viernes, 8 de enero de 2010

jueves, 7 de enero de 2010

miércoles, 6 de enero de 2010

ChOCoLaTe ViRtuAL...


...para Montse, Rbc y todos los que no pudieron asistir este año.


lunes, 4 de enero de 2010

sábado, 2 de enero de 2010

jueves, 31 de diciembre de 2009

MoNtAñA RuSa


Ya lo verás.

Todo se renovará de blanco.

El frío a veces también cauteriza y limpia.

Imagina que por cada campanada está cayendo una nevada.

Luego vendrá otra vez la vida con sus subidas y bajadas.

La recorrerás como una montaña rusa.

Ya lo verás.

Te montarás de nuevo y no querrás parar.

En cada vuelta ojalá sea cada vez menor el miedo...

Pues la emoción -lo verás- seguirá intacta.

Volverás a subir y a bajar y a recorrer todos los rieles con renovado entusiasmo:

Trescientos sesenta y cinco.

No se puede, por cierto, sobrevolar el cielo todo el tiempo.

Hace falta tocar fondo alguna vez para apreciar luego las alturas cuando lleguen.

Pues llegarán.

Ya lo verás.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

PaRte mEtEoRoLóGiCo


El tiempo está loco, dicen.

Llovió por fin en La Laguna, tras unas semanas de soleada Navidad.

Pero en seguida -como un salto atrás, como un renuncio- volvió la luz en coloreada ráfaga.

Como un arrepentimiento vi dibujarse el arco iris sobre la montaña en nieblas de la Mesa Mota.



Dicen que cuando se habla del tiempo es porque no se tiene nada que decir.




Me pregunto si se piensa que cuando se escribe acerca del tiempo es porque tampoco hay nada que contar.

A mí también me pone un poco nostálgico la lluvia y la niebla laguneras:

La imagino subiendo por el camino de San Diego hasta la ermita: suave, vaporosa, fantasmal.

La imagino deslizarse por aquel caminito de tierra perfumado por las zarzamoras y las higueras en verano y contemplar desde las alturas la ciudad en gran angular.

Cómo corre la niebla y qué pronto se disipa.

Qué poco dura un arco iris.

Lluvia.

Luz.

Sol.



El tiempo está loco, dicen.

Yo creo que es porque no salen de otro modo las palabras por lo que se escribe acerca de él.



martes, 29 de diciembre de 2009

aMiGo iNviSibLe 3


El año pasado abrieron los regalos y yo hablé con ellos esa noche por teléfono desde una calle nevada y fría de Nueva York.

Fueron pasándose uno a uno el teléfono: voces eufóricas, en las que se adivinaba sin embargo cierta tristeza encubierta tras tantos meses sin vernos ni hablarnos.

Hubimos de esperar a marzo en México para vernos.

Este año en cambio nos hemos reunido en casa de Isi sin ningún contratiempo para celebrar la 8ª Edición del Amigo Invisible.



No pensaba escribir nada.

Tan sólo colgar las fotos: hablan por sí mismas, creo.

Pero hace dos convocatorias escribí un post sobre el Amigo Invisible y no me parece correcto dejar pasar la oportunidad de prolongar esta serie de posts que se han ido convirtiendo ya casi en una sección del blog.



-¿Notaste algo diferente este año?

Sí.

No.

No sé...

-¿No notaste que las palabras son ya cada vez menos necesarias?

Sin duda.

Llega un momento en que todo parece estar ya dicho...

O quizás es esto otro: que las palabras dicen más de lo que dicen.

No sé...

-¿A que sabías lo que estaba pensando Quin y Sergio e incluso Isidro mientras Yai les echaba la bronca a los otros?

Sí, eso creo: me fijé en sus caras mientras mamá pato nos cantaba las cuarenta y ellos escuchaban con una sonrisa en la boca y dándole la razón para sus adentros.

-También miraste a Santi y a Alberto... vaya tres.

Supongo que sí.



Algo de eso ocurrió, creo: no hacía falta gastar mucha saliva para entendernos.

No hizo falta decirnos lo que ya sabíamos.


lunes, 28 de diciembre de 2009

PeSaDa MaLeTa


Anoche me asomé al interior de mi vieja maleta de viaje.

Allí encontré de todo: libros subrayados, dibujos de casas (una vez quise ser arquitecto), discos de vinilo, poemas escritos a amores platónicos, amuletos varios, mil fotografías, un pelo de gato y otro de mujer (largo, negro y de ella), diarios febriles, orlas y diplomas, saberes inútiles que aprendí a olvidar, postales de viajes, velas treinta y dos, dudas, decisiones, arrepentimientos, millones de abrazos, amigos del alma, destinos ajenos de vidas truncadas, la sombra del miedo, una caja llena con mis sentimientos (en la que se mezclan, confunden y enturbian), un compartimiento repleto de olores que aún me disparan mi corazón loco, lápices que nunca conseguí afilar y latas de sardinas de todas las formas, colores, tamaños y pesos.

Cerré la maleta y la arrastré hasta el muelle.

Allí estabas tú, como siempre hermosa. Y te contemplé largamente por última vez. Un blanco vestido te cubría a medias, se agitaba grácil y alegre, cual brisa de mar.

Me asomé a tu equipaje: tan sólo llevabas un liviano bolso, ancho y espacioso, con un hueco enorme y luminoso en el que pensabas embarcar todas tus ilusiones y proyectos.

Yo agarré mi maleta por el asa y con ambas manos la volví a levantar unos centímetros del suelo. Te miré deslizarte por la larga pasarela que te llevó al barco.

No pude seguirte con mi vieja y pesada maleta.

Te dejé partir.



Foto: Chema Madoz

jueves, 17 de diciembre de 2009

CiUdAd dEvAsTaDa


Recordarás la ciudad, supongo. Desde lo alto del torreón de Orduz se la puede abarcar y resumir visualmente: el río, el casco antiguo, la Catedral, la Rambla de los Comendadores, el mercado, la playa, el malecón, el mar. Antes solía subir al castillo a contemplar la ciudad desde arriba y tratar de entenderla. Pero el recuerdo es caprichoso. Ocurre que a veces no es una imagen visual lo que se queda prendido a nosotros sino un olor. O una música. Del torreón de Orduz yo recuerdo principalmente el olor a flores de tu pelo. Para poder asomarnos los dos al mismo tiempo a la ciudad por el exiguo espacio de la misma almena tuve que aproximarme tanto a ti que me dio la impresión de que el invierno había llegado a su fin. Así que es muy posible que lo que recuerdes de la ciudad sea otra cosa: el salitre impregnando tus fosas nasales allí donde fuéramos o el tañido de las campanas o el arrullo de las palomas en la plaza del mercado. Todo eso también me da miedo.


Antes hubiera podido jurar que la ciudad gozaba de una cierta geometría y orden. Así es como se me antojaba desde el torreón de Orduz. El río marcaba una clara delimitación entre el casco antiguo, por una parte, y la zona moderna y comercial por otra. En esta última la Rambla de los Comendadores corría paralela al río y desembocaba también en el mar. Junto a la Rambla, el mercado se erigía en el centro neurálgico de la parte nueva de la ciudad. El casco antiguo también poseía su centro indiscutible: la Catedral, que emergía majestuosa como un gran champiñón de piedra. Desde allí arriba me hubiera resultado sencillo incluso dibujarla.


Ahora que no he vuelto a contemplar la ciudad desde arriba y que escalar la empinada escalera en espiral del torreón me resulta un despropósito, ahora y sólo ahora, veo que todo puede haber cambiado. Y necesito advertírtelo.


¿Recuerdas el paseo de chopos que orillea el río bajo el puente y aquellos bancos desde los que contemplábamos su inagotable caudal y tratábamos de adivinar la velocidad con la que el agua pasaba ante nosotros y se perdía en el mar? Pues bien, no sé si sigue allí.


Supongo que recuerdas si acaso la penumbra laberíntica del casco antiguo por las noches. La primera de ellas te pegaste a mí mientras caminábamos y ahí volví a sentir el olor a flores. En los cinco días que pasaste en la ciudad recorrimos aquellas callejuelas estrechas y empedradas muchas veces, así que me temo que las recordarás todas tal y como eran.


¡Y qué decir de la Catedral! También en la morada de lo eterno pueden verse diferentes las cosas.


No sé si me explico. No sé si lo que quiero es explicarme.


¿Recuerdas nuestros paseos en silencio por las Ramblas o por el malecón desde el que la ciudad nos sonreía con su fachada más limpia y con el castillo y su torre allá en lo alto? Claro que lo recuerdas, no se olvida tan pronto. En estos cuatro meses es posible pensar que todo aquello haya sido devastado.


Porque la ciudad no es la misma.


El río arrastra lentamente materia muerta y desechos como de naufragio que se acumulan tercamente en ese extremo de la playa en el que por primera vez reconociste con las yemas de tus dedos aquel cuerpo mío.


El casco antiguo acaso te lo encuentres atestado de turistas y a la luz del día es posible que tu mirada se detenga horrorizada en las costuras, las cicatrices y las marcas de una restauración imperfectamente acometida.


Cuando vengas, no habrá pasado el tiempo suficiente para que la ciudad vuelva a ser lo que fue. Hazte a la idea: como en aquella biblioteca egipcia consumida en llamas o como las dos torres abatidas desde el aire, hay secuelas que son para siempre.


No creas que no he vuelto a recorrer estas calles. Preparo tu visita con locura. A mi manera puedo todavía dejarme conducir hasta la plaza del mercado y desde una terraza observar los pasos de todos los que me rodean. Siempre he tenido especial predilección por una cierta actitud contemplativa y ahora esa tendencia mía ha encontrado algo así como una ocasión propicia para consolidarse.


Pero me despierto todos los días agitado por tu inminente visita a la ciudad y las mañanas me las paso casi siempre en la cama y buscando las palabras con las que contarte lo que me ha ocurrido e imaginando tu expresión y adivinando tus pensamientos y especialmente tus sentimientos cuando compruebes por ti misma lo que ha quedo de esa ciudad que recordarás, supongo.