En un acto de renovado narcicismo me he dicho a mí mismo: ¡Escribe!
Fue el otro día, y me lo pedí por móvil, mediante el insólito procedimiento de telefonearme a mí mismo.
La primera noticia que tuve de mí mismo desde el otro lado del auricular fue a mediados de mayo, en Madrid.
Ocurrió en torno a las cinco de la mañana, mientras trataba de acertar a introducir la llave en la cerradura de la puerta de entrada al piso, torpe de ebriedades.
De repente me sonó el teléfono.
Busqué en la pantalla del móvil quién podría llamarme a esas horas.
En la pantalla sólo ponía: "Desconocido".
Pero al coger el teléfono era yo.
Era mi voz, que decía:
"Hola qué tal, mira, soy Andrés. Nada, que te llamaba para que... Sfthyt*dfdf*... Vale, pues mira... que es algo urgente, algo que contarte, venga, venga, hasta luego, chao".
Atónito, perplejo, borracho y algo asustado volví a escuchar el mensaje, que se repetía una y otra vez, como una serpiente que se muerde la cola.
Decidí despertar a Santi. Le acerqué el teléfono a la almohada:
-Santi, escucha: ¿soy yo?
Él me dijo que sí y siguió durmiendo. Pero su sueño era tan profundo que aunque le hubiera propuesto cancelar para siempre el
amigo invisible me hubiera dicho lo mismo, que sí. Su testimonio no era válido.
Sin embargo dos meses más tarde volvió a ocurrir, volvió a sonar el teléfono, volví a leer "Desconocido" en la pantalla y a escuchar mi voz decir y repetir el mismo mensaje.
Esta segunda vez estaba con Santi y con su madre, a la salida del cine. La película era
Origen, eran las 00:30 y nadie estaba borracho. Transcribo los detalles de las circunstancias con esta precisión con el objeto de encontrar algún patrón, alguna clave explicativa.
Las circunstancias habían, pues, variado, pero el mensaje que me decía yo a mí mismo seguía siendo el mismo.
La tercera vez que me telefoneé estaban conmigo Pablo, Olivia, Patri Villena y mi primo Luis.
Todos escucharon el mensaje y estuvieron de acuerdo en que la voz era la mía, y no la de un farsante.
Olivia y Pablo añadieron además lo siguiente:
Que el indescifrable "Sfthyt*dfdf*" era en realidad: "Sube a La Laguna".
Sin embargo, por mucho que volvía a escuchar el mensaje una y otra vez yo era incapaz de entender "Sube a La Laguna".
Muy al contrario, seguía con torpe obstinación escuchando lo mismo:
"Sfthyt*dfdf*"
Y así terminó el verano en Tenerife.
Terminó este extraño paréntesis laboral de algo más de un año.
Regresé a Lanzarote, una vez más.
Y mientras tanto, con cada vez más frecuencia, mi telefóno sonaba y era de nuevo yo, con la misma cantinela.
Hasta que ayer lo he descifrado al fin, creo.
No es "Sfthyt*dfdf*" sino "¡Escribe!" lo que me digo.
Así que aquí estoy, de vuelta, tras casi dos meses sin escribir ni una palabra.
Las razones que me hicieron parar son tan absurdas como las que me hacen ahora volver.
Pero espero por lo menos que a partir de ahora mi teléfono deje de sonar.
A sonar (quiero decir) conmigo mismo al otro lado de la línea.