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jueves, 21 de enero de 2010

DiVeRtiMeNtO LiTeRaRiO


Me voy a Barcelona en unas horas: vuelvo el lunes.

Les dejo un pequeño divertimento literario para quienes quieran entretenerse mientras tanto.

En la última clase del máster el profesor Eloy Tizón nos repartió 93 comienzos memorables de novelas y nos pidió que eligiésemos uno de ellos y que continuáramos la historia a nuestro gusto pero tratando de adoptar el mismo tono que esa primera frase...

Casi al mismo tiempo X desde Tyler me pedía exactamente que hiciese lo mismo a partir de la siguiente frase:

"Cómo olvidar esos sábados de primavera cuando, al atardecer, el olor de esos primeros calores se cuela por los abiertos balcones y ventanas..."

Todo el mundo tiene en algún momento u otro las ventanas abiertas a la nostalgia.

Así que a quien le apetezca asomarse durante este fin de semana por esas ventanas puede participar en este ejercicio literario, en este divertimento.

La única norma es la de empezar el texto con el comienzo de X.

En cuanto a la extensión, es libre, pero si el texto es muy largo Blogger no les dejará publicarlo en un sólo comentario. No hay problema: cortar y pegar desde un documento de word y asunto resuelto.



Yo como me voy de viaje me he apresurado a dejar lista la tarea.

Y en homenaje a X va esta vuelta allí, al lejano west:

Cómo olvidar esos sábados de primavera cuando, al atardecer, el olor de esos primeros calores se cuela por los abiertos balcones y ventanas, como anticipos o implacables centinelas del inminente fuego del verano texano. Pese a Madrid y al frío, que han convertido aquellos meses pistoleros y agringados en un país remoto, imaginario o soñado, todavía vuelven a mí ciertas imágenes y sensaciones de aquel far west, tan peculiar, tan suyo, tan simple y tan difícil de entender.


Era el calor precisamente –prematuro aún en primavera- el que me reconciliaba con el misterio de la naturaleza indómita y exuberante, y dilataba y abría como poros los balcones y ventanas de uno mismo: a la gran llanura, al espacio sin fin, a la selva en miniatura en Faulkner Park, a los bichos y alimañas, al aroma paradójico de la rosa tyleriana en un país que ha abolido los olores, a las tardes gigantes bajo un sol que se oculta y se desangra más al oeste todavía.


Estuviste allí. Cómo olvidarlo. Cruzaste a pie Broadway Avenue. Compraste Golden Graham en el Brookshire. Tu GMC Envoy te dio una y mil vueltas por el Loop 323. Comiste ribs en el Texas Roadhouse, hamburguesas en el Frydays y catfish en Red Lobster. Bebiste margaritas en On the Borders con la gozosa fruición de lo inmoral. Sacaste dólares en el drive trought del Bank of America para ponerlos en circulación y trasladarlos por ejemplo a la caja del Starbuck, de los Carmike Cinema o de cualquiera de las tiendas del French Quartier. En definitiva no sólo estuviste allí. También viviste, para colmo, muy a la americana (salvo cuando cruzaste a pie Broadway Avenue).


Me ha parecido un buen síntoma que a la hora de enumerar todos aquellos establecimientos e imperios en los que compré y consumí, consumí, consumí, la memoria me fallara y haya tenido que buscar sus nombres en internet.


Hay gansitos y recuerdos que no se olvidan tan fácilmente. Estas navidades me topé con una foto de todos ellos, con Mr. Fajardo. Repasé mentalmente todos sus nombres y apellidos: ¡Me acordaba de todos!


Cómo olvidar esos sábados, el primer calor de la naturaleza… y todo lo demás.




martes, 29 de septiembre de 2009

pLaNeTa aMeRiCaNo 4


El miércoles pasado un alumno de un instituto de Tyler asesinó a su profesor de música.

Llegó a este blog la primicia gracias a "X", que retransmite anónimamente desde el lugar de los hechos.

Gaby me mandó un enlace con la noticia, para recordarme que no siempre es aburrido y monótono el día a día en Tyler.

La vida transcurre a nuestras espaldas -como escribí hace poco- casi a traición, en esos lugares en los que ya no estamos, de los que nos hemos ido, sin avisarnos ni pedirnos permiso ni tenernos en cuenta.

La vida, y también la muerte.

El quinto capítulo de El planeta americano, el librito de Verdú que me he empeñado en releer y comentar aquí -aunque irregularmente- como pretexto para revisitar Texas y los Estados Unidos desde el recuerdo y desde un abordaje más teórico ya que meramenta vivencial, aborda con datos y estadísticas estos temas, el asunto de la delicuencia y los asesinatos en dicho país.

El capítulo se titula: "El miedo al crimen".



Y empieza así:

"En el centro de Nueva York se erigió a comienzo de los noventa un panel electrónico donde iban restallando los números. Le llamaron el Deathclock, el reloj de la muerte, y marcaba, mientras la gente esperaba en los semáforos o cenaba en un Friday´s, la cifra de asesinatos con armas de fuego que se estaban cometiendo en ese momento en el país. Uno cada 14 minutos aproximadamente, 64 al día, 22.000 al año".

Las cifras que ofrece Verdú a lo largo del capítulo son espeluznantes. Es verdad que no son actuales: el libro es del 96. Pero dudo que la cosa haya cambiado desde entonces drásticamente:

"A punta de pistola son violadas diariamente 33 mujeres y unas 1.100 personas son asaltadas cada 24 horas. En todo el país se cometen al año treinta y cinco millones de actos criminales, 14 millones de los cuales son calificados por la policía como delitos importantes. La tasa de homicidios en Estados Unidos es de 21,9 por cada 100.000 habitantes y año, mientras la de Canadá es de 2,9 y la de Japón del 0,5"




Fotos como éstas ponen los pelos de punta.

Ya hablé en su momento del Lock & Load de Tyler, de la tenencia de armas en USA: de la América cañera.

Es obvio que las altas tasas de criminalidad y de homicidios están vinculadas a esta locura patria por las armas.

Hay muchos ciudadanos norteamericanos que no comparten dicho frenesí. El documental de Michael Moore "Bowling for Columbine" (que no me cansaré de recomendar) es un alegato contra esta pasión armamentística. Pero en general el apoyo a la libre tenencia de armas es la tendencia mayoritaria:

"¿Prohibir la tenencia de armas? Los norteamericanos aprueban en un 70% alguna forma de control, pero se oponen, en un 74%, a la ilegalización. Este derecho está inscrito en la Constitución y grabado en el entendimiento ciudadano que cree más en el principio de la defensa individual que en la protección del Estado, del que recela siempre. El llamado Bill of Rights de 1791, que forma parte de la Carta Magna, dice así: "Para su protección y con el propósito de contar con una milicia bien entrenada, las personas de los Estados pueden tener y llevar armas". Y esta tendencia se ha sostenido con firmeza hasta la actualidad".



Vicente Verdú ofrece datos numéricos relativos a las medidas que se han llevado a cabo para intentar reducir las cifras de criminalidad en los Estados Unidos.

Tales medidas tienen que ver básicamente con una regulación mayor de la tenencia de armas, con la habilitación de nuevos policías y con la construcción de nuevas cárceles y el incremento de plazas en prisiones estatales:

"La tasa de presos por habitante en Estados Unidos es ya la mayor del mundo (...) De 1985 a 1993 se gastaron 32,9 mil millones de dólares en prisiones, lo que supuso aumentar en casi un 70% el espacio carcelario, y la ampliación se estimó todavía insuficiente (...) A finles de los años ochenta el censo penitenciario era de 315.974, pero quince años más tarde la cifra se acercaba al millón cuatrocientos mil".



Y no sólo más cárceles, sino más duras.

En noviembre estuvimos en San Francisco e hicimos la visita obligada a La Roca, a la cinematográfica Alcatraz. Creo recordar que nunca llegué a escribir un post al respecto (dedicado a Dracón el filósofo), por falta de tiempo. Lo cierto es que se trata de una visita estremecedora: pertrechado con unos cascos y una audioguía, uno va recorriendo esas lúgubres celdas y pasillos, mientras escucha sobrecogedoras historias de privaciones, de soledad y dureza extrema,s de intentos de fuga memorables. Pero lo que a uno no se le pasa por la cabeza es que muchos años después del cierre definitivo de Alcatraz como centro penitenciario muchísimas cárceles del país comenzaran un endurecimiento progresivo respecto al trato dispensado a los reclusos:

"La evocación a la severidad de la ley la dureza contra el relapso es el argumento más repetido para sanear la situación. Más cárceles y un régimen más estricto dentro de ellas. En Texas empezaron a no dejar fuma a los reclusos y la norma se ha propagado enseguida. En otros lugares han sustituido los televisores en color por aparatos en blanco y negro. En Florence, ejemplo de máxima seguridad, los presos permanecen encerrados 23 horas en un cubículo que sólo recibe la claridad por un pequeño lucernario"

Luego vino Guantánamo.



Verdú es consciente de que el modelo amercano de gestión del crimen no es el único posible:

"Más policías, más penas, más cárceles, más contundencia en la represión, antes que más escuelas o más ayudas sociales para facilitar la integración"

Y es consciente también de que a mayor marginalidad y exclusión social, mayor criminalidad.

Tyler es una ciudad tranquila y segura, pese al crimen referido, que -tengo la impresión- no deja de ser excepcional.

Sin embargo, el planeta americano está plagado de grandes ciudades en las que la pobreza y la marginalidad se mezclan con la riqueza y el lujo tanto como el aceite con el agua. En comunidades pequeñas, como la de Tyler, tal segregación puede no ser tan extrema ni dar lugar a escenarios de criminalidad potencial como los de algunos barrios de Chicago, los Ángeles, Nueva York o Dallas.

En tal segregación dentro de las grandes ciudades, la raza es un factor fundamental:

"El caso de los negros es elocuente. Los negros representan el12% de la población de Estados Unidos, pero componen el 50% de la población penitenciaria. Uno de cada cuatro negros entre los 20 y los 29 años se encuentra en prisión, en libertad condicional o en procesamiento. Significativamente, el homicidio es en la actualidad la primera causa de muerte entre los jóvenes negros (...) El retrato robot de ese nuevo muerto que contabiliza el Deathclock en Nueva York es un joven negro entre los doce y los quince años; y el 95% de las veces su asesino es otro adolescente negro".

Tal que el joven negro de 16 años que asesinó a su profesor de música el miércoles pasado.

Teniendo en cuenta estos números resulta una vez más asombroso y relevante que los Estados Unidos haya elegido por fin a un hombre negro como presidente.

Asombroso y esperanzador.


Fotos: extraídas webs varias, salvo las 3 últimas.


lunes, 14 de septiembre de 2009

ReAcCiÓn eMoCiOnAL


A medida que crecemos y que envejecemos cambia nuestra dieta y también lo que bebemos.

Pero no en Tyler, cuyo condado sigue siendo seco.

Allí no todas las opciones en cuanto a bebida se refiere son legales.

Hace casi un año escribí una entrada acerca del consumo de alcohol en Tyler y sobre lo frikies que pueden llegar a ser en este punto los americanos.

Ahora bien, justo antes de irme, más o menos en mayo, se votó en referendum si el condado de Smith, al que pertenece la ciudad de Tyler, seguía en el régimen vigente de semi prohibicionismo respecto al alcohol. La votación -recuerdo- se celebró un sábado y el resultado me interesaba bastante.

Sin embargo, tuve la impresión de que la noticia del referendum mismo apenas tuvo repercusión mediática, como si interesara ocultar su celebración y también su resultado. Recuerdo que esa noche fuimos ¡por primera vez! al Outlaw, un local en las afueras de Tyler que los veteranos nos habían descrito como Sodoma y Gomorra. En la entrada había una cola larguísima y cuando por fin llegamos a la puerta de acceso le pregunté a la chica que cobraba las entradas si sabía algo acerca del resultado del referendum.

La chica estaba llena de piercings y de tatuajes y me miró como si yo procediera de otra galaxia, circunstancia que no debió extrañarme al fin y al cabo: todo el mundo sabe que las Islas Canarias y el condado de Smith pertenecen a galaxias diferentes. Con cara de malas pulgas me contestó:

-¿De qué fucking referendum estás hablando?

Creo que traté de explicárselo mientras ella me miraba con indiferencia indisimulada. Qué ingenuidad la mía: ¡pensar que a alguien que trabaja en uno de los pocos establecimientos en los que se puede despachar alcohol de la ciudad de Tyler le pueda interesar el resultado de una votación acerca de la liberalización de su venta!

Esos días estaba muy liado, con la venta de todo un año de vida en Texas y con el final del curso escolar. Así que no pude investigar mucho acerca del resultado de la votación. Raquel sí que lo había intentado, haciendo barridas en internet y fijándose en los periódicos de los días sucesivos y en la televisión local. Pero no halló nada.

Me fui de Tyler sin saber si el pueblo, después de mi paso por él, se había entregado o no a la bebida.

Pero desde hace unas semanas ha surgido un misterioso lector o lectora de este blog que firma con una "X" y que escribe desde allá y cuenta anécdotas de aquella otra galaxia y me trae, al mismo tiempo, recuerdos de aquellos días.

A veces sueño que soy yo mismo el que escribe esos comentarios, que soy yo quien ha inventado ese perfil de usuario, para seguir contando cosas sobre Tyler, mas esta vez de incógnito, para revisitar aquel curso escolar que, pese a ser el último, se me antoja a veces tan sepultado como una capa antigua de estrato sedimentario.

El caso es que hace cosa de una semana le pedí a "X" en un comentario a un post un favor: que averiguara el resultado de aquel referendum.

Hace un rato he leído su respuesta:

El Smith county, y con él la ciudad de Tyler, sigue siendo un territorio donde impera la ley seca.

Más que el resultado del referendum, lo que me sorprendió fue mi reacción emocional.

En efecto, la respuesta de "X" me produjo cierto alivio, cierto extraño confort.

¿Por qué?

¿Por qué diantres me iba a alegrar -o a tranquilizar- la vigencia de una ley a todas luces absurda y ridícula?

Llevo un rato haciéndome esa pregunta...

La respuesta no me queda clara pero sospecho que puede tener relación con el perfume melancólico que desprende el título de este blog.

Me tranquiliza saber, supongo, que todo sigue igual allá lejos, en el far west.

Me inquietaría descubrir que un mundo se desmorona tan rápidamente, aunque sólo sea el mundo espiritual del baptismo abstemio.

El presente es cambio incesante, todo lo que nos rodea.

El pasado es en cambio -creemos- inamovible, permanente.

Por eso nos produce tanto desasosiego que lo que constituye nuestro pasado pueda seguir cambiando y mutando a nuestras espaldas, pues constituye el presente de otras gentes.

Cuando uno se exilia y vuelve a su tierra le sorprende que el río de la vida haya seguido fluyendo, casi a traición, mientras uno se encontraba ausente.

Me apenaría que parte de la esencia de la cultura texana -contradictoria, tan llena de claroscuros- se hubiera perdido tan pronto.

Me asusta pensar que ya nada es como antes y que yo pertenecí y fui testigo de ese tiempo en que las cosas no eran como ahora son.

Pero vivir es perder ese miedo y acostumbrase al cambio, supongo.



Foto: un amigo mexicano me la envió por mail.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

pLaNeTa aMeRiCaNo 3


Si hay algo que veneran los americanos de verdad es el dinero.

Quién no -podrá objetárseme.

Pero los americanos lo veneran sin pudor ni disimulo, casi con proselitismo.

El dinero tiene en los Estados Unidos ese atributo divino de la ubicuidad y omnipresencia. Lo encontramos en las conversaciones (cargado el lenguaje de expresiones y frases hechas que aluden a él); en los edificios y el paisaje urbano de las grandes metrópolis; en la naturaleza de la mayor parte de las relaciones y encuentros que tienen lugar entre sus habitantes; en las mentes, de éstos, ya sea como anhelo, propósito, sueño, proyecto, o como frustración, recelo, codicia y dolor por su ausencia.



Hablar allí de dinero y presumir de él no está mal visto, como puede llegar a ocurrir en Europa, cuya tradición moral y religiosa nos legó cierto desprecio por el vil metal, por el materialismo y por la petulancia crematística.

El protestantismo americano, como vimos, casa mucho mejor con el espíritu capitalista del pueblo americano y Vicente Verdú afirma que no existe otra "población que mejor acople el culto a Dios y el amor al dinero".

Esta vez resumiré en un solo post dos capítulos, de temática muy similar, que Verdú ha titulado respectivamente: "El amor al dinero" y "La soberanía del capital".



¿Por qué me fui de Tyler?

¿Por qué más de la mitad de los españoles que participamos en el programa de profesores visitantes en Estados Unidos no repetimos un segundo año?

Me temo que una de las razones principales la expone Verdú en el siguiente párrafo:

"Pocos de los americanos que han conocido la Europa mediterránea dudan en afirmar que aquí la calidad de vida es superior a la de su país. De hecho, ésta fue la respuesta que dieron los americanos residentes en este continente durante el verano de 1995. Cuando se les interrogó sobre diferentes características de las naciones, mencionaron a España en primer lugar si se trataba de escoger un país para vivir bien, pero la emplazaron en el último puesto al calibrar si era apropiada para los negocios (...) Los americanos son trabajadores acérrimos en busca de su prosperidad individual. Cuentanapenas con 10 o 15 días de vacaciones anuales, pero, además, el 38% confesaba en una encuesta de julio de 1995 (Strategic Consulting Research) no haberse tomado un solo día de descanso en 1994. Dos años antes el porcentaje de estos supertrabajadores era del 26%; 12 puntos porcentuales más bajo. No sólo no trabajan menos a medida que crece su renta, sino que cada vez trabajan más. Los republicanos, por mediación de New Gingrich, propusieron en noviembre de 1994 reducir el número de las pocas fiestas anuales a cambio de bajar unas décimas la presión fiscal: una mayoría de los contribuyentes respondió afirmativamente a esta iniciativa. Hay pocas fiestas a lo largo del año, pero parecen sobrarle todavía algunas o todas. Cuando en una encuesta de mayo de 1995 el diario USA Today preguntó a la población qué períodos del año le resultaban más estresantes, el 32% respondió que los holidays, Easter, Thanksgiving, Navidad".

Mis compañeros de trabajo en la escuela se alegraban -o eso creí percibir- cuando llegaba el viernes por la tarde o un día de fiesta o unas vacaciones. Sin embargo, también me sorprendió lo habitual que resultaba verlos ir a trabajar un sábado, un domingo o un día festivo. Cada uno de nosotros teníamos una llave de nuestra aula y era normal ir a la escuela en un día de descanso para sacar adelante trabajo pendiente. Ante la petición del profesorado en este sentido, la directora accedió a dejar abierta los fines de semana la biblioteca del instituto, en que se encontraba la máquina laminadora, la fotocopiadora y materiales de consulta varios.



El poco tiempo libre de que disponen los americanos lo invierten en comprar y consumir.

O al menos, eso es lo que deben procurar las empresas: el resto de americanos que en mientras tanto trabajan.

Por eso consumir allí es -fue- tan sencillo y cómodo.

"Ser consumidor en Estados Unidos -dice Verdú- es disfrutar de un universo de ofertas, rebajas, saldos, y disponer de un afinado sistema contra el fraude en la calidad"

Y de facilidades.

Lo que en un primer momento me pareció ser una gasolinera, resultó ser una sucursal del Bank of America. No había que bajarse del coche para sacar dinero, ni para ingresar un cheque o revisar el saldo o los últimos movimientos, como no había que hacerlo para pedir una hamburguesa, un helado o un medicamento en una farmacia con "drive-through".

Para realizar cualquier compra no era preciso disponer de efectivo y en cualquier Starbuck o gasolinera te servían un café que podías pagar con tarjeta de débito.

Recuerdo jugar un partido de tenis contra Pepe: él estrenaba tenis, notó tras el partido que le apretaban, fuimos a cambiarlo y no le pusieron ningún inconveniente. Por otra parte, en casi todos los establecimientos te devolvían el dinero si uno no quedaba satisfecho con el producto.

En bares y restaurantes, en cafés, en cajas de supermercado, en tiendas y en cualquier otro tipo de establecimientos el trato al cliente era y es -al menos en Texas- exquisito.

El cliente allí siempre tiene la razón y continuamente hay ofertas, promociones y reclamos para seducirlo y atraerlo -mientras no trabaja- a las puertas de un mall.



Apenas hay ocio gratuito en Estados Unidos.



-Me lo compró mi mamá en la Wal-Mart, maestro -era la frase más característica de mis alumnos.

O:

-Estuve con mis papás en la Wal-Mart, maestro.

El Wal-Mart como templo pagano del consumo, catedral del deseo y del gasto.

El Wal-Mart y todas las grandes superficies semejantes como segundo hogar, mejor aún: como segunda naturaleza, donde las estaciones y diferentes festividades lo hacen mudar y mutar, como si de un paisaje natural se tratase:

"La primavera, el verano, la fiesta de Navidad, San Valentín, el Memorial Day, el Thanksgiving son fiestas que comienzan a hacerse sentir meses antes de que se cumpla la onomástica. Cada festividad desprende hacia sus dilatadas vísperas un aura de la qe se obtiene valor explotable. En cada momento del año, casi sin excepción, se alza en el horizonte la visión reforzada de un día famoso de cuyo advenimiento se llenan felizmente los comercios, los anuncios y las ofertas de los grandes almacenes. Ya en julio se reciben catálogos para las compras de Navidad, y por septiembre se invita a no demorar las compras de Christmas".



Ya cité un día a Enric González en otro post sobre esos nuevos templos o catedrales contemporáneas: los rascacielos, que, según él "fueron creados para impresionar, para demostrar el poderío de una empresa o de un magnate y para atraer clientes con la singularidad del edificio".



Pero lo más asombroso de Tyler fue sin lugar a dudas salir de Tyler y visitar las ciudades y pueblos colindantes o lejanas, pero siempre idénticas: Kilgore, Longview, Marshall, etc.

Y es que en todas se repetían, clónicos, los mismos establecimientos, las mismas firmas:

"De una punta a otra de América el paisaje cambia, los habitantes son mormones o episcopalianos, negros, anglosajones o asiáticos, pero todos al salir por las carreteras y cruzar por sus urbes se reconocen partícipes de una misma nación a través e la repetición de los signos de las grandes firmas. Sin comparación con Europa, en Estados Unidos las grandes sociedades y los magnates trenzan la cotidianidad de una épica compartida (...) La práctica ausencia de cocina americana se sustituye por esta común alimentación industrial a cuya mesa se sientan millones de comensales dentro y fuera de casa. Si se trata de una pizza, Pizza Hut espera con la misma receta desde el este al oeste y en casi cualquier cruce. El pollo frito de Kentucky, los Wendys, los Friday´s repiten su presencia desde una punta a otra. McDonald´s cuenta con más de medio millón de empleados dispuestos a servir la misma clase de hamburguesa, y los Dunkin Donuts, 7-Eleven, los Acme, los Sears, los Macy´s, los Gap, ofrecen iguales productos de alimentación, de limpieza o de vestido vaya uno por donde vaya".



Vicente Verdú disfruta relacionando los fenómenos culturales en apariencia más dispares, con tal de ver confirmada y reforzada su tesis:

"Incluso la religión a través de sus diferentes sectas y para-churches compone un conjunto que no tiene empacho en manifestarse en un lenguaje económico más allá de las insinuaciones del alma: `Los miembros de la St. John´s Lutheran Church de San Francisco tienen garantizada la devolución de su dinero -dice un folleto-. Los feligreses -se agrega- pueden entregar a la iglesia su donativo por un período de 90 días, y si piensan que en ese tiempo no han recibido los favores que han solicitado o se reconocen decepcionados con las predicaciones y los oficios, pueden recuperar sus entregas´. El programa se llama `God´s Guarantee´ y el pastor arguye que su confianza en Dios es tan profunda que no ve peligros financieros en esta política de reintegros".



Como consecuencia de todo lo anterior, los Estados Unidos de América es una nación rica, pero desigualmente rica.

No hay más que pasearse por la zona sur de Tyler y adentrarse luego en algunas zonas del norte. Un lector o lectora anónimo o anónima de este blog escribió un comentario hace unos días -desde Tyler- describiendo ese paso del sur al norte como el ingreso en una nueva e insospechada realidad y comparó esa experiencia con la de Alicia cuando atraviesa el espejo y descubre allí un inesperado mundo.

"La diferencia entre el 5% de la población más rica y el 5% de la población más pobre es un múltiplo de seis en Gran Bretaña, de tres en Suecia. En Estados Unidos el múltiplo es de quince. Un 46% de la riqueza nacional está en manos del 1% de los americanos y la concentración no se detiene. Los ricos son ricos como emperadores, los pobres lo son como pobres de Calcuta. No será raro que bajo este sistema se produzca el contraste entre grandes mansiones en el extrarradio y barrios miserables a pocas millas".



"En la actual producción social norteamericana los ciudadanos pobres se corresponderían con los montones de residuos que las fábricas vierten en sus entornos creando masas de contaminación. Los pobres son detritus, se abandonan como stocks improductivos en las aceras, quedan quietos en las esquinas de las barriadas negras, se alcoholizan en las reservas indias, forman parte del aire tóxico en los tugurios de las urbes".

Semejante pobreza en exhibición sólo la vi en San Francisco, aunque supongo que debido a que tanto en Tyler como en mis viajes sólo me moví por las zonas escaparate de las ciudades.

Verdú escribe su libro en el año 1996 y algunas de las tendencias que apunta han ido acentuándose desde entonces de forma vertiginosa.

El nuevo presidente del planeta americano, Barack Obama, se perfila no obstante como un hito y un punto de inflexión en dichas trayectorias ciegas u obtusas. Ojalá no me equivoque. Pero lo cierto es que a pesar de haber dado muestras de su profundo americanismo, de pertenecer a este imperio que describe Verdú -con cierta fascinación y cierta ironía-, Obama está intentando propiciar cierto viraje, cierta rectificación, en esta senda en ocasiones tan poco digna de alabanza del planeta americano.



martes, 25 de agosto de 2009

pLaNeTa aMeRiCaNo 2


"No hay nación en todo el mundo con mayor porcentaje de práctica religiosa, ni país con más parroquias por habitante. Si existe un pueblo en el que la vida pública se encuentra empapada de regiosidad, ese pueblo es Estados Unidos. Un 60% de la población asiste a los oficios semanalmente, y nueve de cada 10 americanos ignoran la especulación de que "Dios ha muerto". El 75% reza una o más veces al día. El 28% una hora o más. En cada momento arrecian las soflamas religiosas en la radio o en la televisión".

El segundo capítulo del libro de Vicente Verdú, del que he extraído este fragmento, lleva por título: "El amor a Dios".



A lo largo de este capítulo el autor aborda diferentes aspectos de la religiosidad del pueblo americano. Explica cómo desde sus orígenes el país se fundó sobre las bases de unas creencias religiosas muy sólidas y vinculadas a su proyecto de colonización de un nuevo mundo. Los protestantes europeos que llegaron a lo largo del siglo XVII a este vasto continente lo hicieron bajo la creencia de los antiguos israelitas de la tierra prometida. Debido a la diversidad de credos religiosos, no se institucionalizó ninguna confesión religiosa oficial o hegemónica, pero sí el carácter religioso del Estado: "la religión no era un asunto privado sino público; la fe y el Estado constituían un solo e inseparable hormigón". Como ocurrió en Europa por esas mismas fechas, la tolerancia como concepto moral y político nació en primera instancia como tolerancia religiosa, esto es: como el deber de respetar otros credos religiosos diferentes al propio y favorecerlos a todos por igual. Sin embargo, ello no implicaba todavía una tolerancia hacia los no creyentes, agnósticos o ateos:

"Así, la primera Toleration Act de 1649, que fomentaba la convivencia de todos los credos y sancionaba a quien usara un lenguaje políticamente incorrecto (llamar a alguien "puritano", "herético" o "cismático"), castigaba a la vez con dureza a quien negara a Dios o se atreviera a blasfemar".



Verdú también explora la diferencia específica de la religiosidad norteamericana, que recuerda a las tesis del famoso ensayo de Weber titulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En efecto, la religión en Estados Unidos, en contra de lo que ha ocurrido en Europa y fundamentalmente en los países de mayoría católica, aparece vinvulada a la idea de progreso económico, de triunfo material y éxito financiero a través del trabajo y a una simbología mucho más liuminosa y optimista que la concepción oscurantista y trágica más propia del catolicismo:

"En Norteamérica no existió el espíritu que Europa heredó del Medievo. La idea de un Dios perfecto ante el cual el creyente se dispone a orar arrobado por la perfección divina fue reemplazada por la concepción de un Dios capataz que, en la edificación de su reino, necesitaba de súbditos como eficientes albañiles, proveedores, ingenieros o empresarios. Honrar a Dios significa trabajar a su servicio mejorando los frutos de esta tierra, generando riqueza, vendiendo, haciéndose millonario. Los grandes magnates se han librado en Estados Unidos de la insidia que en España o en Italia rodea a los acaudalados (...) Los triunfadores son hijos favoritos de Dios: nada parecido a las angosturas católicas que esperan a los ricos en el ojo de la aguja o al lema de que los últimos serán los primeros. La existencia se despliega como un azulado horizonte a conquistar y nadie otea y menos rastrea un sentido trágico en la vida (...) Dios exige actividad. La Nación lo reclama, el individuo a través del self-improvement puede y debe alcanzar las metas que se proponga. Gran parte de la energía optimista americana y la autoconfianza en su sistema está impregnada de esta aura que sobrevuela desde la vida laboral a las maniobras castrenses".



En el resto del capítulo Vicente Verdú hace un recorrido histórico en el que toma el pulso a la religiosidad norteamericana hasta nuestros días. Señala etapas o acontecimientos a modo de mojones en el camino, como el fortalecimiento del sentimiento religioso -del que carecía el bloqe comunista- durante la guerra fría; o el brote de anticlericalismo durante la época hippie, ligado al descubrimiento por parte de la juventud a nivel mundial del hedonismo, el individualismo y el consumismo; o el modo en que cualquier movimiento social, iniciativa o empresa llevada a cabo por los norteamericanos parece en último término estar emparentada con un sustrato religioso del que parece imposible sustraerse:

"Los mismos hippies, como bien se recuerda, eran una iglesia con sus salmos, sus inciensos, sus hábitos sus ritos. No sólo los hippies. Con extraordinaria facilidad cualquier movimiento adquiere en Norteamérica un tono religioso. Una nueva confesión empezó con la admonición ecologista que Rachel Carson emprendía en The Silent Spring (1963), donde la defensa de los bosques, los ríos, los coyotes o las ballenas constituyó materia sagrada. La batalla contra los fumadores, contra el aborto, la defensa de los derechos de los minusválidos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, el feminismo o el caritarismo segregan flujos religiosos".

En este tipo de análisis, desde una perspectiva global y multidisciplinar, reconocemos el genuino talento de Vicente Verdú para relacionar fenómenos sociales en apariencia aislados y autosuficientes.



Releer este libro está resultando una experiencia interesante y un ejercicio práctico de comprobación a través del recuerdo de cada uno de los enunciados e ideas en él formulados. Este año en Tyler, ciudad situada en el Bible Belt, en plena hebilla del cinturón bíblico, me ha dotado de una serie de experiencias y vivencias que confirman tod esto que apenas intuía y que Verdú relata magistralmente.

Hablaré, únicamente, de Green Acres.



Esto no es un cybercafé, ni un centro de convenciones, ni una sala de conferencias, ni...

Es el hall de la macro iglesia de Green Acres, la sexta iglesia baptista más gande del mundo, sita en el corazón de la espiritual ciudad de Tyler.



Asistir a un oficio religioso en Green Acres es una experiencia única, por muy descreído que uno sea.

Es tan grande y tanto el aforo que la inaguración del curso escolar hubo de celebrarse allí, pues no había en toda Tyler otro local que albergase a todos los miembros del distrito escolar: profesores, administradores, chóferes, personal de mantenimiento, de limpieza, de cocina, etc... Sólo en estra super iglesia baptista cabíamos todos y allí se celebró, con mucha pompa, solemnidad, artificio y sentimentalismo el comienzo del curso escolar 2008-2009.

Luego volví dos veces más: un día de misa cualquiera y para el concierto de Navidad.



La iglesia tiene capacidad para 3.000 personas y al ser tan grande hay dos pantallas enormes en las que uno ve de cerca los gestos del pastor o predicador, del cantante de turno, o de quien quiera que se encuentre en el -cómo llamarlo-: ¿escenario?



El coro canta y en la pantalla uno puede leer y cantar como si de un karaoke se tratara.

En esta foto una de las mujeres que canta era compañera en mi escuela y cada viernes antes de comenzar las clases, a las 7:45, organizaba rezos, o misas, o algo parecido en su aula. Cada semana nos enviaba un mail a los profesores invitándonos a tan sugerente actividad. Un día me paró por un pasillo y me soltó:

-"Mr. Fajardo, mañana vamos a rezar por los alumnos de 1º, ¿tiene algún rezo en particular que hacer al respecto?"

No recuerdo lo que contesté, pero aquello me dio mucho miedo.



Sin embargo, en la escuela pública norteamericana no existe la asignatura de religión.

No les hace falta: este pasillo con murales infantiles en las paredes pertenece a Green Acres, que alberga en su interior una escuela dominical, en la que los papás y mamás dejan a su prole mientras ellos van a misa, o de compras.



Recorrí aquellas aulas impecables y bien dotadas y conté más de veinte.



Aquello era a nivel de infraestructura una escuela en toda regla, y no meramente un anexo del templo en donde impartir la catequesis.



Más allá de los amables murales infantiles, más allá de la luminosidad y amplitud del edificio, más allá de la amabilidad y pulcritud de los presentes, más allá del optimismo dominical que lo impregnaba todo, creí percibir algo siniestro.

Fui con Raquel y antes de salir de casa por la mañana, vestido de domingo, vestido de iglesia, le dije: "Sólo espero que no nos vea nadie del colegio". No sólo se trataba de que era mi primera vez, una suerte de desvirgamiento religioso, sino que temía ocurriera lo que efectivamente terminó ocurriendo.

Nada más llegar nos tropezamos con tres o cuatro profesores de la escuela y con uno de Ciencias, muy entusiasta y simpático, que al vernos nos dio abrazos, nos regaló sonrisas y comentarios amables, nos presentó a varios amigos y nos agradeció que hubiéramos venido a Green Acres.

Salimos de allí conmovidos por la magnitud del espectáculo, del rito multitudinario y exageradamente emotivo, de la pasión que parecían ponerle los asistentes a todo aquello. En suma: asombrados por haber entrado al cogollo, al corazón, al núcleo del alma de la sociedad de Tyler, que hasta la fecha se nos había resistido.

Las dos semanas siguientes el profesor de Ciencias no paró de darnos abrazos por los pasillos de la escuela y de dedicarnos sonrisas y comentarios cariñosos. Nos creía convertidos.

Pero le fallamos.

Tan pronto se percató de que no pensábamos dar continuidad a nuestras visitas dominicales a Green Acres su relación con nosotros cambió brúscamente y dejó de hablarnos y casi de saludarnos.

Volvimos a sentirnos out, excluídos, fuera de esa comunidad de la que -por unos minutos, con la brevedad de un abrazo- creímos formar parte.

A dios gracias.




domingo, 23 de agosto de 2009

pLaNeTa aMeRiCaNo 1


El planeta americano es un librito de Vicente Verdú que leí hace años y que me resultó particularmente lúcido y esclarecedor. Su tarea es la de radiografiar ese país, los Estados Unidos, del que tanta influencia recibimos en todos los ámbitos de la vida. Tarea nada fácil, incluso si el autor confiesa de antemano que "tampoco este libro aspira a la objetividad y sólo a la objetividad" y que "el texto que sigue es también apasionado y de un sujeto sujeto a un punto de vista".

Sus páginas me parecieron -y me parecen hora que empiezo a releerlo- tan brillantes y jugosas que mi mayor recomendación es la de hacerse con el libro e hincarle el diente directamente. Mientras tanto, me he propuesto hacer una serie de entradas resumiendo, comentando, citando o ilustrando el libro mientras lo releo. Eso sí, no doy garantía alguna de dar la brasa hasta el final ni de ser exhaustivo. Mi voluntad se halla baja de forma y mi estado anímico se debate entre la súbita exaltación y el perezoso desencanto que impide llevar a término cualquier clase de empresa.

El libro fue publicado en 1996 y esta década transcurrida desde entonces ha dejado obsoletas algunas pocas de sus tesis o ideas. Así por ejemplo, las relativas a la economía. Pero en su conjunto el retrato global sigue teniendo la misma vigencia que cuando se escribió.



El primer capítulo se titula El orgullo americano. Y no busquen dobles sentidos, por favor, que la cosa no va del rollo homo.

Ya hablé hace meses de lo orgullosos que están los texanos de su estado y de su país. En realidad este sentimiento es extrapolable al conjunto de estados (unidos). Verdú habla en este capítulo de lo difícil que puede resultar hallar unos rasgos comunes, una idiosincracia particular o un retrato de lo que implica ser norteamericano cuando se trata de una tierra que ya desde sus inicios y luego ininterrumpidamente a lo largo de su historia hasta llegar al presente -en que esta circunstancia no se interrumpe- alberga en sí y se constituye con grupos humanos heterogéneos procedentes de los más diversos lugares del planeta. La sociedad norteamericana se ha nutrido de inmigrantes más que cualquier otra: y ese proceso continúa. Comparándolo con Europa el autor sostiene:

"Mientras en Europa se distingue todavía entre los europeos y los inmigrantes, en América todos son a la vez americanos e inmigrantes. Mientras en Europa el guiso parece acabado y helándose, la comunidad en Estados Unidos se encuentra en plena fase de cocción"

Sin embargo, pese a la heterogeneidad de los ingredientes, si el guiso es posible es debido a que todos aquellos que arribaron a Estados Unidos desde sus países de procedencia renunciaron en cierto modo a la marca de su denominación de origen para embutirse en una nueva identidad caracterizada por el amor y el orgullo por la nueva patria, por la nueva nación de acogida, que con sus mitos, sus ideales y su simbología desplazaría y sepultaría en el olvido la antigua:

"América sería como una combinación de todo el mundo para la mítica composición de un nuevo mundo, y llegar a ser norteamericano no significaría tanto adquirir una nacionalidad como abrazar una mitología superior. En el pasado se pudo ser rumano o vietnamita, pero ahora, una vez allí, se es de América. Su capacidad de absorción y metabolización dentro de ella es paralela a su potencia de seducción fuera".

Casi como un corolario de este orgullo americano, Vicente Verdú argumenta e ilustra convincentemente cómo a los americanos no les interesa lo más mínimo lo que pueda ocurrir más allá de sus fronteras. Son ignorantes e incultos en geografía. Los informativos son ombliguistas y su miopía va de lo local a lo nacional mas sin trascender apenas este límite. No les gusta viajar, salvo en el interior de los Estados Unidos:

"Los ecos de yankee go home no pueden corresponderse mejor con lo que desea la familia americana: go home. No hacer viajes trasoceánicos celebrar su Thanksgiving en el encerramiento hogareño, hacer su vida sin tener que vérselas con la barahúnda de una humanidad circundante hablando lenguas diferentes, haciendo invocación a sus milenarias civilizaciones y oponiendo ideas complejas, al cabo enrevesadas e improductivas, al pragmatismo y la claridad".

Todo esto lo pude experimentar en persona desde el exiguo -aunque sospecho que representativo- observatorio de la provinciana ciudad de Tyler, Texas. Los profesores americanos que conocí apenas viajaban fuera del estado de Texas y por lo general carecían de pasaporte. Algunos de los que sí habían realizado viajes trasoceánicos o al extranjero lo hacían por motivos religiosos y de evangelización. Eran profundamente hogareños y amantes de su familia, de su casa, de su mascota, su chimenea y su barbacoa. Algunos me demostraron un desconocimiento en geografía o historia más allá de toda capacidad de sonrojo, como la profesora que me preguntó si en África había grandes ciudades y a la que no le sonaba la ciudad de El Cairo, o Cairo city. O aquel paleto, aquel redneck borrachín que en una barbacoa quiso sentar cátedra sobre las notables diferencias entre el español de España y el que hablaban en México: "El español que tú hablas es el correcto ¿verdad? el que procede del latín?".

Para los americanos el resto del mundo no existe y las fronteras de su país son también las fronteras de su planeta.



Pero la expresión que otorga título al libro tiene otros sentido añadidos. No sólo se trata de que para los americanos su país es una totalidad autosuficiente: un planeta. No sólo se propone Verdú a lo largo de su ensayo describir esas gentes de ese planeta, como quien redactas unas crónicas marcianas. También la expresión planeta americano alude a la consabida americanización del mundo:

"Unas veces son las políticas de los Bancos Centrales, otras la institución del Jurado, las privatizaciones de empresas públicas, los modelos del mercado de trabajo, el sistema impositivo; otras son los malls, la música, el vestido, la comida rápida, los mimetismos de sus deportes o espectáculos".

Miremos para donde miremos, nos resulta fácil encontrar a nuestro alrededor evidencias de esta expansión o difusión cultural, de la que somos víctimas acríticas la mayor de las veces, imitadores inconscientes.

"Sin algaradas, retirando las tropas y cerrando las bases militares, los norteamericanos están llevando actualmente a cabo la colonización más eficaz de todas las épocas. Las familias toman Kellogg´s en el desayuno y comen Oscar Mayer a la hora de la cena, pero en el intermedio, de la mañana ala noche, reciben impactos mediáticos, discusiones éticas y sanitarias, órdenes financieras, programas de software, idolatrías y mercancías norteamericanas".


sábado, 22 de agosto de 2009

SiN RuMbO


Hoy me acordé de esta foto.

Quizás porque cayó en mis manos ese libro de Vicente Verdú que leí hace años, mucho antes de sospechar que acabaría todo un curso viviendo en los Estados Unidos: "El planeta americano".

Releí el primer capítulo y me dije: voy a releerlo de nuevo, qué maravilla.

Y también me dije: voy a empezar un apartado en el blog con un post por cada capítulo y con citas con miga y con fotos de las que he ido acumulando durante un año y no sé cómo hacerlas revivir de algún modo y que no mueran de olvido en un disco duro.

Pero estos días de encierro no paro de comenzar cosas: lecturas, proyectos, películas, series televisivas... de un modo omnímodo, mas sin estar seguro de si llegarán a buen puerto.

Lo mismo ocurre con este post, que he empezado sin saber a ciencia cierta que rumbo toma y a qué puerto llega, si es que a alguno llega finalmente.

Me encuentro en un estado de indolencia y volubilidad total y absoluta.

Vivo sin horarios: me acuesto a eso de las tres y me levanto bien entrada la mañana.

Me apalanco en la tele y me abrumo con la cantidad de canales del Plus: quiero verlos todos y al mismo tiempo ninguno.

Es raro:

Me quedo alelado viendo una carrera rompe-rodillas retransmitida en euskera. Si alguno de los corredores se expresa en español le ponen los subtítulos en el idioma vasco.

Luego un canal de baile: enseñan salsa, vamos con el mango, muy bien, un, dos, tres, mango otra vez y vuelta a la chica con el brazo derecho. Mecachis: y yo con el papiloma.

Al jazeera cuenta cómo los periodistas en Irak no reciben información alguna de la policía y les ponen trabas y obstáculos a su trabajo.

Decido volver a quitarle el sonido en versión original a La Tapadera: una vez compruebo que Tom Cruise tiene voz de mariquita quiero enterarme un poco de la trama.

En la andaluza un culebrón.

En la gallega un noticiero en galego.

En la 5, o en la 3, no recuerdo, lo mismo son, siguen dándole vueltas a lo mismo: Belén Esteban, su padre, su hija, el padre de la Campanario, la susodicha y todos los comemierdas de la prensa del corazón: a estos paparazzis yo, que soy de naturaleza pacífica, los empalaba vivos.

Y así hasta que un reflujo de voluntad me llega al cerebro y apago la tele.

Deambulo: es un decir, más quisiera yo.

Deambulo con el pensamiento, que no tiene vendas ni gasa ni le hago curas cada seis horas. Aunque pienso que igual no le vendría mal. O sea, divago, vagueo, me dejo mecer por las horas y me dejo seducir por el primer estímulo que se me presente.

Y entonces me acuerdo de la foto y la busco y la subo al blog y me pongo a escribir todo esto.

O quizás no.

Quizás no fue el libro de Verdú sino el propio tiempo.

Me explico: esta semana he estado recordando mi vida en Texas más que lo que lo he hecho en los últimos dos meses, desde que me vine.

He tenido que mandar algunos correos al colegio y llamar a los apartamentos donde me quedé por haberse quedado algunos asuntos sin cerrar.

He hablado por teléfono con Pepe y con Raquel.

He buscado en el Facebook al resto de españoles en Tyler, que han vuelto a España, como yo, y los he agregado como amigos.

Me he puesto a ver una vez más fotos de mis niños, los gansitos.

Joder: sólo ahora me doy cuenta de que lo del libro de Verdú no ha sido sino un síntoma más y no el desencadenante de nada.

Y es que puede que basten dos meses para trasladar todas esas vivencias al pasado remoto en el que los recuerdos ya sólo llegan a nosotros impregnados del baño de nostalgia que nuestra memoria le otorga a lo que resulta ya irrecuperable.

Y así, de repente, como un fogonazo de los que duelen, me asalta el recuerdo de esta foto y de esa noche, en la que no ocurrió nada particular, o sí.

Volvía de Dallas, a la que había ido por el cumpleaños de Gaby en este chevrolet alquilado: acababa de vender mi coche.

Era el último domingo del curso escolar y acababa de decidir no ir a trabajar al día siguiente, pues me quedaban sick days por pedir y tenía miles de gestiones que resolver todavía.

Así que de Dallas me fui directamente a la escuela, sin pasar por casa, para preparar el folder al sustituto.

La cosa me llevó un par de horas y salí de allí, del colegio, a las 23:30 de un domingo de junio.

No había cenado ni probablemente tenía en casa nada que no andara caducado así que estacioné el chevy de alquiler en ese descampado en que se convierte el aparcamiento del Wal-Mart a esa hora.

No sé qué fue lo que sentí entonces que me llevó a sacar de la guantera la cámara para inmortalizar el momento.

Quizás el silencio de la noche.

O la sensación de libertad de estar rompiendo mi encorsetada rutina.

O esta nostalgia anticipada -que ahora actualizo y se convierte en retrospectiva- por mi inminente vuelta a España, de donde acaso nunca jamás volvería.

El caso es que saqué la foto y entré al supermercado.

Para mi sorpresa había bastante gente, para ser Tyler y ser las doce de la noche.

Sentí por primera vez la crisis de la que hablaban los periódicos, al ver la fauna humana que compraba a esas horas.

Me fijé en los tatuajes, en las ropas, en la obesidad, en la negritud, en la mexicanidad, en las caras y en su cansansio y su tristeza.

Descubrí el submundo de la ciudad de Tyler, invisible para mí en mis visitas diurnas a los establecimientos siempre felices del sur de la ciudad, donde vivían los blancos, como en otro universo.

Hice la compra con un nudo en el estómago y con cierto sentimiento de culpa.

A diferencia de lo que ocurría por el día, sólo había dos cajas abiertas, ante las cuales había dos filas larguísimas de clientes, que esperaban con resignación.

Las cajeras eran lentas y no regalaban al cliente una sonrisa, un saludo, una frase cordial, como es norma en cualquier negocio americano en el que se trabaja de cara al público.

Ya eran más de las doce y la fila no se movía.

De repente, tan sólo unos metros delante mío, unos ojos negros se quedaron clavados en mí:

¡Era Junior!

Era Junior: José Luis, el nuevo alumno que se había incorporado a clase en el tercer trimestre.

Estaba vestido de calle, es decir, sin el uniforme.

Iba con unas cholas que dejaban ver unos pies manifiestamente sucios y vestía una camiseta negra de Spiderman cinco tallas mayor que él: parecía un camisón.

Comprendí su pobreza: sólo la imaginaba y daba por sentado.

Sus papás estaban allí, y el bebé, de meses acaso.

La madre me saludó en la distancia, como avergonzada.

El padre ni me miró.

Éste intentó pagar con algo que se me antojó un cheque, pero no pudo. Sacó efectivo del bolsillo de un chándal raído y los perdí de vista.

Cuando pude al fin pagar y dirigirme de camino al coche, dirigí la mirada al interior del Mac Donald´s que había en la entrada, o salida, del Wal-Mart.

Allí estaban Junior y su familia, cenando, a las 12:40 de un domingo.

Me pregunté si el resto de mis gansitos también estaban expuestos a sufrir estos horarios.

Sentí pena por Junior y me sentí ridículo al recordarme amonestándolo por estar distraído, jugando y molestando.

Al día siguiente mi sustituta pasó lista, pero Junior no estaba.


lunes, 20 de julio de 2009

jueves, 16 de julio de 2009

eDuCaCiÓn BiLinGüE





Todos mis alumnos, todos los gansitos, son -eran, son- mexicanos o de origen mexicano: algunos, como Oswaldo Vargas, nacieron en Mexico y llegaron a Texas hace relativamente poco tiempo. Otros, como Christopher Mendoza, nacieron en Tyler, Texas, aunque en sus casas la lengua que utilizan sus padres es fundamentalmente el español. Es por ello que no todos tienen el mismo nivel de inglés: Christopher Mendoza, Jessenia, Kelly o Isaura, por ejemplo, son prácticamente bilingües y su conocimiento y dominio de la lengua inglesa es, para sus siete añitos, bastante alto. Cindy, Mónica, Alejandro o Moisés, en cambio, tienen todavía muchas dificultades con el idioma oficial del país en el que viven, tanto a la hora de entenderlo como a la hora de hablarlo. Más aún, si de lo que se trata es de enseñarles a que lo lean y escriban.

Todos los alumnos de mi clase -de lo que fue mi clase- pertenecían a un grupo de enseñanza bilingüe y yo tenía -pese a lo que muestra el video- la condición de profesor bilingüe. Mis alumnos estaban conmigo desde las 8:00 hasta las 15:00 horas. De 11:42 a 12:12 tenían el almuerzo, que en spanglish se dice el lonche. De 13:15 a 14:00 tenían Specials (Música, Arte o Educación Física). Así que cada día pasábamos juntos mis gansitos y yo cinco horas y cuarenta y cinco minutos juntos, como mínimo. Durante ese tiempo algunas asignaturas las impartía en español (Matemáticas, Lectura y Escritura, Sociales) y en inglés les daba Science y ESL (English as a Second Language).

En mi escuela casi la mitad del alumnado era de origen hispano y casi la otra mitad afroamericano. Sólo un 7% de los alumnos eran blancos o, dicho en mexicano, hueros. En total, aparte de la mía, recuerdo diez clases bilingües más en mi escuela; aproximadamente un tercio del total. Esta estadística es extrapolable a gran parte de las escuelas públicas de Tyler en particular y de Texas en general, aunque fundamentalmente a aquellas escuelas ubicadas en las zonas más marginales de las ciudades.

En definitiva: el inmenso número de alumnos mexicanos, de origen mexicano, o de otros países hispanoamericanos que residen en Texas ha hecho necesaria la implementación de programas bilingües en los diferentes distritos escolares del Estado.

La educación bilingüe en Texas persigue principalmente estos tres objetivos: a) evitar un fracaso escolar derivado del desconocimiento del inglés por parte del alumnado, para lo cual gran parte de las materias son impartidas en español; b) desarrollar y potenciar en dichos alumnos el aprendizaje del inglés de modo paulatino, incrementando progresivamente el porcentaje de materias impartidas en inglés; y c) afianzar en los alumnos de origen hispano el conocimiento y dominio de su lengua a través de la educación formal, con el fin de que la aprecien, valoren y utilicen con corrección en su forma escrita.

En definitiva, de lo que se trata es de conseguir que los alumnos terminen siendo ciudadanos perfectamente bilingües, con todo lo que ello implica para su futuro desarrollo personal y profesional.

La amplitud y recursos de los programas bilingües en Texas revelan un rasgo de su sistema educativo que es necesario resaltar: su generosidad y su inclusividad respecto a la población inmigrante y diversa. Resulta curioso que como consecuencia de estos programas de atención específica los alumnos hispanos o de origen hispano puedan dusfrutar, al menos formalmente, de mayores oportunidades educativas que el resto de alumnos. En efecto, estos últimos, al menos en la etapa de Primaria, no reciben la enseñanza de ninguna lengua extranjera.

¿Qué ocurre en España? O al menos, en Canarias.

En España desde hace ya tiempo se imparte el inglés (y una segunda lengua extranjera) en la etapa de Primaria y también posteriormente. Eso sí, con resultados más o menos dudosos. Los españoles -no nos engañemos- no hemos estado nunca a la cabeza en lo que a poliglotía se refiere. Ya sea una insuficiencia de los métodos o condiciones en las que se imparten las lenguas extranjeras, o el hecho de doblarlo todo en cine y televisión, o una timidez, torpeza o casticismo congénito, lo cierto es que parece -comparándonos con Europa, mas no con Estados Unidos- que los ciudadanos de otros países son mejores que nosotros cuando de lo que se trata es de hacerse entender en una lengua que no es la propia.

Desde hace cuatro años, no obstante, se han ido implantando en algunos centros escolares de Canarias, en las etapas de Primaria y Secundaria, las denominadas secciones bilingües, lo cual me parece un paso importante en el necesario empeño por conseguir estudiantes bilingües, o lo más parecido a ello.

El proyeto consiste en la impartición de parte del curriculum de algunas asignaturas en inglés y no sólo en español. Con esto, la exposición semanal de los alumnos al inglés no se reduciría a las cuatro horas semanales con que cuentan los profesores de inglés en la ESO para desarrollar su materia, sino que se vería incrementada en relación directamente proporcional al número de departamentos didácticos que hubieran decidido sumarse al proyecto.

Soy profesor de Filosofía, no de Inglés o cualquier otra lengua extranjera. Pero siempre he entendido y apoyado a los profesores de lenguas extranjeras cuando se lamentan del excesivo número de alumnos y del escaso número de horas semanales; mal que afecta a cualquier otra área o materia, pero que en el caso de las lenguas extranjeras me parece aún más acusado y determinante.

El proyecto de las secciones bilingües, con su incremento en el número de horas semanales de exposición al inglés viene a suplir, creo, este déficit de la enseñanza del inglés en los centros públicos canarios.

Sin embargo, a lo largo de sus cuatro años de existencia, la implementación de los proyectos de secciones bilingües ha generado diversas críticas, recelos y susceptibilidades. Ahí van algunas de ellas:

1. No todos los alumnos participan en el proyecto bilingüe. Por lo general, sólo un grupo por nivel. Y estos alumnos son seleccionados por criterios académicos, que suele ser su nota media o su nota en la materia de Inglés, si no un examen. Esto da lugar a la formación de grupos muy heterogéneos entre sí y muy homógeneos en su composición: grupos "buenos" y grupos "malos" o para ser más precisos y más correctos políticamente, un grupo con un rendimiento y nivel académico óptimo y otros grupos de bastante menor nivel y rendimiento académico. Ello ha generado mucho rechazo y resistencias al proyecto bilingüe por parte de muchos profesores, ya fuera porque veían en ello una medida elitista de segregación del alumnado, ya fuera porque al no participar en el proyecto les tocara impartir grupos "peores", ya fuera por ambas cosas. Una medida para evitar tales recelos ha sido la de separar al alumnado del proyecto bilingüe en dos grupos, uniéndose únicamente en aquellas materias implicadas en el proyecto. Ello complica la elaboración de los horarios del centro y no siempre es la panacea (es más, puede incluso ser contraproducente, pues unos y otros alumnos en el mismo grupo reaccionan a veces como el agua y el aceite), pero es factible.

2. Cuando en un departamento sólo un miembro de éste participa en el proyecto bilingüe llega un momento en el que se ve obligado a "escoger" todos los niveles y su libertad de elección en este sentido se ve condicionada a las necesidades del programa. Por ejemplo: en un IES con proyecto bilingüe en los cuatro cursos de la ESO un profesor del Matemáticas se vería obligado a escoger un 1º, un 2º, un 3º y un 4º de la ESO. Con eso y las dos horas de descuento por participar en el proyecto completaría su horario, sin la posibilidad de escoger un bachillerato ni de tener dos cursos de un mismo nivel. Este problema se solventa cuando otro profesor del departamento se suma al proyecto y entre ambos se reparten los grupos bilingües. Pero no siempre se está por la labor ni siempre el profesorado tiene la preparación suficiente.

3. Este curso, por primera vez, la Consejería de Educación ha premiado en concurso de traslado a los profesores participantes en el proyecto bilingüe, concediéndoles más puntos, con el fin de formar Claustros -o departamentos- con suficientes profesores implicados en el proyecto, a fin de hacer éste viable (y evitar circunstancias como la del punto anterior). Ello ha generado mucho resquemor dentro del profesorado, pues personas sin apenas años de experiencia que estaban adscritos al proyecto han saltado por encima de otros profesores con mayor veteranía.

4. La propia Consejería empieza a ver -me temo- el coste de estos programas. Según un Inspector de Educación y amigo, para este curso venidero 2009-10 se han dado 2500 horas a los centros públicos canarios para el desarrollo de las secciones bilingües. Alguien de la Dirección General de Personal soltó un comentario como este: "Para el año que viene, o secciones bilingües o ayudas a los centros de atención preferente: no se puede tenerlo todo". Estamos en crisis, la deuda pública del gobierno de Canarias es inmensa y por todas partes hay que recortar gastos, apretarse el cinturón. No seamos muy optimistas en este sentido.

5. Una cosa es el proyecto de las secciones bilingües en papel, tal y como dicta la ley. Y otra cosa muy diferente es su concreción en los centros educativos. Por ejemplo, una profesora de un IES de Santa Cruz de Tenerife me contaba el otro día que en su centro hay un profesor de Ética que imparte la clase junto a otro profesor, ya que, pese a estar el primero en el proyecto bilingüe, no tiene apenas dominio del inglés. "Tal aplicación concreta del programa es una deformación o corrupción de la ley que lo describe y delimita" -le dije yo, en lenguaje más pedestre- "Al fin y al cabo, un requisito para participar como profesor en el proyecto es tener el nivel competencial de 3º de la Escuela Oficial de Idiomas". Así era la cosa hace cuatro años, cuando salieron las primeras bases e instrucciones del proyecto bilingüe, que hube de leerme varias veces. Según esta profesora, o bien la cosa ya no es así o bien simplemente nadie certifica o garantiza dicho nivel. A mí me daba vergüenza enseñarles inglés a mis gansitos o impartirles las Ciencias Naturales en inglés, como en este video, dada mi imperfecta pronunciación, mi fuerte acento y mi escasa riqueza léxica. Pero el hecho de haber sido seleccionado tras entrevista hecha en inglés y de haber sido observado en clase varias veces al año sin recibir comentarios negativos en ese sentido me daba cierta tranquilidad. Obviamente, en Canarias también debería ejercerse algún tipo de control de calidad en relación al nivel competencial en lengua inglesa del profesorado participante en el proyecto bilingüe. Poco puede enseñar quien poco sabe.

Estos cinco inconvenientes, críticas o resistencias a la implantación y ampliación del proyecto bilingüe no son, en mi opinión, obstáculos insalvables, ni deberían entenderse como argumentos a favor de la extinción de esta interesante iniciativa formativa. Más bien, se trata de pequeños escollos que hace falta salvar y saber lidiar, a fin de garantizar la continuidad de este ambicioso proyecto y de propiciar su perfeccionamiento.