
Verde...
El color que tanto eché de menos durante seis años en Lanzarote.
Verde...
Qué impresión para mi retina -acostumbrada ya a la opacidad cromática del rofe, la lava y el picón- era esa entrada del Binter a Tenerife por la punta de Anaga.
Verde...
El color que pensé volvería a echar de menos al llegar a Texas.
Pero no.
Aquí en East Texas sobra el verde y la naturaleza es húmeda, rica y fértil.
El color que tanto eché de menos durante seis años en Lanzarote.
Verde...
Qué impresión para mi retina -acostumbrada ya a la opacidad cromática del rofe, la lava y el picón- era esa entrada del Binter a Tenerife por la punta de Anaga.
Verde...
El color que pensé volvería a echar de menos al llegar a Texas.
Pero no.
Aquí en East Texas sobra el verde y la naturaleza es húmeda, rica y fértil.
Y como botón de muestra ahí va la crónica de ese sábado en las inmediaciones del Caddo Lake, en la frontera de Texas con Loussiana.

Fue hace tres semanas.
Cuatro profes españoles destinados en Dallas, cuatro amigos, me llamaron y me dijeron que si los alojaba en casa una noche para a la mañana siguiente tomar rumbo a Caddo Lake.
Me pareció un plan estupendo.
El lago estaba relativamente cerca de Tyler, a menos de dos horas de coche.
Nos tomamos una hamburguesa en esta especie de cabaña-tienda-bar.
Me pareció un plan estupendo.
El lago estaba relativamente cerca de Tyler, a menos de dos horas de coche.
Nos tomamos una hamburguesa en esta especie de cabaña-tienda-bar.

Bueno, ellos se la tomaron fuera, en esta mesita tan cuca, tan de asadero o chuletada canaria.

Yo preferí tomármela de pie, en aquel local tan auténtico.
El primer día en Nueva York fui a un McDonald´s, pedí una Big Mac.
-¡Menuda mierda! -me dije- Son igual que en España.
Desde entonces no he dejado de probar fabulosas y suculentas hamburguesas en este país.
Sólo hay que saber elegir el lugar.
El primer día en Nueva York fui a un McDonald´s, pedí una Big Mac.
-¡Menuda mierda! -me dije- Son igual que en España.
Desde entonces no he dejado de probar fabulosas y suculentas hamburguesas en este país.
Sólo hay que saber elegir el lugar.

Pero bueno, al grano.

Entramos al parque natural con cierta emoción.
Nada había sido planificado.
No sabíamos qué veríamos, por dónde iríamos ni de qué forma.
Antes de salir de casa, casi en el coche ya, los dallanitas nos habían dicho a los tylerianos:
-Por cierto, coged una muda, por si nos quedamos por allí a dormir.
Nada había sido planificado.
No sabíamos qué veríamos, por dónde iríamos ni de qué forma.
Antes de salir de casa, casi en el coche ya, los dallanitas nos habían dicho a los tylerianos:
-Por cierto, coged una muda, por si nos quedamos por allí a dormir.

Al llegar allí vimos claro que la cosa iba de pateos fabulosos o de canoas.
Y evidentemente, sabiendo que podía haber algún que otro cocodrilo, nos inclinamos por lo segundo.
Nada como un buen remo para atizar y dejar aturdido al reptil.
Y evidentemente, sabiendo que podía haber algún que otro cocodrilo, nos inclinamos por lo segundo.
Nada como un buen remo para atizar y dejar aturdido al reptil.

Procedimos a embarcar, con cierto nerviosismo y temor a volcar nada más montarnos.

Pero no, enseguida llegaron las risas y el gozo y la emoción.
Yo iba remando en la proa y Dani llevaba, atrás, el timón.
Aitor iba con Jesús.
Yo iba remando en la proa y Dani llevaba, atrás, el timón.
Aitor iba con Jesús.
Josemi remaba atrás, en la canoa de tres, con las chicas.
Mis compañeras tylerianas.

La ruta que escogimos era de cinco horas y puede que tardáramos más, pues la hicimos tranquilos, sacando fotos, charlando y disfrutando como enanos del paisaje.
Mi compañero de canoa, Dani, había estudiado también filosofía y nos pasamos un buen rato dale que te pego hablando de libros.
Joder, hace cuánto tiempo que no leo ningún libro de filosofía...
Mi compañero de canoa, Dani, había estudiado también filosofía y nos pasamos un buen rato dale que te pego hablando de libros.
Joder, hace cuánto tiempo que no leo ningún libro de filosofía...

Tras dejar atrás el río abierto la ruta que señalaba el mapa se adentraba en un paisaje tupido de pantanos, árboles barbudos y vegetación por todas partes.
Lo siento, soy un urbanita y mi capacidad descriptiva para "lo verde" termina aquí.
Lo siento, soy un urbanita y mi capacidad descriptiva para "lo verde" termina aquí.

El caso es que decidimos salirnos de la ruta, aparcar el mapa un rato, y adentrarnos en una zona virgen, en donde las aguas estaban cubiertas de una finísima capa vegetal sobre la que saltaban innumerables y minúsculas ranas, que sólo llegamos a percibir pasado ya un buen rato y de casualidad.

Fuera de ruta.
Qué emoción.
En tierra de cocodrilos.
En tierra virgen.
Aquí vivieron, al parecer, los indios Caddos, pueblo pacífico, que cazaba y pescaba en estas aguas, que practicaba la artesanía y que -imagino- viviría en mítica armonía con la naturaleza.
En 1830 el gobierno norteamericano compró por 80.000 $ Caddo Lake y alrededores.
Un año después los indios Caddos fueron desalojados de "su hábitat natural", cual okupas.
El paisaje -pensamos- en el que nos habíamos adentrado al salirnos de la ruta oficial no debía de ser muy diferente a aquel en el que vivieron los indios Caddo.
De hecho -nos dijimos- el paisaje tenía un aspecto prehistórico como de película de dinosaurios.
Qué emoción.
En tierra de cocodrilos.
En tierra virgen.
Aquí vivieron, al parecer, los indios Caddos, pueblo pacífico, que cazaba y pescaba en estas aguas, que practicaba la artesanía y que -imagino- viviría en mítica armonía con la naturaleza.
En 1830 el gobierno norteamericano compró por 80.000 $ Caddo Lake y alrededores.
Un año después los indios Caddos fueron desalojados de "su hábitat natural", cual okupas.
El paisaje -pensamos- en el que nos habíamos adentrado al salirnos de la ruta oficial no debía de ser muy diferente a aquel en el que vivieron los indios Caddo.
De hecho -nos dijimos- el paisaje tenía un aspecto prehistórico como de película de dinosaurios.
Remamos durante mucho tiempo.
Remamos y remamos.
Remamos y remamos.

Al día siguiente tenía llagas en ambas manos.

Como pez en el agua me sentía al cabo de un par de horas remando, absolutamente adaptado al vaivén de la canoa.

Decidimos retomar el camino, salirnos de la ruta de los dinosaurios.
Y casi no encontramos la salida al río.

Pero no fue la cosa a mayores.
Volvimos a remar a río abierto.
Volvimos a remar a río abierto.

Y el paisaje seguía siendo tan espectacular como al principio.
A veces nos parábamos, más que a descansar, a disfrutar del momento.
Del lugar.
De los sonidos de la fauna circundante: el zumbido de los insectos, el rugido del pantano.
Del lugar.
De los sonidos de la fauna circundante: el zumbido de los insectos, el rugido del pantano.
Aquello era más que bucólico.
Parecíamos personajes de un lienzo impresionista.
Parecíamos personajes de un lienzo impresionista.

De vuelta a la zona transitada y habitada del río alucinamos con el poderío de las casas, de las segundas residencias de los americanos de bien.

Decidimos desembarcar en una de esas casas.

Estaba cerrada a cal y canto.
Su dueño estaría quizás ahora mismo en su primeria residencia en Houston o en Dallas, ocupado gestionando desde su despacho en la urbe sus negocios petrolíferos.
Me senté en el césped y me imaginé cenando con él y su familia el pavo de acción de gracias.
Me imaginé un futuro con su hija, una hermosa rubicunda de generosas curvas, amante de su casa, su marido, su familia y Dios.
O una morena más breve pero con mirada de ángel, intrépida, inteligente, la niña bonita de papá.
Me imaginé pasando con ellas las vacaciones o los puentes en la casita del lago.
Pescando salmones con su padre y practicando esquí acuático con su hermano menor...
Remamos, pues.
Remamos y fantaseamos y deliramos también lo justo.
Su dueño estaría quizás ahora mismo en su primeria residencia en Houston o en Dallas, ocupado gestionando desde su despacho en la urbe sus negocios petrolíferos.
Me senté en el césped y me imaginé cenando con él y su familia el pavo de acción de gracias.
Me imaginé un futuro con su hija, una hermosa rubicunda de generosas curvas, amante de su casa, su marido, su familia y Dios.
O una morena más breve pero con mirada de ángel, intrépida, inteligente, la niña bonita de papá.
Me imaginé pasando con ellas las vacaciones o los puentes en la casita del lago.
Pescando salmones con su padre y practicando esquí acuático con su hermano menor...
Remamos, pues.
Remamos y fantaseamos y deliramos también lo justo.

Ya de regreso el río se hizo espejo.

Y las hojas, los árboles y demás criaturas de lo verde se duplicaron en un juego móvil de reflejos y contradestellos.
Otro ocaso más en USA.
Mas no uno cualquiera.
Mas no uno cualquiera.

Dejamos, exhaustos, las canoas.
El viaje a Texas -pensé- comienza a amortizarse.
El viaje a Texas -pensé- comienza a amortizarse.























