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viernes, 25 de marzo de 2011

eLeGaNciA bRiTáNiCa



A las escolares del Reino Unido no les interesa la vida y las ideas de los prohombres que apuntalaron el conocimiento y la ciencia de su país. Me acerqué a estas estudiantes con la intención de hablarles acerca de John Dalton, pero huyeron de mi explicación como de la peste.

Eso sí, lo hicieron con gran disimulo, sin grandes aspavientos, y haciendo gala de una prudencia circunspecta y sobria que me atrevería a calificar de muy británica.

lunes, 14 de marzo de 2011

HoLiDaYs EnD


La semana pasada me fui a Londres con Olivia de vacaciones.



De las grandes ciudades me gusta el anonimato y la libertad con la que uno puede salir a la calle de cualquier manera. A este individuo (Joe) lo habíamos visto el primer día en Picadilly Circus, ataviado con ropa veraniega (pese al frío) y extravagantemente colorida.



Ello me llevó a querer emularlo, así que me pertreché de una peluca rubio platino y lo perseguí hasta darle alcance.



Joe y yo hicimos buenas migas. Él era consciente de lo estrafalario de su atuendo, así como de las miradas jocosas de los transeuntes con los que nos cruzábamos. Pero lo importante para Joe era sentirse bien consigo mismo y hacerse fuerte en su idiosincracia, en su forma de ser y de pensar. 

Joe se despidió de mí con las siguientes palabras: "Be yourself, my friend"


A la mañana siguiente decidí ir al supermercado con la peluca puesta.



Deseaba sentirme durante esos cinco días como un verdadero londinense. Y esa cabellera blonda me hacía más fácil vivir en la ilusión de que no estaba en Londres de paso, sino que había dejado atrás mi vida de profesor en Lanzarote y que mi sueño de poder vivir en esta ciudad grandiosa volvía a hacerse realidad.


Así que al salir del supermercado decidí pasar todo el día con la peluca puesta y hacer así vida de londinense.




Al principio la gente se me quedaba mirando, extrañada.


A principio la gente me rehuía, temerosa.


Pero pronto llegó un momento en que fui capaz de pasear por entre las calles más concurridas de la ciudad sin apenas llamar la atención. 

Joe me había dicho: "Todo está en tu interior. Sé natural. Sé tú mismo. Los humanos huelen el sentido del ridículo como los perros el miedo. No te dejes amedrentar. No hay nada de lo que avergonzarse. El rubio te sienta genial".


Así que llegó un momento en el que me olvidé de que llevaba una peluca puesta y empecé a fantasear con quitármela frente a un espejo y no reconocerme a mí mismo.


Olivia no conocía Londres así que visitamos los enclaves turísticos de rigor, a condición de que me permitiera hacerlo con mi peluca rubia.


Y sacarme con ella las tradicionales fotografías.




La guardia montada ni se inmutó, permaneciendo impávida ante mi ondulada cabellera oxigenada.


Y así pude disfrutar de la vida de Londres como un verdadero londinense: museos, fish & cheaps, parques enormes, tiendas espectaculares, arquitectura victoriana, gentes de todas las razas, colores y pelucas.


Poco a poco fui entablando relaciones con los nativos, y comprobando que Joe tenía razón: "Si tú estás a gusto, ellos están a gusto".


Fui muy feliz durante cinco días en Londres, aunque cada mañana la cama amaneciera revuelta de largos pelos amarillos. Pero todo lo bueno termina. Mi viaje. Mis vacaciones. Amanecer con Olivia sin horarios  cada mañana.

Hoy volví a despertarme a las 6:23 am para ir a trabajar. Hoy me tocaba quitarme la peluca rubia.



Pero no pude. 

Fui incapaz de hacerlo.

Tuve que presentarme delante de mi alumnos con la peluca rubia puesta.



Seguramente pensarían al principio que estaba loco. Yo trataba de explicar el idealismo trascendental de Kant con la mayor claridad expositiva posible, pero me desconcentraba percibir en la mirada de mis alumnos cierta ironía o guasa contenida.

 

Pero me acordé de Joe y pensé que no había nada de incompatible o incongruente entre mi atuendo y la actividad rutinaria a la que mis alumnos y yo estamos acostumbrados.



Traté de ser yo mismo, y de explicar a Kant lo mejor que sabía, olvidándome de todo lo demás.



Cuando pregunté a mis alumnos acerca de lo que había estado explicándoles me respondieron correctamente.

Ya nadie en clase se acordaba de que alguna vez tuve el pelo corto y castaño, ni de que no soy un londinense de paso en Lanzarote, ni de que me levanto todos los días solo, a las 6:23 am, para ir a trabajar...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

De vUeLtA


En un acto de renovado narcicismo me he dicho a mí mismo: ¡Escribe!

Fue el otro día, y me lo pedí por móvil, mediante el insólito procedimiento de telefonearme a mí mismo.
La primera noticia que tuve de mí mismo desde el otro lado del auricular fue a mediados de mayo, en Madrid.

Ocurrió en el piso de Limón, dos meses antes de regresar a Canarias. 

Ocurrió en torno a las cinco de la mañana, mientras trataba de acertar a introducir la llave en la cerradura de la puerta de entrada al piso, torpe de ebriedades.
De repente me sonó el teléfono.

Busqué en la pantalla del móvil quién podría llamarme a esas horas.
En la pantalla sólo ponía: "Desconocido".

Pero al coger el teléfono era yo.

Era mi voz, que decía: 

"Hola qué tal, mira, soy Andrés. Nada, que te llamaba para que... Sfthyt*dfdf*... Vale, pues mira... que es algo urgente, algo que contarte, venga, venga, hasta luego, chao".

Atónito, perplejo, borracho y algo asustado volví a escuchar el mensaje, que se repetía una y otra vez, como una serpiente que se muerde la cola. 

Decidí despertar a Santi. Le acerqué el teléfono a la almohada:

-Santi, escucha: ¿soy yo?

Él me dijo que sí y siguió durmiendo. Pero su sueño era tan profundo que aunque le hubiera propuesto cancelar para siempre el amigo invisible me hubiera dicho lo mismo, que sí. Su testimonio no era válido.

Sin embargo dos meses más tarde volvió a ocurrir, volvió a sonar el teléfono, volví a leer "Desconocido" en la pantalla y a escuchar mi voz decir y repetir el mismo mensaje.

Esta segunda vez estaba con Santi y con su madre, a la salida del cine. La película era Origen, eran las 00:30 y nadie estaba borracho. Transcribo los detalles de las circunstancias con esta precisión con el objeto de encontrar algún patrón, alguna clave explicativa.

Las circunstancias habían, pues, variado, pero el mensaje que me decía yo a mí mismo seguía siendo el mismo.

La tercera vez que me telefoneé estaban conmigo Pablo, Olivia, Patri Villena y mi primo Luis.

Todos escucharon el mensaje y estuvieron de acuerdo en que la voz era la mía, y no la de un farsante.

Olivia y Pablo añadieron además lo siguiente: 

Que el indescifrable "Sfthyt*dfdf*"  era en realidad: "Sube a La Laguna".

Sin embargo, por mucho que volvía a escuchar el mensaje una y otra vez yo era incapaz de entender "Sube a La Laguna". 

Muy al contrario, seguía con torpe obstinación escuchando lo mismo:

"Sfthyt*dfdf*" 

Y así terminó el verano en Tenerife.

Terminó este extraño paréntesis laboral de algo más de un año.
Regresé a Lanzarote, una vez más.

Y mientras tanto, con cada vez más frecuencia, mi telefóno sonaba y era de nuevo yo, con la misma cantinela.
Hasta que ayer lo he descifrado al fin, creo.

No es "Sfthyt*dfdf*"  sino "¡Escribe!" lo que me digo.

Así que aquí estoy, de vuelta, tras casi dos meses sin escribir ni una palabra.

Las razones que me hicieron parar son tan absurdas como las que me hacen ahora volver.

Pero espero por lo menos que a partir de ahora mi teléfono deje de sonar.

A sonar (quiero decir) conmigo mismo al otro lado de la línea.


miércoles, 14 de abril de 2010

mEnTe DoPaDA


También con el té me pasa. Se me aceleran, veloces, las ideas. No sólo con el café, que no bebo. Se precipita a raudales -se revivifica- el pensamiento. Y soy más feliz, drogado, y más vulnerable al entusiasmo. Es entonces que exige mi mente leer, imperativamente. (Sólo una vez en mi vida probé una pastilla de ésas que llaman de diseño, o síntesis: bailar, y no hablar, bailar, y no hablar, ni escuchar, ni siquiera ser, sino hacer, y bailar, y moverme, y saltar... eso me exigía entonces, también, como ahora, mi mente, imperativamente). Un té nada más, sí, soy como un niño, lo sé. Comí con mi hermano, con Pablo, poco antes del té. Y retrospectivamente pienso que hablando con él salvamos el día: save the day, dicen en inglés. Si me bebo un té -¡y no digamos un café!- necesito hablar o leer (que es otra forma de hablar) y aprovechar y disfrutar y amortizar los efectos del estimulante. Así que de vuelta a casa no pude evitar, a mitad de ruta, hacer escala en el FNAC. Mi mente, mientras, repasaba y enriquecía el argumento de un relato, de dos: me acelera y me permite pensar a dos bandas, como hacen las mujeres, simultáneamente. Buscaba "La santa", un cuentito incluido en el breve compendio de García Márquez: Doce cuentos peregrinos. Me habían dicho que podía interesarme para aquel relato que andaba rumiando. Lo encontré, lo leí, sentado en las escaleras que daban al baño: devorado y comprado. Me "servía", me inspiraba, era relacionable con el relato que llevaba en mente. Aunque he aquí un problema: ¿Qué no es relacionable si bebo café y hasta incluso té? ¿no es todo con todo? ¿no son todo signos inequívocos de un destino escrito? ¿no cobra sentido todo pensamiento, todo transeunte con el que me cruzo, todo, todo, todo? Y luego está Borges, que iba en la mochila. Y ahí me espera Borges, al llegar a casa. Y el té lo reclama, lo exige, imperativamente. Abro el libro y leo: "En busca de Averroes". Y quedo deslumbrado, siempre subyugado, casi iluminado. Transcribo pasajes tras paladearlos: "Eltiempo, que despoja los alcázares, enriquece los versos". También Borges, también este fragmento, todo con todo, todo "me sirve" y se relaciona y cuadra y encaja con todo y cobra sentido o así lo percibe mi mente, dopada. Y ya está. Y me voy. (Al gimnasio: a quemar el frenesí, para poder dormir). Y lo dejo, porque no tiene fin y el efecto es duradero e intenso...


martes, 12 de enero de 2010

miércoles, 30 de diciembre de 2009

PaRte mEtEoRoLóGiCo


El tiempo está loco, dicen.

Llovió por fin en La Laguna, tras unas semanas de soleada Navidad.

Pero en seguida -como un salto atrás, como un renuncio- volvió la luz en coloreada ráfaga.

Como un arrepentimiento vi dibujarse el arco iris sobre la montaña en nieblas de la Mesa Mota.



Dicen que cuando se habla del tiempo es porque no se tiene nada que decir.




Me pregunto si se piensa que cuando se escribe acerca del tiempo es porque tampoco hay nada que contar.

A mí también me pone un poco nostálgico la lluvia y la niebla laguneras:

La imagino subiendo por el camino de San Diego hasta la ermita: suave, vaporosa, fantasmal.

La imagino deslizarse por aquel caminito de tierra perfumado por las zarzamoras y las higueras en verano y contemplar desde las alturas la ciudad en gran angular.

Cómo corre la niebla y qué pronto se disipa.

Qué poco dura un arco iris.

Lluvia.

Luz.

Sol.



El tiempo está loco, dicen.

Yo creo que es porque no salen de otro modo las palabras por lo que se escribe acerca de él.



miércoles, 11 de noviembre de 2009

SiN DiOs 3


Si me levanto y en el baño hay dibujado un arco iris en el lienzo de azulejos de la pared no pienso en dios, pero sí veo una señal, un misterio, un enigma en ese haz de luz de colores: algo que se me escapa.

Se me atoja entonces que a la explicación de Newton también se le escapa un misterio, un enigma, una señal.

Descubro en mí ante ciertas situaciones y espectáculos del mundo una suerte de religión personal.

Me hice la promesa a mí mismo, delante de la pulsera, como quien jura fidelidad en el altar, en la salud y en la enfermedad:

-No te la quites nunca, deja que se caiga sola.

Intuyo que en el fondo había una fascinación morbosa por el desgaste inexorable del tiempo, una especie de reto o apuesta contra Cronos.

Pero también una petición indeterminada y ambigua, difusa como el deseo de quien sopla las velas de su propio cumpleaños o quien engulle las 12 uvas de un tirón.

A veces lanzo plegarias al viento, a un dios que no existe, sin destinatario claro y sin preocuparme demasiado por concretar el contenido de la súplica:

-Que me vaya todo bien.

Para especificar y entrar en detalles ya están las Cartas a los Reyes Magos.

(o las listas de boda)

Pero otras veces mis solicitudes son concretas y detalladas como un contrato legal:

Hace un mes en Barcelona, arropado por dos testigos, con el pie dolorido y lleno de ira ciega contra el absurdo del mundo y contra la dermatología, hice un pacto con lo divino, con el haz de luz, con mi dios de cabecera:

-Si en Navidades ya no tengo el (puto) papiloma prometo que de aquí a dos años me hago el camino de Santiago.

La religión, como la magia, no es más que un mercadeo -una transacción comercial- con lo divino.

Así que me sorprendo a veces a mí mismo creeyendo a pies juntillas en un universo mágico, encantado y con sentido.

Así por ejemplo cuando pienso en mi propia felicidad.

Si me hundo en la miseria nunca me cuesta demasiado volver a salir a flote, renacer.

-¿Qué tonterías estás diciendo? ¿qué miseria? Mira a tu alrededor...

Nada como un par de razonamientos optimistas sacados de aquí o de allá como para salir a flote:

-Ya llegarán tiempos mejores, ya se te compensará, esto no puede durar mucho más.

Pero también a la inversa:

Cuando la vida me sonríe y mi corazón reboza dicha y sólo me sale un doble seis a los dados...

(Uff)

...entonces un presagio funesto recorre mi espinazo como un relámpago:

-Ya pagarás por esto, ya llegará tu expiación.

Y es que las penas y las alegrías se compensan y equilibran en esta religión en la que a la postre se imparte justicia:

-¿Les suena?

Y sin embargo no estoy bautizado, ni voy a la iglesia ni sé persignarme ni nada de nada.

Ni creo.

Pero descubro en mí mismo un lado irracional, supersticioso, encantado.

Mis tics y mis manías de la infancia y de la adolescencia se han transformado. Ya no las exhibe obscenamente mi cuerpo, sino que han pasado a ser tics mentales: religión.

¿Qué son las religiones sino grandes tics mentales sistematizados e institucionalizados?

Este mundo sin dios me maravilla y me asusta al mismo tiempo.

Yo también -como Silvio- tengo miedo y me alimento de fantasmas.

Yo también percibo signos, señales y enigmas casi cada mañana.


viernes, 6 de noviembre de 2009

SiN DiOs 2


De pequeño, tendría 12 o 13 años, exhibía un horrible tic en los ojos.

Consistía en voltearlos hacia arriba, hacia el cielo del párpado, como si quisiera mirar una mosca posada en mi frente.

Lo vuelvo a hacer ahora, veinte años más tarde, y casi puedo sentir el escalofrío de aquella adicción motriz.

Luego, en plena adolescencia, trasladé mi debilidad por los tics a otras partes del cuerpo y me pertreché de insólitos ritos de obligado cumplimiento:

Saltaba para tocar el dintel de una puerta.

Me aseguraba una y mil veces de haber cerrado una ventana o agarrado una llave.

Y sobre todo, me desplazaba por la calle y por mi casa tocándolo todo: farolas, alcantarillas, retrovisores, esquinas de muebles, jarrones... todo.

Lo tocaba todo con pies y manos.

Recorría el pasillo en dirección a la cocina y saltaba para tocar la maceta que entonces colgaba del techo.

Llegaba y saludaba a mis padres pero una mano se había quedado atrás, con el brazo estirado, pues había pasado de largo por delante de un mueble de madera dotado de una irresistible esquina.

-¿Qué haces? -me preguntaban, con gesto estupefacto.

Todavía me extraña que nunca me llevaran al psicólogo.

Eran otros tiempos.

Ahora vivo liberado de aquellos tics y manías.

Pero no de otros.

Lo de la pulsera no dejó de ser una forma de tic, una rémora de aquellos años.

Ahora mis tics son mentales.

Y poco a poco se ha ido gestando a la sombra, en lo más oscuro de mí, una religión personal hecha de tics mentales.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

SiN DiOs 1


¿Qué habrá sido de mi pulsera verde?

Se me rompió mientras hablaba: hizo de repente ploff.

La guardé en un bolsillo con cremallera, acelerado el pulso, y seguí hablando como si nada.

Pensé: foto en el blog de la pulsera y más "nada permanece" en vena.

Pero hoy me asomé al bolsillo con cremallera y la pulsera no está.

Se la compré a una argentina en un bar de Las Palmas, hace siete años, cuando daba yo clases allí.

(Vistas soberbias del padre Teide desde Las Canteras beach)

Me la puso y pensé: aquí te quedas hasta que tú lo quieras, amarrada a mi muñeca, no te pienso soltar.

Durante estos siete años varias personas se han interesado por la pulserita verde de hilo y cuentas azuladas de plástico:

-¿Qué significa?

-¿Quién te la regaló?

-Cuéntame su historia.

Pero la historia de mi pulsera es una no-historia. No me la regaló ninguna novia, ningún amor. No me la cedió solemnemente mi abuela como reliquia familiar: es una pulsera hippie. No simboliza nada. No significa nada. Es solamente una pulsera; eso es lo que fue.

Y sin embargo está la promesa.

Me prometí a mí mismo no quitármela nunca, que se desprendiera sola, por desgaste del tiempo, por hastío hacia mi piel omnipresente.

¡Cuántas experiencias juntos, compartidas, entre mi pulsera y yo, caben en estos últimos siete años!

Fuimos juntos a China, a Tyler y nos bañamos juntos mil veces en el mar indómito de Famara.

Durmimos en lechos ajenos y evitamos dormir en tantos otros.

Me viste emocionarme, aburrirme quizás, llorar acaso, emborracharme sin lugar a dudas, masturbarme soy humano, asistir dichosa al alumbramiento feliz de una idea tecleada en el portátil, acariciar a gatos, secarme el sudor de la frente, colocarte del derecho: siempre te dabas la vuelta, preguntarte quién eres tú, compañera.

¿Te cansaste, pues, de todo eso?


lunes, 26 de octubre de 2009

PeSaDiLLaS DoCeNtEs


Ahora que la gente me pregunta a qué me dedico,

Ahora que me interrogan: ¿tú qué eres? ¿qué haces?

Ahora que no sé muy bien cuál es la respuesta,

Ahora que respondo: paseante, escritor, persona, profesor;

Y a medida que avanza la noche: equilibrista, instructor de yoga y demás lindezas.

Ahora me da por volver a tener sueños de profesor.

O casi.

Y es que los profesores también tienen sueños:

Y pesadillas.



Hay toda una serie de pesadillas docentes grabadas a fuego en el imaginario colectivo del gremio:

Por ejemplo, soñar que llegas al instituto y está desierto y no tener ni idea de qué ha podido ocurrir.

O llegar y entrar en clase y darse uno cuenta de que ha olvidado vestirse y anda semidesnudo o en pijama.

O enfrentarse de golpe y porrazo al primer día del curso sin tener ni idea qué decir, sin haber mirado el programa ni saber siquiera el nombre de la asignatura que uno debe impartir.

Todos estos son sueños de profesor.

Pero este curso yo no soy un profesor, sino un semiprofesor o un cuasiprofesor:

En suma, un profesor que disfruta de un año de licencia por estudios.

Y anoche, por cierto, he sabido lo que sueñan los profesores que disfrutan de un año de licencia por estudios.

Quizás es porque mañana comienzo el curso de Escritura en el que me he matriculado.

Quizás es porque mañana empiezo a cumplir un horario (extenuante, por cierto: de martes a jueves con descanso los miércoles, dos horas cada día).

A partir de mañana tendré profesores y quizás también tareas, "deberes", cuadernillos Rubio que caligrafiar...



Lo cierto es que he soñado lo siguiente:

Me presentaba en mi instituto, en Lanzarote, en el que tengo la plaza pero que todavía no he ocupado. Estaba hablando acaloradamente con la directora, que me amonestaba por mis reiteradas faltas durante el mes de septiembre. Entonces me enseñaba un sobre con dinero y me decía que se trataba de mi sueldo pero acto seguido sacaba de él un fajo de billetes de 100 euros y me decía que creía que era lo más justo detraerlos de mi sueldo puesto que había faltado reiteradamente, incluidos los fines de semana. Yo le decía que sólo había tenido dos catarros cortos, poca cosa. Y ella replicaba que no, que había faltado 12 días seguidos por no sé que historia de la mano: "¿De la mano? -le dije- ¡Yo nunca he tenido un problema en la mano!". Pero ella me enseñaba el parte de faltas con 12 grandes cruces seguidas en el mes de septiembre y unos documentos médicos con fotos y radiografías de las uñas y tendones de las manos. Al pie de las fotos rezaba: "lecho ungueal de los dedos". Yo no comprendía nada, me indignaba y protestaba mientras trataba de contener el desbordamiento de un llanto que se revolvía en mi interior. Le decía que yo era de esos profesores cumplidores que nunca faltan y que lo de este mes de septiembre me resultaba inexplicable pero que de cualquier forma no se volvería a repetir.

Aquí se interrumpe la escena:

Porque de pronto me encuentro fuera del instituto, apoyado sobre la ventanilla del coche de la directora y ella me está contando problemas suyos de índole personal y el tono es amistoso, cómplice, confidencial.

Me levanté sobresaltado y divertido, tras descubrir los caprichos y juegos con los que se entretenía mi inconsciente por las noches.

Me acordé de Silvio y me dije:

-Esto que venga Alfredo y me lo explique.


viernes, 24 de abril de 2009

DuDaS PaRaLiZaNtEs


Fueron dos semanas de dudas.

Dos semanas para alternar la cara...




y la cruz,



el haz...



y el envés de esta disyuntiva.



Y todo para acabar pensando:

¡ni idea qué hacer!



Partido en dos.

Equisdistante.

Desequilibrándome en mi equilibrio.



Dos semanas de barajar los contras...



y los pros.



Total para nada:

Para terminar igual.



Igual de dubitativo e inseguro.

Igual de tan poco convencido de nada que no fuera mi pertinaz indecisión.



Probé a mesarme la -media- barba.



Probé a concentrarme con dedicación, entrega y método.



Pero aquello tampoco dio resultados.



Seguía igual de esquizofrénicamente dividido.



-Ni puta idea qué hacer -me decía.

Mientras, el día 24 se cernía sobre mí, como una sombra.

Quizás fue debido a eso, a la presión del calendario, que una mañana me levanté raro...



como agilipollado,

como majareta;

medio ido.



O completamente:

Al mirarme al espejo ya tan sólo podía verme la punta de la nariz.



A pesar de todo decidí ir a trabajar y no gastar ninguno de los sick days que me quedaban.

Como ocurriera en aquel viejo y querido cuento infantil, ninguno de mis compañeros pareció darse cuenta de nada. Me saludaron tal y como solían hacerlo cada mañana: con una sonrisa de oreja a oreja y canturreando maravillas sobre el espléndido wonderful day que teníamos la fortuna de estar estrenando.

Sólo los gansitos se quedaron con la copla.

Sólo ellos se percataron de que el maestro andaba desnudo, es decir: tonto perdido.

Con esa bondad natural que sólo tienen los niños, fingieron no haberse dado cuenta de nada.

Simplemente, optaron por portarse mejor, por susurrar y por no tirarse tantos pedos.

Así pasaron tres, cuatro, quizás cinco días...



Hasta que una mañana me levanté con el espíritu trastocado, con un atisbo de decisión.



Por la noche ya lo tenía claro: tocaba volver.

Toca volver.

Y no me queda ya ninguna de esas dudas agotadoras y paralizantes.