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martes, 4 de enero de 2011

IsLaS LeJaNaS


Los días se suceden, infatigablemente, con su espantosa previsibilidad. Los anuncia el almanaque en la pared, el calendario de bolsillo, la agenda en el móvil. Y todos ellos van llegando, uno a uno, incansablemente y en orden, sin salirse nunca de sus goznes, como los caballitos de un tiovivo eterno que nunca cesa.

Me asomo entonces, a veces, al mundo. Me quedo mirando al mar, al horizonte, al Risco, a las islas de enfrente (tan lejanas que da la impresión de que con tan sólo estirar el brazo se puede alcanzarlas). Me asomo al misterio del mundo, que intento aprehender.

Transcurren los días y son tierra baldía; un pasatiempo. Los cuento, los pienso; o los olvido e ignoro. Pero siempre están ahí, cancerberos del tiempo, cerrándonos el paso, vigilando el acceso al misterio del mundo, al absoluto, a un no sé qué que presiento e intuyo muy de tarde en tarde: oculto, misterioso y lejano (como las islas de enfrente).

Y pasan los días, oculto el enigma.

jueves, 25 de febrero de 2010

pOsTs CaRaCoLa


Saco fotos que guardo, confiando en que tarde o temprano surja el texto apropiado.

Lo bueno de las fotos es que casan con innumerables textos.

Y eso es tambien lo bueno de los textos: que casan con innumerables fotos.

Por ejemplo, ésta.

Hoy me he levantado con un punto de resaca de ginebra.

(Me pregunto si estaré entrando en una nueva etapa en mi vida: fase gin. He tenido varias fases: vodka, whisky, ron... Sí, así también se pueden medir los años. Es un criterio tan legítimo como otro cualquiera... Qué consciente soy de que este tipo de comentarios, este paréntesis, esta verborrea que asoma como un molusco desde dentro de su concha... es de lo que trata este post)

Hace un par de semanas estuve con un amigo que hacía años que no veía. Hablamos de todo un poco. Y en una de éstas me soltó: "¡Vaya bemeta que pillaste para ir a Cáceres!". Me sorprendió bastante que leyera mi blog. Me dijo que seguía las crónicas texanas y que ahora se metía de vez en cuando. Salió a relucir una palabra: "Exhibicionismo". Que no sé si la pronuncié yo primero, o fue él.

Creo que desde que comenzó el año no he escrito ningún post de los de antes. Me refiero a esos post que eran una especie de carta abierta o mail colectivo, en los que contaba cosas que me ocurrían, sitios a los que iba, conversaciones que tenía, ideas que se me pasaban por la cabeza o extravagancias como la de mear en el bol del desayuno...

En el 2010 he continuado escribiendo en el blog, casi a diario, pero medio emboscado en una caracola de mar. He colgado Sólo-Fotos. He subido algún video casero. He reciclado ejercicios del master. He transcrito citas curiosas o literarias... Si he contado o expresado sentimientos o experiencias personales lo he hecho de un modo indirecto y sutil.

(Por cierto, ahora mismo, mientras escribo, llueve)

Si se ha oído mi voz es porque se ha leído entre líneas o se ha aguzado el oído para descifrar ese susurro que se escapa desde lo más hondo de la concha.

(¿Exhibicionismo? ¿Narcicismo? Dudas)

No sé, supongo que este post es una excepción, una debilidad, una concesión a la resaca.

Lo cierto es que un impulso verborreico por exhibirse y contar lucha en mí contra otra tendencia a la contención, a la prudencia y al pudor.

Y la literatura ayuda enormemente: Esto es mera ficción, Éste no soy yo.

Este 2010 ha comenzado con posts caracola.

Y me pregunto si es que he comenzado a madurar, a desarrollar un sentido de la privacidad sobrevenido, a envejecer...

O a beber gin-tonics.


sábado, 16 de enero de 2010

ArQuiTeCtURa DoMéSTiCa


Da vértigo asomarse.


Da vértigo sentarse aquí en Madrid, en esta habitación desangelada, sin alma y sin pasado, volver la mirada hacia uno mismo, dejar hablar a la existencia densa, y asomarse.


Del edificio Tama (¿seguirá en pie?), los cuentos de mis padres cada noche, al borde de la cama: el gato con botas, Ruidoquerito, el enano Pimentón, y sobre todo esas historias –otra más, otra más- que ellos mismos inventaban y prolongaban hasta que se iba la luz y yo me llevaba todo esos mundos luminosos a la penumbra del sueño.


De la casa de Guajara (calle Ucanca, ay, 69) la tarta y mi llantina. Antes de soplar las velas, el brazo de Guillermo el zascandil aterrizó en medio de la tarta y se apoderó de aquel rectángulo de chocolate que decía “Felicidades Andrés”. Yo me bajé de la silla y entre el tumulto de niños me abrí paso y lo perseguí corriendo por los pasillos de la casa. Al alcanzarlo, sólo estaba él, lleno de migas y ahíto: ni rastro de lo otro. Hoy es mi amigo, un hombre manso y cuerdo. Pero al asomarme a la casa de Guajara, antes de todo el universo de bicis y gatos y árboles frutales y juguetes y tardes de gamberradas en la calle y falso miedo al carbón el seis de enero, antes de todo eso, está aquella persecución a vida o muerte, en pos de aquel manjar minimalista, que no probé: “Felicidades Andrés”.


Da vértigo asomarse a todo ello.


Y de la casa azul (que fue blanca, amarilla, salmón), la casa de mis padres, la que a pesar de estar ahí es con mucho, de entre todas, la que más duele (pues es parte de mí y yo soy parte de ella): ¿qué decir? ¿cómo guardar el equilibrio cuando hay mil añicos de mí mismo en cada cuarto, en cada cama, en cada esquina? Elijo un mueble: el sofá a rayas del cuarto de estudios. En él leí acerca de Swann y sus amores, en él dormí la siesta acompañado de un gato (Mayco, Roldán, Tigre, Sabrina) y me reconcilié con una antigua novia, en un fin de semana interminable en que todos se habían ido de viaje y la casa olía a sexo. En el sofá de rayas me agarró una tarde por el cuello un arrebato como éste de nostalgia y lloré y reí simultáneamente ante mis padres atónitos, sin saber por qué, ni yo ni ellos.


Da vértigo asomarse a todas estas casas de uno mismo, desde esta habitación, algo desangelada, un poco triste.



jueves, 31 de diciembre de 2009

MoNtAñA RuSa


Ya lo verás.

Todo se renovará de blanco.

El frío a veces también cauteriza y limpia.

Imagina que por cada campanada está cayendo una nevada.

Luego vendrá otra vez la vida con sus subidas y bajadas.

La recorrerás como una montaña rusa.

Ya lo verás.

Te montarás de nuevo y no querrás parar.

En cada vuelta ojalá sea cada vez menor el miedo...

Pues la emoción -lo verás- seguirá intacta.

Volverás a subir y a bajar y a recorrer todos los rieles con renovado entusiasmo:

Trescientos sesenta y cinco.

No se puede, por cierto, sobrevolar el cielo todo el tiempo.

Hace falta tocar fondo alguna vez para apreciar luego las alturas cuando lleguen.

Pues llegarán.

Ya lo verás.


miércoles, 11 de noviembre de 2009

SiN DiOs 3


Si me levanto y en el baño hay dibujado un arco iris en el lienzo de azulejos de la pared no pienso en dios, pero sí veo una señal, un misterio, un enigma en ese haz de luz de colores: algo que se me escapa.

Se me atoja entonces que a la explicación de Newton también se le escapa un misterio, un enigma, una señal.

Descubro en mí ante ciertas situaciones y espectáculos del mundo una suerte de religión personal.

Me hice la promesa a mí mismo, delante de la pulsera, como quien jura fidelidad en el altar, en la salud y en la enfermedad:

-No te la quites nunca, deja que se caiga sola.

Intuyo que en el fondo había una fascinación morbosa por el desgaste inexorable del tiempo, una especie de reto o apuesta contra Cronos.

Pero también una petición indeterminada y ambigua, difusa como el deseo de quien sopla las velas de su propio cumpleaños o quien engulle las 12 uvas de un tirón.

A veces lanzo plegarias al viento, a un dios que no existe, sin destinatario claro y sin preocuparme demasiado por concretar el contenido de la súplica:

-Que me vaya todo bien.

Para especificar y entrar en detalles ya están las Cartas a los Reyes Magos.

(o las listas de boda)

Pero otras veces mis solicitudes son concretas y detalladas como un contrato legal:

Hace un mes en Barcelona, arropado por dos testigos, con el pie dolorido y lleno de ira ciega contra el absurdo del mundo y contra la dermatología, hice un pacto con lo divino, con el haz de luz, con mi dios de cabecera:

-Si en Navidades ya no tengo el (puto) papiloma prometo que de aquí a dos años me hago el camino de Santiago.

La religión, como la magia, no es más que un mercadeo -una transacción comercial- con lo divino.

Así que me sorprendo a veces a mí mismo creeyendo a pies juntillas en un universo mágico, encantado y con sentido.

Así por ejemplo cuando pienso en mi propia felicidad.

Si me hundo en la miseria nunca me cuesta demasiado volver a salir a flote, renacer.

-¿Qué tonterías estás diciendo? ¿qué miseria? Mira a tu alrededor...

Nada como un par de razonamientos optimistas sacados de aquí o de allá como para salir a flote:

-Ya llegarán tiempos mejores, ya se te compensará, esto no puede durar mucho más.

Pero también a la inversa:

Cuando la vida me sonríe y mi corazón reboza dicha y sólo me sale un doble seis a los dados...

(Uff)

...entonces un presagio funesto recorre mi espinazo como un relámpago:

-Ya pagarás por esto, ya llegará tu expiación.

Y es que las penas y las alegrías se compensan y equilibran en esta religión en la que a la postre se imparte justicia:

-¿Les suena?

Y sin embargo no estoy bautizado, ni voy a la iglesia ni sé persignarme ni nada de nada.

Ni creo.

Pero descubro en mí mismo un lado irracional, supersticioso, encantado.

Mis tics y mis manías de la infancia y de la adolescencia se han transformado. Ya no las exhibe obscenamente mi cuerpo, sino que han pasado a ser tics mentales: religión.

¿Qué son las religiones sino grandes tics mentales sistematizados e institucionalizados?

Este mundo sin dios me maravilla y me asusta al mismo tiempo.

Yo también -como Silvio- tengo miedo y me alimento de fantasmas.

Yo también percibo signos, señales y enigmas casi cada mañana.


lunes, 14 de septiembre de 2009

ReAcCiÓn eMoCiOnAL


A medida que crecemos y que envejecemos cambia nuestra dieta y también lo que bebemos.

Pero no en Tyler, cuyo condado sigue siendo seco.

Allí no todas las opciones en cuanto a bebida se refiere son legales.

Hace casi un año escribí una entrada acerca del consumo de alcohol en Tyler y sobre lo frikies que pueden llegar a ser en este punto los americanos.

Ahora bien, justo antes de irme, más o menos en mayo, se votó en referendum si el condado de Smith, al que pertenece la ciudad de Tyler, seguía en el régimen vigente de semi prohibicionismo respecto al alcohol. La votación -recuerdo- se celebró un sábado y el resultado me interesaba bastante.

Sin embargo, tuve la impresión de que la noticia del referendum mismo apenas tuvo repercusión mediática, como si interesara ocultar su celebración y también su resultado. Recuerdo que esa noche fuimos ¡por primera vez! al Outlaw, un local en las afueras de Tyler que los veteranos nos habían descrito como Sodoma y Gomorra. En la entrada había una cola larguísima y cuando por fin llegamos a la puerta de acceso le pregunté a la chica que cobraba las entradas si sabía algo acerca del resultado del referendum.

La chica estaba llena de piercings y de tatuajes y me miró como si yo procediera de otra galaxia, circunstancia que no debió extrañarme al fin y al cabo: todo el mundo sabe que las Islas Canarias y el condado de Smith pertenecen a galaxias diferentes. Con cara de malas pulgas me contestó:

-¿De qué fucking referendum estás hablando?

Creo que traté de explicárselo mientras ella me miraba con indiferencia indisimulada. Qué ingenuidad la mía: ¡pensar que a alguien que trabaja en uno de los pocos establecimientos en los que se puede despachar alcohol de la ciudad de Tyler le pueda interesar el resultado de una votación acerca de la liberalización de su venta!

Esos días estaba muy liado, con la venta de todo un año de vida en Texas y con el final del curso escolar. Así que no pude investigar mucho acerca del resultado de la votación. Raquel sí que lo había intentado, haciendo barridas en internet y fijándose en los periódicos de los días sucesivos y en la televisión local. Pero no halló nada.

Me fui de Tyler sin saber si el pueblo, después de mi paso por él, se había entregado o no a la bebida.

Pero desde hace unas semanas ha surgido un misterioso lector o lectora de este blog que firma con una "X" y que escribe desde allá y cuenta anécdotas de aquella otra galaxia y me trae, al mismo tiempo, recuerdos de aquellos días.

A veces sueño que soy yo mismo el que escribe esos comentarios, que soy yo quien ha inventado ese perfil de usuario, para seguir contando cosas sobre Tyler, mas esta vez de incógnito, para revisitar aquel curso escolar que, pese a ser el último, se me antoja a veces tan sepultado como una capa antigua de estrato sedimentario.

El caso es que hace cosa de una semana le pedí a "X" en un comentario a un post un favor: que averiguara el resultado de aquel referendum.

Hace un rato he leído su respuesta:

El Smith county, y con él la ciudad de Tyler, sigue siendo un territorio donde impera la ley seca.

Más que el resultado del referendum, lo que me sorprendió fue mi reacción emocional.

En efecto, la respuesta de "X" me produjo cierto alivio, cierto extraño confort.

¿Por qué?

¿Por qué diantres me iba a alegrar -o a tranquilizar- la vigencia de una ley a todas luces absurda y ridícula?

Llevo un rato haciéndome esa pregunta...

La respuesta no me queda clara pero sospecho que puede tener relación con el perfume melancólico que desprende el título de este blog.

Me tranquiliza saber, supongo, que todo sigue igual allá lejos, en el far west.

Me inquietaría descubrir que un mundo se desmorona tan rápidamente, aunque sólo sea el mundo espiritual del baptismo abstemio.

El presente es cambio incesante, todo lo que nos rodea.

El pasado es en cambio -creemos- inamovible, permanente.

Por eso nos produce tanto desasosiego que lo que constituye nuestro pasado pueda seguir cambiando y mutando a nuestras espaldas, pues constituye el presente de otras gentes.

Cuando uno se exilia y vuelve a su tierra le sorprende que el río de la vida haya seguido fluyendo, casi a traición, mientras uno se encontraba ausente.

Me apenaría que parte de la esencia de la cultura texana -contradictoria, tan llena de claroscuros- se hubiera perdido tan pronto.

Me asusta pensar que ya nada es como antes y que yo pertenecí y fui testigo de ese tiempo en que las cosas no eran como ahora son.

Pero vivir es perder ese miedo y acostumbrase al cambio, supongo.



Foto: un amigo mexicano me la envió por mail.

miércoles, 15 de abril de 2009

PuLsO TeMbLoRoSo


Me quedo.



En serio:

Me quedo.



Ahora sí que es en serio:

¡¡¡No tengo ni puñetera idea!!!



Siento que ando -y pienso- perdido, como a oscuras.

Creo que nunca me ha costado tanto tomar una decisión.

Desde hace un par de meses se había afianzado en mí la idea de irme, de no repetir otro año aquí en Tyler. Era una especie de corazonada, de sentimiento vago pero con cierta firmeza y cierta promesa de -con el tiempo- terminar consolidándose y cuajar.

Las razones: las excesivas horas de trabajo y puede que también una neumonía que me ensombreció un tanto el humor durante un tiempo (o para ser más precisos: que me dejó asomarme -hipocondríacamente- a esa nada que a todos nos está destinada tarde o temprano; mas quizás temprano, razón por la cual no me pareció razonable pasar otro año tantas horas encerrado en un aula de una Elementary School).

Junto a esa inclinación creciente a irme había en mí un sentimiento contradictorio: no quería irme todavía, ni que pasaran volando estos meses en los que el año crece: despierta, florece y finalmente, con los calores del verano, madura.

No, al contrario: quería que el tiempo transcurriera lentamenmte ahora que -casi- sabía que me iría y que dejaría atrás, quizás definitivamente atrás, todo este mundo de Tyler y alrededores.

Quería verlo ralentizarse y dilatarse; que en su repentino ensanchamiento -como de cadera gringa- cupieran partidos de tenis, paseos por los bosques ya cálidos y en flor, más viajes todavía, cine en inglés, amigos americanos, una compenetración mayor con los españoles.

Ahí estaba yo, casi yéndome ya, mas sintiendo que quedaba todavía algo de jugo que exprimirle a Tyler o, por extensión, a la aventura americana.

Aún así, la cosa estaba más o menos clara.

Hasta me atreví a medirla:

Había un 90% de probabilidades de irme y un 10% de quedarme.

Qué ingenuo fui al tratar de mezclar las matemáticas con las decisiones que uno toma acerca de su propia vida:

Las primeras se fundan en la certeza y la verdad, sus teoremas son demostrables y en su lenguaje cabe hablar de soluciones, resultados, pruebas.

Cuando una vida se bifurca, en cambio, no cabe demostración alguna de que se optó por lo mejor y enfilamos tal o cual camino completamente a ciegas, ignorantes de lo que el futuro nos deparará más allá de dicha encrucijada.

Por cada puerta que abrimos se cierran miles.

O como dice un personaje de una estupenda novela que estoy leyendo:

"Las alternativas son excluyentes y por cada sí tiene que haber un no"



La semana pasada, creo, aquel equilibrio 90/10 se hizo trizas.

Por una parte, rechazaron mi solicitud para hacer un lectorado en Francia, por haber mandado parte del papeleo fuera de plazo y no del todo en forma.

No tengo intenciones de volver a mi plaza el curso que viene; creo que eso, a estas alturas, sí lo tengo claro.

Lo del lectorado suponía una fuente de ingresos parca pero era compatible con mi idea de regalarme un año para mí, después de varios de no parar.

Ahora el futuro volvía a ser un lienzo en blanco.

Un lienzo en el que, por lo tanto, todo tenía aún cabida, sí, pero también al mismo tiempo un lienzo en el que nada estaba ahora siquiera bosquejado.

Las dudas anteriores se acrecentaron y la atracción magnética de Tyler comenzó a hacer mella en mi inicial resolución:

-Al fin y al cabo -me decía- quizás estoy siendo injusto con ella.

Tyler era como esa esposa fiel a la que se desdeña por la novedad y el exotismo de las amantes potenciales. Llevaba ya mucho tiempo poniéndole cada fin de semana los cuernos con Dallas, Austin, New Orleans y más recientemente Jefferson y Houston.

¿Acaso le estaba dejado la posibilidad de enamorarme y quererla?

El roce hace el cariño pero cada fin de semana salía escopetado de aquí.

Por otra parte, todos esos destinos -y tantos otros que quedaban aún vírgenes en el mapa de Texas y "alrededores"- también formaban parte de la aventura americana.

¿Había llegado ya la hora de renunciar a todos ellos?

Comencé a dudar como nunca lo he hecho.

Comencé a hacerme estas preguntas y a responder casi a un tiempo con un sí y un no.

Para cada pro había un contra y para cada argumento un contrargumento.

Supongo que también para cada anhelo y sentimiento había una amalgama de afectos de signo contrario.

Para cada corazonada encontré, también, una contracorazonada.



Ayer lunes llamé por teléfono a mis padres para hablarles y pensar en voz alta.

Terminé la conversación con la sensación de haber ganado algo de perspectiva, que es lo que se gana desde la distancia, a salvo de esos detalles que a veces enturbian y monopolizan el todo.

Terminé la conversación diciéndome:

Me quedo

Y con cierto sosiego, cierta tranquilidad, cierta paz de espíritu, por fin recobrada.

Hablando pude ordenar mis ideas.

Les dije algo así como:

-Tengo estos motivos para quedarme: a) no he aprendido inglés lo suficiente, o no al menos para haber estado un año en USA viviendo y trabajando (en gran medida debido a factores objetivos -el tipo de vida aquí- pero también en parte por no habérmelo propuesto como un objetivo serio desde el principio); b) Tyler es una plataforma idonéa para hacer viajes que desde España salen un riñón y medio (Estados Unidos y toda Latinoamérica); c) siento que no he terminado de integrarme y de conocer desde dentro la sociedad americana (aunque soy consciente de que otro año tampoco me asegura el conseguirlo). Estos tres motivos se resumen en la idea de que no he terminado de culminar la experiencia y que de irme ésta se quedará inconclusa, a medias, lo cual es posible que me produzca en el futuro cierto arrepentimento por una marcha prematura. Aparte, hay otros dos motivos de carácter diferente, que tienen que ver con la comodidad: d) si me marcho debo empezar ya a desmontar el chiringuito que tanto me ha costado montar: vender el coche, los muebles, darme de baja del banco, aseguradora y mil gestiones burocráticas que me horrorizan; e) el curso que viene todo será más sencillo y tendré que currar menos horas, pues el primer año se invierte mucho tiempo y esfuerzo en cursos, gestiones iniciales y preparación de materiales que para el segundo año ya están elaborados. Puedo, pues, montármelo de otro modo, y sacar más tiempo libre para hacer más y quejarme menos.

Tras haber desglosado los motivos para quedarme, y tras haberlos repetido para no olvidarlos, pasé la palabra a mi otro "yo"; pues si por algo se han caracterizado estas dos semanas ha sido por eso, por el incesante pugilato interior entre dos Andrius irreconciliables y alternantes:

-Tengo estos motivos para irme: quiero leer, quiero escribir, quiero vivir; y por lo tanto no quiero pasarme 9 horas al día en un aula, ni siquiera con gansitos. Quiero llevar a la práctica lo que desde hace años me apetece hacer. La enseñanza -sea en el nivel que sea- es una profesión muy absorbente (o quizás cualquier profesión lo es, je je) y quiero probar por un año a hacer otra cosa. No sé si este es un sólo motivo o muchos entrelazados. Pero en todo caso se trata de un motivo de mayor peso que los anteriores. Por eso me cuesta tanto decidirme, supongo.

Mis padres nunca han querido imponer su criterio. Siempre le han tenido un pánico atroz a decidir por nosotros, por mi hermano y por mí. Si ya cuesta elegir por uno mismo, menuda responsabilidad es ésa de elegir por otros. Así que se limitaron a asentir y a hacer algunas observaciones no del todo tendenciosas.

Sin embargo, algunas de estas observaciones me hicieron ganar -como ya dije- cierta perspectiva.

Mi padre me parafraseó de un modo singular:

-Así que en definitiva, el dilema se traduce en elegir entre: a) Año "sabático" ya, el curso que viene; o b) Año "sabático" dentro de dos años, tras haber culminado tu aventura americana en Tyler y tras haber perfilado y concretado un poco más qué vas a hacer en ese año "sabático".

Es decir, la segunda opción no significaba cerrar ninguna puerta, no implicaba un "no" ni una renuncia, sino tan sólo un aplazamiento, una demora, una prórroga.

Esta nueva perspectiva (al fin y al cabo las mismas piezas del puzzle, las mismas manchas de color, los mismos motivos, pero en otra disposición) me inclinaron por primera vez hacia esta nueva idea con la que comencé a escribir el post:

Me quedo.



Hoy ha vuelto todo a nublarse o a cegarme con nuevos estímulos: un madrugón doloroso, unas páginas sobre el pensamiento de Schopenhauer, un mail chantajista de Santi, un mirar continuo a las horas del reloj dentro de clase, una visión desencantada de Tyler.



Hoy otro futuro válido se me antojó y comenzó a perfilarse.

Quizás lo más prudente, lo más razonable, sea lo que acordé conmigo mismo ayer lunes:

Quedarme otro año en Tyler para no irme con esa espinita de insatisfacción, sino habiendo redondeado la experiencia y -si es preciso- odiando esta ciudad y sus habitantes, pero llevándome por lo menos esta certeza... Quedarme en Tyler y desde aquí perfilar mejor el plan para el año siguiente: adónde ir, qué hacer, qué estudiar, en qué trabajar. Para muchas de estas cosas hay plazos y hace falta cierta previsión para conseguirlo.

Quizás sea lo más prudente, sí.

O quizás no.



Quizás ya tienes 32 años, casi.

Quizás no estás como para seguir postergando planes.

Quizás el futuro a dos años vista es demasiado futuro.

Quizás lo razonable de tan cicatero se vuelve irrazonable en algún punto.

Schopenhauer escribió:

"Podemos comparar la vida con una tela bordada cuyo lado derecho vemos durante la primera mitad de la existencia, y el revés, en la segunda. El revés no es tan hermoso, pero sí mucho más instructivo porque nos permite advertir cómo se entrelazan los hilos en la trama"

Quizás ya estoy de pleno en esa segunda mitad de la existencia.

O quizás no, quizás me encuentro en ese punto crucial y decisivo en el que los hilos de la trama se disponen a formar uno u otro paisaje o escenario.

Quizás es ahora, y no dentro de un año, cuando los nudos de la trama han de amarrarse para conformar ese cariz determinado que uno quiere que tenga esa tela bordada que es la vida de uno.



Así que sigo igual, en tierra de nadie, sin tener ni puñetera idea de qué hacer, alternando la cara y la cruz, el haz y el envés de esta difícil decisión.

En navidades escribí un relato autobiográfico sobre mi experiencia en Tyler: al protagonista la directora de su escuela lo encerraba en un cuartucho y le daba 30 minutos para firmar o no la renovación por un curso escolar más. El relato es un agobiante monólogo interior de un sólo párrafo en el que el protagonista baraja pros y contras sin poder decantarse por una u otra opción. Al final firma, sin saber muy bien qué firma, atosigado por tantas dudas e incertidumbre, incapaz de hacerlo -por agotamiento- de un modo cabal y racional, pues para cada razón encuentra una contrarazón... y el tiempo apremia.

El viernes 24 de abril tengo que firmar ese papel y no pensé en su momento que aquel relato tendría un carácter profético.

Queda una semana y creo que no firmaré nada hasta el final, hasta el último día.

No lo echaré a cara o cruz.

Tendré algo pensado.

Me arriesgaré y me atreveré a ser yo quien elija, no la gravedad.

Pero firme lo que firme, de algo estoy seguro:

Lo haré con pulso tembloroso.



domingo, 14 de diciembre de 2008

La PrEgUnTa


Cuando se me presenta un dilema, una disyuntiva o una duda...

...camino.

Ya lo hacía en Lanzarote, en la Caleta.

Había dos caminos, dos rutas:

Rumbo al Risco, ruta este.

Y rumbo a San Juan, ruta oeste.

Los paseos por Famara, rumbo al risco, eran paseos para hablar: con Santi, con mis padres, con los vascos; dependía del momento o la ocasión.

El camino a San Juan, en cambio, me gustaba hacerlo solo.

Era la ruta propicia para la introspección y los viajes interiores.

Camino a San Juan escribí "Samedi soir sur la terre".

Camino a San Juan escuché por radio, con emoción, un partido de fútbol por primera -y probablemente última- vez en mi vida.

Camino a San Juan ejercí innumerables veces de psicólogo de mí mísmo:

Analizando cuestiones del instituto que me preocupaban.

Ordenando en mi mente razones y sentimientos y combinándolos, como en una probeta, en su justa medida.

Trenzando recuerdos y expectativas de futuro con el presente, por siempre inasible y fugaz.

Sintiendo, a través de la presencia del risco en la retaguardia y del oleaje en un costado, el mundo; y construyendo así una filosofía de andar por casa.

Midiendo porcentajes de felicidad.


Aquí en Tyler está el "Faulkner Park" o "Battery Park", que es como lo llamo yo, pues recorriéndolo me cargo las pilas.

Allí es donde voy a caminar cuando me cuesta pensar con claridad.



Tiene grandes árboles que han sido recientemente desnudados por el otoño.



Está enmoquetado de hojas y ramitas y mis pies lo recorren -cranch, cranch- mientras mi mente vuela -zumba, zumba- y vuela.

Ya no hay arena de playa ni roca volcánica, sino hoja de bosque, lo cual me trae recuerdos y un leve pinchacito en el corazón.

Pero por eso mismo lo mejor es seguir caminando:

Análizando ese pinchacito, esos recuerdos, esta hojarasca presente, ese pasado volcánico...

Lo mejor es seguir -zumba, zumba- pensando y -cranch, cranch- caminando.



Más que un parque es un trozo de bosque que ha sido trasplantado y colocado a diez minutos en coche de mi casa.

En los senderos de "Battery Park" se rodaron las historias de Pulgarcito y de Caperucita Roja.

Allí acudí la semana pasada, con la mente turbia y sedienta de respuestas, como el que acude a un oráculo.

Durante el viaje a San Francisco se había instalado en mí la pregunta:

"¿Un año más?"

Desde California había cambiado la perspectiva de Tyler.

De nuevo la metáfora del embudo:

Salvando distancias y esencias, San Francisco era a Tyler lo que Madrid a Famara.

Esto es, un lugar en el que se multiplicaban y aceleraban las vivencias, las cosas que ver y que hacer, la vida cultural y el ritmo vital.

Llegar a Madrid siempre me pareció como recorrer el embudo en sentido inverso, hasta la boca, la parte ancha, en que cabían más experiencias, más vida.

Volver a Famara, a Tyler, era otra vez adaptarse al exiguo canal para regresar, como el genio a su lámpara, a ese rincón no exento de encantos pero sobremanera conocido:

"¿Un año más?"

San Francisco inclinó, en su momento, esa balanza que hasta entonces había permanecido intacta.

San Francisco era la ciudad en la que yo hubiera querido estar de profesor visitante.

San Francisco me hizo ver otro año en Tyler como una pérdida de tiempo, como más de lo mismo.

Sin embargo...

¿Qué era exactamente "lo mismo"?

¿Conocía ya lo que era la esencia texana, o tyleriana?



¿No me habría estado fijando sólo en los estereotipos?

En las cruces, en las pistolas, en los sombreros de cowboy...

¿No habría estado tratando de confirmar -a través del blog y de las conversaciones con el resto de españoles- las ideas preconcebidas acerca de estos americanos del sur?

¿Había tenido una verdadera actitud crítica y libre de prejuicios, una predisposición a abrirme a una idiosincracia diferente, quizás más compleja y estimulante de lo que siempre había pensado?



Había acudido al oráculo de Battery con casi una respuesta, con una decisión casi tomada, a la que sólo le faltaba un empujoncito de lucidez, un paseo.

Pero a medida que caminaba -cranch, cranch- tenía las cosas menos claras.

Caminaba y tiraba al pozo de mis dudas el balde vacío, con la esperanza de sacar una respuesta de agua cristalina, pero sólo llegaban, turbias y en desorden, nuevas preguntas y contraargumentos.



En la escuela me iba bien, en general.

Aunque agotadores, a menudo me divertía con los gansitos.

En cualquier caso, tenía bastante claro que no quería dedicarme a esto el resto de mi vida.

Pero eso no excluía prolongar la experiencia un año más.

Es verdad que el monto de trabajo era excesivo y que había que saber organizarse muy bien para arañar unas horas de tiempo libre, para uno mismo, cada día.

Pero intuía ya que era cierto lo que decían casi todos los veteranos:

Que el primer año era un agobio y a uno le daban palos -y trainings- por todas partes; pero que luego, el segundo año, todo era mucho más sencillo y era posible ver la luz y hacer una vida más o menos normal, laboralmente hablando.

¿Quería que se acabara ya esta experiencia educativa tan diferente: trabajar en Primaria y bajo el sistema educativo americano?

Era algo que no tenía del todo claro.

Había cosas que me gustaban mucho.

Pero también es verdad que nunca había deseado con tantas ganas la llegada de un fin de semana o de unas vacaciones...



Había que seguir caminando, zumba que te zumba.

Pensé en las estadísticas:

Un 40% de los profesores españoles visitantes en Texas se queda un segundo año.

De ese 40%, un 6% se queda más de dos años.

Pero las estadísticas eran datos genéricos y abstractos que nada me decían a mí.

La estadística nunca tuvo porqué ser una buena consejera.

Pensé en los relatos de otros profesores, que habían estado durante las últimas semanas dándole vueltas a la misma pregunta: casi todos volvían a España por navidad y querrían saber qué anunciarles a sus familias.

Había apologetas y detractores.

Pero sus vivencias y conclusiones no eran extrapolables: cada cual escribía desde un sitio diferente del estado de Texas, desde un yo y unas circunstancias diferentes.

No me servían.

Seguí caminando.



Luego estaba la religión, el nuevo descubrimiento, que lo cambiaba todo.

Acudimos -Raquel y yo- con resaca e irreverencia de turista.

Acudimos a la grande, no a la de la foto.

Y nos quedamos impactados:

¡Esto era Tyler!

Allí habrían unas 1000 personas, en el oficio de las 11:15.

A las 8:00 y a las 9:30 había habido dos oficios más.

Aquello era parte de la esencia de Tyler.

O más precisamente:

La entrada a su núcleo, la vía de acceso a la cultura tylerita de acogida.

Si aún no habíamos tenido ocasión de socializar con los americanos y romper el círculo social de españoles en el que nos movíamos, eso era porque habíamos tardado demasiado en acudir a la iglesia.

Allí nos topamos con varios profes del cole, que se regocijaron de vernos, que nos presentaron a otros americanos, con la satisfacción y el orgullo de quien presenta a un hermano o a una esposa.

Durante esta semana alguno de ellos nos estuvo cortejando, para que repitiéramos.

En la misa de hoy nos sentamos en el fondo del "gallinero", para poder tomar fotos y videos.

Al terminar, la pareja de jubilados que teníamos delante se presentó y se las arregló para que intercambiáramos correos electrónicos y para que acudiéramos los domingos por la tarde a su casa a recibir clases de inglés y de lectura de la Biblia.

Una semana antes, a la salida de la primera misa en Green Acres, Raquel y yo habíamos decidido un plan de acción para acceder a esta cuerda crucial del alma americana en el cinturón bíblico.

Y para conseguirlo la estrategia era sencilla:

Tan sólo hacía falta dejarse querer por el baptismo.

La religión prometía ser un filón antropológico, sociológico, filosófico y social que no había que desaprovechar.

No tenía mucho sentido venir a Tyler desde España y andar todo el día lamentándose por la hora de cierre de los bares y por las extravagancias de la ley seca, habiendo tanto que aprender del mundo religioso en la Tierra, del que constituía Tyler un observatorio inigualable.

La pregunta era ahora:

¿Sería suficiente un año para saciar las expectativas cognitivas y de frikismo que esta ciudad prometía?



Los caminos del Señor, sí, son inescrutabes.



Tyler era Tyler y no había que esperar de Tyler sino lo que Tyler era capaz de ofrecer.

Pero luego estaba Dallas, a dos horas en coche, u hora y veinte a riesgo de ser multado.

En Dallas siempre había amigos y cosas nuevas y divertidas que hacer.

Sí, también hubiera preferido Dallas a Tyler.

Pero había que saber valorar aquello que Tyler, frente a Dallas, podía ofrecer:

Naturaleza cerca, tranquilidad y una posibilidad de acceso a parte de la América profunda por medio de la religión.

Podría ser, sí, más aburrida.

Pero se me antojaba ahora como un marco incomparable para hacer trabajo de campo.

Además:

¿Cuándo y/o dónde coño me he aburrido yo en mi vida?



Tanto caminar me hizo dejar de lado razones y contrarazones, que tan sólo me hacían andar en círculos y llegar siempre al mismo sitio.

Decidí aferrarme a la intuición.

Edurne, otra española veterana, nos había dicho:

"A partir de navidad, ya verán que el tiempo pasa volando y el año va como cuesta abajo; llega enero y en seguida es ya junio sin que te des cuenta"

Pensé en irme en junio y en que junio llegaría como dijo Edurne, sin darme cuenta.

Y no me gustó esa sensación.

Al contrario, sentí la angustia del tiempo derramándose vertiginoso como en un reloj de arena y sentí lo que se siente cuando uno no quiere que termine un buen libro que está leyendo.

No sé si será Tyler o no un buen libro, pero por ahora mi sensación es ésa: que no quiero que se acabe ya, tan pronto.


Y es que la intuición me dice que no (me) ha pasado nada.

Que acabo de llegar.

Que sigo de turista o de becario.

Que nada me ha marcado.

Que ha sido casi todo demasiado fácil o demasiado plano, sin crisis ni éxtasis, sin odios ni amores.

Siento que no me llevo nada de aquí que no puedan borrar del recuerdo cuatro meses viviendo, de vuelta, en España.

Siento que los tiros, las visitas a misa, los sombreros de cowboy, son sólo una ironía pasajera de una tarde carnavalesca.

Siento que hay algo más en esta tierra que me estoy perdiendo y no me quiero ir sin conocerlo.

No me quiero ir ya, sin que el espíritu texano me conmueva y me cambie un poco por dentro.



Quizás después de tanto cranch-cranch y de tanto zumba-zumba la respuesta que andaba buscando es que no hay respuesta, o no aún.

Llegué al parque de las pilas con la intención de perfilar y acabar rematando la faena: esa pregunta insidiosa que me andaba rondando de un tiempo a esta parte.

Pero el tiempo cambia las cosas, las opiniones, los proyectos y las estrategias.

No hay necesidad ninguna de responder ya a esa pregunta.

El camino sigue y quedan todavía seis meses para que se bifurque en dos.

Hasta entonces, seguiré cranch-cranch, disfrutando, zumba-zumba, cavilando y demorándome con gusto en cada una de las páginas.



lunes, 13 de octubre de 2008

LúCiDa ReMaDa


Algo extraño empieza a ocurrirme con esta reciente costumbre de abandonar Tyler los fines de semana.

Me olvido de los gansitos, de Orr, de las horas frente al otro ordenador.

Desconecto como nunca antes he logrado hacer.

Las historias y fotos se van acumulando a un ritmo mucho más rápido que el de mi capacidad para sentarme en mi tiempo libre frente a este otro ordenador y actualizar el blog.

Algo extraño porque recupero, acaso sólo fugazmente, cierta de la perspectiva perdida durante mis días y semanas dentro de esta ciudad burbuja.

Hablo con otras gentes; o con la misma, pero de otros temas.

Miro al futuro y a Tyler y a mí en Tyler y en el futuro desde fuera:

Desde la proa de una canoa que surca las aguas tranquilas y antiguas de un río no exento de cocodrilos.

Desde los tentáculos de un pulpo enorme de cemento, de un scaletrix gigante a la entrada de Dallas.

Desde una borrachera incipiente junto a otros españoles de los que ya he aprendido a despedirme con abrazos.

Desde tan lejos hago balance del presente y pasado inmediatos e intento trazar una estrategia de vida.

Imaginar futuros alternativos produce vértigo y es una actividad que se debe ejercer con moderación.

Confío en no perder esta perspectiva que sólo ciertas resacas y ciertos viajes otorgan.

Debo seguir remando.

Debo acostarme ya y seguir remando mañana temprano, desde las seis.

Pero algo de estos viajes relámpago me he traido a Tyler:

El empeño en remar con los ojos muy abiertos y la mente lúcida.

Remaré pendiente de todo lo que ocurre a los flancos de la embarcación.

Remaré con la vista puesta también en las orillas del río, presto a aparcar la canoa y bajarme cuando la ocasión lo requiera.

Y sobre todo:

Remaré tratando de corregir el rumbo y recuperar la lucidez y perspectiva de vez en cuando.

Y disfrutando del viaje.




martes, 17 de junio de 2008

LaS AnTíPoDaS 2


¡Dilema insoluble!



En un comentario al post anterior me formula Montse una difícil pregunta:

"Si tuvieras que elegir ¿con cuál te quedas? Es verdad que lo bueno es poder tener ambas de vez en cuando, pero ¿con cuál te quedarías si hubiera que elegir sólo una?"

He necesitado un día para acabar contestándome algo parecido a lo de Bebo Valdés y el Cigala:

"Yo no puedo comprender cómo se pueden querer dos mujeres a la vez y no estar loco"

Pero así es, aunque esta vez no se trate de mujeres sino de lugares:

mAdRiD

y

fAmArA

No puedo, creo, elegir y quedarme con sólo una.

Porque Madrid fue mi emancipación tardía.

Fue compartir piso con mi hermano en el zulo oscuro, gélido y sin embargo inolvidable de la callecita Alburquerque.

Fue consolidar con él una sólida amistad y cancelar para siempre nuestros seis años de diferencia, que no de diferencias.

Madrid fueron siete meses de juventud loca y fáustica.

Siete meses de juergas, de fiestas psicodélicas, de botellones (en los preludios de la ley anti-botellón), de discos y de afters, de bar Moreno, de bacanal callejera, de 2 de Mayo, de Sala Sol, de Malasaña, de cañas en La Latina, de risas en el pisito de la calle Limón y en tantos otros que mezclo y combino; tal que el ron.

Siete meses de estudio entusiasta: de hacer esquemas y resumir libros y preparar fichas y asociar ideas y teorías y conceptos y corrientes filosóficas en bibliotecas -Conde Duque, Complutense, la UNED- o en calles, metros o cafés; meses de lecturas, de conferencias y de un curso de lujo con Muguerza y Carlos Gómez.

Madrid, o el móvil siempre con el sms de una nueva amante.

Madrid, o la posibilidad de ver muchos mundos en uno y vivir muchas vidas en una.

Madrid, o la cultura viva, latiendo en cada esquina.

Madrid, o el crisol humano huérfano de Historia; nueva Babilonia.

No puedo descartar Madrid.

Tampoco Famara.

Porque Famara fue mi refugio, mi recodo y mi retiro.

Fue mi destino de eremita.

Allí donde las horas y los dias y los meses se volvieron lentos, como si pretendieran salirse del tiempo y dimitir.

Allí donde la soledad me hizo explorarme por dentro.

Allí donde he pasado algo más de cinco años, pronto interrumpidos.

Cinco años en los que he sabido lo que es trabajar, y mucho. Cinco años como profesor y luego, también, como jefe de estudios. Cinco años aprendiendo este oficio en el que nunca se sabe lo suficiente.

Cinco años de amantes ocasionales; de cariño y de muy poco amor.

Cinco años de empezar de cero, de venirme solo, de forjar amistades, de adquirir rutinas de las que poder sentir nostalgia una vez acabado todo.

Llevo en Famara cinco años, expuesto a la belleza y al misterio.

Porque Famara es la tierra y el mar y el cielo en que los hombres callan.

Callan y observan y escuchan el mensaje insondable del Risco, de la luz y del salitre.

¡Cuántos pensamientos solitarios a la vera de Famara!

¡Cuántos viajes a lo desconocido, a lo más íntimo, propiciados por un paseo hacia San Juan o hacia el Rincón!

¡Cuánta introspección, cuánta alegría melancólica, cuánta esperanza difusa de felicidad, cuánto recuerdo triste de felicidad, cuánta exaltación súbita del ánimo, cuánta admiración y apego y celo al haber sucumbido al embrujo y misterio y belleza de Famara!

No, tampoco puedo descartar Famara.

No puedo quedarme sólo con Madrid ni sólo con Famara...

¿Será por eso que me voy a Tyler?




domingo, 30 de marzo de 2008

Un CoMiEnZo




"Practice, practice, and all is coming"

(Sri K. Pattabhi Jois)



Comencé a practicar hace poco menos de un año. Había oído hablar muy bien de Camino e incluso alguna vez me la había tropezado, le había pedido los horarios de las clases y le había dicho algo así como: "la semana que viene voy y pruebo".

Como siempre, no disponía de mucho tiempo, liado por las tardes con cosas del instituto, las clases de alemán y quién sabe qué más ocupaciones. Tenía una idea muy superficial del yoga: una serie de posturas y ejercicios de relajación y tonificación corporal, unidos a una amalgama variopinta y difusa de creencias orientales más o menos esotéricas. Había estado yendo hacía varios años a unas clases de yoga en La Laguna durante uno o dos meses y esa era la idea prêt-à-porter que tenía del asunto.

Tenía poco tiempo y probablemente pensaba que debía invertir mi segmento de tiempo dedicado al deporte a una actividad más explosiva: correr, nadar, tenis, bicicleta. Quizás por eso tardé tanto en cumplir aquellas palabras dichas a Camino sin verdadera convicción.



Pero un día ocurrió.



Fui, probé y desde la primera clase me inundó un extraño entusiasmo, que he mantenido en estado de latencia, que he sabido encauzar y dosificar durante estos meses de práctica, hasta esta Semana Santa, en la que he asistido al curso intensivo de ashtanga yoga en Las Palmas que han impartido Camino, Ananda y Lea.



Ese entusiasmo se ha desbocado.





Camino Díez.



Al curso asistieron alumnos desde Oviedo, desde Barcelona, desde Tenerife, desde Lanzarote y por supuesto desde otras localidades de Gran Canaria. Fue allí en el curso que me di cuenta de la calidad profesional y humana de los profesores.

Fue allí que me di cuenta de que tener a Camino como profesora aquí en Lanzarote dos días por semana constituye un verdadero privilegio.

En la foto central posan Camino y Sri K. Pattabhi Jois, máxima autoridad mundial en esa modalidad de yoga que practicamos: el Ashtanga Yoga.

En las laterales, la indescriptible playa de Famara.





Ananda Zorzo.

Es hijo de Camino y de Tomás Zorzo.

En la web de Ashtanga Canarias leemos:



"Nacido en una familia de yoguis, realizó su primer viaje a la India tan solo cuando tenía cuatro años. Sus padres, Tomás Zorzo y Camino Díez, fueron unos de los primeros occidentales en estudiar con Sri. K. Pattabhi Jois. Los pioneros en la transmisión del Ashtanga Yoga en España. Consecuentemente Ananda fue introducido en el mundo del yoga ya desde el vientre materno cuando su madre realizaba yoga. La primera vez que estudió Ashatanga Yoga con Pattabhi Jois, fue cuando tenía sólo 10 años, siendo así el alumno occidental más joven en aquella época".



El yoga para Ananda debió de ser, más que una elección, un destino.

A veces envidio una trayectora vital tan rotunda y límpida.





Lea Perfetti.

Es la pareja de Ananda. Tienen juntos una niña de pocos años, Satya, que se mezclaba con los alumnos del curso como una más. Es la tercera generación de yoguis.

Lea habla español con un acento norteamericano encantador. Si no hiciera tan buena pareja con Ananda daría a mi corazón permiso para enamorarme de ella locamente.

"Practice, practice and all is coming"

¿Qué es todo eso que sobreviene o llega? ¿De qué está hablando aquí Sri. K. Pattabhi Jois?



Lo primero que me sorprendió del ashtanga fue su dureza como ejercicio físico. En efecto, me parecía increíble que tras una hora y media haciendo posturas sin salir en ningún momento del breve espacio de mi esterilla, terminara la clase empapado en sudor, con la camiseta totalmente mojada. No sólo eso. Al día siguiente, las agujetas no eran menores que las que se tienen tras un partido de squash.

El ashtanga es un tipo de yoga dinámico, en el que se enfatiza el "vinyasa": un método de sincronización progresiva de series de posturas con una respiración específica, el "ujjayi pranayama", que consiste en un tipo de respiración -centrada en la glotis- que produce un intenso calor interno y una sudoración profusa, sudor que desintoxica los músculos y los órganos internos.



Así pues, las posturas o asanas son sólo uno de los elementos de la práctica del yoga. Camino siempre nos insiste en que las asanas o la parte externa no es necesariamente la más importante. La respiración, la concentración, el trabajo interno y la meditación constituye el corazón de la práctica del yoga.



En la pirámide de madera de Costa Teguise, en la que practico con Camino y el resto de alumnos dos veces por semana, nuestros esfuerzos se centran de hecho en el dominio de las asanas. Las diferentes posturas están ordenadas en series predeterminadas que es preciso memorizar y realizar en ese orden. Así lo enseña el maestro Sri K. Pattabhi Jois en su escuela de Mysore, en la India, siguiendo el método que a su vez le enseñó en 1927 su maestro Krishnamacharyia.

Las asanas se dividen en básicas o fundamentales, principales y finales. Algunas de esas posturas son endiabladamente difíciles de alcanzar. Sólo los más veteranos las hacen. En todas sin excepción la práctica es perfectible.

Y es que como dije antes, las asanas son sólo el primer peldaño de la práctica del ashtanga yoga. Una vez que más o menos conocemos la postura y que somos capaces de hacerla, debemos conentrarnos en la sincronización del movimiento con la respiración (vinyasas) así como en el control del tipo específico de respiración (ujjayi pranayama). Y más adelante, en otros aspectos de la práctica menos visibles externamente pero importantes para que el trabajo interno de purificación corporal y mental dé sus frutos.

Así, junto a las posturas y la respiración, es necesario atender a los drishti o puntos focales de la mirada, que cada postura lleva aparejado. Concentrar la mirada en tal o cual punto (la nariz, el entresejo, el ombligo, el dedo del pie, etc.) forma parte también de la práctica del ashtanga yoga. Por último, es preciso modular el cuerpo internamente a fin de hacer posibles los bandhas o cerrojos internos de la energía, a fin de modular y encauzar correctamente la energía interna que la práctica libera.

Antes de ser jefe de estudios, es decir, durante mi primer año en el Blas Cabrera, tenía tiempo de mantener frecuentes y estimulantes conversaciones dialécticas con Chema, un compañero del departamento de filosofía. Más o menos nuestras mayores discrepancias tenían que ver con su marcado espiritualismo y mi prudente materialismo escéptico.

Al final, nuestras discusiones terminaban con la conclusión de que ninguno iba a convencer al otro, pero con una demostración postergada y segura de sí mismo por su parte: "Lo bueno de todo esto es que se puede comprabar por uno mismo; tan sólo tienes que probar y dejarte conducir por un maestro".

A mí todo aquello y especialmente esta promesa de demostración me resultaba demasiado new age, demasiado esotérico para mis esquemas occidentales y para mi espíritu refractario a todo lo que sonara a dioses, almas y energías.

No obstante, mi actitud durante aquellas charlas con Chema no era del todo como la de un frontón en el que todas las bolas rebotan indefectiblemente. Con bastantes más lecturas que yo y más experiencia pensando y viviendo la filosofía se trataba sin lugar a dudas de un interlocutor al que había que tomar muy en serio.

Leí algún libro entonces sobre el áurea y el poder de sanación mediante las manos; algún otro sobre filosofía oriental.

Aquello no terminaba de convencerme, pero consciente de que el primer requisito de un espíritu crítico es la actitud de apertura ante las ideas en apariencia más extravagantes, terminé dejando en suspenso mi juicio al respecto. Concreté mi veredicto en un quizás...



Luego, vino la jefatura.



También al comienzo de mi práctica de ashtanga trataba de no hacer mucho caso a todo ese aderezo espiritual con el que Camino complementaba la parte meramente física de las asanas.



Los mantras que cantamos al inicio y al final de la práctica me resultaban pintorescos e innecesarios.

Las menciones a los flujos y bloqueos energéticos sospechosas y pseudocientíficas.

Las alusiones al deseo de que todos los seres sean felices o a la búsqueda de uno mismo o a la voluntad de trascendencia me resultaban un tanto ingenuas y pueriles.

Pero ya no.

Supongo que Chema tenía razón cuando me decía que todo lo que afirmaba se demostraba con la práctica.



Hay una definición del ashtanga yoga que me gusta: es una meditación en movimiento.

No sabría decir con precisión qué es eso en lo que tenía Chema razón.



Lo cierto es que noto imperceptiblemente cómo el yoga me está transformando, tal y como proféticamente (y en un alarde dialéctico que en su momento me parecio falaz y tramposo) me anunció Chema.

En sánscrito "ashtanga" significa ocho ramas o pasos. Y "yoga" tiene muchos significados pero los dos más importantes son: unión y camino.

Leo en una página web: "El yoga lleva a la unión mente, cuerpo y espíritu o también a la unión del Sí mismo o alma con Dios".

Recuerdo cuándo y de qué modo tan intenso tuve la primera revelación acerca de la importancia de la unidad del cuerpo y de la mente y de su cuidado e higiene paralelas.


Tendría probablemente unos 10 o 12 años. Me estaba quedando entonces con Pablo y Francis, dos amigos de mis padres, en su apartamento del sur, en la Playa de la Arena. No recuerdo que estuviera por allí Airán, el hijo de Pablo. Lo cierto es que antes de acostarme me anunció Pablo que por la mañana me levantaría para acompañarlo a hacer footing por la playa. A mí me pareció aquello perfecto, una especie de juego.


Recuerdo cómo al principio la cosa me resultó menos divertida de lo imaginado: Pablo me levantó a eso de las seis y media de la mañana, aún con el cielo oscuro, y salimos al frío de la calle sin nada en el estómago, prestos a correr.


Mientras corría, algo a la zaga, aquello me resultó entre absurdo y fascinante.


Era un juego, gratuito y sin sentido, pero que implicaba una cierta dureza y disciplina. Después de haber corrido por el paseo de la avenida y luego por la playa nos dimos un baño en un agua heladísima, pura y cristalina. Pablo ya entonces era profesor de filosofía en la Universidad de La Laguna. Para hacerme entender el sentido último de aquella experiencia iniciática me hizo aprender el dictum latino:

"Mens sana in corpore sano"

Y era verdad. Después del ejercicio, después del sacrificio muscular y del impacto gélido del baño no era únicamente el cuerpo el que se sentía reconciliado con aquel madrugón. También el aire de la mañana se presentaba diferente, más puro y benévolo. También la luz era más propicia a la dicha y al optimismo. También el día entero se había transfigurado por completo y el futuro parecía luminoso, claro y sencillo.

Exagerándolo... todo estaba en orden.


No hace falta analizar ni detenerse demasiado en las palabras "alma" o "espíritu" para entenderlo.

Yo no lo hago, no me detengo en ello.

Simplemente noto -desde que hago yoga- una ligereza corporal
y anímica mayor, un enriquecimiento del presente, un estado de conciencia más amplio, que se extiende por todo el cuerpo, una capacidad mayor de relativizar los problemas, una respiración más rica y plena, una sensación de gratitud general, una apertura mayor a los otros.

Puede que no todo el tiempo, pero sí con mayor frecuencia.

Las ocho ramas u ocho caminos en que consiste el ashtanga yoga son:

1. Yama: códigos morales.
2. Niyama: purificación personal.
3. Asana: Posturas o práctica física.
4. Pranayama: Control de la respiración.
5. Pratyahra: Retraer los sentidos.
6. Dharana: Concentración.
7. Dhyana: Meditación.
8. Samadhi: Contemplación o unión total del ser con Dios.

El camino del ashtanga es largo y sinuoso, lento, complejo, imprevisible.

Las posturas no lo son todo, sino apenas la octava parte de la práctica.

El ashtanga yoga pasa así a convertirse en algo más que un deporte, en algo más incluso que una meditación en movimiento.

Es un modo de vida.

Una filosofía de vida.

Y este punto en el que me hallo es tan sólo un preludio, un indicio, un bosquejo, un amago...

Apenas un comienzo.