miércoles, 2 de enero de 2008

nOcHeViEjA eXtRaÑa


Éste es el primer post del año: 2008.

Sí, ya sé que es poco serio sentarse a escribir en este estado resacoso y semi-vegetal.

Pero es lo único que me apetece hacer, pese al mareo, la deshidratación, las ganas de dormir y la dificultad para conciliar el sueño.

Éste va a ser un post errático, posiblemente contradictorio, anómalo, puede que turbador...

Puedes, lo sabes, dejar de leer cuando quieras.

No busques lucidez ni sabiduría en lo que sigue.

Cambia de blog o de web antes de que sea demasiado tarde y te veas al final de este post, que -lo presiento oscuramente- será largo y puede que tedioso, amén de un punto insustancial; antes de que completes su lectura y te sientas decepcionado, vacío y estafado.

Y si eres chica o mujer, lo mismo pero acabado en "a".

Léeme, sí, si estás como yo ahora mismo: sin nada mejor que hacer y con el ánimo entre abotargado y gamberro, entre exaltado y deprimido, entre animal y dios, ligeramente en tensión, como la cuerda de un arco; en expectativa, viéndolas venir, como quien contempla la llegada eterna, regular e incesante de las olas en la orilla y espera secretamente la súbita aparición de una Venus salida del mar.

Ya te lo advertí: deja de leer este post ya si no sintonizas con exploraciones de pacotilla.

Me gusta escribir con claridad, con cortesía -como diría Ortega-, de un modo luminoso y racional, casi hasta con un regusto escolar, como de maestro de escuela. O acaso esto es una sobreinterpretación mía de última hora, sin mucho fundamento. Te lo repito: no te fíes mucho de nada de lo que leas en esta entrada. Pero en cualquier caso: compruébalo tú mismo. Coge cualquier otro post y verás: se entiende. Tiene cierto sentido, y hasta unidad, lo que allí se cuenta. Pues bien, no es esto publicidad gratuita ni autobombo. Al contrario, es la forma educada que tengo de decirte que te vayas, que dejes ya de leer esto que sigue, pues no hallarás provecho ni cordura en ello.

Porque ignoro por completo lo que acabaré escribiendo aquí, pero de una cosa sí estoy seguro: tengo muy claro a qué tipo de "etiqueta" corresponde este post:

"Extravíos".



Contrasta con todo esto la meticulosidad con la que fue puesta la mesa anoche: el orden de los cubiertos, el rango de la vajilla, la calidad del salmón, la pulcritud de las copas.

Hasta el vino fue descorchado con la ayuda de un equipo de enología quirúrjica, por ponerle algún nombre al tema.

Y ahora una digresión inoportuna con motivo de la última frase que he escrito: "Maldición... ¿es esto lo que temo? ¡¿el maldito Céline?! Sí, contengo mi bilis, mis improperios, mis tacos banales, por no emularlo otra vez... Me explico: estoy leyendo, con bastante masoquista sufrimiento, esa obra cumbre de la literatura, de un deprimido sublime y, afortunadamente para él, ya fallecido. Me refiero a "Viaje al fondo de la noche" o, para los amantes de lo genuino, "Voyage au bout de la nuit", de Louis-Ferdinand Céline. Ya habrá tiempo de dedicarle aquí un post, o más de uno. Pero sirva esta digresión de avanzadilla a mis impresiones al respecto. ¿Recuerdan mis opiniones acerca del encumbrado Miller? Pues los tiros van por ahí... De hecho, leo en la wikipedia que Miller tomó a Céline como una de sus fuentes de inspiración. También leo allí otra serie de datos y citas que me confirman en esa idea que me estoy haciendo del autor y que tanto malestar, disgusto o simple sopor me están produciendo. Por ejemplo, su nihilismo militante, permanente, rayano en el exhibicionismo. Acierta en este sentido el tal Jean Giono cuando dice que "si realmente Céline pensara lo que ha escrito, se suicidaría". No ignoro que los optimistas e idealistas son muy a menudo tildados de ingenuos, cándidos y hasta simple y llanamente tontos. El pesimista, en cambio, está rodeado de un aurea de superioridad intelectual y goza del prestigio y la admiración del dandy. Pero en Céline esta opción irrevocable por el pesimismo enferma hasta la náusea... El otro rasgo de la prosa de Céline que no me termina de entusiasmar es su gusto por el lenguaje vulgar, chabacano, en ocasiones simple y vago, propio de la oralidad. En un primer momento, pensé que esta desviación era culpa del traductor, Carlos Manzano, pues había traducido tanto a Miller como a Céline y en ambos apreciaba yo la misma compulsión infantil a regodearse y extasiarse en el continuo "caca, culo, pedo, pis". Pero la wikipedia aclara que "el lenguaje oral, grosero y muy jergal, escandalizó a sus contemporáneos". Es decir, que el gusto por los tacos y por "épater les bourgeois" es más de Céline que de su traductor al español. A lo que iba: mi desapego no viene de un amor a la corrección política y sintáctica, a la urbanidad y a las buenas maneras. Sálvenme de tales puritanismos. No, se trata de una sensación de que tales tacos no aportan nada ni tienen ese punto de belleza oscura que caracteriza por ejemplo a la prosa de mi admirado Southmac. Ahora que ni siquiera tiene vigencia el argumento de que tal lenguaje resulta transgresor e innovador, empobrecer el léxico y la verosimilitud de una novela con el recurso sistemático al lenguaje de barriada no me parece un buen negocio... En fin, termino ya por donde había empezado. Al escribir aquello más arriba de que "Hasta el vino fue descorchado con la ayuda de un equipo de enología quirúrgica, por ponerle algún nombre al tema", no pude evitar acordarme de esas expresiones indolentes y vagas de Céline. Pues aquí no cuesta mucho encontrar algún término más ajustado y preciso que ese ambivalente e impreciso "tema". A no ser, claro está, que anide en nosotros el celiniano propósito de "épater les bourgeois"... Y termino ya la digresión".

Dicho equipo consistía en una cajita de madera que contenía una serie de instrumentos para ritualizar la ingesta de un vino de calidad: termómetro, sacacorchos cromado, navajita para romper limpiamente la cubertura del corcho, laminilla para cortar la gota al servir... En fin, toda una serie de artilugios con pinta de instrumental odontológico y que probablemente no carezcan de nombres que a mí se me escapan.



Todo estaba bien ordenado y dispuesto, decía.

Todo lo contrario que como está mi cabeza, añadía.

Todo lo contrario que este post que -hélas- sigues leyendo, insensible a mi advertencia.

Y es que la cena de fin de año no se desarrolló según lo previsto.

Mi padre, para empezar, no fue el que estrenó la cajita en cuestión, el kit de gourmet, que una concuñada le había regalado hace unos días en el amigo invisible.

Ni siquiera abrió la primera botella, como es ley.

Ni la segunda, ni la tercera, ni las de cava que vinieron después.

Ni siquiera cenó con nosotros.



Fue un noche rara, oscura y turbadora, como este post, como esta resaca.

Nada fue normal.

"Qué cena de fin de año más atípica" -comentó alguno.

"¿Quién dijo que todos los 31 eran lo mismo?" -pensaba el otro.

Lo primero que hizo de todo ello una cena diferente fue el número menguante de comensales.

Ya toda la rama familiar de los López había avisado de que no estaría, como es ley, la nochevieja en Tenerife.

Por eso se puso la mesa sólo para ocho y entre plato y plato y silla y silla había insólitas reservas de espacio, como entre las butacas de los nuevos multicines de las grandes superficies comerciales.

Pero a última hora, nos quedamos sólo cinco a cenar.

Sin que hubiera habido tiempo siquiera a que mi abuela subiera las escaleras de la casa, súbitamente empezó a sentirse mal.

La tensión le había subido a 24/18 y tenía las pulsaciones a ciento treinta y pico por minuto.

Mi padre y mi tío tuvieron que llevarla al hospital.

Pasó allí la noche.

Sus tres asientos permanecieron vacíos durante la cena y quedaron sin abrir tres paquetitos de celofán verde atados con un lacito por mi padre apenas unas horas antes.

En su interior, entre los tres sumaban 36 uvas despipadas.

Fue una cena rara.


Aparte de este singular incidente, no exento de cierto dramatismo y preocupación, ocurrieron otras cosas que debo aquí reseñar.

A las 00:02 del primer día del año se fue la luz.

Todavía se podía saborear el último regusto a uva en el paladar, tras el aroma algo seco y recio de los últimos tragos de cava.

Nos habíamos quedado totalmente a oscuras, así que mi madre encendió un candelabro judío comprado hacía tiempo en un anticuario de Portobello Market.

La luz de las velas inundó los rostros, algo achispados por el vino y el cava, algo inquietos por la novedad de estar estrenando las horas del nuevo año, algo preocupados por lo que pudiera estar ocurriendo en el servicio de Urgencias del Hospital Universitario.

La conversación había sido distendida y amena durante la cena.

Ligera, como hubiera podido serlo la cena de no haber estado tan bien regada y de no haberse uno servido doble en algunos de los platos.

Pero de pronto declinó, como si la luz le hubiera estado insuflando energía y vida a la conversación.

Caímos todos en un pozo oscuro, silencioso e incomunicado.

Cada cual se tornó en superviviente de su propio planeta.

Pablo, Estefanía, mi madre, mi tío y yo mismo.

Entonces mi tío nos cogió a mi madre y a mí de la mano.

Instintivamente yo hice lo mismo con Estefanía, quien agarró con su izquierda la derecha de Pablo, mientras éste le daba a mi madre su mano izquierda.

Quedamos todos así enlazados en un círculo, semejante al de luz que dibujaban las velas del viejo candelabro.

Como si todo hubiera estado ensayado, ninguno se sorprendió cuando mi tío se levantó -sin soltarnos la mano- y comenzó una letanía de la que pude entender palabras sueltas en diferentes idiomas: inglés, francés, alemán y flamenco, cuanto menos.

Parecía estar invocando una presencia en la penumbra...

Sentí frío.

Sentí a mis pies a Pancho, el gato negro, aterido y como asustado.

Cuando por fin me decidí a decir algo, un comentario banal con el que poder tranquilizarnos, mi tío me mandó a callar bruscamente:

¡Shhhhhhhhssss!

Entonces hizo como que aguzaba el oído y, tras unos segundos extático, una voz grave e inhumana le salió de dentro, sin que él pareciera poder hacer nada por evitarlo.

Esa voz habló.

Dijo esto:

"El 2008 va a ser un año de felicidad.

Habrá salud, así como las enfermedades suficientes como para poder apreciar la salud predominante.

Habrá amor, de todos los tipos, adjetivado con mil epítetos, que os sacará del marasmo.

Y dinero para poder seguir brindando con Pesquera cuando las ocasiones lo merezcan.

Habrá suerte, así como ocasiones por las que brindar.

Habrá todavía otra nochevieja con la abuela, así como otras doce campanadas en las que nadie habrá de dejar las uvas en el plato.

Tened confianza.

El 2008 va a ser un año de felicidad"

Luego calló y se sentó súbitamente, mientras todas las manos se soltaron como por acuerdo tácito.

Cuando volvió la luz, observé las caras de todos nuevamente.

Aquella sombra de preocupación se había quedado atrás, quién sabe dónde, en qué pozo oscuro, silencioso e incomunicado del año 2007.





4 comentarios:

Anónimo dijo...

Feliz 2008, Andriu. Tenemos que vernos un día y charlar un buen rato (pero no de trabajo, sino de la vida). Gracias por tus visitas a mi blog.
Este artículo me ha parecido muy hermoso y lo he leído enterito con muchísimo gusto. Un fuerte abrazo, amigo.
Ricardo

Andriu dijo...

Muchas gracias Ricardo.

Mira que tiene mérito, con lo largo que era... es lo que tiene estar de vacaciones.

Claro que sí. A ver si la próxima vez que vaya a Las Palmas encontramos un huequito para charlar.

Un abrazo.

Montse dijo...

Cuanto más me dicen que no haga una cosa más ganas me dan de hacerla (mi madre sabía muy bien esto por eso nunca me prohibió nada), así que lo he leído enterito y con mucha intriga. Y a mí me ha parecido hermoso porque para mí no hay nada más hermoso que la cómo siente cada cual su vida misma. Feliz 2008, un abrazo, Montse

PD:Desde hace algún tiempo me quedo con las ganas de hacerte una pregunta, pero mi imprudencia tiene un límite y creo que no tengo confianza suficiente para ello.

Andriu dijo...

Tu madre tenía razón. Seguro que cuando estuvo de moda eras de esas que cantaban lo de "Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral... o engorda".

Pero no pretendí conscientemente disuadir para seducir, sino al contrario: advertir al lector de que lo que vendría a continuación era de dudosa manufactura, fruto de lo que me fuera dictando mi errática resaca.

Al final conseguí "sacar" lo que llevaba dentro: cierto desasosiego por el incidente de mi abuela, unido al desvarío de mi estado físico y mental.

Pregunta, Montse, sin miedo, tal y como nos pedía Kant en su latino imperativo. Me hago cargo de lo "preguntones" que somos los de este gremio nuestro. Si te sientes más cómoda puedes hacerlo mediante un mail. Mi dirección está en "Mi perfil".

Un abrazo.