viernes, 27 de abril de 2007

PaTeRaS NóMaDaS 2

Otra vez más Kapuscinski:

"Se vuelve cada vez más importante para el mundo la pregunta no de cómo alimentar a la humanidad -hay comida suficiente; a menudo sólo se trata de organización y transporte-, sino de qué hacer con la gente. Qué hacer con la presencia en la Tierra de millones y millones de personas. Con su energía sin emplear. Con el potencial que llevan dentro y que nadie parece necesitar. ¿Qué lugar ocupa esa gente en la familia humana? ¿El de miembros de pleno derecho? ¿El de prójimos maltratados? ¿El de intrusos molestos?".

(Ryszard Kapuscinski: Ébano).

sábado, 21 de abril de 2007

ZoNa PeLiGrOsA

Un viernes por la noche no deberían ocurrírseme planes tan arriesgados como el de salir al videoclub y alquilar una comedia ligera con la que ir dejando atrás el cansancio acumulado desde el lunes. Hace un par de meses me dejé las llaves del piso puestas por dentro y tuve que llamar al cerrajero. La operación terminó a la 1:30 de la mañana, hora en la que pude entrar por fin a mi casa, previo pago de 108 euros y sin haber podido siquiera llegar al videoclub.

El viernes pasado pude por lo menos alquilar la película antes de que se produjera la catástrofe. Iba ya de vuelta, el DVD en una mano y el MP3 en la otra, escuchando abstraído un reportaje radiofónico acerca de la nueva ley de universidades, ajeno por completo a la ciudad dormida, a la tranquilidad del barrio de Valterra sólo perturbada por la música y el motor atronadores de algún opel corsa tuneado y travestido en reactor, cuando -como un jarro de agua fría: no, ojalá, qué frecor, qué higiénico castigo- llegó y enchumbome desde el cielo la inmundicia en estado líquido:

¡¡¡pflashhhhhhh!!!

Me había alcanzado de lleno: el suéter, los vaqueros y, sobre todo, el pelo, que chorreaba como manantial desde una frente por la que corrían hilillos de un líquido repugnante. Tendría que ducharme de nuevo. ¿Qué rayos era aquella bazofia? Me olía a alcohol, a vino barato, a licor adulterado. A un alcohol dulzón; sangría don Simón mezclada a saber con qué mejunje de índole orgánica.

Maldije al culpable, grité "Sal, ti te atreves", espié la casa desde una distancia prudencial, escrutando el horizonte de lo que parecía una azotea, los ventanucos abiertos o rotos por los que cabría un cubo lleno de mierda. Era una casona típica canaria, abandonada, deshabitada, acaso ocupada ocasionalmente por mendigos, yonquis o niños en busca de emociones fuertes. La casa tenía de hecho cierto aire fantasmal. Ni un alma, ni un rostro agazapado, ni una risa de fondo... Nada. Silencio, impotencia y rabia.

"Aquí no hay más que rascar" -me dije. No era cuestión de coger un resfriado ni de perder el pelo por efecto de aquel potingue nauseabundo. Me fui, resignado.

Pero de pronto solté una carcajada y una súbita alegría me recorrió por dentro. Imaginé a tres o cuatro chicos tirados en el suelo de la casa en ruinas muertos de risa hasta el dolor. Imaginé que acaso hasta fueran alumnos del IES Blas Cabrera Felipe. Imaginé su dificultad para articular entre lágrimas de felicidad la frase en cuestión: "Joder, tío, le has dado de lleno en pleno tolmo al puto jefe de estudios".

Y es que con esta agresión líquida se cerraba el círculo, se hacía justicia, se saldaba una cuenta con mi pasado de cabroncete adolescente.

Éramos dos, tres, cuatro, no sé, dependía del día. Nuestra barbacana: la azotea de la casa del abuelo de Alberto, encima de Caprichos. No pude ver cumplidas casi ninguna de las fantasías eróticas de mi adolescencia. Y sin embargo, Caprichos, la tienda de golosinas del abuelo de Alberto, colmó todas las fantasías gastronómicas de mi tardoniñez. Nos metíamos por la trampilla, de noche o los fines de semana, cuando por fuera colgaba el cartelito de "cerrado", en delictivo silencio y con un chute de adrenalina que precedía al inminente chute en vena de azúcar insiscriminado. Una vez dentro, sólo era cuestión de saber elegir sabiamente el orden de los placeres antes del hartazgo: trufas, chocolate blanco, frutos de mar, judías, nubes, melocotones, plátanos, fresones, relojes, huevos fritos, cocacolas, caramelos, regalíes y pastillas de todos los colores y formas imaginables. ¡Qué desbordante imaginación la de los fabricantes de chuches! Nos sentíamos como Hansel y Gretel sin bruja.

Pero me he desviado... Desde la barbacana de Caprichos lanzábamos a los viandantes globos llenos de agua (que les daban un susto de muerte y les enchumbaban de arriba a abajo), huevos (con los que era más difícil acertar) o inocuos garbanzos (que simplemente hacían detenerse a los transeúntes, vacilar un instante, mirar estúpidamente alrededor, y proseguir el paso). Una vez acertamos de lleno con un huevo en el interior de un BMW del que salía una emperifollada víctima. Nos descubrió y una semana más tarde se presentó en Caprichos con la factura de la tintorería. Hubimos de pagar el lavado del traje y de la tapicería. Fue entonces que el abuelo tomó medidas y zanjó esta etapa de nuestra infancia.

El viernes pasado volví a recordarla y mientras me enjabonaba en la ducha y me sacaba esa mugre hedionda y pestilente del pelo, reí al trasladarme a aquel escenario, en el que dos, tres o cuatro cabroncetes preadolescentes puteábamos incívicamente a la ciudadanía desde las alturas, ebrios de placer y adrenalina, vacilando entre el temor a ser pillados y el regocijo por la fechoría cometida.

Reí y la risa me sirvió de catarsis y el incidente de expiación. Pues aunque pueda parecer una impostura o una fabricación a posteriori de la memoria, creo no equivocarme si afirmo que junto a la frivola e inconsciente gamberrada, una sombra de culpa, de congoja y de vergüenza de mí mismo acompañaba a aquellos bombardeos desde las trincheras de un ejército pueril y algo cobarde.

Así que si el baño nocturno de líquido inmundo del viernes pasado sirve para justificar tantas risas y buenos momentos, y para hacer justicia y pagar el precio por las gamberradas que hace más de quince años quedaron impunes... ¡Bienvenido sea!

miércoles, 11 de abril de 2007

cHiNa cAmBiAnTe 2

En China se ha vuelto más caro morir que vivir. La falta de espacio y la especulación con el suelo han alcanzado finalmente a las postreras parcelas, las tumbas. Cada año mueren 100.000 chinos en Shangai y se calcula que de seguir así de aquí a diez años no habrá espacio en la ciudad para enterrar a los muertos.

Los más avispados llevan ya un tiempo jugando con el valor de lo crematístico. El precio del metro cuadrado de una parcela modesta en un cementerio de los alrededores de Pekín ronda los 2.500 yuanes (242 euros), unas 14 veces más caro que hace una década. El Ministerio de Asuntos Civiles ha sacado un borrador de ley para garantizar que sólo aquellos a quienes se les haya muerto un familiar o amigo tengan derecho a la compra de una parcela. Se pretende con ello frenar la especulación galopante en torno a los muertos.

El Ayuntamiento de Shangai, además, ha duplicado este año (de 19 a 36 euros) el subsidio que recibirán las familias que se decanten por el funeral "marítimo" y decidan lanzar las cenizas de sus seres queridos al mar. En la misma linea, el Ayuntamiento está recomendando que las nuevas sepulturas tengan menos de un metro cuadrado, la mitad del tamaño más popular.

No obstante, los shangaineses se resisten a adoptar los consejos de las autoridades. Y es que, según las estadísticas, sólo un 1,6 % de los "enterramientos" que se producen en la ciudad son marinos y tan sólo un 7% de las familias entierran a los suyos en parcelas de tamaño pequeño.

La cultura china ofrece una particular devoción a sus muertos. El día 5 de abril celebran la festividad de Quingming o barrido de las tumbas. Los cementerios se llenan de masas que con fervor acuden a honrar a sus difuntos: barren las lápidas (o el trocito de mármol) y queman objetos que, según sus creencias y de acuerdo con el rito budista, habrán de disfrutar sus antepasados en una vida ultraterrena. La relación de objetos o bienes que por incineración son enviados al otro mundo va desde un cochinillo o alcohol hasta preservativos, viagra o la figura del amante que el muerto o la muerta (generalmente lo primero) tuvo en vida.

Funerales marinos, tumbas diminutas objeto de especulación inmobiliaria (cual si de pisos españoles se tratara), preservativos de papel y viagras como ofrenda a los muertos del siglo XIX. Ejemplos de una China cambiante. Y de que incluso aquello que simboliza y representa el cese, la cancelación, el fin de todo cambio -la muerte- también de alguna forma está sujeto al mismo.

jueves, 5 de abril de 2007

cHiNa cAmBiAnTe 1


A medida que el tiempo pasa aumenta el problema de los chinos con el espacio.

Francis Fukuyama proclamaba hace décadas el fin de la historia, que él identificaba con la consolidación y triunfo en el mundo del modelo capitalista de las modernas sociedades democráticas. Tras la caída del muro de Berlín y el fracaso del llamado socialismo real, la expresión de Fukuyama se veía reforzada con un contenido político: el de el fin de las ideologías.

Ahora que China -el coloso, el gigante asiático, el "centro del mundo" según la milenaria percepción de sí mismos de los propios chinos- "despierta", "se abre", esto es, abraza el capitalismo, ahora que parece que cobra más valor que nunca la profecía de Fukuyama del fin de las ideologías, se torna más urgente y necesario que nunca buscar alguna alternativa a este fatum, alguna vía de escape, alguna corrección al sistema cuyas "contradicciones" denunció desde el primer momento la ortoxia comunista y hora vive en carne propia la sociedad china.

Yang Wu, un antiguo campeón de kung-fu, y su esposa, Wu Ping, han finalmente aceptado una indemnización de 95.000 euros por el derribo de su casa para la construcción de un gran centro comercial. Llevaban desde el 2004 rechazando todas las ofertas recibidas y algo más de un año con su casa sitiada por las palas y grúas que habían vaciado literalmente las inmediaciones de suelo y transformado su morada en un islote suspendido casi en el vacío, en un bastión erguido frente al maremágnum de la especulación.

Las casas cuyos habitantes se resisten a abandonarlas, impelidos a ello por el gobierno, reciben en China el nombre de "casas-clavo". No son un fenómeno aislado. La demolición de la denominada por EL PAIS (04/04/07) "casa del clavo" no constituye un acontecimiento pintoresco e insólito, aunque sí visualmente impactante, sino la punta del iceberg de un fenómeno en pleno auge fruto de la cada vez más imparable "modernización": la especulación con el suelo. La fachada de las grandes ciudades chinas cambia a una velocidad galopante. Allí donde había hasta hace poco manzanas o barrios enteros de hogares construidos con la lentitud de los siglos y según la disposición de la arquitectura tradicioal china (callejuelas más o menos laberínticas y estrechas, escenario de la vida social y el intercambio humano, donde poder no sólo comprar y vender, sino también lavarse el pelo o jugar a las damas) ahora encontramos grandes avenidas ruidosas e inhóspitas, pobladas de grandes edificios comerciales y calcadas de las grandes metrópolis occidentales.

La destrucción de una determinada disposición urbanística implica necesariamente la destrucción de un determinado tipo de costumbres y hábitos: así como la adopción de otros de recambio. Una de las cosas que más me fascinó de los chinos en China fue, junto a su capacidad de trabajo, su entrega versátil, variada y generalizada al disfrute del ocio y el tiempo libre. Chinos jugando a las cartas, al dominó o a las damas en plena calle. Chinos volando cometas. Chinos haciendo ejercicio e incluso bailando. Chinos sesteando y chinos charlando. Todas estas actividades las desarrollaban en la calle, lugar de encuentro y comunión con el prójimo. Y todas ellas eran absolutamente gratuitas. Me asombró -por contraste con nuestra sociedad capitalista y rica- la capacidad que tienen los chinos de disfrutar de su tiempo libre sin pagar. Y me pregunto si los grandes centros comerciales que vienen a sustituir a las últimas casas-clavo pervertirán dicha costumbre y harán esclavos a los chinos del ocio de pago al que estamos acostumbrados los occidentales.




miércoles, 4 de abril de 2007

TiEmPo DiBuJaDo

¿Por qué el cielo es azul? ¿por qué se tiñe de otros colores -ocres, rosados, amarillos- con el alba y al atardecer?

Un volcán y una pagoda, uno cono natural, el otro hechura humana, se apartan con humildad del primer plano de la foto, se tornan espectadores esquinándose, se vuelven hacia lo alto y se interrogan: ¿por qué azul? ¿por qué naranja? ¿qué ley de la óptica? ¿qué capricho de los dioses?

Busco en Google: "por qué el cielo es azul".

El cielo es azul debido a la llamada "dispersión Rayleigh". En 1870 Lord John Rayleigh explicó, al parecer satisfactoriamente, el fenómeno. La luz solar se compone de una multiplicidad de ondas de diferente frecuencia. El ser humano percibe todas aquellas que están más acá de las infrarrojas y de las ultravioletas. Y las percibe traduciendo un fenómeno absolutamente objetivo (la diferente longitud de onda) en un fenómeno mental, psicológico y, por tanto, plenamente subjetivo (la percepción absolutamente personal e intransferible de un verde, de un rojo, de un magenta). Pues bien, las moléculas de los gases que hay en la atmósfera (formadas por nitrógeno, oxígeno y argón, en orden decreciente) hacen desviarse, dispersándolas, tales ondas de luz solar. Y es precisamente la luz de longitudes de onda más corta la que de modo más eficaz tienden a dispersar tales moléculas. Esa luz es la que dispersándose lo inunda todo y la que -traducida al sistema perceptivo humano- se corresponde con lo que llamamos azul.

Por eso el cielo es azul.

Busco en Google: "por qué nos conmueve el color del cielo". No hay ningún resultado que coincida con mi búsqueda. ¿Por qué nos alegra y llena de entusiasmo su limpidez azul inmaculada? ¿Por qué parece que nos habla desde su silencio mayestático, ya sea el azul atlántico de las islas o el azul eterno y continental de China, revelándonos algún misterio cifrado? ¿Por qué se produce un desgarro en nosotros, por qué suena una nota aguda en nuestro interior, por qué el corazón se confunde y enreda en sí mismo, sin saber si está henchido o herido, cuando el mismo cielo comienza a teñirse y consumirse como en una hoguera? ¿Por qué el ánimo se sobrecoge cuando la silueta amenazante del volcán se recorta sobre la isla y crece su sombra a medida que la luz total se extingue?

Durante el ocaso, la luz solar atraviesa la atmósfera de modo oblicuo, por lo que ha de recorrer un tramo mayor de atmósfera que cuando cae -al mediodía- perpendicular al hombre, a la pagoda o al volcán. Durante ese mayor recorrido de la luz solar, la azul ha ido dispersándose por el camino, mientras que aquella con una longitud de onda más larga -la roja- llega a su destino de modo más directo. Por eso se produce al atardecer esa explosión orgiástica de amarillos, naranjas, rosados, violetas y rojos.

Nada más dice Google al respecto.

He aquí una hipótesis de por qué nos conmueve el color del cielo: porque nos dibuja el transcurrir del tiempo.

domingo, 25 de marzo de 2007

TiEmPo sUbJeTiVo 2

En el post anterior Kapuscinski contrastaba el carácter maleable y subjetivo de la concepción que los africanos tienen del tiempo con la idea que los "europeos" tenemos de esta -reza el diccionario- magnitud física: absoluto, objetivo y exterior al sujeto.

Esto vale para Newton, y para nuestra concepción de sentido común. Sin embargo, también es europeo Kant, del que recordará cualquiera que lo haya sufrido en bachillerato su definición del tiempo como una "forma a priori de la sensibilidad", lo cual venía a resumirse en que el tiempo no es una realidad exterior e independiente del sujeto que conoce, sino una condición que éste impone a todo aquello que ha de ser conocido. Se trata no de una cualidad o propiedad del mundo, de la realidad exterior a nuestro entendimieno, sino de una forma, de una condición bajo la cual tiene lugar el conocimiento. El entendimiento impone a todo aquello que se nos presenta la siguiente constricción o camisa de fuerza: su sometimiento a este mecanismo férreo aunque subjetivo: el tiempo.

Siempre me ha costado entender u otorgar verosimilitud a esta piedra de toque de la filosofía de Kant, desde que se la oí por primera vez a mi profesor de filosofía en COU hasta hoy mismo (en que me toca enseñarla), pasando por mi examen de oposición en que tuve que exponerla. Resulta muy difícil tomarse en serio la afirmación de que el tiempo es algo subjetivo y no por tanto una propiedad del universo. Incluso si se entiende ese carácter subjetivo como algo compartido, propio de la especie humana: como algo intersubjetivo. Me resisto a pensar que lo que había antes del hombre y lo que habrá después de él no sea tiempo. Aunque hablar aquí de "antes" y "después" implica dar por sentado lo que precisamente se pone en solfa. Y Kant me diría aquí que eso se debe a que no me queda más remedio que hablar y pensar de ese modo (utilizando categorías temporales) pero que eso sólo es un síntoma que delata la marca de fábrica de nuestro entendimiento.

No obstante, incluso si nos declaramos detractores de Kant en este punto, sí que hay un sentido en que la idea del tiempo como algo subjetivo cobra toda su validez. Es el que le otorga al hablar de los africanos Kapuscinski, o al que se refiere ese cambio de mentalidad de la sociedad peruana en el post anterior y que tiene su origen en la invención del reloj mecánico y su profusión durante la revolución industrial como emblema del capitalismo.

Para los africanos (acaso también para el occidental precapitalista) el tiempo sólo pasaba o corría o transcurría cuando algo en el mundo tenía lugar, sucedía, cambiaba: una nueva estación, una celebración ritual, una arruga. Sólo los acontecimientos indicaban que el tiempo había fluído. Con la generalización del reloj, con la familiarización con este artilugio que implica el llevarlo atado a la muñeca como un apéndice, se hace posible que pase el tiempo sin que ocurra nada (como no sea el mero registro que implica el desplazamiento de una manecilla, la aparición de un nuevo dígito o la cantinela de una alarma). No importa la intención subyacente que pueda ver en esta transformación el historiador social: disponer de un mecanismo con el que el patrón poder azuzar a los obreros y encomiarles a llenar este receptáculo vacío que marca el reloj (pongamos por caso: 35 minutos) con las más diversas actividades o acontecimientos (enroscar 3000 tornillos, apretar 600 tuercas, dar 300 martillazos). Lo que importa es el efecto que este cambio de hábitos creó en nosotros, occidentales: la idea de un tiempo objetivo exterior a nosotros, que nos constriñe, que nos encorseta, que nos impone una determinada servidumbre.

Es a esta servidumbre a la que escapa aún el hombre africano que describe Kapuscinski en "Ébano". La misma que pretende afianzar ahora el gobierno peruano con su campaña "La hora sin demora".

miércoles, 14 de marzo de 2007

TiEmPo sUbJeTiVo 1

Esta tarde escuché una noticia insólita. El gobierno de Perú ha emprendido una guerra, una cruzada, una campaña contra la impuntualidad: un mal endémico al parecer de la sociedad y de las instituciones peruanas, así como de la mayor parte de países latinoamericanos.

El presidente Alan García hizo repicar ayer al mediodía las campanas de la plaza mayor de Lima, en un acto en el que se sincronizaron los relojes y se puso en marcha la campaña bautizada "La hora sin demora".

En la ceremonia se exhibió un ataúd con el rótulo "muerte a la hora Cabana", en alusión a la localidad donde nació el ex presidente Alejandro Toledo, considerado un tardón empedernido. Mientras por estas latitudes se discute en torno a la recuperación de la memoria histórica los políticos peruanos se reprochan no llegar nunca en hora.

La impuntualidad, la tardanza, la demora: un mal, un vicio, un lastre del que no se salvan otros países del continente. Así, entre los colombianos circula el refrán: "después de la gente, lo que más se pierde en el país es el tiempo". En Perú se lo han tomado en serio. En palabras de Max Hernández, secretario general del acuerdo nacional entre partidos y empresarios y gestor de la campaña: "Queremos acabar con una costumbre muy arraigada, el tardón es como si se creyera que es dueño del tiempo, queremos que la gente tome conciencia de que el tiempo es un recurso no renovable".

Cambio de escenario: Ryszard Kapuscinsky, en su libro "Ébano" del que se ha extraido el texto que compone el post anterior, describe lo que él considera las diferentes concepciones del tiempo de europeos y africanos. No puedo evitar volverlo a citar:

"El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: "Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior". El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

"Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (...) El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía (...) Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta:
"¿Cuándo se celebrará la reunión?". La respuesta se conoce de antemano: "Cuando acuda la gente".

La anécdota peruana y este fragmento de "Ébano" demuestran dos cosas.

En primer lugar, que con la campaña "La hora sin demora" el presidente Alan García da un paso adelante en la "europeización" de la concepción del tiempo de los peruanos. En la voluntad de someter a los "tardones" al esquematismo y el rigor de los horarios, en su intento de rentabilizar ese "recurso no renovable"se percibe el zarpazo homogeneizante de la globalizacón, que asimila modas, ritos, creencias y -ahora- formas de entender y vivir el tiempo, bajo el dictado de la lógica del beneficio económico. Al parecer, el ex presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez ya había emprendido una campaña similar a la de Alan García "porque ese mal -leo en prensa- causaba pérdidas de 2.300 millones de dólares anuales a su país". Sólo el dinero puede explicar el hecho de que un gobierno se afane en travestir parte de la idiosincracia de un país.

Lo segundo que cabe colegir de lo anterior, la segunda reflexión a la que invitan las palabras de Kapuscinski y la nota periodística, tienen que ver con la idea de la subjetividad del tiempo.

Pero este post está creciendo demasiado. Ha llegado la hora de añadir un número al encabezado del post y cerrarlo de modo abrupto e inconcluso con un:

Continuará...

domingo, 11 de marzo de 2007

PaTeRaS NóMaDaS


"La población de África no era sino una gigantesca y enmarañada red que, cubriendo todo el continente y hallándose en constante movimiento, fluía y se entrelazaba, se concentraba en un lugar y se dispersaba en otro. Una tela multicolor. Un tapiz abigarrado.

Esta forzada movilidad de la población ha hecho que en el interior de África no haya ciudades antiguas, tan antiguas -como las de Europa o de Oriente Medio- que se hayan conservado hasta hoy. Otra situación parecida -una vez más a diferencia de Europa y de Asia-: un gran número de comunidades (algunos dicen que todas) ocupa territorios en que no ha vivido antes.

Todos han llegado de otros lares, todos son inmigrantes. África constituye su mundo común, pero dentro de sus fronteras, ellos se han desplazado, la han pateado durante siglos (en muchas partes del continente este proceso dura hasta hoy). De ahí el impactante rasgo de esta civilización: su provisionalidad, su carácter de algo accidental, su falta de continuidad material. La choza levantada tan sólo ayer hoy ya no existe. El campo cultivado hace tan sólo tres meses hoy es tierra baldía.

La continuidad que sí goza aquí de buena salud y cimenta diferentes comunidades es la de las tradiciones y ritos tribales y el profundo culto a los antepasados. De ahí que, más que una comunidad material o territorial, el africano se siente ligado con sus allegados por una comunión espiritual".

(Ryszard Kapuscinski: Ébano).

sábado, 3 de marzo de 2007

bLaS cAbReRa

Cuando hace casi tres años consulté la web de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias para conocer el Centro de destino que me había sido adjudicado, el resultado de la búsqueda "IES Blas Cabrera Felipe" apenas desvió mi atención de lo primordial: dónde estaba ubicado, de qué tipo de alumnado se nutría, qué se sabía del claustro de profesores... El insigne físico lanzaroteño pasó por delante de mis narices absolutamente desapercibido.

Vivimos rodeados de recuerdos y homenajes en forma de nombres de calles, plazas, avenidas, fundaciones, centros de enseñanzas, o directamente placas, bustos o estatuas a los que no les prestamos la más mínima atención. Ahí están, casi siempre reforzando su presencia con la contundencia del mármol, del granito, del bronce o del acero. Y sin embargo son invisibles para nosotros.

En el año 2002 la ciudad de La Laguna le rendió un homenaje al célebre canario y el IES Cabrera Pinto plantó en el jardincillo de su fachada, con el antiguo convento de San Agustín, quemado, al fondo, este busto y esta placa. Debajo, guillotinada por la foto, la siguiente cita:

"Alejado por el destino de las peñas donde vine a la vida y sentí el impulso que ha determinado mi actuación futura, desearía estimular a mis jóvenes paisanos para la realización de una obra que honre a España" (16 de mayo de 1934)

Una cita muy edificante y apropiada para las puertas de un instituto, aunque mucho me temo que esos "jóvenes paisanos" que las franquean apresuradamente a las 8:15 y luego más veloces aún a las 14:15 poco habrán de reparar en las palabras de este carcamal de bronce del siglo pasado. Con ocasión de este homenaje Javier Muguerza pronunció una conferencia en el salón de actos del instituto, en la que no recuerdo haber visto a nadie en edad de ser "joven paisano" o alumno del centro y en la que abordó la dimensión política y moral del personaje, que le obligó -como a tantos otros republicanos- a abandonar España y exiliarse de esas "peñas donde vin(o) a la vida". Podríamos pensar que "el destino" que lo alejó de las islas no es otro que el zarpazo feroz de la guerra civil, si no fuera la cita del año 34 (y su fuga a México tres años más tarde).

El caso es que yo también fui, como Blas, alumno del Cabrera Pinto, en Tenerife (en su momento, único instituto de Canarias). Y que ahora trabajo en un instituto de Lanzarote que lleva su nombre. Y que en mi ruta diaria a pie desde casa atravieso la calle Blas Cabrera Felipe. Y que con sólo desviarme un par de manzanas me tropiezo con esta estatua en bronce de cuerpo entero de Blas Cabrera Felipe acalorado bajo el fuego de Arrecife con su plúmbea chaqueta y blandiendo en su diestra un libro imperturbable al azote de los elementos, que lo distingue y le otorga un perfil profesoral.

A los pies del monumento, de la estatua, hay 12 placas conmemorativas del nacimiento del prestigioso paisano, todas con fecha del 20 de mayo, incrustadas en la piedra a razón de una por año, desde el 1995 en que se erige el monumento hasta el 20 de mayo de 2006, último aniversario registrado. Siempre es alguien diferente quien rescata a Blas Cabrera del olvido, de eso que dio en llamar Javier Marías "la negra espalda del tiempo": El Cabildo, Ayuntamiento y Amigos de la Cultura Científica en 1995; el Gobierno de Canarias en 1996; la Universidad Complutense y la Menéndez Pelayo en 1997; el Gobierno de Cantabria (fue rector de la Universidad Internacional de Verano) en 1998; la Universidad de Las Palmas en 1999; la Universidad de La Laguna en el año 2000; la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en el 2001; el Instituto de España en 2002; el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 2003; la Real Academia Española en 2004; la Academia de Ciencias e Ingenierías de Lanzarote en 2005 y, por último, el Instituto de Estudios Canarios en 2006. Ignoro a qué institución le toca hacerse cargo de la onomástica del 2007. Lo que sí sé es que lo va a tener chungo a la hora de encontrar un hueco libre en el que adosar su correspondiente placa.

Todos ellos lo recuerdan y celebran su legado. Impiden que se convierta en nada bajo el peso cataclísmico de la Historia. Insuflan vida a sus legajos. Oxigenan sus hipótesis, sus intuiciones brillantes, sus hallazgos geniales, al revisitarlos. Vivifican y se hacen cargo de una obra que de otro modo quedaría exangüe y huérfana.

De este modo luchan contra el tiempo. Como lo hace el escritor que inmortaliza sus vivencias, intuiciones y anhelos. Como completa su labor el lector una vez que aquél ha muerto, tras entregarle -con su obra- el testigo de esta carrera contra el tiempo.

Y sin embargo... todos mueren. Como muere Blas Cabrera.

Cuando escruto las cuencas de sus ojos rellenas de bronce y distingo en el arroyo blanco que baja desde su calva el líquido excremento de una tórtola, lo confirmo: todos mueren. Incluso Blas Cabrera.

sábado, 24 de febrero de 2007

cArNaVaL PaLmErO


"No hay que subestimar el atractivo primordial de salir de uno mismo, completamente, porque esta salida, esta huida de la prisión del cuerpo, implica nacer a la vida eterna, lejos de las constricciones de la mortalidad y del tiempo. Librarnos de las cadenas del ser por un instante, suprimir el accidente de nuestro yo mortal, liberar las pasiones en un único estallido...


...La embriaguez, el orgasmo, el vértigo de la danza no constituyen, pues, sino el abandono de nosotros mismos a una voluntad superior que se hará cargo de nuestra persona el tiempo que duren el baile, la borrachera, la pasión amorosa o los efectos de las drogas, depositando nuestra confianza más absoluta en poderes vitales sobrehumanos, que nos permiten sentir que la propia vida, en los momentos de extrema exaltación, se funde en un poder divino. En ese sentido, lo que en nuestra sociedad son pecados constituían manifestaciones de gracia para los paganos".


(Lucía Etxebarria: La Eva futura. Cómo seremos las mujeres del siglo XXI y en qué mundo nos tocará vivir).