miércoles, 10 de octubre de 2007

cRóNiCa EsCoLaR 2


Era la segunda vez que ocurría: el segundo bolso robado a una profesora.

Recordé de golpe y en silencio todo aquello. Preferí no comentarle nada a ella. Ante todo debía tranquilizarla, evitar que pensara que los robos a profesores por parte de los alumnos constituían una rutina más de la profesión.

Pude callármelo incluso cuando subimos los dos a la segunda planta y entramos al aula 217. Era increíble pero cierto: ¡los dos robos habían ocurrido en la misma aula!

Sin lugar a dudas, no había explicación racional alguna para ello. Se trataba obviamente de un caso de embrujo manifiesto, o cuanto menos de mera casualidad. En efecto, el primer robo había sido perpetrado por alumnos de 3º y 2º de ESO, en el último trimestre del curso pasado. Éste, en cambio, era obra de alguno de los jóvenes infantes de 1º ESO E, de inocentes criaturas recién llegadas a un macrocentro de Secundaria. Esta vez se trataba, pues, de tiernos y rubicundos delincuentes de doce años.

La profesora me explicó cómo había sucedido todo. El bolso había estado durante toda la hora en un pupitre vacío junto a la pizarra y la puerta de entrada. Al sonar el timbre, la profesora había abierto la puerta e incautamente se había dirigido hacia su mesa para recoger sus cosas: carpetas, libros, fichas de alumnos, documentos burocráticos que aún no habría tenido tiempo de descifrar. Su atolondrada imprudencia consintió en darle la espalda al bolso unos segundos. En ese breve lapso de tiempo, el bolso se esfumó, desapareció, se borró del mapa.

Llevaba en él su telefóno móvil, sus documentos, las llaves del coche y la cándida confianza de una tutora en sus alumnos. Nada de ello había sobrevivido a la atronadora sirena de las 14:00 horas. El instituto se había quedado prácticamente vacío, súbitamente, como si de un simulacro de incendios se tratara. El hambre puede a veces más que el fuego.

Y allí estaba ella, recién llegada a la profesión y sometida ya a un hurto por parte de un mocoso de 1º de ESO, mirándome con ojos suplicantes, como si estuviera en mi mano hacer algo: sacarme el bolso de la chistera y decirle "Es broma, se trata de una simple novatada" o "Muy bien, has superado la primera prueba: muy pronto estarás lista para la profesión".

Pese a lo que llegan a pensar muchos profesores, el jefe de estudios puede hacer casi siempre tan poco o tanto como ellos. Y sin embargo, recurren a mí, como si con el cargo repartieran una varita capaz de resolver con solvencia todos los marrones que surgen a diario en un Centro.

El adjunto de jefatura, que ha sido jefe de estudios muchos más años que yo, lo dice de otro modo: "La jefatura de estudios es la puta del Centro: sirve para todo". Todo sea dicho, por cierto, con el mayor respeto para las putas que, al leer esto último, se hayan podido sentir ofendidas. El jefe de estudios sirve para todo: para organizar las guardias y para echar a un tipo con muy mala pinta que se ha colado en el Centro; para poner en funcionamiento los "tamagochies" y para socorrer a un profesor al que se le ha bloqueado una vez más la impresora del departamento... Por ser más breve: para un roto y para un descosido.

En cualquier caso, nada podía hacer yo para recuperar el bolso en ese momento. No obstante, le dije que se tranquilizara, que al día siguiente iría al aula a hablar con los alumnos y que haríamos todo lo posible por aclarar lo ocurrido.

Tengo un defecto o una virtud, según como se mire: no me gusta ser excesivamente optimista ante los demás (aunque en el fondo, en el fondo de mí mismo incluso, no pierda la esperanza), no me gusta crearles falsas expectativas. Nunca podré ser político ni los amigos acudirán a mí en busca de un bálsamo fácil. Por eso le dije: "Aún así, no te hagas muchas ilusiones. Creo que va a ser difícil saber quién ha sido".

Al rato de irse ella, me tocó en el despacho una de las señoras de la limpieza: quería saber qué hacer con un bolso de mujer que se había encontrado en la papelera de un aula de la tercera planta. Las dudas acerca de sucesos insólitos, como siempre: al jefe de estudios.

Abrí el bolso: estaban las llaves del coche, el DNI y otros objetos sin más valor que el sentimental. Se habían llevado el móvil y habían vacíado el monedero. Al salir del instituto, devorado por un hambre canina y aturdido por el stress, me encontré con la profesora. Le conté el infeliz hallazgo. Estaba tan sudada, tan agotada y seguramente tan hambrienta como yo. Me despedí con una frase optimista, pero sincera:

-No te preocupes, son sólo dos o tres. Todos los demás son gente encantadora. Ya lo verás.

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Esos pasillos vacíos.Esa puerta entreabierta.El ladrón misterioso.Tus pesquisas.Las apariciones del bolso en distintos lugares.La profe novata.Mi querido Andriu,tiene todos los componentes de un cuento de Poe o Conan Doyle.Revístelo un poco más de misterio he imaginación y haz que el ladrón sea el dire del cole,un hombre fetichista y secretamente enamorado de la profe.No se sabe si sería un superventas.
Un abrazo.

AnDrÉs dijo...

La verdad es que en un instituto surge mucho material literario. En esta crónica escolar he preferido no contar nada que no sea verídico. Ya sabes, hay veces que la verdad supera..

Pero si quieres un "relato educativo" con ficción, suspense y fantasía a expuertas te recomiendo las aventuras del director J.J. que -fetichista o no- está siendo testigo de espeluznantes acontecimientos en su instituto:

http://elblogdejuanjo.wordpress.com/2007/09/28/relato-educativo-20/

Y si te animas y tienes tiempo puedes continuar el relato...
Un abrazo.

Andriu dijo...

Uy, pedona a mi "alter ego", que firmó el comentario anterior cuando fui yo quien lo escribió.