
El primer día de clase les leí "El patito feo".
Es una historia hermosa, con cierta complejidad psicológica apta -creo- para 1º.
El fondo del cuento coincide con esa idea tan americana de la autosuperación y la transformación.
O quizás el metarrelato implícito es más amplio todavía, no exclusivo de la cultura yanqui.
Sin ir más lejos, Betty la fea es la versión contemporánea de "El patito feo".
Al no conocer aún la edad mental de mis alumnos, abrí el cuento con cierta indecisión, temeroso de que encontraran aquella fábula excesivamente infantil.
Quizás aquella historia con animales parlantes les iba a sonar como para bebés de prekinder.
Por eso cuando dos de ellos me dijeron que ya conocían el cuento del patito feo hice un amago de rectificar:
-Bueno, entonces si ya lo conocen mejor leemos otro.
-¡No, no, no! -gritaron todos, incluidos los dos que habían acrecentado mis dudas- ¡Queremos el del patito feo! ¡el patito feo!
Lo reconozco; esto es algo nuevo para mí.
En bachillerato mis alumnos nunca se han sumado con tanto entusiasmo y brío al grito unánime de:
-¡No, no, no! ¡Queremos el Discurso del Método! ¡el Discurso del Método!
Pero eso ya es otra historia...
Al terminar de leerles el cuento, les pedí que hicieran un dibujo sobre algún momento de la historia que les hubiera llamado la atención.
A mis alumnos les encanta escuchar historias o cuentos, pero más aún les encanta dibujar.
Al rato, me di cuenta de que varios alumnos no habían podido empezar el dibujo:
-Es que no sabemos cómo se dibuja un pato, Mr. Fajardo.
Claro, no había caído en eso...
¿Sé yo cómo se dibuja un pato?
Un profesor de filosofía puede permitirse el lujo de no saber dibujar pero no ocurre lo mismo con un maestro de primaria.
Así que me acerqué a la pizarra e hice lo que pude...
-¡Pero maestro -protestaron todos- eso no es un pato, sino una gallina!
-Es verdad -tuve que admitir- me he olvidado de dibujarle las patitas de pato.
Es una historia hermosa, con cierta complejidad psicológica apta -creo- para 1º.
El fondo del cuento coincide con esa idea tan americana de la autosuperación y la transformación.
O quizás el metarrelato implícito es más amplio todavía, no exclusivo de la cultura yanqui.
Sin ir más lejos, Betty la fea es la versión contemporánea de "El patito feo".
Al no conocer aún la edad mental de mis alumnos, abrí el cuento con cierta indecisión, temeroso de que encontraran aquella fábula excesivamente infantil.
Quizás aquella historia con animales parlantes les iba a sonar como para bebés de prekinder.
Por eso cuando dos de ellos me dijeron que ya conocían el cuento del patito feo hice un amago de rectificar:
-Bueno, entonces si ya lo conocen mejor leemos otro.
-¡No, no, no! -gritaron todos, incluidos los dos que habían acrecentado mis dudas- ¡Queremos el del patito feo! ¡el patito feo!
Lo reconozco; esto es algo nuevo para mí.
En bachillerato mis alumnos nunca se han sumado con tanto entusiasmo y brío al grito unánime de:
-¡No, no, no! ¡Queremos el Discurso del Método! ¡el Discurso del Método!
Pero eso ya es otra historia...
Al terminar de leerles el cuento, les pedí que hicieran un dibujo sobre algún momento de la historia que les hubiera llamado la atención.
A mis alumnos les encanta escuchar historias o cuentos, pero más aún les encanta dibujar.
Al rato, me di cuenta de que varios alumnos no habían podido empezar el dibujo:
-Es que no sabemos cómo se dibuja un pato, Mr. Fajardo.
Claro, no había caído en eso...
¿No estarán acaso -pensé- todavía en alguna de esas etapas del desarrollo infantil que describe Piaget en la que sólo se dibujan casas con chimenea y tejado a dos aguas, árboles, nubes, soles y lo que parece ser una familia?
Y lo que es más importante:
¿Sé yo cómo se dibuja un pato?
Un profesor de filosofía puede permitirse el lujo de no saber dibujar pero no ocurre lo mismo con un maestro de primaria.
Así que me acerqué a la pizarra e hice lo que pude...
-¡Pero maestro -protestaron todos- eso no es un pato, sino una gallina!
-Es verdad -tuve que admitir- me he olvidado de dibujarle las patitas de pato.

Así que tracé dos líneas con las que dar consistencia a los raquíticos tridentes que había dibujado por patas y en la imaginación de todos la improvisada gallina se coinvirtió en pato.
Eso sí... en patito feo.












































