jueves, 23 de agosto de 2007

AmOr iNtErRuPtUs

Al llegar a casa traté de encontrar en google una solución al dolor de huevos. La contención y la tentación no eran buenas compañeras de viaje; al final, si el asunto se demoraba mucho y la chica no soltaba prenda, todo acababa en un dolor sordo y agudo, como de ejambre, ahí abajo.

Era sábado y me había levantado a eso de las 12 de la mañana; pronto, para todo lo que habíamos bebido y trasnochado. El sol incandescente me había sacado de la cama de un tirón de orejas, abrasando mi pijama empapado en sudor con efluvios de ron. Me duché con agua helada; todo lo helada que cabe esperar de un verano en Madrid. Me vestí con ropa limpia y sin olor a humos ni reminiscencias nocturnas y salí a la calle, al aire puro e inexplicablemente límpido de la contaminada urbe, a la mañana radiante de azul, a la atmósfera seca, austera, castiza, continental: al inconfundible pretil de la madrileña calle del Limón.

Tras mucho deambular, quemando paso a paso el alcohol, matando minuto a minuto la resaca, llegué al Retiro. Aquello era una fiesta: domingueros de sábado, parejas de enamorados, ciclistas, patinadores de gimnasio, caricaturistas, brujas del tarot, negros ofreciendo costo y gitanas ramas de romero. En la hierba se dormitaba, se tomaba sol en bañador o se entregaban las parejas al exquisito pasatiempo de las carantoñas, los arrumacos y las metidas de mano.

Entonces la vi. Estaba sentada en una escalinata, de cara al lago, contemplando las torpes maniobras de las barcas, bronceando su blanca piel, pensativa -quién sabe-, abstraída -quizás-: rubia y bella y sola.

-¿Te importa hacerme una foto?

Los fracasos que me da la experiencia me han enseñado que las frases pretendidamente originales no conducen a nada y nos hacen quedar como unos pedantes, unos freakis o incluso unos psicópatas encubiertos. Mientras pronuncias esa frase largamente meditada y rumiada, cargada de ironía y dobles e incluso triples sentidos y lecturas, aunque fingiendo naturalidad y espontaneidad, como si acabara de ocurrírsete, la chica descodifica tu mensaje de tal modo que en tu frente ve tatuada una leyenda: "Soy un perdedor". Así que es mejor un abordaje convencional, típico y, si quieres, tópico, aderezado -eso sí- con una sonrisa amplia y solícita, como de sinceridad.

A la chica no le importó y el decirlo me sirvió para reconocer su acento: "Alemana ¿verdad?". Mientras me confirmaba que sí, pensé que no habría hecho falta que abriera la boca para estar seguro de ello: rubia, ojos azules, piel clara, alta, levemente cachorrona, de una belleza correcta aunque ligeramente tosca y masculina, sin la finura francesa ni la turbación que provoca la mujer mediterránea. Era un ejemplar perfecto: un prototipo; me recordaba a alguna de las fotos de mi libro de texto de alemán de la Escuela Oficial de Idiomas. Sólo su abultado escote la diferenciaba de aquellas imágenes agradables pero desabridas y académicas.

No sé cómo ocurrió, cómo pudo suceder, pues no estaba en absoluto en mis planes, pero sucedió, ocurrió, lo dije:

-¿Te apetece que vayamos a tomar algo juntos aquí al lado?

Para mi sorpresa accedió. Yo me dispuse a justificar la invitación como un imbécil: "Con el calor que hace...", "Al fin y al cabo, los dos estamos solos... bueno, supongo ¿no?... podemos hablar un rato y entretenernos". Eran tan estúpidas las justificaciones en sí mismas como el propio hecho de darlas: ella había accedido y eso era lo importante.

Pedimos dos coca-colas bien frías en una de las terrazas-bar del Retiro; donde me clavaron. Se llamaba Henrike. Llevaba cuatro meses en Madrid trabajando en una empresa que vendía ropa interior femenina a mayoristas, fundamentalmente a Alcampo. Hablaba español bien, aunque sin fluidez y con algunas lagunas comprensibles en el léxico. Le encantaba Madrid aunque aborrecía su trabajo. Tres días más tarde le preguntaría que por qué no se planteaba buscar otra cosa si tanto sufría en él; le preguntaría que qué le gustaría hacer en condiciones ideales: "Trabajar en una revista, algo relacionado con la moda, buscando tendencias y estilos". Reconocí para mis adentros que era más estimulante que vender bragas a Alcampo. O quizás no... Tres días más tarde me desnudaría un poco ante esa desconocida que por entonces estaría muy lejos de mí y de aquel encuentro como de conjunción planetaria en el Retiro; me desnudaría diciéndole alguna verdad, alguna intimidad: que lo que a mí me gustaría hacer en condiciones ideales era escribir. Me miró entonces como a un bicho raro; y eso nos alejó aún más. Le había traído una postal free del baño que anunciaba una Escuela de Humanidades, o algo así. En el anverso un joven tumbado boca arriba miraba el cielo pensativo y unas letras en rojo rezaban: "no entierres tus ideas". En el reverso se daba algo más de información y se añadía: "Si te gusta leer, escribir, pensar, hacer, sentir...". Le pedí que se quedara con sólo dos de esos verbos: la conversación decaía y había que aferrarse a cualquier cosa. Eligió los dos últimos: hacer y sentir. Le pregunté entonces qué tal llevaba el libro en español que le había visto en el bolso tres días antes en el Retiro. Me dijo que mal, que no lo había tocado desde entonces. Yo también tenía a Henry Miller en cuarentena desde hacía un tiempo. Le sugerí que intentase leer algo más corto y menos ladrillo: aquello de tapas verdes que llevaba en el bolso parecía servir más que otra cosa para construir casas. Me dio la razón y me dijo que estaba buscando algo más ligero, que tratara de "cosas y problemas de mujeres, una historia de amor". No quise seguir por ahí; apuré mi cerveza.

Cuando terminamos de bebernos nuestra coca-cola, había no obstante ocurrido, aún no acierto a adivinar de qué modo, en virtud de qué sortilegio, como no fuera el de la ya mentada conjunción planetaria, lo siguiente: habíamos quedado para ir al cine al día siguiente, nos habíamos dado los móviles y, at last but not least, había accedido a mi sugerencia de tumbarnos en la hierba, en un rinconcito recoleto y sombreado, a descansar -dije-, a retozar -pensé- como había visto minutos antes lo hacían todas aquellas parejas de tortolitos en celo.

Atravesamos un parterre y nos tumbamos bajo la sombra de un árbol que mis escasísimas nociones de botánica me impide identificar. Enfrente, un islote rodeado de un agua estancada y verdosa, en cuyo centro una estatua de Diana nos observaba como única testigo de mis andanzas; y de las suyas.

Fue maravilloso. No recuerdo si hablamos o era yo el único que parloteaba infatigablemente, como ocurriría al día siguiente y tres días después, aunque sólo fuera para evitar en ella y en mí la incómoda sensación de quedar con un desconocido para acabar bostezando y existiendo frente al otro sin nada que decirnos, como un matrimonio malogrado. Lo cierto es que todo fluyó y ninguno de los silencios fue incómodo. Accedió a todos mis juegos y atrevimientos. Accedió a una breve instrucción en mi rudimentario conocimiento del yoga, dejándose tocar su muslo y su vientre cuando la corrección de una postura exigía mi pedagógico contacto. Accedió a dejarme ser jardinero de su ombligo, construyéndole allí, en su centro umbilical, un secreto Versalles con briznas de hierba, deseo contenido y risas por su parte que amenazaban con dejar mi ensayo de domesticar en su ombligo la naturaleza en un estado de destrucción tal como no se recordaba desde el histórico terremoto de Lisboa. Accedió a que la fotografiara, de frente y de perfil; y a que hiciera un herbario digital con cada una de las plantas -bueno, casi- que conformaban su femenina vegetación: ojos, boca, pelo, manos, pies... y esos sugerentes zapatos blancos sobre verde en poética y evocadora actitud. Accedió a que recorriera su brazo desde la mano hasta la frente con una brizna de césped primero y con una moneda de 10 céntimos después, inventando un relato justificador para cada ocasión; y se rió con él, aunque mirando para otra parte, para evitar que me abalanzara sobre ella y la besara; se rió y disfrutó -creo- con ese alpinista infatigable que remontaba su frontis por el conducto de su brazo y por el acantilado de su cuello hasta alcanzar y conquistar la sima de oro de su pelo.

Fue maravilloso; y ello pese a no dejarse besar. Me dijo que si estaba loco, que cómo iba a besarme si no me conocía de nada, que eso no era muy normal. Yo le dije que tenía parte de razón, pero que tampoco era muy normal que se tomara una coca-cola y jugueteara con un desconocido en la hierba. Y sin embargo -seguí diciéndole- allí estábamos, pasándolo increíblemente bien, pese a que aquello no fuera muy normal. En cualquier caso, respeté su invocación a la cordura y le juré que no la besaría, pese a seguir acercando peligrosamente mi cara a la suya, mi boca a su boca, para espantarle una mosca, para enseñarle una foto en el visor de mi cámara, para recolocarle un mechón rebelde de su pelo. Y es que era verdad que estaba, al menos durante ese sábado de resaca, un poco loco, acaso un poco ebrio aún y, sin lugar a dudas, un poco sugestionado o intoxicado por el recuerdo de las promiscuas páginas de Trópico de Capricornio, en las que el propio Miller o cualquiera de sus compañeros de viaje conseguía echar un polvo con la facilidad con la que el común de los mortales alcanzaba, fuera del universo literario en que se inscrible el bautizado por Miller "País de la jodienda", a respirar.

Fue pese a todo, pese a su negativa a estamparle en sus carnosos labios un casto beso, maravilloso. Y sólo fue tras la despedida en el metro, tras el doble y resignado beso en el cachete, tras su última sonrisa y su última mirada llena de promesas y augurios, sólo fue entonces que me percaté del insidioso enjambre ahí abajo. En google no encontré ninguna ayuda al respecto, ningún consejo útil, ningún consuelo: nada me apetecía menos que otra erección.

Al día siguiente fuimos a ver "El ultimátum de Bourne" en un multicine de Fuencarral. Ya que había aceptado mi invitación a ir al cine, no era cuestión de imponer mis gustos cinematográficos. Además, eso me permitió pedirle que me contara el argumento de las dos primeras entregas y hacerla así a ella hablar un poco también. Se presentó exultante por fuera y hecha jirones por dentro. Había cambiado la falda del sábado por unos vaqueros blancos y una camiseta corta y ceñida; sobre unos tacones amarillos hacía equilibrios y me sacaba media cabeza. Recordé cómo cuando, al dirigirse ella el día anterior al baño de la terraza-bar del Retiro, oí a tres capullos -que podían en otras circunstancias ser tres almas gémelas mías- decir: "¡Vivan las suecas!". Preferí fingir que no entendía, que era un guiri como ella, acaso su novio o su hermano. Preferí hacerme el sueco. Andar con una vikinga así a tu lado en España era exponerse a este tipo de situaciones. Ya en el cine, al ver a Matt Damon repartir hostias a diestro y siniestro, me sentí algo cobarde, poca cosa, un pringado al que esta alemana sanota y pechugona iba a dejar en breve plantado si no era capaz de obsequiarla con un par de ganchos bien dados a algún maleante o desconsiderado. Estaba exultante por fuera pero arrastraba una resaca de mil pares de cojones. Había salido con unos amigos de bar en bar y ya en "su" lugar, del que me habló maravillas pero del que había oído yo hacía tiempo que era un sitio pijo y sin alma (en el que se follaba con cierta facilidad, lo cual no está del todo mal, y que tenía un nombre de gusto adolescente, algo así como "Tu mamá también" o "Tu mamá lo sabe"), acabó devolviendo todo el vino y todo el vodka ingerido. Me aseguró que estaba fatal, que le dolía todo, especialmente la barriga, en la que posaba su mano cada dos por tres, como si poseyera cristianas virtudes curativas. Hablaba poco o nada, daba suspiros largos y agónicos, como si su cuerpo estuviera siendo recorrido por una naúsea infinita frente a la cual la sartriana representara un puro juego de niños. Yo la miraba llevarse la mano al vientre y quería emularla, posar la mía cariñosamente allí, consolarla táctilmente, traspasarle mi tono vital y mi salud. Pero no me atrevía; me sentía mucho menos loco que la víspera. Pretender algún acercamiento, algún escarceo o asechanza sexual me parecía, dado su lamentable estado, egoísta e indigno. Así que me limité a adoptar la actitud solícita y asistencial de un enfermero o un padre. Al salir del cine, sólo me pareció verosímil que aceptara que la invitara a una manzanilla en una cafetería. Pero ni ésas. Se le trababa la lengua hasta para decir que lo único que quería hacer era volver a su casa y meterse en el catre, mientras se llevaba elocuentemente la mano a la barriga.

Tan persistente y absorbente dolor de barriga me llevaba a imaginar hipótesis alternativas a la resaca y contradictorias entre sí: tan pronto pensaba que todo aquello era una pura patraña, una excusa con la que poder irse a casa cuanto antes, como me imaginaba a continuación todo lo contrario: que aquel dolor era un síntoma evidente de que estaba enamorada de mí y que mi sóla presencia convertía sus entrañas en un aquelarre de nervios.

Al despedirnos en la glorieta de Bilbao se demoró más de lo que su maltrecho estado cabría esperar, como si quisiera prolongar un poco este segundo encuentro, sabedora de que no corría peligro alguno de acoso sexual junto a la figura paternal en que me había convertido, o acaso con la intención de compensarme por una cita tan sosa y aburrida. Le dije que al día siguiente mi hermano y la novia hacían una chuletada en su casa; que si le apetecía venirse. Me preguntó la hora: "A las 10". Le pareció muy tarde; me dijo que quizás fuera mejor quedar para el día siguiente a una hora más temprana: tenía que trabajar al día siguiente. Me sorprendió gratamente que diera por hecho que si no era mañana, era pasado. Éramos dos novios: en el horizonte de futuro inmediato no cabía la posibilidad de no volver a vernos. Éramos dos amantes: en la aventura que habíamos comenzado el sábado en el Retiro no cabía la posibilidad de no culminarla o prolongarla. Esto me tranquilizó y me permitió contestar con suficiencia: "Como tú veas. Si te apetece venir a la chuletada mándame un sms mañana y ya te digo a qué hora es. Si no te apetece, pues no pasa nada, brindaré a tu salud". Otros dos besos de mejilla y se la tragó el metro.



Al día siguiente un sms de Henrike a las 19:09: Hola! A q hora esta la barbacoa?

Respuesta de andriu: A las 9. Te animas?


A las 20:20 Henrike contrataca: Me parece mejor si quedamos mañana a las siete algo así. No estoy informa! Beso


Y andriu de nuevo: Como quieras. Me tomaré esta noche una copa de vino a tu salud. Mañana espero verte ya totalmente recuperada.

Al día siguiente me citó a las ocho de la tarde en el Bo Finn, el típico Irish Pub con suelos, paredes y techos de madera en el que en cada mesa una cesta de mimbre con papas fritas aguarda al cliente sediento de cerveza y en el que el camarero te pide que pagues la consumición por adelantado. Tardé unos minutos de más en plantarme allí, en Velázquez esquina Diego de León. Acudía radiante y optimista a mi cita, tarareando una canción de Sabina acorde con la ocasión y fantaseando con lo humano y lo divino, feliz al recorrer las calles de una ciudad en la que la gente se daba cita en la intersección de dos calles: Velázquez con Diego de León era a Madrid lo que la calle 12 con la Quinta avenida era a Nueva York o la rue Monge con le Boulevard St-Germain era a París. Me explico: nadie en Arrecife de Lanzarote quedaba, pongamos por caso, en la calle Ingeniero Paz Peraza esquina con Jacinto Borges. Pensamientos de esta guisa me escoltaban en mi periplo hasta el Bo Finn, del que aún dudaba si sería un bar, un supermercado o un motelito en el que furtivas parejitas perpetraban sus clandestinas infidelidades. Resultó ser lo primero. Allí estaba ella, sentada en un taburete de madera (como todo lo que nos rodeaba allí dentro) y al recordarla hoy tal y como se me presentó esa noche -serena y muda, blanca y bella- no he podido menos de establecer una asociación de ideas entre la vaca blanca de la leyenda y mi mansa Henrike.

Aquella cita fue la más soporífera y estéril de cuantas nadie haya tenido la desgracia de soportar. Aquellas fueron las dos cervezas más largas de mi vida. Henrike ya había cenado así que mis perspectivas de cena romántica y luego copa en su casa se fueron al traste. Ignoraba que no había quedado conmigo frente a su casa para invitarme a ella sino para salir escopetada -y sola- cuanto antes. Se encontraba mejor de la resaca. "¡¿Sólo mejor?! -pensé para mis adentros- ¡pero si hoy es martes y te emborrachaste el sábado!". He de reconocer que seguía estando muy guapa. Se había pintado los ojos, aunque no necesariamente para la ocasión: ya los llevaba discretamente pintados la tarde del sábado en el Retiro. Pero pese a encontrarse mejor, seguía muy callada. Recordé aquel post acerca de la virtud del silencio de Natalia Porcel. Estaba de acuerdo en su esencia con todo aquello. Y por eso mismo me sentía como un tonto al tratar de tapar con mi palabrería hueca todos aquellos silencios. En mi monológica desesperación me vi abocado a recurrir a topicazos de la guisa de "¿Qué música te gusta oír?" o "¿Cuál es tu color favorito?". Cuando Platón dijo que "El sabio habla porque tiene alguna cosa que decir; el tonto, porque tiene que decir alguna cosa" se estaba refiriendo a mí con este último.

Poco a poco el hechizo se rompió y se esfumó el encanto y magnetismo de la insípida rubia. Ortega y Gasset describe en uno de los textos más bellos y acertados que he leído de él (Estudios sobre el amor) el proceso del enamoramiento con la metáfora de la cristalización. El enamorado construye o inventa una imagen del ser amado que es bella y perfecta como esa filigrana de cristal de hielo que la naturaleza construye en invierno: lo idealiza. Pero el tiempo acaba por derretir el etéreo y frágil aderezo y nos hace ver de nuevo al ser amado sin el manto de fino cristal con el que nuestra anhelante imaginación lo tenía cubierto. En el Bo Finn el proceso de cristalización que mi imaginación había operado sobre aquella planta exótica hallada en el Retiro, la alemana Henrike, tomó su camino de retorno, se invirtió, desmitificándola. No coincidíamos en nada. Nos reíamos a destiempo, y de cosas diferentes; cada uno pertrechado de registros humorísticos divergentes y excluyentes. No coincidiamos en opiniones, en aficiones, en actitudes ante la vida; ni siquiera en colores favoritos.

-Henrike, ya no me gustas. ¿Qué hago yo aquí? -pensé.

Me entró hambre, eran ya casi las 10:30. Le propuse salir a comer algo; ella podría ayudarme tan solo, si no se animaba a recenar. Al final acabó recenando. Tras pagar yo la cuenta (aunque ella había comido tanto como yo, la idea había sido mía) me percaté de que en los últimos tres días yo había pagado siempre y ella no había hecho ni un gesto para pagar ella o a medias ni tan siquiera me había dado nunca las gracias. Yo había pagado las coca-colas en el Retiro, las entradas a esa bazofia de Bourne, las cervezas en el pseudo-pub irlandés y las micro-tapas de un restaurante ultramoderno, pijo y vacío. No, no era como rezaba Platón: no eras tonto, andriu; eras, fuiste, más bien ¡gilipollas!.

La acompañé hasta el portal de su casa, mucho antes de que a Cenicienta empezara a rondarle por la cabeza la idea de que su flamante carruaje iba pronto a convertirse de nuevo en una simple calabaza. No me apetecía besarla pero tampoco irme sin un beso. Así que se lo dije: "La verdad es que me apetece besarte". Siempre me había llamado la atención aquella idea de Eusebio Poncela en "Martin H" de que a él no le gustaba follarse los cuerpos sino las mentes: "Follarse las mentes, H, hay que follarse las mentes". Ahora quería refutar a Poncela a partir de ese beso que le pedía a Henrike. No me atraía para nada su mente, pero acaso el misterio de la carne podría encender de nuevo ese mecanismo abortado, ese magnetismo pretérito.

Dijo que no. Dijo algo así como: "Hombres..." y un largo suspiro. Yo le pregunté si le extrañaba que después de tres días juntos me apeteciera besarla (cosa que era sin embargo falsa, aunque verosímil). Me dijo que no quería "discutir" sobre estas cosas. Y desapareció. Se la tragó su inexpugnable inmueble.

Yo me quedé con tres palmos de narices, frustrado y con innumerables incógnitas por despejar: ¿por qué quedaba conmigo? ¿no quedó claro desde el principio que mis intenciones iban desde echar un simple polvo hasta casarnos y tener una parejita de lindos y rubios retoños a los que llamarles Henrike y Enrique respectivamente? ¿por qué embarcarse conmigo en este viaje si nuestros rumbos no coincidían?... Y sobre todo: ¿Por qué no me dio nunca las gracias tras invitarla a algo? ¿por qué lo daba por sentado como la cosa más natural del mundo? ¿no se supone que son los alemanes los que se gastan sus ahorros y sacan así de la miseria al canario pobre metido a hostelero? ¿era machismo, racanería o timidez? La rubia Henrike quedará siempre por esto en mi recuerdo como un ser absolutamente críptico y misterioso...

Aquí termina esta aventura frustrada. Antes de despedirnos me preguntó que cuándo me iba de Madrid: "El martes" -le dije. Me dijo que de jueves a domingo iba a estar con una amiga que venía de Alemania. "Pues que se prepare bien la cartera" -pensé. Me dijo que quizás el lunes podíamos vernos. Quise descojonarme en su cara pero sólo acerté a replicar: "Bueno, ya veremos".

Si el lunes me llama, cosa que creo muy pero que muy improbable, pienso llevarla a cenar al restaurante más caro de Madrid (aunque tenga que ser a las 19:30 de la tarde) y cuando llegue la cuenta proceder según debería haber hecho desde un primer momentos: "Es Tanto. Dividido entre dos, sale a Cuanto por cabeza".


10 comentarios:

Yaiza dijo...

Ay nenito, qué risa el final. Me recordó a norueguita-woman...las guiris estrechas y calienta...son tu sino. Yo creo que deberías intentarlo con una tejinera o de valle guerra, con sangre en las venas...bien latina, bien fogosa, bien culona,...Que esas también hablan.

Montse dijo...

¡Eres alucinante, Andriu!

Yo también leí Estudios sobre el amor de Ortega, hay sentencias que me parecen excelentes pero otras me resultaron machistas. No estaría de más volver a leerme el libro para hacer un análisis más maduro unos cuantos años después.

De todas formas, estoy con yaiza, donde esté una autóctona... jajaja. Espero con impaciencia historias de estas en Tyler. Un abrazo, Montse

Andriu dijo...

Acabo de releer el post y lo flipo con lo que hacen las resacas y el efecto Henry Miller en un alma literariamente sugestionable como la mía, jajaja.

No te lo podrás creer: hace unos meses estaba paseando con mi hermano y su novia por Madrid y, de pronto, me crucé ¡con Henrike!

Tuvimos una conversación típica y tópica: ¿qué haces? ¿cómo es que sigues aquí? ¿sigue siendo el rosa tu color favorito? (bueno, ésta no). Pero me acordé de esos tres días que resume este post y quise cortar pronto la conversación y no propiciar otro encuentro, otra cita de amor interruptus como aquella.

A mí también me gustaría releer el ensayo de Ortega. Y sí, yo también recuerdo algún pasaje machista. Pero claro, cuando se trata de filósofos no actuales, uno ya se ha ido acostumbrado a ciertos exabruptos morales.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Jajaja, no se como he llegado aqui, pero es curioso pensar que es muy posible que yo fuera el que te sirviera esa cerveza y esa seudocena en bofinn...

Andriu dijo...

jajaja, pues chico/a, a la alemana ¿qué le metiste en la coca-cola? ¿cloroformo? Menudo mormo.

Anónimo dijo...

¡Fuerte tía! ¡Calientapooooooooll..............!

Anónimo dijo...

Me llamo Héctor, soy un recién estrenado profesor de filosofía y tampoco sé cómo he llegado aquí. Googleando "cosas de la vida" pasé de soslayo y me quedo a opinar porque mi conciencia no me permite compartir la visión que se extrae de este relato de una inmarcesible realidad que guía, acaricia y alienta mi vida: la mujer (madre, hermana, abuela, novia, amiga...). A ninguna le gustaría descubrirse descrita en estos términos. Estar en desventaja con el idioma no significa ser un "mormo" y querer permitirse más de tres días para conocerte no es ser una "estrecha" ni una "calientap...". Mi chica bien podría ser Henrike, por bella, por rubia y por solitaria. Podría ser la hermana de cualquiera que se pase por aquí. Veo que eres profesor. Hay tratados de la tectónica de la elegancia, la prudencia, la delicadeza incluso para hombres. Te permites poner fotos sin rostro fácilmente reconocibles. Un amante descubre hasta el último poro de la piel de una mujer, y una madre y un padre...
Que te sacara los cuartos es lo mejor que podía pasarte.
Hombres!!!!(entre los que no me incluyo).
Por cierto, ¿cuál es la versión masculina de calientap.....? También los hay y puede que estés entre ellos. Ahí me callo porque no quiero tener el placer de conocerte.

Anónimo dijo...

Qué suerte tenerte de profesor, Héctor. Si me hubieras dado clase no trabajaría en el Bo Finn. Aun así h leído algún que otro trtado de la prudencia, cosa que le falta al tipo este. Pero los verdaderamente gilipollas son los que opinan más arriba riéndole la gracia. Pobre chica ¿qué hizo mal?. Habrá que oir su versión.

Andriu dijo...

Héctor y Anónimo: tendré que pensar en ello. Releer el post y pensar en ello.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Con este tío no se necesitan trolls en la red. Qué miedo. Te encuentras a un loco de estos, cruzas cuatro palabras y te pone a parir de rubia-tonta con foto incluida. No te la llevaste al catre porque tampoco tú supiste amenizarle durante tres días con chascarrillos en alemán si tan listo eres. Verse sometida a un culturímetro de un intelectualoide siendo extranjera no es nada agradable. La hartaste y te mandó al cuerno. Y bien que te estuvo. Entre este cuento y la visión que nuestros bisabuelos tenían de nuestras bisabuelas no hay diferencia.Bueno sí, los zapatitos blancos imperio inditex mi bisabuela no los tenía. Tenía zapatillas negras de luto por mi bisabuelo. Es la única diferencia. Y pensar que todo esto era cuestión de tiempo!! Yo tampoco me follaría tu mente. Héctor, gracias por existir. Es cierto que quien teniendo que hablar calla ante esto, reo es de injusticia. Creo que te conozco y eres maravilloso. Mallorquín? coincidimos en Málaga en el congreso. No puedes ser otro. Hablamos y hablamos:::::Irene