jueves, 12 de julio de 2007

EsTaMpAs RoMeRaS

Cada vez que vuelvo a La Laguna, mi ciudad, de vacaciones, de fin de semana, tiemblo. Ante todo, el kit de supervivencia: suéter abrigado, tapacuellos, pastillas para la garganta. De último siempre que vuelvo llueve. Me dicen que no: "Pero si se ha cubierto hoy mismito; llevamos unos días con un tiempo estupendo". Me da por pensar que soy un cenizo, un gafe, que ahuyento los días de sol. O que La Laguna es así y que son mis padres los que me mienten con eso de "hoy mismito", para que mis visitas se vuelvan más frecuentes.

Ahora, no obstante, he descubierto al culpable de la lluvias laguneras. Ocurrió en el año 1532. Los agricultores de la Vega no recordaban una sequía tan asoladora desde hacía tiempo (y ello mucho antes de la era del cambio climático). El fértil campo lagunero estaba yermo, olvidado de las gracias y dones de Dios, o de los elementos. El gremio de agricultores decidieron entonces elegir por sorteo un santo que intercediera y al que encomendarse en sus plegarias. Una vez decidido el santo en cuestión, el milagro se produjo: llovió. Y agradecidos, los agricultores salieron ese año a ofrecer al santo en romería los productos de la reanimada tierra.

Este cartel anuncia la romería en su edición de 1949, año en que se volvió a retomar la festiva tradición tras una época de olvido. Desde entonces, en mi ciudad llueve. Desde entonces, sólo hay un día al año en que festejo con todos mis conciudadanos la ofrenda líquida del cielo: es el segundo domingo de julio, día de San Benito.

Por ahí se acerca el santo en cuestión, San Benito Abad, 475 años después de haber ganado por sorteo el favor de los habitantes de La Laguna.

Y aquí llega al fin el santo, custodiado por un mago canario. El mago es un ser con el que más vale tener cierta mano izquierda. Podrás invitarle a lo que sea e incluso pedírselo: papas, gofio, vino, fruta, huevos duros... Ahora bien, nunca intentes invadir el espacio vital de su carreta ni molestar a sus vacas. Eso es sagrado. Por como escolta este mago al santo, supongo que con San Benito ocurre otro tanto... Ni a Kevin Costner en El guardaespaldas se le veía tan reconcentrado.
Casi tan sagradas como las de la India, las vacas o bueyes son protagonistas absolutos de esta fiesta agrícola y ganadera. Siempre van de dos en dos, en pareja.

Pero no son los únicos...


Hay prometidos...

Hay hermanos...


... y gente que se dedica a ligar.


Las ovejas, como es de todos conocidos, van en cambio en rebaño. No las cuentes, que te quedas dormido y aún queda romería por delante.


En la romería cada cual recorre la ciudad en fiesta montado en su particular carreta, casi siempre tirada por bestias.


Encima de ellas van las bellas.


Hay carretas realmente dignas de ver, como aquellas que simulan ser un barquito de vela. En ellas se hermana el monte y la playa, el medio rural y el marino, como en la pizza mar y monti.

O como esta en la que para subirse hace falta una escalera. No veía una estampa así desde la época en la que devoraba cómics de Asterix y Obelix.


Luego están los que corriendo y a última hora lo organizan todo y sólo les da tiempo de ponerle una manta y unas hojas de palmera a un carrito de supermercado.

Se les ve contentos.


Lo bueno de las fiestas populares es que no hay límite de edad para participar en ellas...


Ni por debajo...


...Ni por arriba.


Cada cual participa a su manera...


tocando isas, folías, malagueñas...


cantando...


bailando...


y hasta tocando las castañuelas


Este es el mago, el otro gran protagonista (junto a las vacas que él gobierna) de esta fiesta popular que es la romería lagunera.

Sobre la idiosincracia del mago podríamos escribir páginas enteras trufadas de cariño e ironía, pero la romería va ágil, con paso raudo, y no podemos detenernos en exceso.


Lo que sí que no conocía yo era la maga y su idiosincracia. Había que verla cómo manejaba el palo y dirigía las vacas. La maestría con la que tomaron la curva de acceso a la calle San Agustín era como para dejar boquiabierto a cualquiera de los que hoy se pierden por el automovismo.

Con esta piloto y esta máquina... ¿a quién le hace falta fichar por Mercedes?

Otra de mis debilidades: los personajes insólitos.

Yo le ofrecí un vaso-vino y él me ofreció una calada de su cachimba. Supe declinar la invitación con bastante diplomacia y savoir faire.

Este otro personaje insólito era una mezcla de freaky del rollito celta y hippie de Woostock.

Y estos dos... ¡Vaya par! Uno lleva puesto el equipaje del San Isidro, que subió de categoría hace un par de semanas. Y el otro no sé si lleva en la muñeca un pañuelo del mismo equipo... o un tapacuellos.

Y aquí están otra vez los del carrito de supermercado. Parece que tienen una barbacoa encima...

Buff, tirar de eso sin la ayuda de una yunta tiene que ser jodido.

Aunque, oiga usted, qué les quiten lo bailado.


Se están poniendo bonitos.

Y más que los bueyes y las carretas... lo que corre es el vino.

Buen tinto. De Tacoronte de Acentejo para más señas.


El canario pide (véase CC respecto a Madrid)...


...y el canario da.


Esta es la viva imagen de la canariedad: una maga comiéndose un plátano de las islas.

Parece un anuncio de yogures Celgán.

Mi niña, no abras la boca. A ver si va a resultar que eres de Burgos y me jodes el invento.

¿Quién dijo que los del carrito eran unos arrastrados y unos muertos de hambre?

Se están poniendo las botas.

Creo que se corrió la voz de que en la esquina de La Carrera con Núñez de la Peña se estaba montando una barbacoa muy chula, porque al olor de la sardina...

...diez mil moscas acudieron.


Y este caballero airado, que te señala con expresión de reproche: ¿qué te dice?

"Que muy mal, que no has venido,
que me siento muy dolido
y aunque no me coma el tarro...
¡te toca empujar el carro!"

Vaso en mano se despiden ellos, también, los del carrito.

Pero no van a acostarse aún, parece. Ya ha terminado la romería y ellos andan buscando una casa a la que ir, un chiringuito, una parranda, algo.

Si es que hay gente que no se conforma con nada.


Estampas romeras.

Imágenes desvaídas por el paso del tiempo, que hoy se repiten, levemente alteradas.

Porque mucho ha cambiado, pero también algo permanece, o es preciso -más bien, pues no es cuestión de refutar a estas alturas el título de este blog- es preciso que algo permanezca.

El timplista canario Benito Cabrera reflexiona en torno a ello con ocasión de la Romería de San Benito del año pasado. Sus palabras son el broche de despedida por hoy:

"Sin embargo, seguimos manteniendo la romería. Ya no existe el gremio de agricultores, ni hubo sequía este año... y nuestros problemas tienen más que ver con la inmigración ilegal, el cemento, las listas de espera sanitarias y los aparcamientos. Pero nos pondremos trajes que se usaban hace dos siglos, cantaremos canciones centenarias, engalanaremos nuestras casas como si sintiéramos de verdad que somos de "campo" y haremos las ofrendas correspondientes al santo patrón, aunque muchos no seamos creyentes".

"Por otra parte
-prosigue el timplista- en cada generación, las personas tendemos a sentir que el devenir del tiempo termina en nosotros mismos, que todos los sucesos pasados y futuros tienen por objeto desembocar en nuesta contemporaneidad. Somos el futuro del pasado, pero no debemos perder la perspectiva de que la palabra "presente" es una quimera lingüística y que, cada segundo que pasa, nos vamos también convirtiendo en el pasado del futuro. Somos un pequeño eslabón de una cadena que dibuja, con el diseño del tiempo, la historia de la humanidad, pero también la de nuestra tierra, la de nuestra ciudad, que se define sobre una esencia, con una identidad diferenciada y singular".

"No perdamos, pues -
concluye- nuestra memoria, nuestra esencia vital, cayendo en un altzeimer colectivo que nos conduzca a no reconocernos ni a nosotros mismos. No olvidemos a nuestros escritores, poetas, pintores, investigadores, intelectuales y creadores, vástagos de una pequeña tierra que ha esparcido su fecunda semilla por tantas latitudes. Pero no olvidemos tampoco a los anónimos personajes que con sus manos labraron la tierra, cantaron la música que no se escribe y la poesía que no se edita, a los que bailaron la danza que no se graba más que en la retina... a todos los que habitaron la vida que en este "ahora" y en esta ciudad nos pertenece por un breve espacio de tiempo. Recordemos, volvamos a pasar por el corazón, lo que hemos sido, para que tenga sentido lo que lleguemos a ser. Y hagámoslo de la mejor manera posible: festejando, bailando, riendo, cantando, disfrutando del rito de la comensalidad comunal y generosa".

lunes, 2 de julio de 2007

ViDa EtErNa

Fernando Savater comienza irónicamente su libro titulado "Las preguntas de la vida" con un capítulo dedicado a la muerte. Y es que una y otra son el complemento de lo mismo. Frente a lo que podría parecer, la reflexión sobre la muerte no es necesariamente el pasatiempo de los sosos y sobrios, de los aburridos, de los viejos de espíritu, de los pusilánimes: de los ya muertos en vida.

Savater es en este punto el contraejemplo perfecto. De todos es conocido su vitalismo: su optimismo inasequible al desaliento, su coraje moral y político, su defensa del hedonismo, su afición al ocio (desde la lectura hasta las carreras de caballo), su debilidad por Nietzsche. Y sin embargo, comienza hablando de la muerte, dedicándole un monográfico capítulo a tan lúgubre asunto. Porque pensar acerca de lo insondable e inevitable de la muerte nos deja en un estado de tensión y de alerta, de vigilante expectación, de lúcida conciencia, que es el óptimo e idóneo para surcar con éxito las irregulares aguas de la vida: sin perder detalles, sin naufragios innecesarios, sin que la corriente nos lleve a su antojo como a un sonámbulo su síndrome. Pensar la muerte es el reverso de pensar la vida, condición indispensable para vivirla mejor.

En "La vida eterna" acomete Savater esta tarea de un modo más prolijo y sistemático; y ello en el contexto de una obra centrada en el tema de las religiones, con las que la vida y la muerte tienen y han tenido no poco trato. Este blog contra el tiempo no puede dejar escapar la ocasión de reproducir aquí algunas de las ideas que he leído en esta nueva entrega de Fernando Savater, como siempre recomendable.

Hace unos días mantuve una conversación -llamémosle palique- con una amiga acerca de lo humano y lo divino. Comenzamos con lo humano y acabamos con lo divino. (Luego nos entregamos de nuevo a lo humano, con fruición y alevosía... pero eso ya es harina de otro costal). Todo empezó con una anécdota: la de un cura de su pueblo que se había casado, que había colgado el hábito, que había tratado de inculcar a su familia cristianísimos valores y pautas y que, al casarse su cuñada con un noruego bastante pagano y reticente a los ritos de rigor, había secuestrado a los hijos de éste durante quince minutos para, desnudos, llevarlos a la bañera y, allí, sin la pompa del templo santo ni el perfume catedralicio, entre botes de champú anticaspa y cremas anticelulíticas, bautizarlos. "Confío -le dije a mi amiga- en que se haya limitado a eso, cualquiera sabe. Yo creo que por si acaso mis padres prefirieron no bautizarme".

La anécdota sirvió para hacer boca en el fecundo tema de conversación de las religiones. Hablaba el pagano: "¿Quién puede creerse que esa breve inmersión clandestina en la bañera puede haber protegido a esos niños de algo o contra algo? ¿quién puede creer que el agua de la pila bautismal tiene alguna propiedad especial? ¿quién puede creer que un señor cualquiera puede en virtud de un gesto y una oración convertir el agua corriente en bendita? ¿quién puede creer que la hostia es algo más que una hoja insípida de pan ázimo? ¿quién puede creer?". Hablaba ella, creyente: "No es la razón sino la fe la que hace que podamos creer en todo ello. Aunque la razón te diga una cosa, la fe te puede hacer pensar lo contrario. El creyente puede efectivamente saber que no hay nada de especial en la composición química del agua bendita y de la hostia con la que hace la comunión, pero su fe le convence de que tales ingredientes son esenciales para entrar en el juego que está teniendo lugar, en el rito en cuestión que está aconteciendo, mediante el cual su fe se ve reforzada". Y otra vez el pagano: "Pero si no hay ninguna propiedad objetiva en esa agua y todo se reduce a una especie de autoengaño subjetivo: ¿qué pretendía el concuñado cura del noruego?".

Siempre me ha parecido fraudulento este recurso de la religión a una suerte de "doble verdad": la idea de que aunque la ciencia y la religión digan cosas contradictorias, ambas son verdaderas, en distintos planos, en distintos ámbitos... Siempre he sospechado que sólo en un sentido muy figurado y desvirtuado del término se puede aquí seguir hablando de "verdad" o "verdadero". Me ha reconfortado leer que a Savater le ocurre otro tanto: "Pero en cambio me cuesta comprender a quienes se dicen creyentes, aunque afirman serlo de un modo simbólico o alegórico. Y aún más si sostienen que tal es la forma mayoritaria de la creencia religiosa".

Tras dejar de lado la anécdota del cura reincidente y de los niños del noruego bautizados a hurtadillas, mi amiga y yo nos enzarzamos en lo esencial: ¿existe Dios?.

Hay conversaciones que se nos quedan grabadas a fuego en la memoria. Cuando tenía 16 años pasé 10 meses en Francia. Tengo muchos recuerdos de esa etapa de mi adolescencia, que me marcó hasta el punto de precipitar inexorablemente el final de la misma. Y sin embargo son pocos, poquísimos, para lo que caben en 10 meses de vida. Misterios, trucos, estratagemas de la memoria, supongo. Quizás cuando me coma la magdalena de Proust vuelva de pronto a mí toda esa época, como un torrente encabritado que hace trizas por fin la enclusa de contención.

Uno de esos recuerdos es el de una de esas conversaciones grabadas a fuego, porque constituye para mí el prototipo de conversación en torno a esa cuestión: ¿Dios existe?. Fue con Isabel, la única española con la que tuve trato durante aquellos 10 meses, y a la que fui a visitar desde la pacata y rural Brive-la-Gallarde hasta la -por mero contraste- cosmopolita y liberal Bourdeaux. Me pregunto qué habrá sido de Isabel, de Madrid. Tras el año en Francia nos escribimos durante un tiempo, en papel. Para cuando llegó la época de la telefonía móvil y del correo electrónico ya habíamos perdido el contacto y nos habíamos perdido la pista. Aunque pasé una noche -¿quizá dos?- en su casa de Burdeos sólo tengo dos recuerdos de ese fin de semana: la discoteca cutre a la que fuimos (y en la que bailamos, rodeados de vejestorios de 30 años) y la interminable conversación que mantuvimos al llegar a su casa acerca de la existencia o no del altísimo. La adolescencia es una época propicia para la especulación metafísica. Lo pienso ahora y me causa extrañeza: dos adolescentes sexualmente hiperhormonados, atractivos y lozanos, posiblemente algo embriagados por la ingesta de las últimas horas, con una casa sin adultos para hacer y deshacer -¿y desflorar?- a su antojo... que sin embargo se dedican a debatir durante horas si Dios existe o no hasta caer exhaustos. No sé si la escena me causa risa o todo lo contrario. No sé quién es mejor, si el Andriu de hoy, que hubiera besado a la chica, o el de ayer, apasionado por lo infinito, por la verdad a la que en sublime comunión la chica y él pensaban estarse aproximando, pese a la distancia de sus cuerpos... Decidido: hoy mismo pienso atreverme a revisitar parte de la correspondencia de esa época y escribirle a la dirección de Pozuelo de Alarcón. Necesito saber si aún existe y si recuerda aquella conversación.

Dije que constituía para mí el modelo de conversación acerca de la existencia de Dios, que todos en alguna vez en la vida hemos mantenido, aunque sólo sea con uno mismo. La que sostuve hace unos días con mi amiga me hizo acordarme de aquella con Isabel a altas horas de la noche, en un pais ajeno, en una ciudad nueva, en una casa desconocida. Cualquier lugar es válido para hablar de Dios.

El libro de Savater aborda de un modo exhaustivo y sistemático el paisaje que a dos manos dibujan los interlocutores de una conversación tal. Constituye una guía para adentrarse en dicho terreno con mayor seguridad y con el inestimable equipaje de una lúcida reflexión. Su contenido también se relaciona con alguno de los leit motiv de "NaDa PeRmAnEcE".


Savater subraya 3 funciones principales que las religiones desempeñan: explicar el origen del universo y de lo que somos, brindar un vínculo moral para la comunidad de pertenencia y, por último, confortarnos ante la muerte. Las dos primeras son hoy cuestionadas, respectivamente, por los conocimientos científicos y por los códigos morales de índole laica. La tercera función, no obstante, sigue plenamente vigente, sin que parezca haber un competidor que en estas lides (ofrecer consuelo ante la muerte que el paso inexorable del tiempo promete) pueda hacerle sombra. Savater cita a Feuerbach, para quien esta tercera función constituye el verdadero principio de la creencia en Dios:

"Un dios es por tanto esencialmente un ser que satisface los deseos de los hombres. Pero a los deseos del hombre, de ese hombre, al menos, que no limita sus propios deseos a la necesidad natural, pertenece más que ningún otro el deseo de no morir, de vivir eternamente; este deseo es el último y sumo deseo del hombre, el deseo de todos los deseos, como la vida es el compendio de todos los bienes; porque un dios que no satisface este deseo, que no supera la muerte o al menos la compensa con otra vida, con una neva vida, no es un dios, por lo menos no es un verdadero dios, que corresponde al concepto de dios".

La religión presenta una "oferta de inmortalidad" -afirma Savater- "que sigue garantizándole una cuota importante de interés popular". Tras largas aunque amenas disquisiciones en torno al sentido que pueda tener esa presunta vida eterna que las religiones prometen, Savater acaba preguntándose si para las personas no creyentes (entre las que se incluye él mismo) habrá algún tipo de esperanza, "cualquier atisbo de la universalmente apetecida inmortalidad". Y responde con la enigmática sentencia de su aliado filosófico Baruch Spinoza, para quien, el hombre puede, pese a su incontrovertible mortalidad, "saberse y experimentarse eterno".

¿Cómo entender el enigmático dictamen de Spinoza? Savater avanza dos posibles interpretaciones. La primera: que el hombre es el único ser racional, lo cual le faculta para asomarse a aquello que no depende del tiempo ni está sometido a su desgaste: las ideas. Expresado por el propio Savater: "Por medio de nuestra comprensión intelectual de lo que no depende del tiempo, hemos atisbado una ráfaga de eternidad: somos capaces de ideas que no padecen nuestras limitaciones, ni en cuanto a la necesidad ni en cuanto al tiempo". Se trata de una interpretación platónica a más no poder.

La segunda interpretación de la sentencia de Spinoza según la cual el hombre puede saberse y experimentarse eterno me gusta más. Consiste en hacernos patente que todo lo que llega a ser, de algún modo, es imborrable, en tanto que ocurrió. "Esa eternidad -subraya Savater- es la de quien ha existido una vez, por fugazmente que sea: el presente de su vida no lo podrá borrar ni la inexistencia pasada ni la aniquilación del porvenir... La vida es transitoria, pero quien ha vivido, vivió para siempre".

Por eso aquella charla nocturna con Isabel está ahí, de modo indeleble y absolutamente presente para mí. Por eso es eterno ese momento: los dos en pijama, bebiendo en tazas de desayuno, embriagados por el calor de la conversación. Por eso la vida -finita, breve, limitada, truncada en el peor de los casos- está plagada de vivencias y de momentos eternos. Y aunque existan grandes lagunas en el caprichoso archivo de la memoria, zonas en penumbra, fragmentos quizás cruciales de nuestras vidas cercenados como de un hachazo, nada está perdido para siempre, nada es absolutamente irrecuperable. Sólo hay que esperar a que nos llegue a cada uno nuestra particular magdalena.



domingo, 24 de junio de 2007

FuEgO eTeRnO

La pila de maderos inservibles crecía un poco cada día. Tablones, cajas, palés y hasta una barcaza moribunda, que hubo de traerse con la ayuda de un camión. Los niños escoltaban cada tarde la montaña de madera, celosos de que desde otros barrios vinieran a profanar aquel símbolo del tesón y constancia del vecindaje de Valterra.

Todo aquello iba a arder en una sola noche: a desaparecer, a extinguirse, a dejar de ser. Una especie de congoja, de anticipada melancolía me invadía cada vez que pasaba por delante de aquel monumento a la vanidad de toda empresa y proyecto. Allí se perdería para siempre la barcaza, veterana en extravíos y naufragios, mas inexperta en la navegación sobre el proceloso e ignoto mar de la nada. Allí se descompondría a cachos esa mesa de noche en la que guardaste parte de tu infancia: un diente de leche, un álbum de fotos de tu abuela, tu primer diario. Allí tendría lugar la exhumación de ese palé que había soportado el peso de mil kilos de enlatado atún traído en un mercante desde la desembocadura del río San Lorenzo (Canadá) y que luego había servido de somier para el colchón del piso de estudiantes de aquella novia de Bellas Artes: en ese palé te desvirgaste.

Todo aquello se perdería para siempre en pocas horas.

Los primeros griegos que trataron de comprender el enigma del mundo se aferraron a la posibilidad de que más allá de las apariencias (más allá de la apariencia del cambio, de la vejez, de la muerte, de la extinción) algo permaneciera: inalterable, invariable, inmutable. Algo que refutara el inexorable destino de una barcaza, de una mesa de noche, de un simple palé. A ese algo lo denominaron "arjé": fondo, principio, sustrato de todas las cosas, inasequible al cambio y a la destrucción.

Sólo uno de ellos, Heráclito de Éfeso, pensó en el arjé no como una estilización y síntesis de lo existente en un principio material sino como un rasgo característico de lo que es: cambio, devenir, transformación. Y para expresarlo recurrió metafóricamente a un símbolo: el fuego. Nada permanece para Heráclito, todo fluye; ya lo proclamamos al comienzo de este blog. Tal es el verdadero principio de lo real, el verdadero arje, la norma, la ley, el imperativo al que queda sometido todo lo existente. Empezando por nosotros mismos.

A las doce de la noche se encendió la hoguera: majestuosa, abrasadora, imponente. Un calor súbito inundó los cuerpos for fuera y por dentro: los rostros y los corazones, las pieles ya de por sí bronceadas y las entrañas. Hubo miradas, guiños, risas, manos que se trenzaban: cuerpos buscándose. Era la noche más corta. Había que apresurarse.

El fuego todo lo consume y transforma, como el tiempo.

Nietzsche escribió: "Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito". Según él, todos los demás habían mentido respecto a la verdadera configuracion del mundo: cambiante, efímero, mudable. Todos habían buscado algún tipo de consuelo en el engaño de la metafísica, de la ciencia o de la religión, mediante las cuales el hombre trataba en vano de escapar al trágico destino de su condición mortal. El culpable, según él: la razón. Y ello debido a su capacidad para crear y creer en entidades no sometidas al desgaste, al tiempo.

Bebiste y comiste. Te moviste a ratos como un felino, a ratos como un ave pesada y mareada: bailabas. Cantaste, al son de tambores y ritmos que parecía producir la propia naturaleza. Olvidaste el día, olvidaste el año en el que estabas. Te enajenaste: olvidaste quien eras, cómo pensabas, cómo actuabas normalmente, qué timbre de voz te caracterizaba. Te fundiste con todo y con todos, con el cosmos refulgente allá arriba y con la joven desconocida -y ya amada- a tu lado. Eras fuego. Eras destrucción y lucha. Eras amor. Te imaginaste con ella. La atrajiste hacia ti con ímpetu, sin respetar los delicados broches de su ropa interior, exploraste sediento su desnudez, arrebatadora como el fuego en la negra noche. Te sumergiste en su oloroso y blando sexo. Te imaginaste con ella y veloz entre tus piernas creció una tea encendida.

Nietzsche se opuso a la visión de los primeros griegos como seres racionales y serenos, sensatos y luminosos. Un instinto trágico, un fondo oscuro había en ellos. Nietzsche resaltó la importancia de los ritos dedicados a Baco, dios del vino, o Dionisos. Ritos nocturnos en los que se celebraba la embriaguez, la fecundidad, la pérdida de la individualidad y la consiguiente fusión con los demás. Aquí reinaba la pasión, el éxtasis, la locura, el desatarse de todas las tensiones y de todos los instintos. Serenos y luminosos de día, los primeros griegos comprendieron -según Nietzche- que -como nosotros en la noche de San Juan- hay un enigma insondable, una verdad acaso atroz, una incógnita siempre por despejar, relacionada con lo más cercano y más ajeno: la existencia. Y que de tiempo en tiempo -un 23 de junio por ejemplo- era preciso asomarse a ese abismo, morir un poco viviendo intensamente, apurar gustoso el cáliz del tiempo.

Y para ello se sirvieron del fuego eterno, que todo lo consume, que nada preserva, bajo el que nada dura; hasta extinguirse, también él, muerta la noche.


TrAbAjO dUrO



De último me paso demasiado tiempo en el curro, trabajando duramente...

lunes, 11 de junio de 2007

CoRpUs ChRiSti

Había cumplido con todos los trámites pertinentes. Había hecho la solicitud al Ayuntamiento, cumplimentado la ficha de inscripción, entregado alguna información acerca de los participantes y, finalmente, adelantado un boceto, un avance, un croquis, imagino que a fin de encuadrar la alfombra en cuestión en el abigarrado paisaje floral del urbanismo lagunero en la jornada de Corpus Christi.

Pero fue en vano. Mi solicitud fue denegada.

No obtuve ninguna explicación. No sé, esperaba acaso algún pretexto acerca de lo inapropiado de los colores, algún subterfugio basado en la falta de armonía o unidad con el resto de propuestas... algo a lo que aferrarme para perseverar con más tino de cara a la próxima edición.

Era absurdo e ingenuo: tratar de colar una alfombra con el lema "Educación para la Ciudadanía" en una ciudad al auspicio de una Ana Oramas estrenando una recién lograda mayoría absoluta.

Así que me resigné y salí a la calle, a disfrutar de la espléndida mañana de domingo, soleada y -más que nunca- primaveralmente floreada. Como siempre, mi participación en la fiesta del Corpus se vería reducida a la de mero espectador pasivo.

He aquí la alfombra del Ayuntamiento. Se aprecia claramente cómo el logotipo de La Laguna, ciudad patrimonio histórico de la Unesco, es una copia calcada de los quesitos en porciones "El Caserío" o "La vache qui rie", que para el caso es lo mismo.

Estas avenidas de flores son una tentación. Le entran a uno ganas de revolcarse por el suelo e imbuirse en una orgía de pétalos. Conozco a algún monaguillo que se metió en el ramo sólo por el goce de ir escoltando al obispo durante la procesión mientras con paso ceremonial pisoteaba con deleite todas aquellas filigranas paciente, laboriosa y cristianamente urdidas desde antes del alba.

He aquí una de esas filigranas, prestas a ser arrasadas por católicas suelas.

Desde las alturas se aprecia menos el detalle pero se gana en visión de conjunto. Ocurre como con la pintura impresionista, supongo.

Espectador pasivo, decía. Aquí estoy, como un voyeur, sacando fotos en altura desde mi balcón. Un par de alfombras más o menos laicas se ven desde aquí, como la del IES Cabrera Pinto, con su torre como tema principal. Aunque inevitablemente se cuela alguna paloma blanca en un segundo plano. Y no es precisamente la de la paz, con la ramita de olivo en el pico.

Aquí vemos la mentada paloma en todo su esplendor. Recorriendo la Carrera y San Agustín, camara en mano, no pude evitar sentirme como un extraño, casi como un intruso, un infiltrado. La religiosidad de los motivos era inequívoca: cristos, espiritus santos alados, cálices, cruces, frases del tipo: "yo soy el camino, la verdad y la vida". Todo aquello me era extraño. Y yo era extraño a todo aquello. La leve resaca de los últimos rones de la víspera contribuía a esa sensación.

Por las calles desfilaba gente variopinta y de cualquier condición. Al fin y al cabo, era el segundo fin de semana desde la inauguración del tranvía y las huestes de santacruceros noveleros tenían un motivo excelente para estrenarlo y pasar en La Laguna una agradable mañana en familia. "Gente variopinta. Gente de todo tipo". Eso quería pensar, eso me decía a mí mismo. Así debería ser. Y sin embargo, me daba la impresión de que predominaba o se hacía notar más otra casta, otra clase, una particular fauna cortada por el patrón del conservadurismo cristiano.

Ya sé que suena a topicazo pero no de otro modo se me presentaban los transeuntes con los que me cruzaba y compartía petril. Había casi en cada esquina mujeres de avanzada de edad y acomodada apariencia pidiendo para Cáritas con una huchita en la mano. Era difícil sortearlas. Lo mejor era hacer un modesto donativo y dejar que te pegaran el lacito correspondiente en la solapa. Ante posteriores abordajes sólo había que señalar el lacito y disculparse: "Ya colaboré". Había padres de familia comparseando a su extensa prole y su señora, endomingados todos y con aires inconfundibles de... encabezar una manifestación contra la política antiterrorista del gobierno. Lo sé, suena a topicazo; pero sólo les faltaba la banderita patria en mano.

Había religiosos profesionales. Monjas, supongo que no de clausura, y curas, como el padre Adán, que pese a su lento andar lo vi al menos dar dos vueltas al circuito floral.

Y luego laguneros de abolengo, de apellido rimbombante, solidarizados con la causa del día en cuestión, que para demostrarlo visten las ventanas de sus casas con estos paños morados, que simbolizan -no sé- algo así como "Aquí vive gente de bien". Las fiestas laguneras son fiestas religiosas en su origen y -casi todas- en su espíritu: la Semana Santa, el Corpus, las fiestas del Cristo... Sólo los Carnavales y San Benito Abad han podido trascender su significado religioso e ir más allá. Pues bien, los paños morados siempre están ahí, prestos a exhibirse en cualquiera de estas fiestas, como un botón de muestra de las ideas de los habitantes de esas casas, que cabe imaginar partidarios de la presencia y protagonismo de las manifestaciones religiosas en el ámbito de lo público.

Al pasearme por mi ciudad y sentirme en ella un extraño pensé en todo ello. La Laguna era una ciudad comprometida con lo religioso. A todas horas sonaban las campanas de La Catedral, de la Concepción o de parroquias menores; regularmente en días comunes y enloquecidamente -como contrapunto a los voladores- en ciertas efemérides señaladas por el calendario. En Semana Santa acceder en coche al centro quedaba absolutamente vedado, así como descansar sin que el silencio vacacional se viera torpedeado por las fúnebres cornetas de las procesiones... Y ahora ese compromiso municipal con lo religioso se veía confirmado por los motivos píos de las alfombras del Corpus.

Según nuestra Constitución, España es un país aconfesional. Aunque tímidamente, se declara con esta afirmación la separación Iglesia-Estado que desde la Ilustración determina el espacio que la religión debe ocupar, al menos, en los sistemas democráticos europeos. No obstante, acaso como una rémora del nacionalcatolicismo que durante 40 años hizo de España una excepción en este punto, el Estado español firmó en su momento unos acuerdos de colaboración con otro Estado, máxima expresión éste último de la vulneración de aquella separación Iglesia-Estado a la que antes aludíamos (el Estado Vaticano), según los cuales España se comprometía a dar un trato de favor a la Iglesia católica, hasta que ésta pudiera autofinanciarse por sí sóla.

A tales acuerdos se les ha vencido ya la fecha de caducidad, pero el gobierno del PSOE los ha ratificado y prolongado, ya sea por cristiana convicción, ya sea por pusilanimidad electoral. En materia educativa los acuerdos obligan a la escuela pública a mantener la asignatura de religión católica (y la de otras confesiones con similares acuerdos de colaboración) como materia optativa de obligada oferta en nada más y nada menos que 11 años consecutivos: desde 1º de Primaria hasta 1º de Bachillerato. Los profesores son elegidos por la Conferencia Episcopal pero los paga el Ministerio de Educación, es decir, todos los contribuyentes, con independencia de sus creencias en materia religiosa.

Frente a los defensores de la presencia de la religión en la escuela pública (frente a los redactores de la LOE del PSOE y de la LOCE del PP) hay quien ha ironizado reivindicando la presencia del pensamiento humanista ateo en la liturgia religiosa y demandando a las autoridades eclesiásticas un segmento de tiempo proporcional (pongamos quince minutos) de la misa dominical para explicar nociones elementales de darwinismo, constitucionalismo laico y materialismo filosófico. Sospecho que la iniciativa tiene tantos visos de prosperar como mi propuesta gráfica de alfombra para la presente edición del Corpus Christi.

Y ya que sale a colación de nuevo la presuntamente matacuras "Educación para la Ciudadanía", contra la que tanto obispo se ha movilizado, pancarta en mano, hay que aclarar dos cosas. La primera es que sus contenidos son absolutamente constitucionales: es más, son precisamente nociones elementales como la libertad, la participación democrática, las garantías del derecho y demás fundamentos de la Constitución, lo que constituye el objeto de estudio de dicha asignatura. La segunda aclaración es que frente a los 11 cursos de religión la LOE incluye sólo en 2 cursos la materia de Educación para la Ciudadanía. Lo que dice el Libro Sagrado influye sólo a los que profesan una determinada creencia, pero se le mima durante 11 años consecutivos en la escuela pública. Lo que dice la Constitución Española influye y obliga a todos los ciudadanos del Estado español, pero se estudia sólo durante 2 años y con la boca chica.

La misma reflexión cabe extrapolar al asunto alfombril. ¿Por qué el Ayuntamiento, que es una institución civil y no religiosa, da tanto pábulo a lo religioso en materia de fiestas? ¿por qué proporciona medios, espacios, subvenciones, flores y sales a parroquias, cofradías, seminarios de religión o particulares siempre y cuando no se alejen demasiado en el diseño de sus alfombras del ideario cristiano? ¿por qué no promueve una concepción más pluralista de esta fiesta, en la que tengan su espacio otro tipo de voces y mensajes, otro tipo de ideas y creencias, otro tipo de reivindicaciones, en las que puedan verse identificados y representados todos los ciudadanos y no sólo los creyentes en el cuerpo de cristo?

El ejemplo de los Scouts podría servir de punto de partida. Aunque no exento de un tufillo cristiano (presente más en algunos grupos que en otros), hay una serie de valores no incardinados en lo religioso que cabría reivindicar y que pueden encontrarse (creo: mi hermano fue lobato pero yo nunca vestí el uniforme de Baden Powell) en el ideario Scout: la lealtad, la solidaridad, el compañerismo, la autoexigencia, el cuidado de la naturaleza...

¡Hay tantas ideas y valores que merecen el esfuerzo conjunto de una noche en vela trabajando en equipo para lograr la materialización estética de un proyecto en común! ¿Acaso todas ellas han de tener algo que ver con la religión?

Estas niñas, por ejemplo, parece que están ensamblando pétalos que simulen ser la sangre de Cristo. ¿No sería más hermoso y más sano (en esta aromática mañana de sol y flores) imaginar que están dedicándole un corazón de rosas a sus madres, a su tutora, al chico más guapo de la clase?

Y estos niños, ataviados con el polo amarillo que identifica el grupo religioso al que pertenecen sus padres, están regando unas iniciales que ni ellos mismos entienden (yo tampoco), unas siglas de una cofradía acaso, una inscripción en latín resumida, quién sabe. ¿Por qué no fantasear con que las siglas son las del Club de Fútbol al que admiran y el amarillo el color del uniforme de su equipo?

Al final todo es una cuestión de flores

Una cuestión de pétalos, con los que pueden expresarse una infinidad de ideas, sentimientos y proyectos, no necesariamente vinculados a la fe en el cuerpo de cristo...

Por eso no me ha quedado más remedio que coger estas cajas de flores sobrantes y llevarlas a casa, para ejecutar libremente en mi patio -que es particular- mi proyecto de alfombra de "Educación para la Cidadanía".