.

El adjunto de jefatura, que ha sido jefe de estudios muchos más años que yo, lo dice de otro modo: "La jefatura de estudios es la puta del Centro: sirve para todo". Todo sea dicho, por cierto, con el mayor respeto para las putas que, al leer esto último, se hayan podido sentir ofendidas. El jefe de estudios sirve para todo: para organizar las guardias y para echar a un tipo con muy mala pinta que se ha colado en el Centro; para poner en funcionamiento los "tamagochies" y para socorrer a un profesor al que se le ha bloqueado una vez más la impresora del departamento... Por ser más breve: para un roto y para un descosido.

En cualquier caso, nada podía hacer yo para recuperar el bolso en ese momento. No obstante, le dije que se tranquilizara, que al día siguiente iría al aula a hablar con los alumnos y que haríamos todo lo posible por aclarar lo ocurrido.

Tengo un defecto o una virtud, según como se mire: no me gusta ser excesivamente optimista ante los demás (aunque en el fondo, en el fondo de mí mismo incluso, no pierda la esperanza), no me gusta crearles falsas expectativas. Nunca podré ser político ni los amigos acudirán a mí en busca de un bálsamo fácil. Por eso le dije: "Aún así, no te hagas muchas ilusiones. Creo que va a ser difícil saber quién ha sido".

Al rato de irse ella, me tocó en el despacho una de las señoras de la limpieza: quería saber qué hacer con un bolso de mujer que se había encontrado en la papelera de un aula de la tercera planta. Las dudas acerca de sucesos insólitos, como siempre: al jefe de estudios.

Abrí el bolso: estaban las llaves del coche, el DNI y otros objetos sin más valor que el sentimental. Se habían llevado el móvil y habían vacíado el monedero. Al salir del instituto, devorado por un hambre canina y aturdido por el stress, me encontré con la profesora. Le conté el infeliz hallazgo. Estaba tan sudada, tan agotada y seguramente tan hambrienta como yo. Me despedí con una frase optimista, pero sincera:

-No te preocupes, son sólo dos o tres. Todos los demás son gente encantadora. Ya lo verás.

domingo, 7 de octubre de 2007

cRóNiCa EsCoLaR 1


Es la primera vez que da clases, pese a estar rondando los cuarenta. Creo recordar que es ingeniera. En el instituto aquellos datos que no son del todo relevantes para el desempeño de la jefatura pueden archivarse en el descuidado cajón del "creo recordar". Quién sabe cuánto tiempo lleva apuntada en las listas de sustitución. Quién sabe qué trabajo ha desempeñado hasta ahora. Quién sabe qué dilemas le planteó ese sms en su móvil -su móvil color rosa, que nunca vi y que probablemente ya nunca veré- informándole de que había sido nombrada para una sustitución de un año en el IES Blas Cabrera Felipe por la especialidad de matemáticas. En la jefatura nada o poco de esto se pregunta; simplemente no hay tiempo, al menos en el mes de septiembre; afuera aguardan su turno otros profesores, alumnos, padres: más trabajo.

Al conocerla le di su horario y le expliqué lo básico: cómo localizar las aulas, dónde estaban los enclaves y dependencias más frecuentados, qué funciones tenía como tutora, cómo se realizaban las guardias... Con los profesores nuevos, es decir, vírgenes, que se enfrentan por primera vez a un grupo de alumnos de secundaria, trato de detenerme un poco más en las explicaciones, ser amable, sonreir, tranquilizarlos. Bastante nerviosos están ya como para que encima el jefe de estudios los trate a la patada. Al mismo tiempo examino al nuevo profesor y trato de atisbar en qué medida va a necesitar algún tipo de ayuda con los alumnos. Hay en las listas de sustitución mucho incauto apuntado.

Me pareció una mujer con aplomo y capaz de domeñar sin necesidad alguna de ayuda al alumnado. Su acento era del norte, castellano o vasco, y se me antojó que le imprimía cierta dureza y rotundidad al hablar, lo cual en principio resultaba una buena carta de presentación ante sus alumnos.

Todo ocurrió rápido, el segundo o tercer día de clase. Eran ya más de las 14:00. El estrépito de los alumnos bajando en estampida las escaleras habia remitido y ya sólo se oían los pasos y conversaciones ahogadas de los más rezagados. En esto entró ella a mi despacho, rauda y agitada, sudorosa, con un rictus de fastidio y preocupación en la mirada:

-Me acaban de robar el bolso.
-¿Qué? -contesté, pese a haber entendido perfectamente- ¿estás segura? ¿cómo fue?