sábado, 10 de mayo de 2008

PeRSoNaS SiNgULaReS 1


José Luis tiene dentro de sí un universo raro e insólito.

Hace cosa de un año para mí no era sino un alumno más.

Un alumno, eso sí, con el que había que contar de un modo especial a la hora de formar los grupos, siguiendo las recomendaciones de Mª Eugenia y teniendo en cuenta que, por causa de su discapacidad derivada de déficit psíquico, era, junto a los sordos, el tipo de alumno que reduce en 5 la ratio de alumnos establecida para la ESO, que es 30.

Ahí quedaba todo.

Mª Eugenia, la profesora de P.T. (pedagogía terapéutica) se encargaba de casi todo lo demás: supervisaba las adaptaciones curriculares, se ponía en contacto con la madre y le ofrecía a José Luis clases de apoyo y mucha comprensión y cariño.

Mª Eugenia habla siempre muy bajito, es delgada, camina como de puntillas, como si no le importase poder ser invisible. Tantos años tratando con niños y niñas especiales le ha modificado, creo, la mirada. Sus grandes ojos claros parece que escuchan. Cuando uno termina una frase, siempre pasan algunos segundos antes de que ella vuelva a hablar, como si con su silencio y con su mirada estuviese animando a su interlocutor a decir algo más, a encontrar algo más en su interior. Así es como, creo, habla y escucha a sus alumnos. Tiene muy pocos, en comparación con cualquier otro profesor, pero su labor es ingente.

Supongo que sí, que también ella es una persona singular; pero volvamos a José Luis, que es de quién trata este post.

Durante este curso José Luis ha dado un cambio; supongo que a peor.

Ha empezado a tirar tizas y bolas de papel en clase, o a insultar y molestar a sus compañeros. Se ha vuelto un tanto rebelde e indomeñable respecto a sus profesores. Y consciente o no de ello, su idiosincracia psíquica le sirve de pretexto o de salvoconducto.

Su mayor fuente de problemas ha sido su obsesión con las madres ajenas. Prácticamente desde el comienzo del curso, empezaron a llegar las primeras quejas de alumnos: "Profe, ese niño me llama hijo de puta cada vez que me ve" o "Profe, José Luis me está llamando puta".

Aunque los alumnos son conscientes, por lo general, de que su discapacidad le exime en parte de culpa, no siempre es así. No sólo se trata de que a esas edades cualquier insulto está permitido excepto el dirigido a lo más sagrado: la madre. También está ese sentimiento intuitivo de equidad que con frecuencia manifiestan los alumnos: "Profe, no es justo que a José Luis se le deje hacer esto y lo otro y no pasa nada y en cambio a mí me pongan un parte".

Muchos alumnos no lo conocen de nada y a punto han estado de partirle la cara cuando al cruzarse con él les ha llamado sin más hijo de puta. Sólo una risita loca que acompaña al insulto les ha hecho contenerse y percatarse de que algo anormal estaba pasando: un equívoco, un malentendido, un sueño. Luego alguien se ha apresurado a advertirle: "Tranquilo, relájate, no le hagas nada, déjalo". Y luego, en voz baja, o no: "¿No ves que es tonto?". O algo parecido.

Cuando yo tenía esa edad éramos igual de crueles e insensibles. En nuestra escuela, el colegio Aneja, había un grupo de alumnos de educación especial. Arturo, el jorobado, el bola-del-mundo... Todos nos referíamos a ellos como los subnormales.

En una ocasión los insultos de José Luis provocaron que otros dos alumnos, también de P.T., se enzarzaran con él, pegándole.

Mª Eugenia ha hecho todo lo posible para corregir esta peligrosa manía de José Luis. Hasta la fecha, parece que ha conseguido algo: sustituir el "hijo de puta" por un inofensivo "déjame en paz".

¿Qué está pasando dentro de la mente de José Luis?

Hace unos meses su tutor me comentó que José Luis estaba saliendo el último del aula al tocar el timbre para ir al recreo y que, en ocasiones, intentaba o conseguía quedarse arriba -en el aula o en los pasillos- durante el mismo. Yo le comenté que sería conveniente estar pendiente de ello y que había que tener cuidado con que nadie se quedara arriba durante el recreo (es una de las normas del Centro) porque se estaban produciendo muchos robos en mochilas de alumnos últimamente.

José Luis no sólo se quedaba arriba todo el tiempo que podía, eludiendo la vigilancia del profesor de guardia, sino que nunca se quita la mochila, pese a disponer como el resto de alumnos de una taquilla en donde guardarla.

Una semana después de esta conversación el tutor entró a Jefatura, muy alterado, seguido de José Luis y su mochila. El tutor consiguió contagiarme su enfado y alarma:

"He encontrado a este alumno metido en el baño de profesores a pesar de que sabe que no puede andar por los pasillos de arriba durante el recreo. Creo que tiene algo en la mochila y no me lo quiere enseñar".

Últimamente alguien había robado teléfonos móviles, dinero, estuches...

Estaba claro que José Luis tenía todas las papeletas de llevar algo que no era suyo en su mochila, pues se negaba a abrirla. Intentamos persuadirlo por las buenas, por las malas y por las regulares. Él se negaba a defenderse, a razonar. Simplemente su lenguaje no era nuestro lenguaje. Pensamos en llamar a la madre para que viniera y abriera la mochila delante de José Luis. Pero no había tiempo de hacer las cosas como deben hacerse las cosas: otras urgencias, otras demandas, otros problemas se agolpaban a la vera de la puerta del despacho.

Creo que acabamos abriendo la cremallera de la mochila por la fuerza, o algo parecido.

Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir lo que llevaba allí escondido José Luis:

¡cinco rollos de papel higiénico!

El tutor le echó un sermón a su alumno mientras yo me mordía la lengua para no reirme.

Devolvimos los rollos de papel higiénico al baño de profesores y la cosa se quedó en eso. Pero desde ese día intenté interesarme un poco más por José Luis y por su singular cabecita.

Cuando me lo cruzo por los pasillos lo miro, lo saludo, lo miro.

Él responde muy vagamente a mi saludo, pero me sigue mirando de modo intermitente, au después de habernos alejado.

Mª Eugenia me lo ha explicado hace poco. Me ha dicho que cuando toca el timbre que marca el final de su clase José Luis recoge sus cosas y se ajusta esa su segunda piel con asas y cremallera... Pero no se va, o no del todo. Mientras Mª Eugenia lo siga mirando no termina de irse, sino que sale del aula y vuelve a entrar, y se queda mirándola desde el dintel de la puerta. Así podía pasarse horas Mª Eugenia, diciéndole a su alumno "Pero vete ya", como a un perro al que se quiere pero al que no podemos llevarnos de viaje. Hasta que a base de ensayo y error ha terminado Mª Eugenia descifrando el insólito código. Tan sólo tiene que decir "Adiós José Luis" y mirar para otra parte, fingir quedarse ensimismada con otros asuntos o tareas que ya no competen a José Luis. Entonces él se va... y ya no vuelve, hasta la siguiente clase.

Esta semana Mª Eugenia vino a hablar conmigo en relación a José Luis. Me contó que cuando toca el timbre de las 14:00 horas no sale con el resto del alumnado -cual estampida de búfalos enloquecidos- sino que se queda rezagado y espera a que ya no quede nadie en el Centro. Al principio, su cabecita asomaba por detrás de alguna esquina a partir de las 14:15 o 14:20. Su madre, mientras tanto, lo espera pacientemente, absolutamente sola ya, frente a la verja de la entrada, el tiempo que haga falta.

Sin embargo -me cuenta Mª Eugenia preocupada- la cosa cada vez está yendo a peor: José Luis se esconde y se adentra e los jardines del instituto, se sienta en algún rincón apartado, junto al invernadero, y allí se queda, cada día un poco más tarde.

Mª Eugenia me ha pedido que hable con su madre, reacia desde siempre a aceptar la singularidad de su hijo, para que ésta vea que no es ella la única persona que piensa que José Luis no es alumno como cualquier otro y que necesita, por tanto, una atención especializada y la supervisión de un experto en salud mental.

El viernes eran ya las 14:30 y en la verja de entrada estaba aún, sola, la madre de José Luis. Me acerqué a ella y le pregunté -como si no estuviera al corriente del asunto- que si quería entrar o si estaba esperando a alguien. Me dijo que esperaba a José Luis. Yo fingí cierta sorpresa y preocupación porque aún no hubiera salido: el instituto ese día a esa hora parecía haber estado desde hacía siglos deshabitado. Le invité a recorrer el instituto juntos y buscarlo. Ofreció cierta resistencia: "Y si sale y no me ve aquí...". Decidió quedarse cerca d la entrada mientras yo lo buscaba.

A pesar de que registré todos los rincones posibles del patio y jardines, no había ni rastro de José Luis y su mochila.

Finalmente, a las 14:45, apareció -como de la nada, como salido de una trampilla secreta en el suelo- tranquilo y tímido al verme por allí, junto a su madre.

-¡Vamos, José Luis! ¿Dónde estabas metido? -preguntó la madre, como si aquello no fuera algo que de un tiempo a esta parte sucediera un día sí y otro también.

José Luis tiene dentro de sí un universo raro e insólito.

Me pregunto qué palanca hay que pulsar, qué mirada de más o de menos nos falta o nos sobra, qué signo revelador nos está pasando desapercibido a la hora de entender este breve capítulo de tan vasto universo.

7 comentarios:

Ricardo dijo...

Ese sí que es un reto, Andriu.

Y por hablar de casos singulares, si te contara yo lo de Víctor...

Bueno, te lo voy a contar.

Se trata de un alumno de 3º. de ESO que también tiene una cierta singularidad: es hiperactivo y tiene tratamiento médico. Al parecer las pastillas que se toma le dan unos gases terribles, así que imagínate. Por cierto, su IMC debe ser muy alto, quiero decir que tipologícamente es obeso, lo que quizás agrave sus problemas de gases y flatulencias, no sé.

Pues bien, este año he conseguido con mucho trabajo que después de hablar él deje hablar a los demás. Su incontinencia verbal era terrible. Era imposible que parara de hablar cuando se le requería para algo. El otro día pude tener con él una conversación "normal" de ¡40 minutos!, es decir, uno habla primero, después se calla, después habla el otro, después se calla, etc, etc.

Pues bien, resulta que él se queja siempre de que los compañeros no lo tratan bien y le hacen cosas (realmente a los que se sientan a su alrededor los tiene atufados, hay muchos problemas por el lugar donde él se sienta. Los profesores daban quejas al principio de lo de los pedos, y yo, ¡qué quieres que hiciera!, me reía a solas de buena gana).

El otro día estaba yo iniciando por los pasillos una guardia. Al grupo de Víctor le faltaba el profe de esa hora. Les dije que esperaran, busqué un aula libre y les dije que subieran al aula en cuestión. Yo estaba justo detrás de él al pie de la escalera. Y cuando comenzaron a moverse todos/as los/as alumnos/as, se vuelve Víctor (les recuerdo que yo estaba detrás de él) y dice: ¡Eh, no empujen!. Nadie lo había siquiera rozado. Aproveché la hora para tener esa conversación con él y hacerle ver que buena parte de los problemas se los atrae él con su actitud y que tiene que intentar cambiar la forma de ver y de vivir algunas cosas. En fin, me he enrrollado demasiado. Bueno, un abrazo.
(En otro CIO podríamos hablar de singularidades, digamos negativas, de los/as alumnos/as y cómo ayudarles)

El Cizaña dijo...

Esta clarisimo. A Jose Luis nada le parece mas divertido que imaginar a los profesores con el culo cagado por la escuela, y por eso les roba el papel higiénico...

Ahora en serio, por lo que cuentas Mª Eugenia debe ser la unica que puede intentar intimar un poco mas con él.

Quiza en su mente lo que realmente quiere es quedarse mas tiempo con ella, por eso no se aleja mucho y se esconde dentro del instituto. La quiere como madre.

Montse dijo...

Varicas cosas:

Primero dos cosas que me han llamado la atención en tu post:
1) Si hay cosas que no deben hacerse así que no se hagan, haya las excusas que haya. Si de verdad creemos que algo no debe hacerse de una forma no lo hagamos, si lo hacemos quizá es que en el fondo no lo tenemso tan claro.
2) Que el timbre de salida toque a las 14:00 horas y el jefe de estudios esté todavía ahí a las 14:45, me parece muy significativo y pone de manifiesto que ahí se trabaja. En el mío el timbre de salida toca a las 14:20 y la mayoría (incluido el equipo directivo) a las 14:15 ya están fuera. Más de una vez me he encontrado encerrada sólo por esperarme a resolver cualquier duda y salir a las 14:23. ¿Es normal?

Con respecto a lo de José Luis, la interpretación de El Cizaña es pausible. Además, ¿podría ser que José Luis esté viviendo en su casa alguna experiencia traumática que le haga no querer ir a su casa y por eso retrese la hora de su salida? No sé.

Por otra parte, con respecto al caso de Víctor, el alumno de Ricardo. Hay que tener en cuenta que muchas personas no saben relacionarse con el mundo si no es creando problemas. Y nosotras/os no sabemos tratar estos temas, el voluntarismo no es suficiente y el ensayo y error hace que exista mucho sufrimiento innecesario. ¿Qué solución hay? Especialistas en los centros de una vez para tratar de manera adecuada (y no a la buena voluntad) cada problema específico.

Un saludo, Montse

Anónimo dijo...

Hola Andrew! bonito post (se dice así?)...inquietante en cierta medida, me recuerda cosas que hacían algunas niñas también "especiales" de mi colegio, cosas inexplicables, sorprendentes, aveces molestas...de todas maneras escribo porque acabo de leer que finalmente vas a texas!! verás que te lo pasarás bien..yo conocí a bastante gente de texas el año pasado (aunque ninguna vive allí ahora) y en general eran todos super amables y mucho menos tontos de lo que aquí nos pensamos...de hecho he oido que es un estado fascinante...bueno, a ver si nos vemos antes de que te vayas...o yo me vaya a algún sitio también que tenemos que ponernos al día!
maria

Andriu dijo...

Hola generosos comentaristas o comentadores o amigos:

EL CIZAÑA: Jajaja, no descansas. Me gusta tu interpretación en clave de humor y tu hipótesis freudiana. Mª Eugenia es lo que tú dices y más, aunque hoy me ha dicho que la cosa se le está yendo de las manos, que José Luis está cada día peor, que va a hacer informe, que necesita urgentemente que la madre se decida a llevarlo a salud mental, o sea, a pedir ayuda a especialistas.

RICARDO: Qué difíciles son esos casos. Nos cuesta ayudar a alguien que es fuente de problemas y encima apesta. El mal olor hoy en día es una lacra que toleramos bastante menos que en tiempos pretéritos. Qué difícil hacerse cargo de que la mayoría de los alumnos que crean problemas lo hacen como reacción o respuesta a los que ellos tienen u otros les generan. En ello estamos diariamente, ¿no?.

MONTSE: Te aseguro que la falta de tiempo no es una excusa sino un condicionante de la buena/mala praxis insoslayable. Los principios son como tú dices, pero en la práctica a veces hay que adaptarse. Y no me justifico: me quejo. La falta de tiempo no es, como apuntas, falta de dedicación: la directora y yo NUNCA salimos antes de las 14:00, casi siempre en torno a las 14:30 y a menudo a las 15:00. Por otra parte, de 5 tardes a la semana AL MENOS 3 estoy en el instituto trabajando (está abierto de 7:45 a 23:00). Eso sí, soy un dormilón y NUNCA llego antes de las 8:30. Menos mal que no tengo un jefe de estudios tan puntual y madrugador como Ricardo.

MARÍA: La última vez que me tropecé contigo eran las 9 de la mañana y estaba borracho, disfrazado de princesa egipcia y dando latigazos a las farolas con una fusta de cuero. La pregunta es: ¿¿Cómo me sigues tomando en serio?? Jajaja... Sí que nos tenemos que poner al día: no sé lo que te pude contar en tales condiciones...

Anónimo dijo...

jajaja, te tomo enserio, pero te advierto que ahora cuando pienso en tí me viene a la mente la peluca fluorescente! por cierto, no solo castigabas con tu latigo a las farolas, también ibas amenazando a los pacíficos y sobrios viandantes! no creo que te acuerdes de la mirada de desaprobación de una señora cuando le lanzaste tu latigo...pero a mi me va a costar olvidarla!! :)

Onio dijo...

Precioso post. Tendré que seguir leyéndote. ;-)