jueves, 27 de septiembre de 2007

NeW KiDs On tHe bLoGs


Ya está hecho. No hay vuelta atrás. Ya les he dicho a los alumnos que en breve íbamos a embarcarnos en la blogosfera, que aprenderíamos a hacer un blog y que trabajaríamos con él periódicamente.

Ya he corregido el cuestionario inicial sobre el "uso y acceso a internet". Todos menos uno tienen internet en casa. Todos menos dos lo utilizan principalmente para chatear por el messenger. Casi todos saben lo que es un blog: el curso pasado fueron a Gales y el profesor de tecnología que los acompañaba creó un blog en el que todos participaron. Tienen ganas aunque también ciertas dudas, recelos y temores infundados. Pero sobre todo ganas y expectativas... que es demasiado tarde para decidir defraudar.

Ya está hecho y me alegro. Porque el profesor está más emocionado aún que ellos. Porque les he hecho la propuesta con un tono de fingida indiferencia, como si a mí la cosa me diera igual, mientras esperaba un rotundo y unánime ¡sííííí!

Todo empezó el miércoles 12 de septiembre, en aquella reunión de departamento, en la que mi propuesta de incorporar las nuevas tecnologías a la didáctica de la filosofía fue bien acogida. Me comprometí a crear un blog-borrador y, sobre él, explorar las posibilidades de trabajar a través de bitácoras en las diferentes asignaturas.

Ese mismo día saqué algunas fotos y creé el blog, con el primer post. Luego me lié con lo de la jefatura: con la vorágine del comienzo de curso. Pero pasados unos días aquello había germinado, gracias a un compañero del departamento (que firma aquí a veces como "ahmed") que había trufado aquel apresurado engendro, aquella blaZophia, de reflexiones filosóficas, citas y sugerentes imágenes. Con su entusiasmo había conseguido sacar a flote el blog. Y con ello el propósito conjunto de acercar la filosofía a las nuevas tecnologías, o las nuevas tecnologías a la filosofía; lo mismo da, si esto sirve para lo que verdaderamente importa: acercar a los alumnos a la reflexión filosófica.

Con esta nueva y próxima incursión, pierdo lastre y me oriento hacia regiones cada vez más virtuales. Mi pensamiento y mi vista se detienen en ideas e imágenes para mis nuevos blogs. El de ética, que creo ya tiene nombre: www.nosoloética.blogspot.com. Y el de historia de la filosofía, en el que he pensado menos.

No obstante, múltiples dudas de carácter técnico, práctico e incluso ético rondan mi cabeza:

1) ¿Un blog del profesor y uno por alumno? Creo que esto sí lo tengo claro.
2) ¿Debo crear permisos de usuarios (para visitar, para dejar comentarios, para ambas cosas) o por contra dejar que el acceso sea libre, como sucede en este blog? ¿cómo se crean?
3) ¿Es "blogger" la mejor plataforma para crear un blog del profesor y de los alumnos? Tiene la ventaja de la sencillez y de ya conocerlo, pero...
4) ¿Qué grado de control y "dirigismo" debe ejercer el profesor sobre los blogs de los alumnos?
5) dbo djarls k skribn kmo ls d la gana?
6) ¿Debo activar la opción de "moderar comentarios"?
7) ¿Debo darles mi dirección de mail y fomentar el uso del mismo?

No sé, algunas preguntas no son tan acuciantes ni importantes (como la 5 o la 7), pero otras sí (como la 2 o la 3).

Mendigo consejos, sugerencias, trucos...

Blogprofesores del mundo ¡asesoradme!

¡Mis KiDs On tHe bLoGs os estarán eternamente agradecidos!




viernes, 21 de septiembre de 2007

CaNaRiAs PaRaDiSiAcA

El tema da para un gran post: largo, prolijo en detalles y bien documentado.

Pero no hay tiempo: escribo desde el curro, apresuradamente, atrincherado en mi despacho, cual reportero de guerra. Hoy han empezado las clases. Toda la mañana apagando fuegos hasta las 13:05 en que me he metido en el aula, con mis alumnos de 2º de bachillerato, a descansar, a relajarme, a desacelerar y, con todo el tiempo del mundo de un curso que hoy comienza, conocernos.

En principio, puedo decir que todo ha salido bien. El curso ha comenzado con normalidad en el IES Blas Cabrera Felipe.

Pero luego he ido a comer, de nuevo a Arrecife, y he leído la prensa local, en ese pequeño lapso de tiempo entre el trabajo y el trabajo, en el que -pese a todo, frente a lo que pueda ocurrir o no tras la muerte- hay vida. Tres noticias me han llamado la atención y me han hecho una vez más reflexionar acerca de cuán engañosa es la tópica y típica idea con la que Michelle y Loredana se han ido de Lanzarote. Me refiero a la manida imagen de una Canarias paradisíaca.


Loredana y Michelle, madre e hijo respectivamente, son dos italianos de couchsurfing que han pasado unos días en mi casa y, como era de esperar, han quedado cautivados por la belleza natural y paisajística de la isla de Lanzarote. Canarias, cuando se pone a ello y ofrece su mejor cara, puede llegar a dar el pego: asemejarse a un paraíso.


Pero en cuanto rascas un poco, descubres cuán rápido se desvanecen como espejismos tales oasis. Aquellas tres noticias del periódico "La provincia" me lo confirmaron.


La primera me era muy cercana: estaba enterado de primera mano del asunto, pero nunca pensé que la cosa llegara a la prensa. En el IES César Manrique (hermano pequeño del Blas: cuando se fundó el alumnado excedente de éste último se derivó al primero) el claustro de profesores se había plantado y no había comenzado las clases en protesta por un tercer grupo de 2º de Bachillerato que no les había sido autorizado, habiendo 77 alumnos matriculados y quedando, así, un grupo con 39 alumnos.


La segunda noticia era un informe-reportaje, más amplio y en páginas centrales, acerca del estado general de la educación en Canarias. El titular rezaba en portada: "Canarias se sitúa a la cabeza del fracaso en la ESO con 3 abandonos de cada 10 chicos". Pueden imaginarse lo demás.


La tercera noticia también ocupaba su espacio, junto a la anterior, en primera plana. El titular era de lo más sugerente: "Pacuco Guedes a Mazotti: Ya está aprobado todo, ingresa el dinero". Ni en "El padrino" hay tanta lírica mafiosesca concentrada.



Michelle es de Nápoles y el tema de la mafia había salido una noche a relucir. Me contó que en cada región de Italia la mafia tiene su propia denominación. En Nápoles era la "camorra" pero la variedad de términos, como si de agrupaciones folclóricas se tratara, me sorprendió. Me acordé al leer "La provincia" de aquella conversación y me pregunté qué denominación tendrían los mafiosos en Canarias.


Obviamente, las tres noticias estaban íntimamente relacionadas; eran la cara y el envés de una misma realidad. Había ahí material para un gran post.

Pero no hay tiempo. Los profes aporrean ya con furia las puertas de mi despacho, cual zombies al ataque en "28 semanas después". Dejo pues que el lector, pacientemente, saque sus propias reflexiones...


Por último, ¿adivinan cómo han bautizado las fuerzas del orden la investigación llevada a cabo en torno a las corruptelas de Pacuco Guedes y compañía en el Ayuntamiento de San Bartolomé de tirajana?

Leo que la han denominado "Operación paraíso".





domingo, 9 de septiembre de 2007

HeNrY MiLLeR (y 5)

Llegué a Henry Miller por insospechados cauces; gracias a la lectura de los "Diarios secretos de sexo y libertad" de Rafael Fernández, alias Ezcritor, que recomiendo pese a todo, incluido él mismo; que recomiendo pese a su advertencia explícita en la portada: "Estos diarios secretos no son recomendados a menores de edad ni a nadie".

Cuando pedí un libro de Miller en la librería "El puente" me ofrecieron dos: Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio. Me sonaba haber leído ambos títulos en las estanterías de la biblioteca familiar, en una de esas tardes en las que me entregaba al anhelante y goloso placer de elegir el libro que habría de acompañarme durante los próximos días o semanas, semejante al del niño que ante el escaparate de la bombonería saliva y fantasea con la golosina que en los próximos minutos podrá saborear, o al del putañero que se deleita adelantando en su imaginación lujuriosa los diferentes y modulados orgasmos que cada una de las jóvenes meretrices que desfilan ante él bajo la batuta de la madame de turno podrá -en caso de ser elegida- proporcionarle. Me sonaba haber acariciado en casa de mi padres ambas carátulas durante alguna de esas tardes de difícil aunque gozosa elección. Pero preferí comprarme un ejemplar para mí. No podía esperar a cuando fuera de nuevo a Tenerife. Por otra parte, quería poder subrayar y mancillar con caligrafía de obseso esas páginas; extremo inconcebible si se trataba de alguna de aquellas inviolables e inmaculadas criaturas que poblaban la biblioteca de mis padres. Así que dudé un instante, hasta que vino a mí aquella confesión de Sigmundo Fernández, alter ego de Rafael, en sus Diarios:

"Si me lo pidiera, sólo a un hombre le chuparía la polla: Henry Miller: siento una inmensa admiración por él desde que leí Trópico de Capricornio y Sexus: me rendiría a cualquier petición suya: gracias a Dios nunca me pondrá en semejante aprieto: murió hace bastante tiempo. Y sólo le gustaban las mujeres"

No era a decir verdad una crítica literaria erudita y sesuda. Pero tenía fuerza y era persuasiva. Compré el libro.

Supongo que con los libros ocurre algo semejante a lo que sucede con las historias de amor. En el recuerdo de las mujeres que uno ha amado siempre se nos presenta, fulgurante y en primer plano, algún espacio, algún rincón o estancia, algún lugar que nuestro corazón ha sacado del anonimato para erigirlo en escenario idílico y privilegiado de nuestra felicidad pretérita.

Con Dácil fue un saco de dormir a medias, bajo las copas de los
pinos del monte de Aguagarcía. Con Patricia fue el poyo de la cocina de la casa de sus padres: ella se sentaba en él y esperaba a que yo me decidiera a besarla, a tocarla, a decirle algo menos banal que lo que mi exasperante timidez me permitía. Con Bea, un cuarto de alguna ciudad del sur de Portugal en la que hicimos el amor, lloramos y volvimos a hacer el amor.

Con los libros ocurre lo mismo. El escenario de ficción en el que se desenvuelve la trama literaria nos proyecta a un universo inmaterial, pero el recuerdo de aquellos lugares a los que el libro queda asociado en nuestra memoria nos señala que pese a todo subsiste un punto de unión con lo cotidiano, con lugares sin nombre que pasan a tener en nosotros, desde ahora, un lugar preferente y destacado.


Todos los de Ernesto Sábato que
leí (El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador) pertenecen a la exigua cama del entresuelo, en la casa de mis padres. El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, lo asocio a las escaleritas que desde el entresuelo conducen al patio: probablemente sólo fueron diez o veinte páginas las que leí a la intemperie de la escalera, pero deslumbráronme hasta el punto de sólo acordarme de ese rincón. Los tomos de El señor de los anillos fueron leídos siempre a horas intempestivas robadas a las ocho recomendadas para -al día siguiente- rendir correcta y escolarmente en el instituto. En esa época y en esa misma cama disfruté con la saga del detective adolescente Flanagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. A Vargas Llosa lo he devorado en diferentes épocas y lugares, pero grabadas a fuego en la memoria quedarán por siempre las horas pasadas en los innumerables parques londinenses paladeando con deleite La guerra del fin del mundo. En los trenes nauseabundos hacia Grecia y Turquía, durante mi segundo inter-rail, sitúo muchos de los poemas de amor de Benedetti recogidos en su antología El amor, las mujeres y la vida (título cursi hasta decir basta, aunque con una dedicatoria de Bea que hace del libro un ejemplar especial). La inigualable novela de Stefan Zweig, La piedad peligrosa (luego traducida como La impaciencia del corazón), fue lectura de verano de un agosto en la casa de la Caleta, desde donde ahora escribo este post y a la que he vuelto una vez más, para pasar un tiempo aún por determinar. Y así sucesivamente...

Trópico de Capricornio ha quedado vinculado inexorablemente a mis días en Madrid, pese a que llegué a la ciudad cuando sólo me faltaba por leer un tercio de la "novela". Allí fue donde culminé su lectura, llegando casi exangüe a la orilla de la página 438, tras bastante esfuerzo y no poca perplejidad. El libro formaba parte del equipaje indispensable de cada día, junto a la cámara, el móvil, dinero y poco más. Henry Miller en el metro, Henry Miller en el Retiro, Henry en la azotea, en la biblioteca de Conde Duque y en etílicas pláticas con mi hermano.

Una frase de Miller que encuentro en internet puede servir de justificación a este post: "El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza".


Hay en Henry Miller una concepción de la literatura como salvación, como experiencia total, que -ya sea como lector o, con más motivo aún, como escritor- redime al hombre de todos sus pesares e infortunios, de toda la mezquindad circundante, de todos sus anhelos insatisfechos. La literatura reconcilia al hombre con el mundo al modo como dan sentido a la vida l
as religiones. Es esa concepción hiperbólica de la literatura la que subyace a frases como la anterior o pasajes como el siguiente, en el que el narrador de Trópico de Capricornio se refiere a la obra de Henri Bergson La evolución creadora:

"Si este libro no hubiese caído en mis manos en el momento en que lo hizo,
quizás me habría vuelto loco. Llegó en un momento en que otro mundo enorme se estaba desmoronando en mis manos. Aunque no hubiese entendido una sola cosa de este libro, aunque sólo hubiera preservado el recuerdo de una palabra, "creadora", habría sido suficiente. Esta palabra era mi talismán. Con ella podía desafiar a todo al mundo entero y sobre todo a mis amigos. Hay ocasiones en que tienes que romper con tus amigos para entender el significado de la amistad. Puede parecer extraño, pero el descubrimiento de este libro equivalió al descubrimiento de un arma, un instrumento con el que podía cercenar a todos los amigos que me rodeaban y que ya no significaban nada para mí. Este libro se convirtió en mi amigo, porque me enseñó que no tenía necesidad de amigos. Me infundió valor para permanecer solo y me permitió apreciar la soledad. Nunca he entendido ese libro; a veces pensaba que estaba a punto de entender, pero nunca lo logré de verdad. Para mí era más importante no entender. Con ese libro en las manos, leyendo en voz alta a mis amigos, llegué a entender claramente que no tenía amigos, que estaba solo en el mundo. Porque, al no entender el significado de las palabras -ni yo ni mis amigos-, una cosa quedó muy clara y fue que había formas diferentes de no entender y que la diferencia entre la incomprensión de un individuo y la de otro creaba un mundo de terra firma más sólido incluso que las diferencias de comprensión. Todo lo que antes creía haber entendido se desmoronó e hice borrón y cuenta nueva. En cambio, mis amigos se atrincheraron más sólidamente en el pequeño pozo de comprensión que se habían cavado para sí mismos. Murieron cómodamente en su camita de comprensión para convertirse en ciudadanos útiles del mundo. Los compadecí y muy pronto los abandoné uno a uno, sin el menor pesar".

Fue previendo fragmentos como éste que me decidí a no acercame a Miller a través de uno de aquellos ejemplares de tapa dura y recio papel que poblaban la biblioteca
de la casa de mis padres. En mi edicición barata de "Punto de lectura" las páginas 275 y 276 a las que corresponde este pasaje han quedado marcadas con anotaciones al margen, signos de interrogación, frases subrayadas y otras heridas infligidas por mi consternado rotulador. Pese su longitud, he querido traerlo al blog en toda su extensión, pues creo que es representativo de lo que me inspira la prosa de Miller a la que he tenido que hacer frente durante las últimas semanas. También creo que puede servir de síntesis de gran parte de los elementos que componen este segundo puzzle o trópico milleriano.

Porque, a decir verdad, los elementos pornográficos o de sucio erotismo que recorren toda esta obra, no pueden servirnos a los lectores del siglo XXI ni siquiera como plato fuerte. Las mismas razones que hicieron que durante 30 años la censura norteamericana mantuviera en la sombra a ambos Trópicos sirvieron posiblemente para que la crítica, menos pacata y más proclive a las transgresiones, los encumbrara y quedara deslumbrada por su audacia y su vulgaridad casi sublime. Pero ambos gestos resultan hoy inverosímiles. Ahora que el sexo no remueve conciencias ni supone apenas un revulsivo de nada, y menos del arte, el valor de una obra como Trópico de Capricornio no puede residir en las impúdicas gestas sexuales que relata.

Es cierto que tampoco deben despreciarse. Casi siempre van asociadas en Mil
ler al retrato de personajes que desfilan de modo efímero aunque inolvidable por delante del abrumado lector. Retratos elaborados con trazo chabacano y no obstante creíbles. Pese a constituir una galería de monstruos, un bestiario humano, un conglomerado hecho de "negros, judíos, paralíticos, lisiados, ex presidiarios, putas, maníacos, depravados, idiotas, cualquier cabrón que pudiera mantenerse sobre dos piernas", pese a tan heterogéneo y variado desfile, con cuatro pinceladas geniales consigue Miller ofrecernos unos personajes algo estrambóticos pero verosímiles.

Hace unos días me contaba un gran amigo lo que le había advertido alguien que había publicado ya algunas novelas: "Los personajes so
n muy burleteros. No te puedes fiar de ellos. Empiezas a escribir y a escribir sobre ellos hasta que un buen día, a bote pronto, te dicen: no soy creíble". Puede que esto sea verdad. Mas Miller supo mantener bien a raya a sus personajes.

No obstante, pese a estos geniales
retratos, mi impresión es que por sí mismos no bastan para configurar una "novela", si es que fue ésta la intención de nuestro autor al escribir Trópico de Capricornio. Tan pronto surgen súbitamente en la trama como vuelven a esfumarse para siempre, sin que pueda decirse de ninguno que trascienda el papel de mero figurante o comparsa o pretexto de las reflexiones y confesiones del narrador, verdaderas protagonistas estas últimas de lo que cuenta Trópico de Capricornio.

Así que, novela o no, lo cierto es que el punto centrípeto de este escrito está en esos pasajes, como el anterior que he citado, en los que el narrador no nos cuenta más acontecimientos que los que suceden en su conciencia. La piedra de toque de Trópico de Cap
ricornio, aun reconociendo que el edificio en su conjunto es más complejo y completo, lo constituye pues su visión, su mensaje, su nueva: el relato de una transformación, de una metamorfosis, de una revelación suprema.

No resulta sencillo aislar dicha
revelación y reducirla a un único mensaje simple. Más bien se trata de una serie de ingredientes interrelacionados que juntos dan forma al universo milleriano. El primero de ellos, la sobreestimación del poder y alcance de la literatura, siempre es algo con lo que a los que nos gusta leer y escribir nos cuesta poco simpatizar. Evidentemente, no se trata de un rasgo específicamente milleriano: la entrega incondicional del artista a su obra, la consideración del arte por encima de cualquier otra dimensión humana, es un gesto típico del romanticismo y, luego, de algunas de las vanguardias del siglo XX. En esto Miller no está solo ni descubre mediterráneos. Esta actitud hoy en día me resulta, no obstante, un tanto ingenua, si no narcicista.

También nos topamos en diversos momenos de la obra con el mito romántico del genio, a
unque adaptado a las circunstancias y personajes. A veces es el propio narrador, que responde al nombre de Henry V. Miller (por lo que parece más apropiado hablar de "biografía novelada" que de novela propiamente dicha) quien se describe como un ser excepcional, fuera de lo común, diferente. Algo de eso hay en el citado pasaje, al proclamar su soledad en el mundo y su distanciamiento o ruptura con sus amigos como un estado casi de gracia, de bienaventuranza, y no como una desgracia o un pesar. Pero otras veces son otros personajes los que dibujan este retrato del narrador como un ser único, fuera de lo común:

"A veces pienso que deberías haber nacido en otra época. Oye, no quiero que pienses que te estoy convirtiendo en un ídolo, pero hay algo de verdad en lo que digo... con sólo que tuvieras un poco más de confianza en ti mismo, podrías ser el hombre más grande del mundo ahora mismo. Ni siquiera tendrías que ser escritor. Podrías llegar a ser otro Jesucristo, qué se yo. No te rías... lo digo en serio. No tienes ni la menor idea de tus posibilidades... estás completamente ciego para lo que no sean tus deseos. No sabes lo que quieres. No lo sabes porque nunca te paras a pensar. Te estás dejando consumir por la gente. Eres un tonto de remate, un idiota. Si yo tuviera la décima parte de lo que tú tienes, podría volver el mundo patas arriba".

Cuando digo que Miller reproduce una vez más en su obra la figura romántica del genio, no necesariamente ha de entenderse esto como una crítica negativa. Los genios, aunque sin lámpara, existen. La historia del arte está plagada de ellos. Por otra parte, existen personas que, sin ser genios, consideramos excepcionales. La perorata que el personaje del narrador está aguantando por parte de un tal Kronski puede resumirse en esta frase que le espeta un poco antes: "Pero tú llevas algo dentro... sólo, que eres demasiado vago para sacarlo".

He reflexionado algunas veces sobre el contraste entre estos dos tipos de persona, o de personalidad. Por un lado, están los que llevan algo dentro, pero son demasiado vagos para sacarlo. Por otro lado, estamos los que a costa de superar la vagancia, conseguimos labrarnos poco a poco también algo dentro. A los primeros les basta con los dones de la madre naturaleza. A los segundos nos hace falta el trabajo paciente y laborioso del orfebre para gestar ese diamante que los primeros albergan en bruto desde la cuna.

Miller convivió tanto en Nueva York como durante sus años en París con artistas, bohemios, vividores, delincuentes, prostitutas... En estos ambientes debió de ser algo fre
cuente el toparse de súbito con alguno de estos diamantes en bruto y sin estudios, sin pulir. Puede que él mismo fuera uno de ellos, tal y como insinúa en Trópico de Capricornio.

Yo conocí a bastantes durante los primeros años de la carrera. Escribían poesía, habían releído ya a Schopenhauer aún antes de que a mí me sonara el nombre, intervenían en clase con beligerancia aun sin tener ni idea del asunto, montaban una revista y tras sacar adelante un par de números se aburrían... Casi ninguno de ellos terminó Filosofía; o lo hicieron cinco o seis años más tarde. De vez en cuando me e
ncontraba a alguno de ellos o tenía noticias por algún amigo común: éste estaba de encargado de un burguer, el otro quería montar un sex-shop, el de más allá había conseguido desintoxicarse en una clínica de Madrid y ahora se pasaba los días en los ordenadores de la biblioteca pública terminando aventuras gráficas. Llevaban todos ellos algo dentro cuando los conocí... sólo, que eran demasiado vagos para sacarlo.

También mi primo es una de esas personas por las que siento cierta debilidad. También le diría, como Kronski a Miller: "No tienes ni la menor idea de tus posibilidades... estás completamente ciego para lo que no sean tus deseos". Una vez hablamos de ello. Había
dado con el origen de todo aquello, o simplemente lo había racionalizado. No recuerdo qué escritor, qué texto me citó. Quizás fuera Miller. El caso es que había leído en alguna parte algo acerca de un impulso, una tendencia a contradecir los dictámenes de lo que la conciencia (y acaso también la sociedad) le dictaba como obligación, como deber, como recta senda. Mi primo había quedado fascinado por esa idea leída en algún libro de caballería de su más tierna adolescencia. Y ha seguido siendo más o menos fiel a dicho impulso. Me pregunto quién sería o qué haría ahora mi primo de haber pulido aquel diamante en bruto; como me pregunto tantas veces si mis antiguos compañeros de facultad enarbolan con orgullosa resistencia su puesto de encargado de un burguer, pensando que perdieron la batalla contra esta sociedad meritocrática y competitiva, pero que al menos no se entregaron cómplicemente a formar parte de su engranaje.

Pues, con independencia de lo que pensaran mis antiguos compañeros de clase, lo cierto es que el propio Miller en Trópico de Capricornio expresa también una cierta debilidad hacia los inadaptados, hacia los que se desviaron en algún momento de lo que la tiranía del éxito y la ortodoxia de la sociedad del momento llamaron la recta senda. Esta resistencia, supongo, se hace más aguda cuanto más contacto se ha tenido con la ideología norteamericana del triunfador, del éxito social y económico, como contrapunto a la figura deleznable y temida del
looser, como denuncian aún hoy -mucho después de Miller- películas como American beauty o Little miss sunshine. Frente al brillo y al resplandor exterior que el éxito social garantiza, Miller -y estas películas- se fija en la riqueza que puede albergar, como un diamante en bruto, uno de estos loosers dentro:

"¿Qué sabe cualquier dínamo americana individual de la sabiduría y la energía, de la vida abundante y eterna que posee un mendigo harapiento sentado bajo un árbol en el acto de meditar? (...) Si al comprender su terrible necesidad, empieza a actuar regresivamente, a volverse asocial, a balbucir y
tartamudear, a mostrarse tan totalmente inadaptado como para ser incapaz de ganarse la vida, sabed que ese hombre ha encontrado el camino de regreso al útero y a la fuente de la vida y que en el futuro, en lugar del despreciable objeto de ridículo en que lo habéis convertido, dará un paso adelante como un hombre por derecho propio y nada podrán contra él todos los poderes del mundo".

Así que la fascinación de Miller por estos personajes, por mucho que entronque de algún modo con el ya trillado y manido mito romántico del genio, no deja de seducirme y ser compartida. Me recuerda a personas que he conocido y apreciado. Y me permite conocerme mejor
al reflejarme como un contrapunto musical en su espejo.

No obstante, hay en este gesto de Miller una mueca de egotismo, de individua
lismo y hasta de fanfarria contra la que no puedo dejar de sublevarme. Hay en muchas de sus páginas una consciencia de superioridad que implica desprecio altivo hacia los demás, a veces odio:

"Miro a la gente con expresión
asesina. Si pudiera tirar una bomba y hacer saltar por los aires todo el barrio en pedazos, lo haría. Me sentiría feliz viéndolos volar por el aire, mutilados, dando alaridos, despedazados, aniquilados. Quiero aniquilar la Tierra entera. No formo parte de ella. Es una locura de principio a fin todo el tinglado. Un enorme trozo de queso rancio con gusanos que lo pudren por dentro. ¡A tomar por culo! ¡Vuélalos en pedazos! Mata, mata, mata: mátalos a todos, judíos y gentiles, jóvenes y viejos, buenos y malos..."

Se trata únicamente de literatura, vale. Al fin y al cabo, uno de los motivos por los que Miller abomina a ratos del hombre es precisamente por haberse embarcado en trifulcas homicidas como la más reciente y cercana para él: la primera Guerra Mundial. Hay también en
Trópico de Capricornio páginas que así lo atestiguan. Pero para estómagos como los nuestros, que han debido tragarse las iniquidades terroristas más recientes, desde ETA hasta Al Qaeda, pasajes como el anterior resultan a todas luces indigestos. La visión romántica del anarquista abrazado a su bomba y que combate una sociedad injusta y déspota ha pasado a mejor vida o, de nuevo, a resultarnos un tanto ingenua.

Así que no logro entender esa idea que se desprende del largo pasaje citado al principio según la cual la literatura podría existir contra los amigos. No logro entender cómo el descubrimiento de aquél libro (ni de cualquier otro) "equivalió al descubrimiento de un arma, un instrumento con el que podía cercenar a todos los amigos que me rodeaban y que ya no significaban nada para mí". No logro entenderlo porque, pese a apreciar la soledad, no soy un ser solitario y, con Aristóteles, creo que "sin amigos nadie querría vivir". Todas las páginas de su Ética a Nicómaco, y especialmente los capítulos dedicados a la amistad, son un intento de refutar las mencionadas palabras de Miller: "Este libro se convirtió en mi amigo, porque me enseñó que no tenía necesidad de amigos. Me infundió valor para permanecer solo y me permitió apreciar la soledad".

Creo que en este punto Miller se deja seducir en grado extremo por la idea del
genio como un ser único y superior. Creo que los seres extraordinarios por los que siento tanta admiración y debilidad -mi primo, mis antiguos compañeros de clase- nunca llegaron a tanto.

Creo además que la literatura y, por tanto, la lectura y la escritura, deben ser ante todo actos de comunicación y encuentro. Creo que leer y escribir es un modo de intimar y de profundizar en lo humano; un modo de estrechar distancias con los que nos rodean; un modo de cerrar las heridas del desprecio, del rencor, de la envidia y del egoismo; un modo de sellar alianzas; un susurro al oído; un acto de amor, sutil, diferido y postergado.

Por eso, además, creo que la literatura ha de ser inteligible, comprensible, accesible; lo que no implica banalizarla, trivializarla o desvirtuarla al gusto del consumidor menos exigente y exquisito. El afán de comunión con el otro que hay en todo acto profundo y serio de comunicación es compatible con la elipsis, con la ironía, con el doble sentido, con las trampas y burlas al lector, con los escollos, con los callejones sin salida, con los equívocos... Pero siempre ha de haber -cuando se escribe- una preocupación amorosa por el lector, una voluntad de que al final no se extravíe y llegue a buen puerto: de que (nos) comprenda.

Mi lectura de Trópico de Capric
ornio ha sido no sólo fatigante sino que han quedado zonas del libros en una oscuridad absoluta e impenetrable. He llegado, como dije al comienzo, a la orilla de la página 438 con el ánimo perplejo y hecho jirones, tras haber sucumbido a múltiples naufragios, a páginas crípticas, solipsistas, que han quedado ignotas.

Creo que si Henry Miller no pertenece a mis escritores de cabecera es precisamente porque no comparte esta concepción mía de la literatura y, dicho en su lenguaje sucio y suburbial, le importa un pijo que el lector entienda una mierda o no. En un momento de su obra afirma el narrador:

"¿Me reconocéis, muchachos? Un simple muchacho de Brooklyn comunicando con los albinos pelirrojos de la región zuni. Preparándose, con los pies en el escritorio, para escribir "obras fuertes, obras por siempre incomprensibles", como prometían mis difuntos camaradas".

Esos difuntos camaradas a los que se refiere no son otros que los chicos del dadaísmo. Sincero o no del todo en su confesión, lo cierto
es que Miller nos da algunas claves para entender su prosa -o para entenderla sin haberla entendido- al poner en boca del narrador de Trópico de Capricornio estas palabras que reconocen cuanto menos una afinidad electiva con el movimiento dadá:

"Era más o menos por aquella época cuando los dadaístas -a los que poco después seguirían los surrealistas- estaban en su apogeo. No oí hablar de ninguno de los dos grupos hasta unos diez años después; nunca leí un libro en francés ni tuve nunca una idea francesa. Quizá fuera yo el único dadaísta de América sin saberlo. Tenía tan poco contacto con el mundo exterior, que igual podría haber estado viviendo en las junglasdel Amazonas. Nadie entendía aquello de lo que yo escribía ni por qué escribía de ese modo. Era tal mi lucidez, que estaba, según decían, chiflado. Estaba describiendo el Nuevo Mundo... demasiado pronto, por desgracia, porque aún no lo habían descubierto y no podía convencerse a nadie de que existiese. Era un mundo ovárico, escondido en las trompas de Falopio. Naturalmente, nada estaba formulado con claridad: sólo había visible la leve insinuación de una espina dorsal y, desde luego, ni brazos ni piernas ni pelo ni uñas ni dientes. En el sexo no había ni que soñar; era el mundo de Cronos y su progenie ovicular. Era el mundo de la pizca, en que cada pizca era indispensable, espantosamente lógica y absolutamente imprevisible. No existía algo así como la cosa, porque faltaba el concepto `cosa´".

Al dadaísmo le importa un pijo que el lector entienda o no; es más, se busca en todo caso lo contrario: que no entienda. Se busca dar a luz, parir "obras fuertes, obras por sie
mpre incomprensibles". En un fragmento del primer Manifiesto Dadá, que Miller reproduce en su libro, se lee:

"Escribo este manifiesto para mostrar que se pueden realizar a un tiempo acciones opuestas en una sola espiración; estoy en contra de la acción; estoy a favor de la contradicción continua, también de la afirmació, no estoy ni en contra ni a favor y no explico, porque detesto el sentido común... Hay una literatura que no llega a la masa voraz. La obra de los creadores, surgida de una necesidad real del autor y para sí mismo".

Es cierto: la figura del rebelde, del iconoclasta, del incomprendido, vende. Es cierto: nadie quiere pertenecer a esa "masa voraz" que no entiende; que sólo lee novelas de Dan Brown y de Paulo Cohelo. Son mucho más simpáticos los crápulas y los granujas individualistas que los ciudadanos bienpensantes con una cierta preocupación por el prójimo, conciencia cívica, o como se le quiera llamar. Mola más Bart Simpson que el repelente Flander. Mola más el tufillo dionisiaco que desprende un blog con fondo negro que la apolinea y serena luz de un blog con fondo blanco o verde como éste. Y ante confesiones millerianas como la de antes, a saber, que sus "amigos se atrincheraron más sólidamente en el pequeño pozo de comprensión que se habían cavado para sí mismos. Murieron cómodamente en su camita de comprensión para c
onvertirse en ciudadanos útiles del mundo", ante confesiones de esta guisa, algo nos mueve a ponernos de su parte, a compadecer a aquellos que como yo al leer Trópico de Capricornio buscamos esa "camita" o "pozo de comprensión", con los que poder irnos tranquilos a dormir; algo nos hace sospechar -pero sin alcanzar a deshilvanar la madeja y averiguar qué- y desconfiar de esos "ciudadanos útiles del mundo".

Supongo que es esa actitud de rebeldía iconoclasta e inconformismo antisistema la que pasados unos años harían de Henry Miller uno de los escritores de culto para aquellos de la lla
mada generación beat. Aunque siento una gran simpatía por la crítica, por la disidencia, por la libertad de espíritu, por la autonomía, por la heterodoxia... no hay nada que me resulte más estúpido que un rebelde sin causa. Me parece un desliz que sólo a adolescentes cabe perdonar. Sin llegar a convertirnos en la caricatura cristianoide y timorata del vecinito Flanders, creo que la expresión "ciudadanos útiles del mundo" debería ser un cumplido o un ideal a conseguir antes que una irónica burla. La rebeldía es un valor en alza en nuestra sociedad, pero en realidad -casi siempre- no es más que el disfraz y la fachada inconsciente de un consumismo borreguil, como acertadamente denuncia el espléndido ensayo "Rebelarse vende". La rebeldía puede en efecto degenerar en una pose, en una moda, en un valor en alza, sí, mas en el fondo y, ante todo, un valor económico.

La contraportada de Trópico de Capricornio reza: "Con plena madurez narrativa y una hostilidad declarada hacia los conceptos tradicionales de belleza, orden y claridad, esta novela inauguró la fértil ruta del antiarte convirtiéndose en un referente indispensable de la literatura contemporánea".

También la Wikipedia define el dadaísmo como "un movimiento antiarte". Y al percatarme de ello va definiéndose un poco más ese juicio ambiguo, como agridulce, qu
e me merecen los ismos como el Dadá, o Henry Miller, o algunas de las consignas de la generación beat. Y es que en todos ellos encontramos -en algún pasaje, en algún gesto, en alguna idea o exabrupto- un mismo background (por no decir under) de "rebeldes sin causa".

En mi lectura de Trópico de Capricornio no he encontrado la causa o el motivo para esa rebelión contra la claridad, la comprensión y la inteligibilidad. Creo que ya lo dije aquí en algún viejo post: para mí, escribir es una forma de enmendar nuestra ignorancia. Por supuesto, y de modo más evidente, también lo es leer. Un creador que escribe "para sí mismo" difícilmente podrá cautivarme; ni a mí ni creo que a nadie. Crear obras para no ser comprendidas, "obras fuertes, obras por siempre incomprensibles", en las que el autor quema todas las naves y rompe los puentes con los que el lector o espectador podría -al final, tras mil dificultades y obstáculos- llegar a su encuentro, me resulta pueril y "sin causa". Es ese tipo de rebeldía, y no otra, la que no me seduce en absoluto y la que vuelve agrio el gusto exquisito con las que están escritas algunas páginas de Trópico de Capricornio.

Basta.

Así que no, Rafa: yo, definitivamente, sí que no le chuparía la polla a Henry Miller.



HeNrY MiLLeR 4


"Dijo que Luke siempre había sido un amigo para mí. Era cierto, pero no del todo. La verdad era que me alegraba de veras de que Luke la hubiera palmado en el momento oportuno: ahora podría olvidar los ciento cincuenta dólares que le debía. De hecho, al colgar el aparato sentí auténtico júbilo. Era un alivio tremendo no tener que pagar aquella deuda. En cuanto al fallecimiento de Luke, no me perturbaba lo más mínimo. Al contrario, me iba a permitir visitar a su hermana, Lottie, a quien siempre había querido tirarme, sin conseguirlo nunca por una u otra razón. Y me veía presentándome el día del pésame. Su marido estaría en la oficina y no habría ningún obstáculo. Me veía rodeándola con los brazos y consolándola; no hay nada como abordar a una mujer cuando está apenada"

(Henry Miller, Trópico de Capricornio)


sábado, 8 de septiembre de 2007

viernes, 31 de agosto de 2007

miércoles, 29 de agosto de 2007

HeNrY MiLLeR 3


"A mi entender, el significado de un libro radica en que el propio libro desaparezca de la vista, en que lo mastiques vivo, lo digieras e incorpores al organismo como carne y sangre que, a su vez, crean nuevo espíritu y dan nueva forma al mundo"

(
Henry Miller, Trópico de Capricornio)


martes, 28 de agosto de 2007

lunes, 27 de agosto de 2007

domingo, 26 de agosto de 2007

FLoRiDo PeNsiL

Pensaba que este post iba a tener un enfoque gremial, que iba a tratar fundamentalmente de la escuela española ayer y hoy, de cómo en tan poco tiempo -de nuevo el tiempo- había cambiado tanto la enseñanza en nuestro país.

Eso es lo que pensaba mientras tomaba fotos del cartel de la obra a la puerta del teatro y del patio de butacas una vez dentro. Al fin y al cabo, como profesor, tenía bastante que decir. Al fin y al cabo, como hijo de profesores, había crecido rodeado de todo aquello; con lo educativo como telón de fondo.

Mis padres pertenecen a esa generación que sufrió en sus propias carnes todo lo que en clave de humor denuncia "El florido Pensil", el libro de Andrés Sopeña Monsalve. Los que de esa generación se hicieron profesores no tuvieron en su infancia apenas ningún modelo positivo que emular, en el que inspirarse, para desempeñar con entusiasmo y buen hacer su profesión. Maestros como el que retrata el filme "La lengua de las mariposas" y que representa Fernando Fernán Gómez no habían de ser muy frecuentes. Y sin embargo, mis padres, junto a tantos otros profesores de su generación, llevaron a cabo durante los años 70 y 80 una profunda renovación pedagógica. Retrospectivamente y mediante alguna que otra conversación con mi madre me he ido dando cuenta de ello. Ahora cifro el esfuerzo de dicha renovación en todas aquellas revistas y libros de pedagogía pululando siempre por la casa, o en tantas tardes en las que acompañaba a alguno de mis padres al local del STEC, sindicato en el que en un momento dado -recuerdo un sisma, una ruptura, una entrega despechada del carnet de afiliado allá por mi adolescencia- llegaron a militar activamente. Eso, y las horas y las tardes y los días infatigablemente trabajando en casa, fuera de su jornada laboral. Eso, y el recuerdo acaso falso -mi madre se empeña en decir que lo es pese a la viveza con que está impreso en mi memoria- del consejo materno de que de todas las profesiones eligiera cualquiera menos la de profesor. Supongo que ambas versiones del pasado guardan algo de verdad. Supongo que mi madre, en esencia, está en lo cierto; supongo que nunca llegó a darme ese consejo hablando en serio. Al fin y al cabo, conozco a pocas personas tan entusiastas con su profesión de profesora de secundaria como mi madre. Y sin embargo, supongo que es posible que alguna tarde, abrumada por una montaña de exámenes que corregir, me dijera aquello hablando en broma y mi mente infantil malinterpretara el tono y magnificara la sustancia del mensaje. O acaso no, acaso nada de esto ocurrió ni fue dicho. Y es que puede ser que en realidad haya sido exclusivamente mi mente la que entre bambalinas haya fabricado este recuerdo falso con el único y exclusivo propósito de hacerme creer que la decisión de hacerme profesor no fue un acto de obediente imitación sino una prueba de obstinada y desafiante rebeldía.

Pensaba que el post iba a versar sobre los recuerdos en préstamo que conservo de aquella época remota en blanco y negro. Al fin y al cabo, también de mis dos abuelas atesoro anécdotas jugosas al respecto. Y es que en mi familia sólo las mujeres se han dedicado a nombrar el pasado; a conservarlo en la memoria como en tupper-wares que abrieran para la ocasión ante sus nietos o sus hijos, a fin de perpetuarlo. De mis difuntos abuelos nunca aprendí nada. A mi abuelo paterno no alcancé a conocerlo; murió unos años antes de nacer yo. No obstante, poseo vívida la imagen y el momento y circunstancias de su muerte, como un recuerdo falso, como si hubiera sido testigo de ella, de tantas veces que he escuchado a mi abuela y su viuda narrármela. Mi abuelo materno murió hace tan sólo dos años, pero era un hombre callado y taciturno. En cuanto a mi padre, son muchas las cosas que he aprendido de él, pero casi ninguna relacionada con el pasado (pese a ser profesor de Historia) y mucho menos con su pasado, algunos de cuyos episodios yacen mudos e ignotos bajo un turbador manto de silencio.

Son ellas, pues, las mujeres, mis abuelas y mi madre, las que han sabido o querido transmitirme esas anécdotas, descripciones o recuerdos en préstamo, como ocurre en las familias musulmanas o en las novelas de Isabel Allende. Una de tales anécdotas jugosas se la debo a mi abuela materna, Socorro. Al parecer, la abuela Soco, antes, mucho antes de convertirse en la abuela Soco, antes incluso de convertirse en madre, cuando no tenía más que 14 o 15 primaveras, en esa época en la que, como cuenta el "Florido pensil", los maestros de escuela ejercían dentro del aula y sobre sus pupilos una autoridad férrea y caprichosa, entonces -aunque no sólo entonces- gozaba de una belleza abrumadora, hasta el punto de que uno de sus profesores -cuyo nombre no conseguí retener, aunque sí lo que impartía: matemáticas- llegó a estar profunda y ostentosamente enamorado de ella. Según cuenta mi abuela, el profesor en cuestión se había encaprichado y obsesionado con ella, de tal modo que durante sus clases siempre la sacaba a la pizarra (o en palabras de mi abuela: "al encerado"). El resto de niñas se daban cuenta de este favoritismo, que a mi abuela no le hacía pizca de gracia, imaginando a sus espaldas la libidinosa mirada del profesor desde el fondo de la clase. Tanto era así, que un día mi abuela se plantó y al sentenciar el profesor, como cada día: "Señorita Socorro, salga al encerado a resolver los ejercicios", armándose de valor, le espetó: "Pues mire, no. No voy a salir, porque estoy cansada de ser siempre yo quien lo haga". Un silencio gélido recorrió toda la clase, como el que durante unas centésimas de segundo precede a una explosión, a una caída, a un accidente de coche. Aquel desafío al profesor podía suponer lo peor: la expulsión. Y sin embargo, lo que ocurrió entonces fue lo siguiente: ¡¡taack!!... El ruido sobresaltó a todas las alumnas, empezando por mi abuela. Había sido el profesor que, despechado, había lanzado desde la última fila de pupitres su tiza contra la pizarra con todas sus fuerzas y, acto seguido, había recogido sus cosas y había abandonado el aula.

Pensaba, pues, que era de anécdotas como éstas de lo que iba a tratar este post. Tenía pensado reflexionar acerca de cómo la educación había fluctuado drásticamente de un extremo a otro. Porque con la LOGSE, y desde entonces, se ha abandonado el justo medio que recomendaba Aristóteles y del que, creo, pudimos disfrutar como alumnos los que estudiamos bajo el amparo de la EGB y el BUP.

Cuando estudiaba el temario de oposiciones relativo a ese nuevo catecismo de la Educación generado en los laboratorios pedagógicos del PSOE y denominado "Ley Orgánica General del Sistema Educativo" (LOGSE) no dejaba de asombrarme el retrato absolutamente caricaturesco y manipulador que se hacía de la ley educativa anterior, la LODE, marco normativo regulador del modelo de la EGB y del BUP por el que yo había transitado sin mayores sobresaltos ni contratiempos; o al menos, sin aquellos que refería el mencionado temario.

Según dicha caricatura, el modelo educativo anterior a la LOGSE estaba basado en el autoritarismo, la exclusión del sentido crítico y de la autonomía, la enseñanza memorística, el sesgo ideológico en los contenidos... y otras lacras varias. Vamos, que entre el modelo de enseñanza que sufrieron mi abuela Socorro o mis propios padres y el que conocimos los de mi generación no había ninguna diferencia sustancial.

Tal idea era una solemne majadería. Los profesores de la generación de mis padres, que ahora rondan la cincuentena o la sesentena, dicen que sufrieron de niños la peor época que había para ser alumnos... y que ahora les ha tocado sufrir la peor época para ser profesores. Puede que haya algo de cierto en ello. Pero en medio queda un periodo de transición, desde los setenta hasta el inicio de los noventa, en que la cosa no fue tan mala -sospecho- ni para alumnos ni para profesores.

Pensaba hablar exclusivamente de la obra teatral, de "El florido pensil". Hablar de la risa ante lo absurdo y ridículo de todo aquello uniéndose allí arriba -en lo más alto del gallinero- y allá abajo -en mis entrañas- con la rabia sorda contra el oscurantismo, la intolerancia y la crueldad de la escuela franquista en particular y del caudillismo patrio en general. Hablar de la ambivalente sensación de desazón y dicha que como un poso ha dejado estos días en mí "El florido pensil". De la desazón e indignación retrospectiva ante un sistema refractario al conocimiento de la verdad y a la libertad, podrido por la sumisión al poder político y religioso del nacional-catolicismo. De la desazón al imaginar tantos pescozones en el nombre de Franco y de la mentira, al imaginar cuántas ilusiones, vocaciones y destinos individuales malogrados por los totalitartios designios del Movimiento. Y de la dicha, también, junto a tanta desazón. Pues aquellos sesentones habían salido indemnes de aquel experimento atroz, se habían convertido pese y frente (o acaso debido) a todo aquello en extraordinarios actores anónimos (como tantos otros españoles que contra todo pronóstico no devinieron en engendros fanatizados), calzándose de nuevo el uniforme escolar de la época para combatir con humor e ironía la terca necedad, la estrechez de miras, la religiosidad pacata e intolerante, la crueldad y la vileza de la escuela en tiempos de Franco.

Pensaba, pues, limitarme a esto: a revisitar el pasado, a recorrer con una mirada perpleja las iniquidades de lo que sucedía entre las cuatro paredes de un aula presidida física e ideológicamente por la fotografía del dictador, como si aquello fuera ya un capítulo cerrado, como si hubiéranse cortado definitivamente los funestos hilos -como de Parca- que desde el pasado pudieran aún estar dejando secuelas en el presente en forma de títeres, como si los modos y maneras y totalitarios tics que amarga y cómicamente denuncia el "Florido pensil" hubieran quedado sepultados definitivamente bajo tierra junto al esqueleto enano del dictador y no siguieran siendo aún hoy el alimento de muchos.

Eso pensaba... hasta que me he topado con la sección facha de libros del Vips de Plaza de España. Leyendo aquellos títulos y alguna contraportada incendiaria vino a mí de nuevo todo el universo franquista de "El florido pensil": la demagogía y superchería, la bilis contra lo diferente propia del pensamiento único, la falta de sentido común y el dogmatismo. Todo eso estaba ahí: en los manuales escolares de la época franquista y en las bazofias de papel como ésta de Curri Valenzuela que me estaba revolviendo el desayuno.

Los niños y niñas de la escuela franquista debieron aprenderse y berrear a coro himnos y canciones con letras como ésa que inspira la obra de Andrés Sopeña: "¡Viva España! Mi Patria esclarecida, madre sin igual, compendio del honor. ¡Viva España! Solar de noble vida, regio pedestal de Cristo Redentor. Fuiste de glorias florido pensil: hoy reverdecen a un impulso juvenil. Veinte naciones coronan tu sien: ¡Arriba España! Raza invicta es tu sostén".

Cuando Curri Valenzuela habla de "100 personajes que hunden España" y que esa España "se está evaporando" por culpa de personas como Zapatero, Almodóvar, Joaquín Sabina, el Gran Wayoming y 96 "personajes" más, entre los que cuenta no sólo a personas individuales sino también a colectivos, como "los hombres de negro" (a los que identifica con "los progres" que van vestidos de negro y a los que Curri invita a ponerse un día unos vaqueros azules y un polo rosa), cuando dice en la contraportada de su libro que Zapatero "se ha propuesto, quizás inconscientemente, que España deje de ser lo que era" o cuando añade que Almodóvar "está propagando por el mundo la idea de que éste es un país de pederastas, travestis y personajes indeseables", cuando dice todo esto, sin duda alguna tiene en mente una imagen arquetípica e ideal del país que le gustaría que fuera España y que me malicio coincide bastante con el florido pensil que invocaban cara al sol y con la camisa nueva todos los que, henchidos de orgullo y fanatismo, tanto gritaron: ¡Arriba España!.

Ante la letra de la cancioncilla en cuestión y ante la prosa de Curri Valenzuela sólo cabe una reacción, la de exclamar: "¡manda huevos!".

Y es que no hay apenas argumentos que refutar. Allí, de pie en el Vips, me paré a leer dos artículos del libro de Curri, los escritos contra Sabina y contra el Gran Wayoming. Aquello era sólo un vómito de bilis sin nada sano ni sólido en lo que aferrarse. Al Gran Wayoming le reprochaba que fuera un humorista pésimo y sin gracia (ya sabes, lector: "las opiniones son como los culos...") y que sus programas televisivos tuvieran una audiencia mínima. ¿Son éstos, Curri, motivos suficiente para hacer de alguien un enemigo de España, un peligro potencial para su hundimiento?. Respecto a Sabina, se limita a insultarlo y a meterse con sus vicios, de todos conocidos, en un gesto de puritanismo muy propio de una derechona que nunca ha entendido el sentido del término liberalismo, por mucho que le guste llenarse la boca con él. Ante la falta de argumentos, Sabina ha contestado en verso, dedicándole un soneto canalla que la retrata elocuentemente.

Así que mi indigesto tránsito por el Vips me hizo darme cuenta de que el post en cuestión no podía tener un enfoque meramente gremial, ni podía versar exclusivamente acerca de la escuela ayer y hoy, ni sobre el pasado, la memoria y el recuerdo de un tiempo extraño y distinto.

Porque el presente estaba plagado de acontecimientos, valores y criaturas que eran algo más que meras reminiscencias de aquel sueño franquista de España como un florido pensil. Porque hacía todavía muy poco tiempo que la idea de que nuestro país fuera algo así como un florido pensil se repetía machaconamente aunque sin música con la estridente y bigotuda letanía de que "España va bien". Porque Curri no estaba sola ni era la única "adoratriz de Aznar, Rouca Varela". Los que sufrían Telemadrid en esta ciudad encantadora en la que pasaba mis vacaciones sabían que Curri no era la única "de curro vil". Porque el florido pensil se pudría incesantemente en el imaginario colectivo, auspiciado por tantos voceros del miedo y la sinrazón. Porque España se hundía, porque España se rompía, porque...

Me resultaba asombroso que en la contraportada de su libro Curri pudiera autoproclamarse como una abanderada de la libertad y del pluralismo al denostar a "individuos y grupos que practican la intolerancia y el sectarismo para justificar sus posturas ideológicas" y a esos "cien personajes que se están distinguiendo por querer acabar con la España libre y tolerante que en su corta vida democrática parecía haber dejado atrás todos esos tics tan propios de tiempos anteriores a la Transición".

¡Pero si era al revés del pepino!

Tal cinismo y grado supremo de demagogia me hizo acordarme del estupendo post de Southmac en su Diario impresentable acerca de la lógica propagandística de muchos dirigentes y voceros del PP. Y me hizo acordarme de Nacho Villa y de la chuletada en la azotea de mi hermano y de su novia, en la que un amigo de ellos, periodista de la COPE y rojo malgré tout, nos estuvo hablando de su experiencia -apasionante y desalentadora a un tiempo- en "la emisora de los obispos". Me sorprendió escucharle que Jiménez Losantos era en lo personal un tipo agradable y legal, al que la gente en general apreciaba, pese a lo incendiario de sus hiperbólicas e hiperradicalizadas opiniones. Y me fascinó comprobar cómo el personaje que interpreta Ignacio Villa en "59 segundos" no tiene nada de impostura ni artificio, pues fuera de plató resulta ser tan repulsivamente jesuítico como frente a las cámaras. Nacho Villa siempre me ha parecido -cuando lo he visto en los debates de "59 segundos"- como el perfecto demagogo, un tipo inteligente pero incapaz de entender el diálogo como un intercambio de posturas enfrentadas en el que el interés por alcanzar la verdad (aunque ésta fuera relativa) no cuenta nada frente a lo realmente importante: convencer y ganar, aun a costa de una suprema falsificación de la realidad o -como le reprochaba Platón a los sofistas- aun a costa de "hacer más fuerte el argumento más débil". Al parecer, según nuestro amigo periodista, quien maneja todo el cotarro en la COPE es Nacho Villa, y no Federico, como piensa mucha gente.

Hablar con un periodista en los tiempos que corren siempre es desalentador. Como están bien informados, te das cuenta una vez más -por si alguna vez llegaste a dudarlo- que el país y el mundo en el que vivimos no es un puto florido pensil. Y lo que es peor, te das cuenta del increíble poder de los media -prensa, radio, tv- para modificar en uno u otro sentido tal percepción y para construir la realidad mediante la fabricación propia de ideas, mensajes y valores que habremos de asumir a veces de modo tan involuntariamente acrítico como los niños y niñas del franquismo que retrata "El florido pensil".

Ya no somos niños y niñas. Ya no vivimos en una dictadura. Ahora el florido pensil es democrático y hasta Curri Valenzuela habla de tolerancia y libertad.

Y sin embargo los periodistas como nuestro amigo rojo infiltrado en la COPE están atados de pie y manos. Y sin embargo sigue habiendo tabús en la "prensa libre" y noticias impublicables, que hacen que sea tan inverosímil hablar mal hoy de El Corte Inglés en un medio libre, pluralista y democrático como podía serlo hace setenta años hablar mal de Francisco Franco Bahamonte en el NODO. Y sin embargo nos creemos a pies juntillas mucho de lo que nos cuentan desde el cuarto poder.

El mundo se ha vuelto sin duda más complejo y diverso; y por ello más interesante. Pero una cosa es cierta: ni antes ni ahora ni nunca fue o es España un florido pensil.