
Supongo que nos gustan las dos cosas: ficción y realidad.
Disfrutamos con los universos de ficción. Nos deleitan esos productos de la imaginación, esas historias que no están constreñidas por los límites de lo material, esos personajes que cobran vida sin tener huesos ni carne. Es el mundo del arte: de la literatura, del cine, del teatro. Es el mundo de la imaginación: de los sueños, de la locura, del pensamiento cuando se eleva en el cielo con la libertad de una cometa libre de dueño.
Pero al mismo tiempo sentimos una irresistible atracción por la realidad, por la verdad. No nos gusta que nos mientan: la demagogia, el engaño, la simulación, la ocultación, la desinformación. No sólo les ocurre a los filósofos: a nadie le gusta vivir de espaldas a la realidad. Y leemos, escuchamos, preguntamos, interrogamos, precisamente por eso: porque buscamos la verdad.
Cuando uno vive lo suficiente como para llevar un tiempo expuesto a los productos de la ficción, por una parte, y a las realidades de la vida misma, por otra, no tarda en percatarse de lo siguiente:
Pero al mismo tiempo sentimos una irresistible atracción por la realidad, por la verdad. No nos gusta que nos mientan: la demagogia, el engaño, la simulación, la ocultación, la desinformación. No sólo les ocurre a los filósofos: a nadie le gusta vivir de espaldas a la realidad. Y leemos, escuchamos, preguntamos, interrogamos, precisamente por eso: porque buscamos la verdad.
Cuando uno vive lo suficiente como para llevar un tiempo expuesto a los productos de la ficción, por una parte, y a las realidades de la vida misma, por otra, no tarda en percatarse de lo siguiente:
Que en la ficción hay mucha más realidad de la que estamos dispuestos a reconocer y en la realidad, a su vez, mucha más ficción.
Por un lado, los personajes de ficción y sus peripecias nos muestran con su ejemplo muchas verdades que la realidad -por ser más pobre, material y limitada- no está siempre en condiciones de ofrecernos.
Por otro lado, nuestras vidas están llenas de ficción: imitamos y nos inspiramos e invocamos muy a menudo a aquellos personajes de ficción que por uno u otro motivo se han hecho un lugar en nosotros mismos; y ellos condicionan nuestra forma de actuar y de ver el mundo.
El tema da para mucho más, intuyo. Sirva lo anterior de breve pincelada meramente.
Porque lo que me interesa es la cuestión de lo que ocurre cuando la ficción se hace pasar por realidad.
Llamaré a esto lo aparente.
Lo aparente es aquello que parece que es real pero que no lo es:
"Oro parece, plata-no es"
Hay algo de fraude y decepción, pues, en ello; y algo de fascinación también.
El ejemplo perfecto es el reality show amañado, tan recurrente en nuestra televisión:
Nos fascina el espectáculo, la trama rocambolesca, el esperpento.
Por un lado, los personajes de ficción y sus peripecias nos muestran con su ejemplo muchas verdades que la realidad -por ser más pobre, material y limitada- no está siempre en condiciones de ofrecernos.
Por otro lado, nuestras vidas están llenas de ficción: imitamos y nos inspiramos e invocamos muy a menudo a aquellos personajes de ficción que por uno u otro motivo se han hecho un lugar en nosotros mismos; y ellos condicionan nuestra forma de actuar y de ver el mundo.
El tema da para mucho más, intuyo. Sirva lo anterior de breve pincelada meramente.
Porque lo que me interesa es la cuestión de lo que ocurre cuando la ficción se hace pasar por realidad.
Llamaré a esto lo aparente.
Lo aparente es aquello que parece que es real pero que no lo es:
"Oro parece, plata-no es"
Hay algo de fraude y decepción, pues, en ello; y algo de fascinación también.
El ejemplo perfecto es el reality show amañado, tan recurrente en nuestra televisión:
Nos fascina el espectáculo, la trama rocambolesca, el esperpento.
Nos fascina la idea de que la madre de la chica se haya liado con el novio de ésta última; y que aparezcan peleándose en pantalla madre e hija, novio y novia; nos fascina que luego el presentador anuncie que el chico en realidad es gay y que tiene otra relación fuera de ese triángulo familiar; y que aparezca el susodicho y que resulte ser el padre de la niña; y ver entonces a la madre insultando y pegando a su marido; y a la chica haciendo lo mismo con su novio...
Vale, lo reconozco: se me fue la mano con el ejemplo. Pero a lo que iba: nos fascina dicho espectáculo precisamente en la medida en que creemos que es real. Puede que sintamos repulsión y que cambiemos de canal y que escribamos indignados una carta al director echando pestes de la telebasura. Pero el esperpento no nos ha dejado indemnes, indiferentes.
Sin embargo, cuando nos enteramos de que todo ha sido amañado y de que todos los protagonistas del show son sólo actores... entonces lo que sentimos es decepción (y no alivio), chasco (y no reconciliación) y una profunda desilusión por haber estado sometidos a un fraude, a un engaño, a un fiasco...
Vale, lo reconozco: se me fue la mano con el ejemplo. Pero a lo que iba: nos fascina dicho espectáculo precisamente en la medida en que creemos que es real. Puede que sintamos repulsión y que cambiemos de canal y que escribamos indignados una carta al director echando pestes de la telebasura. Pero el esperpento no nos ha dejado indemnes, indiferentes.
Sin embargo, cuando nos enteramos de que todo ha sido amañado y de que todos los protagonistas del show son sólo actores... entonces lo que sentimos es decepción (y no alivio), chasco (y no reconciliación) y una profunda desilusión por haber estado sometidos a un fraude, a un engaño, a un fiasco...
Fascinación y fiasco: este es el territorio de lo aparente.
Es muy significativo que a la ficción de la literatura, del cine o del teatro nunca le hacemos este reproche:
-¡Era todo mentira! Vaya mierda.
Con lo aparente en cambio nos sentimos como si hubieran jugado con nuestros sentimientos (confianza, ingenuidad, ilusión, miedo, ternura, fascinación) o simplemente como si nos hubieran hecho perder el tiempo:
-¡Eran todos actores! ¡Y yo aquí hipnotizado delante de la TV como un gilipollas!
Explico todo esto, supongo, en mi descargo, quizás como una forma de mea culpa, pues no a todo el mundo le ha sentado igual de bien la revelación del fiasco, la idea de que hubiera alguien real, manejando desde arriba o desde atrás los hilos del Silvio Lombardi de ficción.
Cuando se juega a mezclar ficción y realidad a tan altas temperaturas las quemaduras terminan por ser de verdad.
Y es que la historia de Silvio Lombardi entra dentro de la categoría de lo aparente.
Y tras la fascinación, como dije, llega el fiasco.
Es muy significativo que a la ficción de la literatura, del cine o del teatro nunca le hacemos este reproche:
-¡Era todo mentira! Vaya mierda.
Con lo aparente en cambio nos sentimos como si hubieran jugado con nuestros sentimientos (confianza, ingenuidad, ilusión, miedo, ternura, fascinación) o simplemente como si nos hubieran hecho perder el tiempo:
-¡Eran todos actores! ¡Y yo aquí hipnotizado delante de la TV como un gilipollas!
Explico todo esto, supongo, en mi descargo, quizás como una forma de mea culpa, pues no a todo el mundo le ha sentado igual de bien la revelación del fiasco, la idea de que hubiera alguien real, manejando desde arriba o desde atrás los hilos del Silvio Lombardi de ficción.
Cuando se juega a mezclar ficción y realidad a tan altas temperaturas las quemaduras terminan por ser de verdad.
Y es que la historia de Silvio Lombardi entra dentro de la categoría de lo aparente.
Y tras la fascinación, como dije, llega el fiasco.

Voy a aparentar lo siguiente: que yo también quedé fascinado y engañado por la propia historia de Silvio, para así saciar la sed de realidad -natural como el hombre (y la mujer, uff)- de quienes con tanto ahínco preguntaron si Mr. Lombardi era real o no. Voy a aparentar que dejé escrita una nota para mí mismo, para no volverme loco con tanto argentino de caballería:
"He empezado a confundirlo todo, o algunas cosas al menos. Ayer casi digo "vos" y apenas utilizo ya el pretérito perfecto compuesto, como si fuera argentino. Me voy a la cama pensando "qué hara Silvio mañana" y me levanto con una idea febril que no puedo dejar de apuntar. Hoy me crucé con una chica por la calle y me dije: "Vaya mina". Así que voy a escribirlo todo: la verdad. Voy a contarme a mí mismo cómo ocurrió todo por si algún día en el futuro empiezo a ver de veras papelitos ensangrentados en los bolsillos de la chaqueta... Todo comenzó con el Cizañas, en Barcelona. Estábamos desayunando una tosta catalana en una churrería cerca de su casa cuando me dijo que estaría bien crear un personaje de ficcion en el blog para animar el cotarro, que la cosa estaba muy poco animada. La idea me fascinó. Mezclar ficción y realidad; ya llevaba haciendo algo de eso en cierta manera. Y la cosa me gustaba. Ahí mismo le puse nombre: Silvio Lombardi. No sé muy bien por qué ese nombre. Supongo que fue esa misma mañana y no en el AVE a Madrid cuando decidí que el personaje sería argentino, como el chico que me había devuelto el móvil. En efecto, dos días antes había perdido mi móvil en el Templo de Debod y una pareja de argentinos lo había encontrado y me lo había devuelto. Yo estaba entusiasmado, muy agradecido y les pregunté cómo podía recompensarles. Tenía 20 euros en el bolsillo y tiempo libre. Pero ellos dijeron que no hacía falta, que era lo menos que podían haber hecho. La anécdota se quedó grabada en mi memoria y pensé que la cosa merecía un post. Pero cuando surgió la idea de parir para el blog a un personaje de ficción vi claro que dicho individuo tenía que salir de allí, de aquella tarde en el Templo de Debod. Así que continué a mi manera el encuentro con la pareja de argentinos. Vi nacer ante mis ojos a Silvio Lombardi, quien empezó a contarnos sus peripecias desde este blog. Un día recibí un mail de Montse, diciéndome que me había pillado, que había descubierto un error en mi historia. Tenía razón, había descubierto un error al que difícilmente podían ponérsele peros. Desde entonces, Montse y el Cizaña se convirtieron en las únicas personas que sabían la verdad, pese a que eran bastantes quienes no terminaban de creerse la historia. Pensé muchas veces: "A estos dos hay que darles un Óscar" o "Si al final de todo se reparten capones, estos dos no se salvan". Pero a mí me tocó el trabajo sucio de dar la cara, de mentir, incluso a las personas más cercanas, a mis seres queridos. A mi padre una vez tuve que decirle: "Estate tranquilo, yo sé lo que me hago, soy mayorcito y responsable, confía en mí". Y es que hay que reconocer que Silvio en algunos momentos llegó a inspirar cierto miedo.... Ahora en cambio es distinto, ahora nos llevamos bastante bien los dos, qué digo, Silvio no existe, qué manía, a veces me da por dudar y por olvidarme de todo esto, de cómo nació en realidad Mr. Lombardi y de cuál es su verdadera naturaleza. Pero por si acaso, por si alguna vez lo olvido, he querido dejar todo esto escrito, a modo de prueba, de mensaje en una botella, por si acaso, por si las moscas, entendés Andriu, espero que sí."
Lo aparente saca su fuerza de seducción de la irresistible atracción que siente el ser humano por la verdad, por la realidad. Estoy convencido de que si desde el principio hubiera dicho que Silvio Lombardi era sólo un personaje de ficción, en vez de un argentino -algo chiflado- de carne y hueso la expectación en torno a las peripecias de este singular personaje no hubiera sido muy grande. O dicho de otro modo: estoy convencido de que quienes creyeron en la realidad de Silvio Lombardi disfrutaron mucho más de sus posts que quienes supieron o sospecharon que era un personaje de ficción.
"He empezado a confundirlo todo, o algunas cosas al menos. Ayer casi digo "vos" y apenas utilizo ya el pretérito perfecto compuesto, como si fuera argentino. Me voy a la cama pensando "qué hara Silvio mañana" y me levanto con una idea febril que no puedo dejar de apuntar. Hoy me crucé con una chica por la calle y me dije: "Vaya mina". Así que voy a escribirlo todo: la verdad. Voy a contarme a mí mismo cómo ocurrió todo por si algún día en el futuro empiezo a ver de veras papelitos ensangrentados en los bolsillos de la chaqueta... Todo comenzó con el Cizañas, en Barcelona. Estábamos desayunando una tosta catalana en una churrería cerca de su casa cuando me dijo que estaría bien crear un personaje de ficcion en el blog para animar el cotarro, que la cosa estaba muy poco animada. La idea me fascinó. Mezclar ficción y realidad; ya llevaba haciendo algo de eso en cierta manera. Y la cosa me gustaba. Ahí mismo le puse nombre: Silvio Lombardi. No sé muy bien por qué ese nombre. Supongo que fue esa misma mañana y no en el AVE a Madrid cuando decidí que el personaje sería argentino, como el chico que me había devuelto el móvil. En efecto, dos días antes había perdido mi móvil en el Templo de Debod y una pareja de argentinos lo había encontrado y me lo había devuelto. Yo estaba entusiasmado, muy agradecido y les pregunté cómo podía recompensarles. Tenía 20 euros en el bolsillo y tiempo libre. Pero ellos dijeron que no hacía falta, que era lo menos que podían haber hecho. La anécdota se quedó grabada en mi memoria y pensé que la cosa merecía un post. Pero cuando surgió la idea de parir para el blog a un personaje de ficción vi claro que dicho individuo tenía que salir de allí, de aquella tarde en el Templo de Debod. Así que continué a mi manera el encuentro con la pareja de argentinos. Vi nacer ante mis ojos a Silvio Lombardi, quien empezó a contarnos sus peripecias desde este blog. Un día recibí un mail de Montse, diciéndome que me había pillado, que había descubierto un error en mi historia. Tenía razón, había descubierto un error al que difícilmente podían ponérsele peros. Desde entonces, Montse y el Cizaña se convirtieron en las únicas personas que sabían la verdad, pese a que eran bastantes quienes no terminaban de creerse la historia. Pensé muchas veces: "A estos dos hay que darles un Óscar" o "Si al final de todo se reparten capones, estos dos no se salvan". Pero a mí me tocó el trabajo sucio de dar la cara, de mentir, incluso a las personas más cercanas, a mis seres queridos. A mi padre una vez tuve que decirle: "Estate tranquilo, yo sé lo que me hago, soy mayorcito y responsable, confía en mí". Y es que hay que reconocer que Silvio en algunos momentos llegó a inspirar cierto miedo.... Ahora en cambio es distinto, ahora nos llevamos bastante bien los dos, qué digo, Silvio no existe, qué manía, a veces me da por dudar y por olvidarme de todo esto, de cómo nació en realidad Mr. Lombardi y de cuál es su verdadera naturaleza. Pero por si acaso, por si alguna vez lo olvido, he querido dejar todo esto escrito, a modo de prueba, de mensaje en una botella, por si acaso, por si las moscas, entendés Andriu, espero que sí."
Lo aparente saca su fuerza de seducción de la irresistible atracción que siente el ser humano por la verdad, por la realidad. Estoy convencido de que si desde el principio hubiera dicho que Silvio Lombardi era sólo un personaje de ficción, en vez de un argentino -algo chiflado- de carne y hueso la expectación en torno a las peripecias de este singular personaje no hubiera sido muy grande. O dicho de otro modo: estoy convencido de que quienes creyeron en la realidad de Silvio Lombardi disfrutaron mucho más de sus posts que quienes supieron o sospecharon que era un personaje de ficción.
Por esa misma razón los realities shows o los concursos de tele-realidad triunfan. Vienen respaldados por un aliado poderoso: la realidad.
Lo mismo ocurre con muchos blogs. En este ya se me conoce demasiado como para jugar a las adivinanzas con la realidad y la ficción. La aventura de Silvio Lombardi no deja de ser una excepción. Pero hay muchísimos blogs en la red que juegan a contar historias o peripecias vitales increíbles y sorprendentes. El anzuelo que mantiene a los lectores enganchados lleva en parte casi siempre la misma carnada, a saber: la pregunta "¿será verdad todo esto que cuenta este pavo?".
Cuando se descubre todo, cuando se sabe la verdad y se encienden las luces, ya lo dije: se acaba la fiesta.
Llega la decepción.
Llega la decepción.
Por eso quizás hubiera sido mejor dejar a Silvio vivo, o al menos a Valeria; llevarlo de vuelta a su país y a su ciudad natal, Santa Fé; despedirlo desde aquí con lágrimas virtuales, o con gritos de alivio: "vete ya, pesado"; hacerlo desaparecer en la ficción para seguir soñando con él de tarde en tarde.
Pero no ha sido así: lo he traído desde el sosegado universo de la ficción -casi tirándole por las orejas- hasta el mundo falaz de lo aparente.
He decepcionado a algunos y he saciado la sed de realidad de otros.
Quizás todos hemos aprendido algo.
Yo al menos sí.
He decepcionado a algunos y he saciado la sed de realidad de otros.
Quizás todos hemos aprendido algo.
Yo al menos sí.
Platón fue un señor en ocasiones muy serio. Cuando diseñó su ciudad ideal prohibió la entrada en ella a los artistas o específicamente a los poeas o "aedos". De eso trata el primer libro que me mandaron a leer en 1º de Filosofía. Platón le reprochaba a los poetas su inmoralidad al describir o contar de modo falaz la realidad. Para el filósofo griego los poetas eran, en suma, mentirosos, embusteros, impostores. Sus obras eran mera apariencia. Hacían pasar lo falso por verdadero, la ficción por realidad. En resumen: eran apologetas de lo aparente.
Sospecho que Platón de habérselo planteado también habría prohibido en su polis perfecta los reality shows y los blogs embusteros, como éste en ocasiones.
Pero lo más grave no es su rechazo a lo aparente, sino el no haber sido capaz de imaginar una categoría para la ficción (o no haber incluido la obra de los poetas dentro de esa categoría):
Pero lo más grave no es su rechazo a lo aparente, sino el no haber sido capaz de imaginar una categoría para la ficción (o no haber incluido la obra de los poetas dentro de esa categoría):
Obsesionado con sus dicotomías (mundo real vs. mundo aparente, conocimiento vs. opinión, mundo inteligible vs. mundo sensible) me temo que no dejó o no pensó en un lugar para la ficción.
Es una lástima.























