lunes, 7 de septiembre de 2009

EsPeJoS EnFrEnTaDoS


Hay narradores que avanzan y narradores que horadan.

Fue Stendhal quien dejó escrito que la novela es un espejo que ponemos a lo largo de un camino:

"Un roman, c´est un mirroir qu´on promène le long d´un chemin"

La metáfora sugiere movimiento, dinamismo, acción. Es fácil imaginarse al propio Stendhal en el interior de un carruaje, de una berlina quizás, garabateando cuartillas al vuelo, escribiendo febrilmente, casi al galope, mientras el paisaje cambia y se desvanece vertiginosamente a derecha e izquierda, en cada flanco del vehículo, y él trata de volcar en el papel su reflejo.

Pero como toda metáfora, la imagen es también ambigua, multívoca, más sugerente de lo que a primera vista puede parecer. Y es que acaso sea la lentitud, o incluso la quietud, más apropiada al caso. Pues si tomamos a Sthendal al pie de la letra el escritor no corre ni galopa, sino que pasea su espejo a lo largo del camino: es un promeneur. El escritor refleja la realidad al escribir y ello es un ejercicio para el que resulta más adecuada la pausada serenidad del paseante que la intempestiva improvisación del corredor, incluso si es de fondo.

La escritura es un reflejo de un camino, es decir, un reflejo de la vida, pero hay narradores que avanzan y otros que horadan y en el espejo de su escritura la realidad toma mil carices, desde la mimesis fiel hasta la fabulación más delirante: la gama de espejos deformantes es en literatura casi infinita.



Javier Marías pertenece a la estirpe de los escritores que horadan, en vez de avanzar.

Hay una forma diferente de contar la realidad, o de simplemente hablar de ella, o de hacerlo con la realidad ya como mero pretexto: hacen falta no uno sino dos espejos.

De pequeño hice el descubrimiento. Había una tienda de moda femenina en la que a mi amigo Quin y a mí nos gustaba colarnos. Supongo que mientras nuestras madres hablaban con la dueña aprovechábamos para adentrarnos hasta la zona de los probadores. Cada uno de ellos era un pequeño cubículo perfumado e íntimamente excitante. Pero además era un espacio mágico en el que la realidad se ensanchaba y multiplicaba hasta el infinito, pues en su interior dos espejos enfrentados, dispuestos para que las clientas pudieran apreciar su frontis y su popa simultáneamente, engendraban interminables copias de mí mismo, cada vez más pequeñas, cada una de ellas distinta de la anterior.

Los escritores que horadan, en lugar de avanzar, seleccionan un fragmento de la realidad y lo colocan en el espacio imaginario de dos espejos enfrentados. A partir de entonces, por efecto de esa misma magia que habitaba en los probadores perfumados de mi infancia, ese fragmento de realidad comienza a duplicarse y reduplicarse y a tornarse cada vez más fértil, más complejo y hondo.

De ese maná que les proporciona la magia de los espejos enfrentados fluye toda la literatura de los escritores que horadan.



Ésa era ya la impresión que me causaban las novelas anteriores de Javier Marías. Pero a medida que iba leyendo este primer volumen de su trilogía Tu rostro mañana, dicha sensación se ha acentuado. Marías aquí, más que en ninguna otra de las novelas de él que yo haya leído anteriormente, escoge algunas vivencias suyas -reales o meramente fabuladas- y las coloca entre espejos. Y el narrador comienza entonces, infatigablemente, con una exhaustividad a veces agotadora y otras veces genial, sin prisa alguna, a horadar.



-Menudo ladrillaco -tuve que admitir en algún momento, previo a la barrera de las cien páginas-. Me lo terminaré porque es Javier Marías y porque escribe como escribe, pero hay momentos en que me desespera: ¡avanza!

En efecto, ese es el riesgo de los escritores que horadan y la razón por la cual muchos lectores los rehuyen y casi ninguna de sus novelas se convierte en masivamente comercial, en best-seller. Y es que hace falta mucha entrega, mucha paciencia, mucho tiempo y mucha confianza depositada en el escritor del que nos agarramos ciegamente de la mano y al que seguimos a través de digresiones sin fin, laberínticas reflexiones e interminables vueltas de tuerca de índole psicológica. Tal es el tortuoso camino que recorre, y nosotros con él.

El mejor ejemplo, el padre indiscutible de esta estirpe de escritores es sin lugar a dudas Marcel Proust.



El narrador de Tu rostro mañana comienza a contar su historia proclamando que:

"No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido".

Pero las 475 páginas en las que se derrama la novela son un desmentido a esta circunspecta declaración de intenciones.

Javier Marías se somete al paradójico ejercicio de denostar el hablar, el contar, el referir, el delatar, el confesar, el no callar... al tiempo que se entrega a una torrencial elocuencia, que describe y refiere y matiza y sopesa y apuntala de forma exhaustiva todo lo que cae bajo los efectos de su pluma, o de los dos espejos.



Javier Marías escribe en esta novela acerca de "seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo", pero a buen seguro también acerca de aquellos otros "que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido".

Y es que aunque creo recordar que en un una novela suya -¿fue en Negra espalda del tiempo?- el narrador, novelista como él, protestaba contra aquellos lectores que habían querido ver personas reales en sus personajes de ficción, lo cierto es que tanto en aquélla como en ésta resulta inevitable no reconocer en sus personajes literarios al propio autor y a tantas otras personas reales cercanas al mismo y absolutamente ridículo hacer caso a pies juntillas a su protesta literaria del género de: "Madame Bovary, ceest pas moi!".

Así, Marías nos habla de su vida y vínculo con Inglaterra; de la conciencia del lenguaje y del idioma propia del traductor, del intérprete o de, simplemente, la persona bilingüe; de la guerra civil española y su posguerra; de la traición sufrida por su padre entonces y de la mezquindad de quien fue su amigo antes de delatarle; del servicio inglés de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría; de la extinción del amor; de la Historia y del tiempo.

Pero en realidad sería más apropiado decir que Marías no nos cuenta Nada, o que nos habla de Todo.

Y es que pese a que el narrador nos hace cómplices de sus recuerdos y reflexiones, en cuyos meandros encontramos una realidad enriquecida y multiplicada hasta el infinito, lo cierto es que apenas sucede nada, los acontecimientos son más bien banales y anodinos, como la ingesta de una magdalena, y su renovación y sustitución por nuevos hechos se difiere y posterga indefinidamente.

Quizás por eso la novela se me atragantó en algún momento, porque no avanzaba y su lento horadar la realidad amenazaba con desesperarme y hacerme tirar la toalla.



Pero quizás esta intuición taxonómica acerca de los narradores que avanzan y los narradores que horadan me hizo resignarme a que una entrevista durara unas cien páginas y una cena otras cien, o que el protagonista invirtiera cien más en relatarnos cómo se le fue una noche enfrascado en lecturas de viejos periódicos y libros sobre la guerra civil española.

A cambio, casi imperceptiblemente, un universo psicológico, casi un alma, fue cobrando forma y perfilándose y adhiriéndose a cada renglón, a cada palabra casi, como un perfume, o como un acento o deje en la voz, como una presencia inconfundible en cualquier caso.

De pronto la experiencia de la lectura había cambiado por completo. Ya no se trataba de abrir el libro y febrilmente formular nuestra exigencia: ¡Cuéntame, avanza, qué ocurre ahora! No, ahora se trataba de abrir el libro con el único propósito de encontrar la compañía de esa voz que lentamente -que es el ritmo en que se forja una amistad o intimidad- había ido haciéndoseme cada vez más cercana y familiar.

La compañía de la persona inteligente, culta, sensible, crítica y peculiarmente genuina que se adivina detrás de esa voz y que construye un mundo en parte de ficción entre dos espejos es la mejor recompensa para el lector paciente y confiado que se adentra en las páginas de esta brillante novela de Javier Marías.


8 comentarios:

Ana dijo...

Así es la literatura, así se descubren los clásicos, esas obras que atrapan sin que podamos evitarlo, que dialogan con nosotros a lo largo de los años, que en cada momento nos dicen cosas distintas porque nosotros escuchamos cosas distintas. Me gusta la idea del espejo, del reflejo de la vida, pero pensando que cada libro es un reflejo de nuestra vida, no de la del autor. Son los lectores los que enriquecen las obras, los que las completamos y le damos existencia e importancia. Has enriquecido el libro de Marías con tus palabras, con tu lectura. En fin, que me ha gustado tu crítica.

Andriu dijo...

Gracias, Ana. Supongo que se trata más bien de un trabajo en equipo y que también cuenta lo que nos dicen los autores, clásicos o no, y no sólo lo que nosotros oímos de, o leemos en, ellos. Aunque reconozco que ese enfoque en educación puede ser enormemente sugerente y estimulante a la ahora de acercar a los adolescentes al mundo clásico.

Un abrazo.

Montse dijo...

Andriu, ¿para cuándo una historia más mundana y menos metaliteraria? Una historia de esas que nos gustan al ínclito y a mí.

Un abrazo, Montse

Anónimo dijo...

El tormento y las delicias del perfeccionismo...
Rbc

Andriu dijo...

Montse: últimamente ando muy poco mundano y demasiado metaliterario, pero lo estoy disfrutando; paciencia.

Rbc: no entiendo ¿de qué perfeccionismo hablas?

Un abrazo.

Anónimo dijo...

del de Marías escribiendo. Que he leído tu entrada y he pensado q a veces, al leer a Marías, me ha parecido una delicia y un momento después un tormento, y así en un bucle infinito. Pero escribe chapeau! (en mi humilde opinión)

Andriu dijo...

Ah, sorry, no te entendí. Sí, aunque lo del tormento ("¡avanza!") sólo me ha ocurrido con esta -"deliciosa"- novela suya.

Montse dijo...

Bueno, sigue disfrutándolo entonces que nosotros (El ínclito, Isabel, yo...) esperaremos.

Un abrazo, Montse