sábado, 3 de marzo de 2007

bLaS cAbReRa

Cuando hace casi tres años consulté la web de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias para conocer el Centro de destino que me había sido adjudicado, el resultado de la búsqueda "IES Blas Cabrera Felipe" apenas desvió mi atención de lo primordial: dónde estaba ubicado, de qué tipo de alumnado se nutría, qué se sabía del claustro de profesores... El insigne físico lanzaroteño pasó por delante de mis narices absolutamente desapercibido.

Vivimos rodeados de recuerdos y homenajes en forma de nombres de calles, plazas, avenidas, fundaciones, centros de enseñanzas, o directamente placas, bustos o estatuas a los que no les prestamos la más mínima atención. Ahí están, casi siempre reforzando su presencia con la contundencia del mármol, del granito, del bronce o del acero. Y sin embargo son invisibles para nosotros.

En el año 2002 la ciudad de La Laguna le rendió un homenaje al célebre canario y el IES Cabrera Pinto plantó en el jardincillo de su fachada, con el antiguo convento de San Agustín, quemado, al fondo, este busto y esta placa. Debajo, guillotinada por la foto, la siguiente cita:

"Alejado por el destino de las peñas donde vine a la vida y sentí el impulso que ha determinado mi actuación futura, desearía estimular a mis jóvenes paisanos para la realización de una obra que honre a España" (16 de mayo de 1934)

Una cita muy edificante y apropiada para las puertas de un instituto, aunque mucho me temo que esos "jóvenes paisanos" que las franquean apresuradamente a las 8:15 y luego más veloces aún a las 14:15 poco habrán de reparar en las palabras de este carcamal de bronce del siglo pasado. Con ocasión de este homenaje Javier Muguerza pronunció una conferencia en el salón de actos del instituto, en la que no recuerdo haber visto a nadie en edad de ser "joven paisano" o alumno del centro y en la que abordó la dimensión política y moral del personaje, que le obligó -como a tantos otros republicanos- a abandonar España y exiliarse de esas "peñas donde vin(o) a la vida". Podríamos pensar que "el destino" que lo alejó de las islas no es otro que el zarpazo feroz de la guerra civil, si no fuera la cita del año 34 (y su fuga a México tres años más tarde).

El caso es que yo también fui, como Blas, alumno del Cabrera Pinto, en Tenerife (en su momento, único instituto de Canarias). Y que ahora trabajo en un instituto de Lanzarote que lleva su nombre. Y que en mi ruta diaria a pie desde casa atravieso la calle Blas Cabrera Felipe. Y que con sólo desviarme un par de manzanas me tropiezo con esta estatua en bronce de cuerpo entero de Blas Cabrera Felipe acalorado bajo el fuego de Arrecife con su plúmbea chaqueta y blandiendo en su diestra un libro imperturbable al azote de los elementos, que lo distingue y le otorga un perfil profesoral.

A los pies del monumento, de la estatua, hay 12 placas conmemorativas del nacimiento del prestigioso paisano, todas con fecha del 20 de mayo, incrustadas en la piedra a razón de una por año, desde el 1995 en que se erige el monumento hasta el 20 de mayo de 2006, último aniversario registrado. Siempre es alguien diferente quien rescata a Blas Cabrera del olvido, de eso que dio en llamar Javier Marías "la negra espalda del tiempo": El Cabildo, Ayuntamiento y Amigos de la Cultura Científica en 1995; el Gobierno de Canarias en 1996; la Universidad Complutense y la Menéndez Pelayo en 1997; el Gobierno de Cantabria (fue rector de la Universidad Internacional de Verano) en 1998; la Universidad de Las Palmas en 1999; la Universidad de La Laguna en el año 2000; la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en el 2001; el Instituto de España en 2002; el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 2003; la Real Academia Española en 2004; la Academia de Ciencias e Ingenierías de Lanzarote en 2005 y, por último, el Instituto de Estudios Canarios en 2006. Ignoro a qué institución le toca hacerse cargo de la onomástica del 2007. Lo que sí sé es que lo va a tener chungo a la hora de encontrar un hueco libre en el que adosar su correspondiente placa.

Todos ellos lo recuerdan y celebran su legado. Impiden que se convierta en nada bajo el peso cataclísmico de la Historia. Insuflan vida a sus legajos. Oxigenan sus hipótesis, sus intuiciones brillantes, sus hallazgos geniales, al revisitarlos. Vivifican y se hacen cargo de una obra que de otro modo quedaría exangüe y huérfana.

De este modo luchan contra el tiempo. Como lo hace el escritor que inmortaliza sus vivencias, intuiciones y anhelos. Como completa su labor el lector una vez que aquél ha muerto, tras entregarle -con su obra- el testigo de esta carrera contra el tiempo.

Y sin embargo... todos mueren. Como muere Blas Cabrera.

Cuando escruto las cuencas de sus ojos rellenas de bronce y distingo en el arroyo blanco que baja desde su calva el líquido excremento de una tórtola, lo confirmo: todos mueren. Incluso Blas Cabrera.

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