domingo, 3 de abril de 2011

¿InTiMiDaD VioLAdA 1?



NOTA PREVIA: He decidido suprimir el video que encabezaba este post, en el que se veía y escuchaba a dos "chinijos" (así se llama en Lanzarote a los niños pequeños) comiendo pipas y filosofando. El video violaba la Ley de Protección de Datos de Carácter Personal, al no contar con el consentimiento de sus padres. El texto, la reflexión acerca de las dificultades de cumplir con esta ley con la llegada de Internet, sigue siendo válido, así que lo dejo.  

¿Les parece que debo eliminar este post?

Cuando oí la conversación que estaban teniendo estos niños, estos chinijos caleteros, no pude evitar coger la cámara para grabar desde mi toalla, como un espía, todo lo que se decían. 

En cuanto agucé el oído me sentí fascinado por poder ser testigo de esa concepción del mundo que tienen los niños y que tan bien se muestra cuando éstos hablan entre sí, y no con adultos. Además me sentí transportado a la infancia: a los días y vacaciones eternas, al ocio como lo más importante en el mundo, a ver la vida a un metro y poco del suelo. Pero tras haber editado el video he tardado bastante en decidirme a publicarlo en el blog.

¿Por qué?

En el post anterior aparecía Andriu haciendo el payaso en el Natural History Museum junto a unas niñas inglesas que habían ido allí con el colegio. Nadie dijo nada, nadie protestó por sacar a esas niñas en NaDa PeRmAnEcE sin su consentimiento. Y sin embargo es posible que a sus padres, en el improbable caso de que algún día se topen con este blog, no les haga ninguna gracia esa entrada.

En el pasado  a "mis gansitos" siempre los saqué desenfocados. Los estadounidenses son tan histéricos con los niños que me pareció que hacer que sus rasgos no se identificaran era la mínima de las precauciones. Ahora no sé si aquellos posts hubieran ganado más con las caras de mis alumnos al natural, mostrando a través de sus expresivas facciones sus sentimientos, ocurrencias y... en suma, sus "gansaditas".

Lo cierto es que hay un problema legal en todo ello. La Ley de Protección de Datos de carácter personal no permite publicar o difundir imágenes de menores sin su consentimiento. Cuando éstos son menores de 14 años serán sus padres quienes otorguen o nieguen dicho consentimiento.

Así que el video en el Natural History y éste en el muelle de Famara son claramente ilegales.

¿Qué hacer? Lo correcto sería hablar con los padres y pedirles su autorización para subir a la red estas imágenes de sus hijos...

Tan sólo tener que explicarles a los padres el asunto me da pereza (no se trata de un corto o una película o un anuncio, sino de un simple post). Y además ¿Es realista pensar que no tendrían inconveniente en hacerlo? Francamente, no. 

Imagínense la escena: Andriu se acerca al tipo de la bici y le aborda (después de haberse quitado la peluca rubia) y le explica que quiere subir a internet un video en cámara oculta que ha hecho de su hijo, en bañador, mientras mantiene una charla de carácter privado con otro niño en bañador.

Sinceramente, no me veo con tal capacidad de persuasión como para no salir con un ojo morado.

Así que... ¿qué hacer entonces? ¿renunciar a publicar todas aquellas fotos o videos en los que aparezcan menores identificables, a no ser que se obtenga por parte de sus padres una costosa o improbable autorización?  Si de lo que se trata es de cumplir con la ley... habrá que renunciar a ello.

 Sin embargo, como han repetido los internautas anti-Sinde a lo largo de los últimos meses, con la llegada de internet es imposible ponerle puertas al campo. En efecto, la red está llena de fotos e imágenes de menores que se envían, copian, publican, descargan y suben a través de blogs, periódicos, redes sociales o cadenas de mails. No hablo de imágenes vinculadas a la pornografía infantil, sino de fotos de niños de todo tipo. Apuesto a que es elevadísimo el porcentaje de esas fotografías que han sido introducidas o reutilizadas en la red sin autorización alguna.

Por ejemplo, ésta:



He escrito "Niños" en Google-Imágenes. Me han salido tropecientas mil fotos e imágenes de niños y niñas disponibles para hacer con ellas lo que crea conveninte. Pues bien, aquí está, colgada a NaDa PeRmAnEcE, esta fotografía. Los padres de los tres retoños seguramente dieron una autorización al fotógrafo para darle a la imagen un uso determinado (aun anuncio de cursos de verano, por ejemplo). Pero una vez que la fotografía se ha subido a la red, cualquier persona puede hacer con ella infinidad de cosas. Yo, por ejemplo, tan sólo la he utilizado como ejemplo de mi argumentación. Pero podría escribir un post explicando que estos son mis tres hijos, o hablando de la grave enfermedad de Tommy, o del ligero retraso mental de Carol, la niña rubia que está subida a la pela, o... ya pueden imaginar todo lo que se puede hacer jugando con la realidad y la ficción. 

¿Qué hacer pues? ¿Es correcto infringir la ley aduciendo que la intención con la que uno sube a la red este video caletero es inofensiva, o arguyendo que tiene un interés como documento audiovisual debido a su gran poder sugestivo y evocador? ¿Son esto razones válidas o una mera racionalización?

El domingo que viene eliminaré este post o lo dejaré tal cual está. Todo depende de lo que ustedes opinen al respecto. Así que, dicho esto, les reitero la pregunta del principio:

¿Les parece que debo eliminar este post?

viernes, 25 de marzo de 2011

eLeGaNciA bRiTáNiCa



A las escolares del Reino Unido no les interesa la vida y las ideas de los prohombres que apuntalaron el conocimiento y la ciencia de su país. Me acerqué a estas estudiantes con la intención de hablarles acerca de John Dalton, pero huyeron de mi explicación como de la peste.

Eso sí, lo hicieron con gran disimulo, sin grandes aspavientos, y haciendo gala de una prudencia circunspecta y sobria que me atrevería a calificar de muy británica.

domingo, 20 de marzo de 2011

SoY dALTóNiCo


De Londres me apasionan sus museos.

Además de inabarcables, son muy amenos e interactivos. A los escolares que lo recorren, libreta en mano, se les ve encantados, anotando datos que leen en los paneles informativos o que escuchan en un video. Los profesores los dejan danzar libremente por las distintas salas y galerías, pese a ser algunos de estos escolares muy menudos. Viéndoles me pregunté (con bastante escepticismo) si nuestros peques, en una situación parecida, darían muestra de semejante autonomía.



Esta chica está copiando un retrato de Tomás Moro (creo), en la National Gallery Portrait. La profesora les había dejado a sus alumnos elegir el retrato que más les inspirase y ellos se habían puesto manos a la obra, entusiasmados. Mientras ellos dibujaban, la profesora iba observando el trabajo y corrigiendo o aprobando el trazo de cada uno.

Yo quise ser uno de esos alumnos. 

En Londres los escolares visitan el British Museum, la National Gallery o el Natural History Museum. En Tenerife nos llevaban, en cambio, a la fábrica Danone y, con suerte, a la de Coca-Cola.


Pero afortunadamente de pequeño hice un viaje a Londres con mis padres y pude visitar este museo con apariencia de catedral: el Natural History Museum.

Y fue allí donde por primera vez supe que era daltónico.



Al volver hace unas semanas a este museo, le hablé a Olivia de aquella sección, dedicada al cuerpo humano, en la que hacía muchísimos años había sido incapaz de detectar unos números camuflados en un dibujo. Mi madre entonces me había dicho: "Hijo, puede que seas daltónico".

Eso cuadraba bastante con algunas anécdotas. Las discusiones en torno al color de un objeto siempre han sido una constanteen mi vida. Cuando se trataba de verdes, grises o marrones, yo notaba que me faltaba convicción en el modo de distinguirlos, identificarlos y nombrarlos.
Pero mi vida transcurría con total normalidad y aquello no alteraba en absoluto el día a día: no confundía el verde con el rojo en los semáforos, y distinguía claramente los colores puros y no mezclados, como el verde que tapiza el fondo de escritorio de mi blog.

En realidad, nunca llegué a estar seguro de ser daltónico. Aquel experimento había tenido lugar hacía muchísimos años, y no en la consulta de un oftalmólogo, sino en un museo. No había pues evidencia científica de mi daltonismo.




 ¡Hasta que, perplejo, volví a hacer hace unas semanas el test en el Natural History!

Yo iba pasando las diapositivas, mientras tapaba con la funda de la cámara la leyenda explicativa. Olivia entonces me preguntaba: "¿Qué ves?". Y yo decía: "Veo un 9". Y ella insistía: "¿No ves nada más?". Y yo: "Bueno, veo una ligera sombra junto al 9. Me parece un 5 o un 6, no estoy seguro". 

Y entonces leíamos la leyenda: 

"96: Probablemente tienes visión completa del color; 9 y un amago de 6: Probablemente tienes un problema en la percepción del color verde; 6 y un amago de 9: Probablemente tienes un problema en la percepción del color rojo".

¡Yo era daltónico!

No sabía si celebrarlo o entristecerme por ello, pero al menos ya no era una vaga sospecha, sino una evidencia.




Al llegar a casa investigué algo más en torno al mal del daltonismo, y consulté en internet varias cartas de Ishihara (como la de arriba), para confirmar mi diagnóstico.

Y efectivamente, pude comprobar que padezco un tipo de daltonismo por el que no distingo ciertas gamas de verde.

Al parecer, el ojo humano dispone de conos y de bastones. Los primeros son los responsables de la visión del color; los segundos, de la luz. Hay tres tipos de conos: uno sensible al azul, otro al verde y el tercero al rojo. Combinándolos somos capaces de percibir unos 20 millones de colores distintos. En la pigmentación de mis conos encargados del verde hay un defecto, que hace que confunda unos con otros.

El daltonismo es un defecto genético, y es más frecuente en los hombres que en las mujeres. Según la Wikipedia afecta al 8% de los hombres y al 0,5 de las mujeres. Ello se debe a que sólo se transmite por el cromosoma X y a que el alelo por el que lo hace es recesivo (un alelo es dominante cuando "se impone" al alelo contrario y se manifiesta en los rasgos físicos del individuo; si es recesivo, entonces no se manifiesta sino que se inhibe, a no ser que el otro alelo sea también del mismo tipo). Las mujeres tienen dos cromosomas X. Para que una mujer sea daltónica, los dos alelos ligados al rasgo de la visión del color han de ser propios del daltonismo. Esto es bastante poco frecuente. En el caso del hombre, basta con que su único cromosoma X tenga el defecto del daltonismo para que el individuo sea daltónico. Paradójicamente, las mujeres son las únicas que pueden transmitir el daltonismo a su descendencia (debido a que el gen del daltonismo "viaja" en el cromosoma que ella transmite, el X).

Si me he enrollado como una maraca, aquí tienes la explicación de la Wikipedia, más clara y concisa:

"El defecto genético es hereditario y se transmite por un alelo recesivo ligado al cromosoma X. Si un varón hereda un cromosoma X con esta deficiencia será daltónico, en cambio en el caso de las mujeres sólo serán daltónicas si sus dos cromosomas X tienen la deficiencia, en caso contrario serán sólo portadoras, pudiendo transmitirlo a su descendencia. Esto produce un notable predominio de varones entre la población afectada: el daltonismo afecta a aproximadamente el 8% de los hombres y solo al 0,5% de las mujeres".

La Wikipedia habla explícitamente de "defecto". Sin embargo, también dice:

"Aunque la confusión de colores entre un daltónico y otro puede ser totalmente diferente, incluso en miembros pertenecientes a la misma familia, es muy frecuente que confundan el verde y el rojo; sin embargo, pueden ver más matices del violeta que las personas con visión normal y son capaces de distinguir objetos camuflados. También hay casos en los que la incidencia de la luz puede hacer que varíe el color que ve el daltónico".



¿Qué querrá decir con eso de que somos capaces de distinguir los objetos camuflados?


¿Quiere decir eso que estamos mejor preparados genéticamente para encontrar a Wally?

En fin, haciendo virtud de la necesidad, proclamo:

¿Quién quiere poder distinguir 20 millones de colores si luego se pasa toda la tarde buscado a Wally y no lo encuentra?

viernes, 18 de marzo de 2011

AgEnDa VeRdE


Pese a estar ya a mediados de marzo, ayer me he comprado una agenda. 

Mi cabeza y el dorso de mi mano izquierda estaban llenos de recordatorios, apuntes, citas, tareas pendientes, pequeños proyectos que me veo obligado a postergar. Me he dicho: "Tu cabecita necesita un disco duro externo". Así que he entrado en una papelería y he preguntado por una agenda del 2011.

En la foto se puede apreciar que no es exactamente una agenda lo que me he comprado, sino un dietario. La dueña de la papelería no me supo explicar en qué se diferenciaba una agenda de un dietario: en ambos había un calendario inicial, una página en blanco para cada día y un santoral que me informaba que hoy, por ejemplo, es San Cirilo. En las últimas páginas había en cambio un apartado titulado "Resumen del Año". Pensé en las posibilidades literarias de esta sección final y me decidí a llevarme la agenda. Esto es, el dietario.

Ya en casa he sabido por el diccionario que un dietario es un libro de contabilidad, en el que se anotan los gastos e ingresos diarios de una casa. De ahí el apartado titulado "Vencimientos".

Da igual.

Poco importa si es agenda o sucedáneo.

Como le dije a la dueña de la papelería:

-Lo que importa es que es mi color favorito.

 

lunes, 14 de marzo de 2011

HoLiDaYs EnD


La semana pasada me fui a Londres con Olivia de vacaciones.



De las grandes ciudades me gusta el anonimato y la libertad con la que uno puede salir a la calle de cualquier manera. A este individuo (Joe) lo habíamos visto el primer día en Picadilly Circus, ataviado con ropa veraniega (pese al frío) y extravagantemente colorida.



Ello me llevó a querer emularlo, así que me pertreché de una peluca rubio platino y lo perseguí hasta darle alcance.



Joe y yo hicimos buenas migas. Él era consciente de lo estrafalario de su atuendo, así como de las miradas jocosas de los transeuntes con los que nos cruzábamos. Pero lo importante para Joe era sentirse bien consigo mismo y hacerse fuerte en su idiosincracia, en su forma de ser y de pensar. 

Joe se despidió de mí con las siguientes palabras: "Be yourself, my friend"


A la mañana siguiente decidí ir al supermercado con la peluca puesta.



Deseaba sentirme durante esos cinco días como un verdadero londinense. Y esa cabellera blonda me hacía más fácil vivir en la ilusión de que no estaba en Londres de paso, sino que había dejado atrás mi vida de profesor en Lanzarote y que mi sueño de poder vivir en esta ciudad grandiosa volvía a hacerse realidad.


Así que al salir del supermercado decidí pasar todo el día con la peluca puesta y hacer así vida de londinense.




Al principio la gente se me quedaba mirando, extrañada.


A principio la gente me rehuía, temerosa.


Pero pronto llegó un momento en que fui capaz de pasear por entre las calles más concurridas de la ciudad sin apenas llamar la atención. 

Joe me había dicho: "Todo está en tu interior. Sé natural. Sé tú mismo. Los humanos huelen el sentido del ridículo como los perros el miedo. No te dejes amedrentar. No hay nada de lo que avergonzarse. El rubio te sienta genial".


Así que llegó un momento en el que me olvidé de que llevaba una peluca puesta y empecé a fantasear con quitármela frente a un espejo y no reconocerme a mí mismo.


Olivia no conocía Londres así que visitamos los enclaves turísticos de rigor, a condición de que me permitiera hacerlo con mi peluca rubia.


Y sacarme con ella las tradicionales fotografías.




La guardia montada ni se inmutó, permaneciendo impávida ante mi ondulada cabellera oxigenada.


Y así pude disfrutar de la vida de Londres como un verdadero londinense: museos, fish & cheaps, parques enormes, tiendas espectaculares, arquitectura victoriana, gentes de todas las razas, colores y pelucas.


Poco a poco fui entablando relaciones con los nativos, y comprobando que Joe tenía razón: "Si tú estás a gusto, ellos están a gusto".


Fui muy feliz durante cinco días en Londres, aunque cada mañana la cama amaneciera revuelta de largos pelos amarillos. Pero todo lo bueno termina. Mi viaje. Mis vacaciones. Amanecer con Olivia sin horarios  cada mañana.

Hoy volví a despertarme a las 6:23 am para ir a trabajar. Hoy me tocaba quitarme la peluca rubia.



Pero no pude. 

Fui incapaz de hacerlo.

Tuve que presentarme delante de mi alumnos con la peluca rubia puesta.



Seguramente pensarían al principio que estaba loco. Yo trataba de explicar el idealismo trascendental de Kant con la mayor claridad expositiva posible, pero me desconcentraba percibir en la mirada de mis alumnos cierta ironía o guasa contenida.

 

Pero me acordé de Joe y pensé que no había nada de incompatible o incongruente entre mi atuendo y la actividad rutinaria a la que mis alumnos y yo estamos acostumbrados.



Traté de ser yo mismo, y de explicar a Kant lo mejor que sabía, olvidándome de todo lo demás.



Cuando pregunté a mis alumnos acerca de lo que había estado explicándoles me respondieron correctamente.

Ya nadie en clase se acordaba de que alguna vez tuve el pelo corto y castaño, ni de que no soy un londinense de paso en Lanzarote, ni de que me levanto todos los días solo, a las 6:23 am, para ir a trabajar...

viernes, 4 de marzo de 2011

gEnTe CoHeReNtE


El otro día leí en EL PAÍS, en la sección de Cartas al Director, la siguiente reflexión, de un tal David Otero:

Desde hace unos días, vengo viendo en la televisión unos anuncios en los que nos avisan de la importancia del reciclaje de bombillas y nos invitan a realizarlo para mejorar el medio ambiente. Me hace sentir extraño ver como alguien puede impulsar el reciclaje de un elemento fabricado por la industria que creó la obsolescencia programada, que no es más que reducir la vida útil de algo para mantener o aumentar sus ventas.

Si realmente los residuos de las bombillas son tan nocivos para el medio ambiente, en lugar de fomentar su reciclaje, deberían obligar a toda la industria a fabricarlas con durabilidad, y una vez logremos volver a tener bombillas casi perpetuas -hace 100 años era posible, ¿y ahora no?-, creo que podremos hablar de reciclar las que sufran algún fallo no programado. Reciclaje sí, tomadura de pelo no, gracias.

Me gustó la reflexión: concisa, clara y directa. Cargada de razón. Me gustó que lo de la obsolescencia programada comenzase a estar en boca de la gente, a conocerse, a nombrarse sin que sonase a  palabreja extraña o a concepto técnico.  



Por esas fechas estaba corrigiendo un trabajo de una alumna sobre el vegetarianismo. Se trataba de leer un texto en el que se ofrecían argumentos muy buenos en contra de la costumbre que tenemos los humanos de matar animales para comérnoslos. La última pregunta que debían responder los alumnos eran: ¿Te resultan convincentes los argumetos? ¿dejarías de comer carne?

La respuesta de la alumna a esta pregunta era la siguiente:

"No, voy a seguir alimentandome de la misma forma porque algunos vegetarianos como que no comen carne pero ,si se ponen ropa fabricada con pieles animales. O se es vegetariano en todo o se es en nada en la vida .Creo que hay que ser coherente en todos los aspectos"


 Hace unos días el gobierno anunció la medida de reducir el límite de velocidad máxima en España, pasando de 120 km/h. a 110. 

Las críticas de la oposición no tardaron en llegar: que si se improvisaba, que si no apenas se iba a notar, que si Papá-Estado... Aunque no hacía falta escuchar a la oposición para saber de antemano cuál iba a ser su reacción.

Más interesante me parece, en cambio, la reacción no ya de los políticos, sino de los ciudadanos, como tú, como yo, como mi alumna, o como David Otero, el de las bombillas. Escuchando en la radio la "opinión de la calle" decía un ciudadano, notablemente furioso:

"Si es verdad eso de que bajando la velocidad a 110 se ahorra combustible, pues que sean coherentes y bajen el límite a 90 o a 80"

Me sorprendió que también este ciudadano cabreado, como mi alumna, apelase a la coherencia.



 Pero a lo que me recordó el razonamiento del conductor furioso fue a otro repetidísimo por muchos fumadores descontentos con la ley antitabaco que desde el 1 de enero les prohíbe fumar en el interior bares y restaurantes:

"¡Ya que nos prohíben fumar en todos los bares, pues que ilegalicen el tabaco y santas pascuas!" 
Me imagino que habrás oído este mismo argumento hasta la saciedad últimamente. Al fumador agraviado sólo le faltó añadir que eso era lo que exigía precisamente la coherencia...

Te puede parecer que todos estos ejemplos no tienen nada que ver los unos con los otros. A mí en cambio me parece que apuntan a lo mismo.

Estos ejemplos nos enseñan que somos gente coherente.

Somos gente seria, comprometida con nobles causas o ideales. Haríamos cualquier cosa por defender esos valores: el ecologismo, la vida de los animales, el ahorro energético, la salud... Pero al decir "cualquier cosa" me refiero a verdaderas proezas y sacrificios, a empresas titánicas o de largo alcance. Los pequeños gestos, en cambio, las migajitas, los parches... eso no va con nosotros. Mejor no hacer nada antes que hacer tan poco. No debemos conformarnos con medidas tan tímidas. Dejemos pasar estas pequeñas olas de mentirijilla y esperemos a que llegue el gran tsunami, el verdadero giro de timón, el plan maximalista.

Lo demás son simples bagatelas, de gente mediocre, de gente incoherente.

viernes, 25 de febrero de 2011

AqUeL VeRaNo



Este es el parque Lezama. Aquí se conocieron ("en un banco, cerca de la estatua de Ceres") Alejandra y Martín. Aquí tiene lugar el comienzo de la novela de Ernesto Sábato Sóbre héroes y tumbas, que tanto me sobrecogió allá por mis 19 años, cuando la leí por primera vez.

La empecé en el primer InterRail que hice con mis amigos. Llevábamos poco peso en las mochilas: saco de dormir, tres mudas, linterna, camping-gas y poco más. Para leer: algo ligerito, en el sentido literal del término. Yo me decanté por dos o tres libritos de una colección de bolsillo que había sacado Alianza Editorial. Costaban 100 pesetas y a mi casa llegaban con una periodicidad creo que semanal. Probablemente vendrían con EL PAÍS. Uno de esos libritos se llamaba "El Dragón y la Princesa" y su autor se llamaba Ernesto Sábato, un argentino que no me sonaba de nada.

Por esa época yo había ya conocido el amor y el desamor. Da igual que se llamara Patri y no Alejandra. Lo cierto es que la lectura de esas tormentosas relaciones entre aquellos dos adolescentes (adjetivo apropiado para Martín pero a todas luces inexacto a la hora de definir a Alejandra, pues aunque sólo le sacaba un par de años a Martín -como Patri me los sacaba a mí- su edad mental, o mejor dicho, espiritual, era insondable e incalculable), aquellas disquisiciones metafísicas de Bruno (el narrador), aquella atmósfera romántica y trágica, lánguida y decadente, desesperadamente anhelante de absoluto... me subyugaron desde el principio.

Leía con lentitud y avaricia cada página, cada párrafo, cada frase y cada adjetivo, como un gourmet. Leía con la anticipación del desconsuelo que habría de inundarme cuando alcanzara la última página de aquella historia de amor imposible. Las horas en tren eran largas y había que dosificar la poca literatura con la que habíamos aprovisionado nuestras mochilas, en cuyo interior viajaba el codiciado librito entre latas de atún, calcetines y una barra de fuet.

Pero llegó el día y el momento fatídico en que arribé a la última página de aquel librito: "El dragón y la princesa". Con desconsuelo infinito paladeé las últimas oraciones... Y entonces una leyenda, en letra pequeña, hizo nacer el sol nuevamente. La leyenda rezaba: "El dragón y la princesa es la primera parte de la obra de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas". Mi corazón dio un vuelco. El tren seguía recorriendo Europa. Mis manos temblaban de emoción contenida. Amanecía.

Al terminar el InterRail, de vuelta a Tenerife, no hizo falta asaltar ninguna librería. Allí estaba, en la estantería de mi casa, aquel libro de tapa dura y marrón con letras doradas. Allí estaba aquel comienzo en el parque Lezama: el adolescente y solitario Martín, la enigmática y turbia Alejandra... y todo lo demás. Había tenido que llegar muy lejos para encontrarme con "Sobre héroes y tumbas". Había tenido que atravesar Francia, Bélgica, Alemania, Austria y Suiza en tren para poder descubrirlo entre tantos otros libros que poblaban aquella estantería de casa de mis padres.

Aquel verano leí por primera vez Sobre héroes y tumbas, y durante muchos años fue mi libro favorito, si es que esas cosas existen.


Dice Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas que "siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". Algo similar canta Sabina en Peces de ciudad: "En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".

Hace unos meses me propuse volver al parque Lezama, a aquellas páginas donde fui feliz. No suelo releer libros a no ser que me hayan gustado muchísimo y haya pasado bastante tiempo entre una y otra lectura. En este caso, habían pasado 14 años: tiempo suficiente. Quería releer Sobre héroes y tumbas y descubrir si pasaba la prueba del tiempo. Yo ya no soy quien fui, supongo. Ha llovido muchísimo desde entonces. He viajado, he estudiado Filosofía y me he convertido en profesor: ¡en profesor! Ya no me dicen por la calle "Oye, chico". Ahora, en cambio, me tratan de usted...

Así que hace unos meses quise revisitar a Ernesto Sábato para comprobar si su literatura me había subyugado por el simple hecho de encontrarme yo entonces en las postrimerías de la adolescencia. Regresé a Sobre héroes y tumbas con un espíritu casi científico y con el propósito de responder a esta pregunta: "¿Es Sobre héroes y tumbas una novela de y para adolescentes?".

Si nada extraño ocurre, terminaré de releer la novela este fin de semana, pues apenas me quedan treinta páginas. Pero ya antes de concluir esta empresa sospecho que habré de lamentar haber vuelto a remover las páginas del pasado: "No debieras tratar de volver" -advierte Sabina. "Siempre es levemente siniesto -añade Sábato- volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección".

Aquel verano en que descubrí Sobre héroes y tumbas fue uno de esos lugares. Aquel verano y aquel viaje en tren, ligero de equipaje, con poquísimo peso en la mochila: sin tantos viajes a cuestas, sin una carrera de Filosofía a mis espaldas, sin más profesión que la de recorrer Europa con mis amigos ni más posesión  que un camping-gas, una linterna, una barra de fuet y un librito titulado "El dragón y la princesa", de un  argentino llamado Sábato.

El pasado es el lugar al que uno no debiera tratar de volver.

Obcecarse en ello es levemente siniestro, como la música de Mike Olfield.


domingo, 13 de febrero de 2011

uNivErSoS íNtiMoS


Si yo tuviera un hijo, llegada su adolescencia, deslizaría sigilosamente un ejemplar de "Sobre héroes y tumbas" en algún lugar al que él pudiera acceder por su propio pie. De esta manera podría establecer con el libro una relación más íntima. Un adolescente nunca aceptaría ingresar en el universo atormentado y desesperadamente trágico de Sábato de la mano de su padre.

viernes, 11 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

SeR HuMaNo


En los 40 principales repiten una y otra vez las mismas canciones. La teoría o la lógica dicen que son cuarenta, pero no creo que pasen de quince o veinte. Ésta del grupo "Pignoise" (que significa literalmente "ruido de cerdo") la escuché hace un par de semanas, en la carretera, mientras conducía, que es cuando escucho los 40 principales, o Europa FM, o Cadena 100, es decir, las emisoras de música pop comercial que retransmiten música enlatada sin mayores pretensiones.

Escucho esta música mientras conduzco porque es pegadiza y ligera (como la del hilo músical de los dentistas o la de los vuelos de Binter), aunque también porque -lo admito- en materia musical soy bastante analfabeto y es difícil que salga de mi sota, caballo y rey. 

Decir que la escucho es decir demasiado; más correcto sería precisar que la oígo. Sin embargo el otro día me dio por escuchar esta canción de "Pignoise", es decir: me fijé en su letra. Y he de decir que no tiene desperdicio:

"Nunca he sido un lobo feroz
Yo siempre fuí ese patito feo
Que se escondía bajo un caparazón
Guardaba su corazón y que creia en los cuentos
Y ahora que ya me he hecho mayor
No soy un cisne, soy aun mas feo
Ya no me queda nada de corazón
Ahora soy depredador de cada presa que veo

Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.
Me da igual
Me da igual...



No soñaba con ser un Dios,

Solo ser uno mas en este juego
No quedan fichas, ni tampoco ilusíon
Solo tengo una misión, la de salvar mi pellejo


Nunca he sido un lobo feroz

Yo siempre fuí ese patito feo
Que se escondía bajo un caparazón
Guardaba su corazón y que creia en los cuentos

Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.

Porque me lavo las manos, yo me desentiendo

Solo barro mi parcela, me da igual lo vuestro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual.


Y cada uno por su lado (siempre igual)
En vez de tendernos la mano
Si podemos nos la pisamos (que mas da)
Y para que nos abrazamos??
Si sabemos que todo es falso


Porque el mundo si me ha hecho vacio por dentro

Porque ladro, porque muerdo, porque soy muy perro
Soy un delincuente con los sentimientos.
Porque todo me da igual".




Los subrayados no estaban en la web de la que he copiado la letra sino que los ha hecho el profe de Ética que hay en mí. Mi amiga Montse suele trabajar en sus clases con canciones, algunas de las cuales comparte con nosotros en su blog. Son por lo general canciones que nos hacen pensar, que nos estimulan, que nos ilusionan y que nos hacen ser mejores personas. O intentarlo. La de "Pignoise" es en este sentido una "anticanción", de la que se puede también sacar provecho en las clases, pues de los errores se aprende...

Y es que ¿Cómo definir este gruñido, este ruido de cerdo que nos traen estos chicos de flequillo largo, gafas de pasta y aspecto estudiadamente desaliñado? Yo lo definiría como el colmo del cinismo.

El Wordreference define así la voz "cinismo":
  1. m. Desvergüenza o descaro en el mentir o en la defensa y práctica de actitudes reprochables.
He de decir que la defensa del cinismo en arte (y supongo que también en la vida) siempre me ha resultado bastante cargante. Los escritores malditos, los inmoralistas avant la letre, los descreídos sabihondos, los individualistas empedernidos... todos ellos me resultan algo cansinos. Y cuando el pataleo que montan es excesivo me resultan incluso (aunque pueda sonar paradójico) algo infatiloides: están empeñados en que las cosas no pueden salir bien, en que todo es una mierda, y parecen no poder descansar hasta convencernos a todos de que no hay esperanza.

Vale, vale, lo admito: ¿no estoy pecando de ingenuo? Puede ser. Sin embargo, con los años me he ido convenciendo de lo siguiente: que prefiero pecar de ingenuo que de cínico

Las novelas o las películas que me emocionan son aquellas en las que, sin dejar de mostrar la maldad que anida en el fondo de todos nosotros (el egoismo, la traición, la cobardía, la ignorancia), y lo complejo que resulta que todo termine bien con ingredientes tan inicuos, al final tiene sentido la esperanza, el optimismo, la lucha y el tesón, pues también en nosotros es posible el sacrificio, la generosidad, la justicia, el amor.

La lectura de novelas que propugnan un ideario cínico contrario a éste me ha resultado casi siempre insufrible. Algunas de ellas son supuestamente obras maestras de la literatura occidental, como "Viaje al fin de la noche" de Ferdinand Céline, a quien odié con toda mi alma durante el mes que me enzarcé en sus páginas; o la célebre "Trópico de Capricornio" del malditísimo Henry Miller, que me costó sudor y lágrimas terminar, y algún cabreo.

Ya sé que a la época de las revoluciones se le pasó el arroz. Ya sé que la crisis nos tiene a todos de capa caída. Ya sé que a los chicos de "Pignoise" todo les da igual. Y que a nuestros alumnos todo se las suda. Sé  que el idealismo está pasado de moda. Que todo se compra y que todo se vende. Que el hombre es un lobo para el hombre. Que somos muchos y cobardes. Y que la ley del mercado es la ley del mercado. Ya sé que tras las elecciones habrá más de lo mismo. Y que los políticos son unos corruptos.

Todo esto lo sé. Pero es una cantinela que no me motiva, y un lodazal en el que no encuentro sentido  regodearse. Es a los cerdos a los que les gusta este ruido: revolcarse en la mierda. No a los seres humanos. 

Y aunque pueda resultar cursi o anticuado diré que lo que cantan los seres humanos no es lo de "Pignoise", sino esto:

No soy un lobo ni un patito feo,
No soy un cisne pero tampoco un perro
Que ladra, que muerde, vacío por dentro.

No soy depredador de cada presa que veo,
Ni un delincuente con los sentimientos.
Pues no todo me da igual.
Me da igual...
No todo me da igual.

Porque sí tengo ilusión,
Pues no es sólo mi misión
La de salvar mi pellejo.

Pues no me lavo las manos ni me desentiendo
No barro sólo mi parcela ni me da igual lo vuestro
No estoy vacío por dentro
Pues no soy un cerdo.

Y es que yo no soy perfecto
no soy un cisne bello.
No soy un dios, no soy un héroe
Pero tampoco un cerdo.

Sólo soy un ser humano
Y por eso no ladro
Sólo soy un ser humano
Y por eso no muerdo

Porque soy un ser humano
No todo me da igual,
Me da igual...

No todo me da igual...