lunes, 2 de julio de 2007

ViDa EtErNa

Fernando Savater comienza irónicamente su libro titulado "Las preguntas de la vida" con un capítulo dedicado a la muerte. Y es que una y otra son el complemento de lo mismo. Frente a lo que podría parecer, la reflexión sobre la muerte no es necesariamente el pasatiempo de los sosos y sobrios, de los aburridos, de los viejos de espíritu, de los pusilánimes: de los ya muertos en vida.

Savater es en este punto el contraejemplo perfecto. De todos es conocido su vitalismo: su optimismo inasequible al desaliento, su coraje moral y político, su defensa del hedonismo, su afición al ocio (desde la lectura hasta las carreras de caballo), su debilidad por Nietzsche. Y sin embargo, comienza hablando de la muerte, dedicándole un monográfico capítulo a tan lúgubre asunto. Porque pensar acerca de lo insondable e inevitable de la muerte nos deja en un estado de tensión y de alerta, de vigilante expectación, de lúcida conciencia, que es el óptimo e idóneo para surcar con éxito las irregulares aguas de la vida: sin perder detalles, sin naufragios innecesarios, sin que la corriente nos lleve a su antojo como a un sonámbulo su síndrome. Pensar la muerte es el reverso de pensar la vida, condición indispensable para vivirla mejor.

En "La vida eterna" acomete Savater esta tarea de un modo más prolijo y sistemático; y ello en el contexto de una obra centrada en el tema de las religiones, con las que la vida y la muerte tienen y han tenido no poco trato. Este blog contra el tiempo no puede dejar escapar la ocasión de reproducir aquí algunas de las ideas que he leído en esta nueva entrega de Fernando Savater, como siempre recomendable.

Hace unos días mantuve una conversación -llamémosle palique- con una amiga acerca de lo humano y lo divino. Comenzamos con lo humano y acabamos con lo divino. (Luego nos entregamos de nuevo a lo humano, con fruición y alevosía... pero eso ya es harina de otro costal). Todo empezó con una anécdota: la de un cura de su pueblo que se había casado, que había colgado el hábito, que había tratado de inculcar a su familia cristianísimos valores y pautas y que, al casarse su cuñada con un noruego bastante pagano y reticente a los ritos de rigor, había secuestrado a los hijos de éste durante quince minutos para, desnudos, llevarlos a la bañera y, allí, sin la pompa del templo santo ni el perfume catedralicio, entre botes de champú anticaspa y cremas anticelulíticas, bautizarlos. "Confío -le dije a mi amiga- en que se haya limitado a eso, cualquiera sabe. Yo creo que por si acaso mis padres prefirieron no bautizarme".

La anécdota sirvió para hacer boca en el fecundo tema de conversación de las religiones. Hablaba el pagano: "¿Quién puede creerse que esa breve inmersión clandestina en la bañera puede haber protegido a esos niños de algo o contra algo? ¿quién puede creer que el agua de la pila bautismal tiene alguna propiedad especial? ¿quién puede creer que un señor cualquiera puede en virtud de un gesto y una oración convertir el agua corriente en bendita? ¿quién puede creer que la hostia es algo más que una hoja insípida de pan ázimo? ¿quién puede creer?". Hablaba ella, creyente: "No es la razón sino la fe la que hace que podamos creer en todo ello. Aunque la razón te diga una cosa, la fe te puede hacer pensar lo contrario. El creyente puede efectivamente saber que no hay nada de especial en la composición química del agua bendita y de la hostia con la que hace la comunión, pero su fe le convence de que tales ingredientes son esenciales para entrar en el juego que está teniendo lugar, en el rito en cuestión que está aconteciendo, mediante el cual su fe se ve reforzada". Y otra vez el pagano: "Pero si no hay ninguna propiedad objetiva en esa agua y todo se reduce a una especie de autoengaño subjetivo: ¿qué pretendía el concuñado cura del noruego?".

Siempre me ha parecido fraudulento este recurso de la religión a una suerte de "doble verdad": la idea de que aunque la ciencia y la religión digan cosas contradictorias, ambas son verdaderas, en distintos planos, en distintos ámbitos... Siempre he sospechado que sólo en un sentido muy figurado y desvirtuado del término se puede aquí seguir hablando de "verdad" o "verdadero". Me ha reconfortado leer que a Savater le ocurre otro tanto: "Pero en cambio me cuesta comprender a quienes se dicen creyentes, aunque afirman serlo de un modo simbólico o alegórico. Y aún más si sostienen que tal es la forma mayoritaria de la creencia religiosa".

Tras dejar de lado la anécdota del cura reincidente y de los niños del noruego bautizados a hurtadillas, mi amiga y yo nos enzarzamos en lo esencial: ¿existe Dios?.

Hay conversaciones que se nos quedan grabadas a fuego en la memoria. Cuando tenía 16 años pasé 10 meses en Francia. Tengo muchos recuerdos de esa etapa de mi adolescencia, que me marcó hasta el punto de precipitar inexorablemente el final de la misma. Y sin embargo son pocos, poquísimos, para lo que caben en 10 meses de vida. Misterios, trucos, estratagemas de la memoria, supongo. Quizás cuando me coma la magdalena de Proust vuelva de pronto a mí toda esa época, como un torrente encabritado que hace trizas por fin la enclusa de contención.

Uno de esos recuerdos es el de una de esas conversaciones grabadas a fuego, porque constituye para mí el prototipo de conversación en torno a esa cuestión: ¿Dios existe?. Fue con Isabel, la única española con la que tuve trato durante aquellos 10 meses, y a la que fui a visitar desde la pacata y rural Brive-la-Gallarde hasta la -por mero contraste- cosmopolita y liberal Bourdeaux. Me pregunto qué habrá sido de Isabel, de Madrid. Tras el año en Francia nos escribimos durante un tiempo, en papel. Para cuando llegó la época de la telefonía móvil y del correo electrónico ya habíamos perdido el contacto y nos habíamos perdido la pista. Aunque pasé una noche -¿quizá dos?- en su casa de Burdeos sólo tengo dos recuerdos de ese fin de semana: la discoteca cutre a la que fuimos (y en la que bailamos, rodeados de vejestorios de 30 años) y la interminable conversación que mantuvimos al llegar a su casa acerca de la existencia o no del altísimo. La adolescencia es una época propicia para la especulación metafísica. Lo pienso ahora y me causa extrañeza: dos adolescentes sexualmente hiperhormonados, atractivos y lozanos, posiblemente algo embriagados por la ingesta de las últimas horas, con una casa sin adultos para hacer y deshacer -¿y desflorar?- a su antojo... que sin embargo se dedican a debatir durante horas si Dios existe o no hasta caer exhaustos. No sé si la escena me causa risa o todo lo contrario. No sé quién es mejor, si el Andriu de hoy, que hubiera besado a la chica, o el de ayer, apasionado por lo infinito, por la verdad a la que en sublime comunión la chica y él pensaban estarse aproximando, pese a la distancia de sus cuerpos... Decidido: hoy mismo pienso atreverme a revisitar parte de la correspondencia de esa época y escribirle a la dirección de Pozuelo de Alarcón. Necesito saber si aún existe y si recuerda aquella conversación.

Dije que constituía para mí el modelo de conversación acerca de la existencia de Dios, que todos en alguna vez en la vida hemos mantenido, aunque sólo sea con uno mismo. La que sostuve hace unos días con mi amiga me hizo acordarme de aquella con Isabel a altas horas de la noche, en un pais ajeno, en una ciudad nueva, en una casa desconocida. Cualquier lugar es válido para hablar de Dios.

El libro de Savater aborda de un modo exhaustivo y sistemático el paisaje que a dos manos dibujan los interlocutores de una conversación tal. Constituye una guía para adentrarse en dicho terreno con mayor seguridad y con el inestimable equipaje de una lúcida reflexión. Su contenido también se relaciona con alguno de los leit motiv de "NaDa PeRmAnEcE".


Savater subraya 3 funciones principales que las religiones desempeñan: explicar el origen del universo y de lo que somos, brindar un vínculo moral para la comunidad de pertenencia y, por último, confortarnos ante la muerte. Las dos primeras son hoy cuestionadas, respectivamente, por los conocimientos científicos y por los códigos morales de índole laica. La tercera función, no obstante, sigue plenamente vigente, sin que parezca haber un competidor que en estas lides (ofrecer consuelo ante la muerte que el paso inexorable del tiempo promete) pueda hacerle sombra. Savater cita a Feuerbach, para quien esta tercera función constituye el verdadero principio de la creencia en Dios:

"Un dios es por tanto esencialmente un ser que satisface los deseos de los hombres. Pero a los deseos del hombre, de ese hombre, al menos, que no limita sus propios deseos a la necesidad natural, pertenece más que ningún otro el deseo de no morir, de vivir eternamente; este deseo es el último y sumo deseo del hombre, el deseo de todos los deseos, como la vida es el compendio de todos los bienes; porque un dios que no satisface este deseo, que no supera la muerte o al menos la compensa con otra vida, con una neva vida, no es un dios, por lo menos no es un verdadero dios, que corresponde al concepto de dios".

La religión presenta una "oferta de inmortalidad" -afirma Savater- "que sigue garantizándole una cuota importante de interés popular". Tras largas aunque amenas disquisiciones en torno al sentido que pueda tener esa presunta vida eterna que las religiones prometen, Savater acaba preguntándose si para las personas no creyentes (entre las que se incluye él mismo) habrá algún tipo de esperanza, "cualquier atisbo de la universalmente apetecida inmortalidad". Y responde con la enigmática sentencia de su aliado filosófico Baruch Spinoza, para quien, el hombre puede, pese a su incontrovertible mortalidad, "saberse y experimentarse eterno".

¿Cómo entender el enigmático dictamen de Spinoza? Savater avanza dos posibles interpretaciones. La primera: que el hombre es el único ser racional, lo cual le faculta para asomarse a aquello que no depende del tiempo ni está sometido a su desgaste: las ideas. Expresado por el propio Savater: "Por medio de nuestra comprensión intelectual de lo que no depende del tiempo, hemos atisbado una ráfaga de eternidad: somos capaces de ideas que no padecen nuestras limitaciones, ni en cuanto a la necesidad ni en cuanto al tiempo". Se trata de una interpretación platónica a más no poder.

La segunda interpretación de la sentencia de Spinoza según la cual el hombre puede saberse y experimentarse eterno me gusta más. Consiste en hacernos patente que todo lo que llega a ser, de algún modo, es imborrable, en tanto que ocurrió. "Esa eternidad -subraya Savater- es la de quien ha existido una vez, por fugazmente que sea: el presente de su vida no lo podrá borrar ni la inexistencia pasada ni la aniquilación del porvenir... La vida es transitoria, pero quien ha vivido, vivió para siempre".

Por eso aquella charla nocturna con Isabel está ahí, de modo indeleble y absolutamente presente para mí. Por eso es eterno ese momento: los dos en pijama, bebiendo en tazas de desayuno, embriagados por el calor de la conversación. Por eso la vida -finita, breve, limitada, truncada en el peor de los casos- está plagada de vivencias y de momentos eternos. Y aunque existan grandes lagunas en el caprichoso archivo de la memoria, zonas en penumbra, fragmentos quizás cruciales de nuestras vidas cercenados como de un hachazo, nada está perdido para siempre, nada es absolutamente irrecuperable. Sólo hay que esperar a que nos llegue a cada uno nuestra particular magdalena.



8 comentarios:

Anónimo dijo...

A lo mejor en aquella conversacion, alejada de los vejestorios de 30 años, empezaste a afianzar el rumbo hacia filosofia... si hubieses dado rienda suelta a las hormonas a lo mejor hoy serias un Ron Jeremy...

Hasta mañana.

Fdo: El Cizaña

Andriu dijo...

Menudo personaje el tal Jeremy... Me quedo con otro Ron: el Arehucas.

Oye, ¿ya no pueden dejarse comentarios en tu blog sin hacerse miembro de fotolog? (Gracias por tu apoyo en lo de la alfombra).

Espero noticias tuyas hoy, para contarte lo que te espera dentro de 32 días.

Un abrazo.

Quin dijo...

Creo que va a ser un poco jodido felicitarte por teléfono...
Asi que te mando aqui un abrazo fuerte, de esos que casi duelen, y un chupeton !! Felicidades Neno !!

Andriu dijo...

¡Gracias, quin!

Sí, estuve muy liado el dia de mi cumple con el curro y la resaca.

Muy mal lo de la fotolog. Muy bien lo del último post reivindicativo.

Montse dijo...

¿Has encontrado a Isabel? jajaja, saludos, Montse

Andriu dijo...

No, Montse. No la encontré. No vi ningún teléfono en sus cartas. Pero estoy convencido de que volveré a encontrarme con ella. Seguiré su rastro a partir de la dirección de sus padres por aquel entonces. La encontraré a ella, me presentaré, le hablaré de aquella noche y de aquella conversación metafísica y me responderá:

"Lo siento, no me acuerdo de nada.

Montse dijo...

¡Qué pesimista!, quizá en lugar de decirte eso te diga:

"¿Dónde has estado todo este tiempo, reencontrarte ha sido mi objetivo vital desde aquel día".

Un saludo, Montse

Andriu dijo...

Ja, ja, ja.

Bueno, no tan pesimista. Al menos digo que la encontraré. Ya es algo.

La memoria es selectiva y caprichosa. Quizás a ella lo que le marcó fue otra cosa, otra conversación: alguna anécdota que yo le contara entonces, la ropa con la que aparecí en Burdeos.
Si ahora nos viéramos y me preguntara ella por estos detalles, no tendría más remedio que responderle:

"Lo siento, no me acuerdo de nada".

Un abrazo.