jueves, 3 de diciembre de 2009

HoTeL KaFkA


Nunca antes había estado en un hipódromo, picadero ni en nada que se le pareciese. Allá de donde vengo tan solo hay grandes praderas de mullida hierba y un riachuelo algo seco en el que me gustaba remojarme las pezuñas después de una larga cabalgada. Allá tampoco hay instructores, ni se aprende a trotar.

Me sorprendió gratamente la cantidad de rocines que nos reunimos aquí: bayos, persas, moros, rosillos, blancos, pardos, azabaches. Desde las primeras clases cada cual se retrató a sí mismo con sus movimientos: éste tiene la espalda torcida, éste otro va pisando margaritas, aquél es veloz e ingrávido como Pegaso, esta yegua hipnotiza con sus crines al viento…

Pero no era tan fácil y no bastaba con dejarse llevar:

-A trotar se aprende –nos dijo el director.

Y en cada ejercicio notaba el alma encabritada y debía moderar el paso y apaciguar el ritmo y coordinar el movimiento de las patas y tomar conciencia del relincho y saber de antemano -antes de todo galope- adonde quería llegar… si quería ganarme el terroncito de azúcar.



Los ejercicios parecían sencillos: círculo a la izquierda, trote en diagonal, círculo a la derecha, breve galope. La profesora nos daba veinte minutos para hacerlos allí mismo en clase. Entonces cada cual comenzaba a trabajar en solitario, tan ajeno a los demás como si de pronto nos hubiéramos convertido en caballos de tiro con orejeras. Pero muy al contrario: soñábamos con ser pura sangres y en lugar de hacer círculos a derecha e izquierda y de trotar en diagonal, nos aventurábamos por escarpados desfiladeros, nos afanábamos en coronar las más altas cimas y pretendíamos recorrer interminables desiertos al galope, llenando la clase de una gran polvareda a través de la cual se hacía difícil distinguir nada.

-Te has vuelto a desbocar –me corregía entonces la profesora.

-A trotar se aprende –repetía después el director.



Algunos de los que habían pasado por allí habían dejado de ser anónimos cuadrúpedos: Bucéfalo, Babieca, Rocinante. A éstos los conocía de oídas. El director nos habló de otros tantos, de memorable trote: Marengo, Plata, Tornado, Kantaka, Palomo. Sentí cómo crecía mi torpeza a medida que se ensanchaba mi horizonte. Me vi de pronto a mí mismo, cómo expresarlo: falso y pesado como el caballo de Troya.

-¡Jamás llegaré a trotar de ese modo! –relinchaba entonces, con tristeza.


Un día la profesora nos propuso un ejercicio muy bizarro: “imaginad que sois escritores y tratad de trotar como tales: tenéis que pensar, tenéis que moveros como ellos y debéis aprender a amar el café y los cigarrillos en vez de la hierba fresca y los terrones de azúcar”.

-¡Adelante, arre –nos gritaba- tenéis veinte minutos! –y todos nos quedábamos un tanto aturdidos, con caras de mula.



Pero poco a poco empezamos a sentir una transformación singular. Un día cualquiera me despertaba, después de un sueño agitado, y mi trote era rápido y viscoso como el de un escarabajo. Otro día de camino a las clases mis patas graciosas avanzaban ágiles y elegantes como un endecasílabo. El porte, la crin, las pezuñas, el lomo, la cola, la firme dentadura y las cuatro patas… todo era igual y al mismo tiempo diferente. Supongo que sin darme cuenta ese relámpago de placer –puro nervio- que me recorría por dentro era fruto del trote grácilmente sobrevenido.

Regresé a las amplias praderas del lugar de donde vengo, dispuesto a proseguir mi trote por el siguiente capítulo.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

...y si necesitas un empujoncito para pasar de página, ya sabes, no es que tenga unos bíceps de acero precisamente, pero le pongo mucha voluntad...
Un abrazo de los de más vale maña,
Rbc

Anónimo dijo...

las dos últimas fotos me parecen muy chulas, by the way.
Rbc

Jueves dijo...

"A galopar,/ a galopar,/ hasta enterrarnos en el mar".

¡Galopa, caballo cuatralbo...!

Felicidades

Andriu dijo...

Rbc: todas las fotos las he encontrado a través de google images. No he encontrado el nombre de los autores.

Jueves: gracias por poner la música.

Un abrazo.