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viernes, 4 de marzo de 2011

gEnTe CoHeReNtE


El otro día leí en EL PAÍS, en la sección de Cartas al Director, la siguiente reflexión, de un tal David Otero:

Desde hace unos días, vengo viendo en la televisión unos anuncios en los que nos avisan de la importancia del reciclaje de bombillas y nos invitan a realizarlo para mejorar el medio ambiente. Me hace sentir extraño ver como alguien puede impulsar el reciclaje de un elemento fabricado por la industria que creó la obsolescencia programada, que no es más que reducir la vida útil de algo para mantener o aumentar sus ventas.

Si realmente los residuos de las bombillas son tan nocivos para el medio ambiente, en lugar de fomentar su reciclaje, deberían obligar a toda la industria a fabricarlas con durabilidad, y una vez logremos volver a tener bombillas casi perpetuas -hace 100 años era posible, ¿y ahora no?-, creo que podremos hablar de reciclar las que sufran algún fallo no programado. Reciclaje sí, tomadura de pelo no, gracias.

Me gustó la reflexión: concisa, clara y directa. Cargada de razón. Me gustó que lo de la obsolescencia programada comenzase a estar en boca de la gente, a conocerse, a nombrarse sin que sonase a  palabreja extraña o a concepto técnico.  



Por esas fechas estaba corrigiendo un trabajo de una alumna sobre el vegetarianismo. Se trataba de leer un texto en el que se ofrecían argumentos muy buenos en contra de la costumbre que tenemos los humanos de matar animales para comérnoslos. La última pregunta que debían responder los alumnos eran: ¿Te resultan convincentes los argumetos? ¿dejarías de comer carne?

La respuesta de la alumna a esta pregunta era la siguiente:

"No, voy a seguir alimentandome de la misma forma porque algunos vegetarianos como que no comen carne pero ,si se ponen ropa fabricada con pieles animales. O se es vegetariano en todo o se es en nada en la vida .Creo que hay que ser coherente en todos los aspectos"


 Hace unos días el gobierno anunció la medida de reducir el límite de velocidad máxima en España, pasando de 120 km/h. a 110. 

Las críticas de la oposición no tardaron en llegar: que si se improvisaba, que si no apenas se iba a notar, que si Papá-Estado... Aunque no hacía falta escuchar a la oposición para saber de antemano cuál iba a ser su reacción.

Más interesante me parece, en cambio, la reacción no ya de los políticos, sino de los ciudadanos, como tú, como yo, como mi alumna, o como David Otero, el de las bombillas. Escuchando en la radio la "opinión de la calle" decía un ciudadano, notablemente furioso:

"Si es verdad eso de que bajando la velocidad a 110 se ahorra combustible, pues que sean coherentes y bajen el límite a 90 o a 80"

Me sorprendió que también este ciudadano cabreado, como mi alumna, apelase a la coherencia.



 Pero a lo que me recordó el razonamiento del conductor furioso fue a otro repetidísimo por muchos fumadores descontentos con la ley antitabaco que desde el 1 de enero les prohíbe fumar en el interior bares y restaurantes:

"¡Ya que nos prohíben fumar en todos los bares, pues que ilegalicen el tabaco y santas pascuas!" 
Me imagino que habrás oído este mismo argumento hasta la saciedad últimamente. Al fumador agraviado sólo le faltó añadir que eso era lo que exigía precisamente la coherencia...

Te puede parecer que todos estos ejemplos no tienen nada que ver los unos con los otros. A mí en cambio me parece que apuntan a lo mismo.

Estos ejemplos nos enseñan que somos gente coherente.

Somos gente seria, comprometida con nobles causas o ideales. Haríamos cualquier cosa por defender esos valores: el ecologismo, la vida de los animales, el ahorro energético, la salud... Pero al decir "cualquier cosa" me refiero a verdaderas proezas y sacrificios, a empresas titánicas o de largo alcance. Los pequeños gestos, en cambio, las migajitas, los parches... eso no va con nosotros. Mejor no hacer nada antes que hacer tan poco. No debemos conformarnos con medidas tan tímidas. Dejemos pasar estas pequeñas olas de mentirijilla y esperemos a que llegue el gran tsunami, el verdadero giro de timón, el plan maximalista.

Lo demás son simples bagatelas, de gente mediocre, de gente incoherente.

domingo, 30 de enero de 2011

BuEnOs pRoPóSiToS


Enero es el mes de los buenos propósitos.

La noche del 31 es fácil hacerse a uno mismo algún juramento, en virtud del achispamiento que otorga el champagne y el simbolismo de la fecha, que invita a la regeneración.

Pero sólo algunos de estos buenos propósitos sobreviven a la cuesta de enero.

Yo me hice unos cuantos.

Quienes me conocen saben que soy un gran aficionado (casi un experto en la materia): grandes proclamaciones, declaraciones de intenciones, propósitos de enmienda, buenos propósitos...

Y también saben que con el tiempo todo se me pasa...

Uno de esos propósitos lo proclamé en el blog: profundizar en la filosofía del caracol y empezar a adaptar mi forma de vida a dicha filosofía.

Lo hice público por dos motivos:

a) para hacer más difícil (o humillante) echarme atrás.

b) porque la filosofia del caracol sólo tiene sentido si se asume colectivamente: aparte de predicar con el ejemplo, se hacía preciso predicar sin más.

La cuesta de enero llega a su fin y he de decir que no me he "empapado" de la doctrina del Decrecimiento, como había previsto. En parte debido a la falta de tiempo y en parte debido a mi natural tendencia a la dispersión.

Por eso hoy me he propuesto (los domingos también son días de grandes promesas y juramentos) dedicar todos los días un poco de tiempo (mejor son cinco minutos que nada) a la filosofía del caracol: leer algo, tomar alguna nota, ver algún video, charlar con alguien sobre el tema o publicar un post sobre el asunto.

Hoy he hecho algo muy simple. He empezado a leer la voz "Decrecimiento" en la Wikipedia, y a resumirla en un folio reciclado. Apenas le he dedicado al asunto veinte minutos. Es lo suficiente para coger impulso para mañana.

Voy lento pero seguro.

A paso de caracol.

¿Quién me quiere seguir... o acompañar?


martes, 18 de enero de 2011

ObSoLeScEnCiA PrOgRaMaDa


La foto de arriba podría servir para uno de esos post que suelo titular "Agudeza Visual".

Pero no, esta vez no se trata de un juego.

La foto es una de las que te muestra Google si tecleas la expresión con la que he dado título a este post.

La Wikipedia ofrece la siguiente definición de lo que es la obsolescencia programada: 

"Se denomina obsolescencia planificada u obsolescencia programada a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio. La obsolescencia planificada tiene un potencial considerable y cuantificable para beneficiar al fabricante dado que el producto va a fallar en algún momento, obligando al consumidor a que adquiera otro producto nuevamente".

El domingo pasado pusieron en la 2 de TVE un documental buenísimo acerca de la obsolescencia programada y la cultura del comprar, usar y tirar en la que vivimos todos inmersos.

Cuando digo "todos" quiero decir "el 20% de la población mundial".

Esa es, para ti y para mí (que vivimos en el "primer mundo"), la única que cuenta.

El documental ya ha sido subido a Youtube:

Se titula "Comprar, tirar, comprar" y puedes verlo aquí.



Esta es una bombilla corriente. Supongo que, en tu casa, alguna vez habras tenido que cambiar alguna. 

¿Por qué se funden las bombillas?

Muy sencillo: por voluntad expresa del fabricante, que las ha diseñado concienzudamente para que no duren más de un máximo de horas determinado. Las bombillas han sido testadas antes de salir al mercado. Y han sido sometidas a una suerte de proceso de selección natural inverso: sólo las menos aptas sobreviven. Sólo aquellas cuya vida útil no es demasiado larga son lucrativas, aptas para ser comercializadas.

Éstas bombillas son las que puedes encontrar en una ferretería o en una gran superficie.

La tecnología para fabricar bombillas más duraderas existe.

Ello beneficiaría a tu bolsillo.

Ello beneficiaría al medio ambiente.

Pero quien comercializa las bombillas no está pensando más que en su bolsillo: no en el tuyo, ni en el medio ambiente.

El documental muestra documentos y normativas internas de los fabricantes de bombillas en los que queda demostrado que la obsolescencia programada es la filosofía empresarial en la que se han basado sus directrices productivas durante los últimos 50 años.

Esto es una impresora corriente.

La típica impresora que cuando se estropea llevas a arreglar y te dicen: "repararla le va a salir más caro que comprarse una nueva". En ese momento tratas de preguntarte qué ha pasado. Siempre has sido muy cuidadoso con tu impresora: nunca le has dado puñetazos ni has apretado todos los botones al mismo tiempo cuando se negaba a ejecutar una orden de impresión. No es justo, pues, que te haya dejado en la estacada de esta manera.

Y sin embargo, todo estaba programado.

Desde que la compraste su obsolescencia estaba programada.

En el docuental muestran cómo tu impresora lleva un chip en su interior que cuenta el número de impresiones realizadas. Cuando llega a un número determinado que ahora no recuerdo, el chip avisa a la impresora de que ha llegado la hora de morir.

El resto de la historia ya la conoces.


Esto es un Iphone.

Bueno, la batería de un Iphone.

Un estudiante norteamericano ganó un pleito contra Apple alegando que las baterías del Iphone tienen una vida de 18 meses y que no son reemplazables. 

Creo que las nuevas versiones del Iphone han mejorado la vida de sus baterías (eso acabo de leer en un foro de internet... aunque a veces estos foros son tan fiables como el presentador de una tertulia de Intereconomía). Sin embargo, en el momento de la denuncia contra Apple parece que el estudiante llevaba razón.

Actualmente Apple es la segunda empresa del mundo más cotizada en bolsa (la primera es la petrolera Exxon).

A estas alturas supongo que tu agudeza visual te ha permitdo distinguir lo que se ve en la primera foto de este post.


Tú vas a tirar la bolsa de basura cada noche al contenedor de la esquina.

El "primer mundo" tira toda su basura tecnológica en los países pobres o en vías de desarrollo. A veces les paga por ello. Otras veces les dice que es tecnología que ellos pueden reutilizar. Pero no es así. El documental enseña cómo esa chatarra inservible se amontona en basureros inmensos que crecen en la cuenca de un río o en las afueras de las ciudades.



La publicidad es por lo general entretenida, sugerente, ágil, ingeniosa.

La publicidad es efectiva: produce tan buen rollo que dan ganas de comprar.

Sin embargo, si lo piensas dos veces, o tres, de lo que dan ganas es de vomitar.


Nota: Si te he parecido exagerado, ambiguo, impreciso o poco convinvente, por favor no dejes de ver el documenal. Si te he parecido todo lo contrario a eso, por favor no dejes de ver el documental.

martes, 11 de enero de 2011

CoN MoRaLeJa


A los defensores de la filosofía del caracol les gusta ilustrar sus ideas con metáforas, cuentos o anécdotas, como ésta, con moraleja:


En un pueblo de la costa mexicana, un paisano está, medio adormecido, junto al mar. Un turista norteamericano se le acerca y entablan conversación. El turista le pregunta:
—"Y usted, ¿a qué se dedica? ¿En qué trabaja?".
El mexicano responde:
—" Soy pescador".
—"¡Vaya, pues debe ser un trabajo muy duro! Trabajará usted muchas horas".
—"Sí, muchas horas", replica el mexicano.
—"¿Cuántas horas trabaja usted al día?".
—"Bueno, trabajo tres o cuatro horitas".
—"Pues no me parece que sean muchas. ¿Y qué hace usted el resto del tiempo?".
—"Vaya. Me levanto tarde. Trabajo tres o cuatro horitas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y luego, al atardecer, salgo con los amigos a tomar unas cervezas y a tocar la guitarra".
El turista norteamericano reacciona inmediatamente de forma airada y responde:
—"Pero hombre, ¿cómo es usted así?".
—"¿Qué quiere decir?".
—"¿Por qué no trabaja usted más horas?".
—"¿Y para qué?", responde el mexicano.
—"Porque así al cabo de un par de años podría comprar un barco más grande".
—"¿Y para qué?".
—"Porque un tiempo después podría montar una factoría en este pueblo".
—"¿Y para qué?".
—"Porque luego podría abrir una oficina en el distrito federal".
—"¿Y para qué?".
—"Porque más adelante montaría delegaciones en Estados Unidos y en Europa".
—"¿Y para qué?".
—"Porque las acciones de su empresa cotizarían en bolsa y usted se haría inmensamente rico".
—"¿Y para qué?".
—"Pues para poder jubilarse tranquilamente, venir aquí, levantarse tarde, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomarse unas cervezas y a tocar la guitarra con los amigos". 

Ayer terminaron mis vacaciones. Desde entonces, he retomado el ritmo frenético habitual: el reloj, las horas contadas de sueño, las migajas diarias de ocio... 

Supongo que el turista norteamericano se sentiría orgulloso de mí.

Nos hace falta echar el freno, ralentizar, bajar el ritmo... como el caracol.


Nota: la anécdota-cuento la refiere Carlos Taibo en esta conferencia magnífica sobre el "dEcReCiMiEnTo".
 

viernes, 7 de enero de 2011

miércoles, 5 de enero de 2011

BuEn CaMiNo


Hay personas con las cosas claras: saben hacia donde se dirigen, cómo, con quién. No titubean o, si lo hacen, son resolutivos a la hora de despejar esas dudas que nos paralizan. Saben lo que quieren, y luchan o se esfuerzan en conseguirlo, sin meandros ni rodeos ni rectificaciones. Algunas de estas personas son  simplemente dogmáticas o fanáticas, o simplemente personas poco críticas, y poco autocríticas: tener las cosas claras no garantiza la virtud en que consiste transitar por el buen camino.

Yo nunca he tenido las cosas claras. Yo siempre he dudado de todo. Yo casi nunca consigo reconciliar del todo aquello que hago con aquello que pienso. Yo casi nunca estoy seguro de lo que siento. Yo nunca he creído en dios ni he sentido revelación de ningún tipo. Yo nunca me he comprometido del todo con una filosofía o modelo de vida. Yo las he querido probar todas: la del pirata cojo con pata de palo y todas las demás. Yo nunca he sentido el sosiego y la alegría de tener las cosas claras.

Pero quizás ha llegado el momento.

Quizás ha llegado a mi vida la hora de abrazar, poco a poco, la filosofía del caracol.